Historia
Por Gabriel García-Noblejas
En otras ocasiones, el método de fray Domingo Fernández de Navarrete apunta no tanto a trazar puentes ideológicos entre China y Europa, como veíamos en el trujamán anterior, sino a comprobar si el pensamiento chino es aceptable por los misioneros, por los cristianos en general. Para salir de dudas, investiga el fraile si en la tradición cultural a la que él pertenece existen ideas equiparables a las que traduce de Confucio o, para ser más exactos, de la escuela confuciana, pues en numerosas ocasiones fray Domingo cree estar traduciendo sentencias de Confucio cuando en realidad está traduciendo comentarios de filósofos a las sentencias de Confucio. Si existen esas ideas en la cultura de llegada, entonces ese punto del pensamiento confuciano es aceptable; de lo contrario, es de suponer que sería rechazable.
Así se comprueba en el ejemplo siguiente, semejante a otros muchos que abundan en sus Tratados… En el Tratado III, capítulo III § 1-2, que fray Domingo atribuye erróneamente a Confucio (el autor real es el filósofo confuciano Chengzi, y fray Domingo traduce una de sus glosas a La gran enseñanza [capítulo IX], obra tradicionalmente atribuida a Confucio pero que actualmente está considerada de otro autor sin duda ninguna), leemos lo siguiente:
En el que se escriven dichos, y sentencias del Confucio
1. Los Emperadores Iao, y Xun, governaron, dize, con piedad, y amor, y los vassallos les imitaron en aquellas virtudes. Los Emperadores Kie, y Cheu, governaron tiranicamente, y los vassallos imitaron tambien su maldad; porque los inferiores no siguen tanto las leyes, quanto el exemplo. Por tanto, teniendo el Emperador virtud en su persona, podra pedir, la tengan los demas; pero si carece en su persona della, como podra reprehender, el que falten a sus inferiores?
2. Pudierase decir aquí, que los inferiores mas siguen las leyes viuas, que las muertas; estas estàn en los libros, aquellas en la vida, y exemplo de los superiores: Et magis mouent exempla, quam verba. Es lo mesmo, que se traxo en otra parte del Nono Concilio Toletano.
Mientras que el punto 1 es traducción directa de La gran enseñanza, capítulo X, el 2 tiene tanto un comentario del traductor para hacer más comprensible la traducción como la comprobación de que el pensamiento confuciano recién vertido encaja bien con el pensamiento de la Iglesia de entonces. Nada que temer. Se puede creer en Confucio.
Al margen del sistema que empleara fray Domingo, debemos terminar este último trujamán dedicado al traductor aclarando que sus traducciones hacen gala de exactitud terminológica, de un castellano delicioso y de una capacidad de comprensión del texto original extraordinarias. Los traductores modernos de los libros confucianos tienen en él un excelente modelo que harían bien en seguir. Veamos cómo se ha traducido recientemente el párrafo que citábamos más arriba, cuyas grafías actualizamos en 2 infra:
1. Yao y Shun1 utilizaron el amor a sus semejantes para gobernar el mundo y el pueblo los imitó en el amor; Jie y Zhou2 gobernaron con violencia y el pueblo también los imitó. Por consiguiente, el soberano debe tener las mismas buenas cualidades que busca en los demás hombres. No puede ser que busque en los demás lo que él no tiene. No hay quien sin hacer referencia a sí mismo pueda enseñar a los otros.
(Joaquín Pérez Arroyo, Confucio. Los cuatro libros, Círculo de Lectores, Barcelona, 2001, p. 489. Las notas son del traductor).
2. Los Emperadores Iao, y Xun, gobernaron con piedad, y amor, y los vasallos les imitaron en aquellas virtudes. Los Emperadores Kie, y Cheu, gobernaron tiránicamente, y los vasallos imitaron también su maldad; porque los inferiores no siguen tanto las leyes, cuanto el ejemplo. Por tanto, teniendo el Emperador virtud en su persona, podrá pedir, la tengan los demás; pero si carece en su persona de ella, ¿cómo podrá reprender el que falten a sus inferiores?.
(Fray Domingo Fernández de Navarrete, Tratado 3, capítulo III, § 1, 2, p. 136).
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