Historia
Por Josefina Cornejo
T. S. Eliot es, para muchos, el poeta que mejor captó la angustia y frustración de la generación que fue testigo de la Primera Guerra Mundial. En 1922 apareció en Criterion, la revista que él mismo editaba en Londres, The Waste Land. Considerado el poema símbolo de la primera mitad del siglo xx, esta obra larga y compleja marcó, junto al Ulysses de James Joyce, el desarrollo de la literatura moderna y poesía de vanguardia en los años que siguieron. El título, una metáfora del estado de la cultura y sociedad europeas después de la contienda bélica; el poema, la imagen más terrible de la desolación y el abatimiento de una época. En 433 versos Eliot plasma el drama de la soledad y el desarraigo del hombre contemporáneo que habita en la ruinosa Europa de entreguerras, agonizante bajo los escombros. El poeta ofrece una visión desesperanzada de Occidente, náufrago y estéril, y pone de relieve la naturaleza fragmentaria del presente y el desarraigo de las voces que emanan de las palabras eliotianas, inmersas en un espacio yermo e inhóspito en el que, desorientadas y desilusionadas, están abocadas a vagar.
Ocho años después de la irrupción de The Waste Land en las letras inglesas, surgieron dos versiones españolas realizadas, curiosamente, por dos traductores latinoamericanos. La primera —en verso y la más difundida en España e Hispanoamérica en las décadas siguientes— fue Tierra baldía, publicada en la editorial Cervantes de Barcelona en forma de plaquette, esto es, un delgado volumen de 48 páginas; el encargado de la traducción fue el puertorriqueño Ángel Flores. El páramo de T. S. Eliot, en prosa y firmada por el mexicano Enrique Munguía, apareció en la revista Contemporáneos de México. Especialmente a partir de la traducción de Flores, comenzó a estar en boga el escritor angloamericano en el mundo hispano. Figuras como León Felipe y Juan Ramón Jiménez tradujeron algunos de sus ensayos y poemas. Aunque es el Eliot de los Cuatro cuartetos el que atrajo con mayor fuerza la atención de nuestros literatos, críticos y lectores, ya en los años treinta, la influencia de The Waste Land se observa en muchos de los integrantes de la generación del 27, como Federico García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda y Dámaso Alonso. Es probable que muchos de estos autores descubrieran a Eliot a través del texto del puertorriqueño, si bien es posible asimismo que lo leyeran en su lengua original (recordemos que algunos de estos nombres se exiliaron o ejercieron la docencia en el Reino Unido o en los Estados Unidos). Tras la Primera Guerra Mundial la desolación reflejada en las palabras de Eliot es la misma que conocería España con la Guerra Civil. Los años en los que se gestaron las obras de los españoles fueron años de desarraigo individual y colectivo —marcados por el conflicto fratricida, el exilio de España y la víspera de la Segunda Guerra Mundial— y de desilusión y pesadumbre; en definitiva, el mismo clima que inspiró el trabajo de Eliot.
The Waste Land se abrió paso en el contexto literario español en una época caracterizada por la universalización de España y la asimilación de otras culturas, proceso que se había iniciado ya a finales del siglo xix, cuando el ámbito intelectual nacional había comenzado a impregnarse de las literaturas extranjeras. La obra eliotiana constituyó la puerta de entrada de las novedades europeas; con ella la traducción en español alcanzó, quizá, su punto culminante en la primera mitad del pasado siglo. Apareció en un contexto de permeabilidad de la literatura nacional ante lo extranjero, cuando todo lo «nuevo» obsesionaba a los intelectuales patrios, cuya producción sintonizaba con las corrientes artísticas e intelectuales europeas. El traductor Enrique Díez-Canedo afirmaba que «el contacto con otra civilización, con otro pensamiento, no absorbe los propios; únicamente los modifica, y siempre en sentido progresivo». Tras el estallido de la Guerra Civil, se dio por terminado este proceso de apertura al exterior.