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Lunes, 8 de abril de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Lenguas

Las dos orillas

Por Carlos Fortea

Hace meses que viene ocupando cierto espacio en las ondas el falso debate —avanzo mi opinión desde el principio— que da vueltas en torno al llamado español de la traducción, entendido como una aspiración a crear unos textos que puedan ser acogidos por el lector de la Tierra del Fuego, la península ibérica, la altiplanicie andina, la costa caribeña, las riberas del Orinoco y del Río de la Plata, las Antillas y la larga vertiente del Pacífico de manera no ya igualmente inteligible, sino igualmente familiar.

Como soy de alemán, no puedo por menos de calificar esto de aspiración fáustica, pero vivo en un mundo de creencias en el que no hay diablo al que vender el alma, y yo no reconozco a su suplente —su vicario, se decía antaño—, el mercado, autoridad alguna en materia de lenguaje.

Tal vez, en realidad, todo el problema se reduzca a esto. Nunca he visto a nadie defender en los medios, digitales o no, el uso de la variante boliviana del español, que es como los hablantes del mundo llaman al castellano desde hace muchos siglos, haciendo caso omiso de la corrección política  —exactamente igual que los latinoamericanos se llaman a sí mismos latinoamericanos, porque ese es su nombre, haciendo caso omiso a los españoles imperialistas, que los hay—, ni tampoco he visto a nadie defender la variante específica de Costa Rica, ni la de Colombia o Perú, que tienen premios nobel en sus filas.

No, por alguna extraña razón —por alguna fáustica razón—, el debate proviene siempre de lugares, de un lado o de otro del Atlántico, con una fuerte industria editorial, y está siempre trufado de argumentos que en el fondo remiten a cuotas de mercado mucho más que a cuotas de belleza. No deja de ser lógico, porque la belleza no se puede dividir en cuotas, y lamentablemente hablamos poco de ella.

No es mi intención llevar aquí la contraria a nadie, sino tratar de que el debate vuelva a donde siempre debió estar: al reconocimiento de que, si se producen prácticas de signo imperial, no proceden, en nuestro sector, de los profesionales que traducimos, sino de aquellos que nos contratan, y en contra de esas prácticas y de quienes las fomentan debiéramos estar todos, en vez de discutir entre nosotros mientras ellos contemplan nuestra desunión frotándose las manos.

Como diría don Quijote —a cuya invocación me acojo en esta empresa, que reconozco que es desesperada—, de mí sé decir que leo con placer indistinto, pero para nada indiferente, el español de Roberto Bolaño y el de Elmer Mendoza, el de Alberto Méndez y el de Almudena Grandes, y que con el mismo placer indistinto hubiera leído un libro traducido por cualquiera de ellos, en el supuesto caso de que lo hubiera. De mí sé decir que cuando una estudiante latinoamericana me pregunta si puede escribir «mirar una película» en lugar de «ver una película» le advierto, para que tenga la información, de que esa no es la variante peninsular, para acto seguido decirle que desde luego puede utilizarla, porque no es un error sino eso, una variante, su variante.

Yo no sé traducir más que en el español que me ha dado la vida, que ni siquiera es el de España, sino una mezcla de las regiones en las que he vivido, los libros que he leído y los amigos que he tenido, entre los que los hay de cinco naciones hispanoparlantes. A nadie puedo ofender con mi voz, cuando no tengo otra.

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