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Martes, 30 de abril de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Traductología

Transparencia

Por Manuel Serrat Crespo

¿Cuántas veces me habrán dicho (y siempre lo ha hecho uno de «mis» autores) que traducir es el modo más exigente y más profundo de leer? No lo recuerdo a ciencia cierta, pero no me cabe duda de que es así, de que la traducción requiere una previa y atentísima lectura que no sólo recurre a la erudición (poca o mucha) del traductor sino también a su sensibilidad de lector y a toda esa «circunstancia» orteguiana que lo envuelve, lo condiciona cada vez que se acerca a un libro. Por lo tanto —y a mi entender, a mi entender…— cuando el traductor literario inicia su trabajo con la obra de un autor lo hace siempre (e, inevitablemente, sólo) desde su personal visión, desde las imágenes y los sentimientos que en él despierta el texto, dando de este modo, cuando vierte en su lengua las palabras que ha leído, una nueva vuelta a la tuerca de la recreación: tras una interiorización subjetiva llega una exteriorización no menos subjetiva y cada una de sus elecciones, cada una de sus decisiones es determinante —aun siendo correcta, aun siendo brillante o precisamente por ser correcta y brillante— para la «alienación» de la obra que escapa, así, de las manos de su primer autor y emprende una vida propia que irá multiplicándose con cada una de las lecturas de la traducción.

«Deteniéndose, escudriñó hacia lo hondo de la escalera de caracol y gritó con aspereza», traduce José María Valverde en la primera página del Ulises (Lumen, Barcelona, 1989); precisamente el párrafo que, cuatro lustros antes, J. Salas Subirat (Rueda, Buenos Aires, 1966) había traducido así: «Se detuvo, miró de soslayo la oscura escalera de caracol y llamó groseramente». Y todo está ahí, la «fidelidad» claro (y lo imagino, porque el inglés me es casi ajeno) pero también la diferencia que convierte ambos textos en dos universos distintos. En el primero, gracias al gerundio inicial, la acción parece prolongarse con suavidad, casi a cámara lenta, mientras la mirada de Mulligan, al escudriñar, introduce un perturbador elemento que rechina y desbarata la burlona, engolada calma del cuadro; el segundo, en cambio, me parece dominado por el hermoso son del soslayo que da a toda la frase un empaque distinto, oloroso, que acaba quebrándose al chocar con el groseramente que cierra el párrafo. Tanto es así que su lectura me  produce un dolor casi físico y yo, sin duda alguna, habría optado por la aspereza de Valverde que, unida al soslayo, impregnaría la frase del tono majestuoso, la irónica prosopopeya que parece exigir la salida de Buck. Y, entonces, sólo faltarían ya unas pocas notas de Johann Sebastian Bach para que el párrafo emprendiera el vuelo.

Y se trata, sólo, de una línea.

¿Transparencia? ¡Vamos, anda! El traductor palpita, presente, decisivo, en cada uno de sus trabajos; su peculiar sensibilidad tiñe de un modo indeleble las obras que traduce, en una hermosa (creo) suma de sensibilidades literarias; y, por lo tanto, lo que conocemos por «literatura universal» sólo es posible porque se levanta y florece sobre el mantillo de un ingente cúmulo de lecturas y recreaciones inevitable y afortunadamente «infieles».

A fin de cuentas, también el autor ex novo —con mayor o menor fortuna— «traduce» a un sistema de signos el magma que le llena el cerebro y las vísceras; a fin de cuentas todo es traducir y en cada poema se resume el impulso genésico de  la literatura, el primigenio cosquilleo del Verbo.

Uno de estos días, si me queda tiempo (o si me apetece, ¿para qué andar con eufemismos?), voy a escribir un artículo sobre el tema.

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