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Viernes, 5 de abril de 2013

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Autores a. s. xx

Traducciones, retraducciones y momias de gato (y 8). Naturalización

Por Carmen Francí

Seguimos desarrollando la idea de que no es exactamente la lengua de las traducciones lo que envejece sino algunos de los recursos o técnicas del traductor directamente relacionados con lo que el lector espera, en cada momento histórico, de un texto traducido.

Uno de esos recursos que me resulta especialmente insufrible como lectora es la naturalización: las canciones populares extranjeras pasan a ser corros de la patata, las unidades de medida de países remotos se convierten en centímetros y así sucesivamente hasta que no se sabe bien en qué extraño país transcurre la novela.

Siguiendo con los ejemplos extraídos de El molino del Floss, veamos un caso extremo de naturalización o adaptación. Sardà dice en su traducción:

Y es que Tom, como ustedes ven, era un personaje algo quijotesco, y tenía de la justicia una idea más exagerada de lo que suelen tener los muchachos.

¿Quijotesco? ¿De veras dijo eso George Eliot? No sería descabellado, dado el peso que tiene El Quijote en la cultura anglosajona.

Morales pone:

Y es que Tom, como hemos visto, era un personaje algo quijotesco y tenía de la justicia una idea todavía más exagerada de lo que suelen tenerla los chiquillos.

Y esto es lo que escribió George Eliot:

But Tom, you perceive, was rather a Rhadamanthine personage, having more than the usual share of boy's justice in him,–the justice that desires to hurt culprits as much as they deserve to be hurt, and is troubled with no doubts concerning the exact amount of their deserts.

¡Sorpresa! ¡Ni rastro de Don Quijote!

Tal vez el adjetivo «radamantino» sea menos común en castellano y resulte más difícil su comprensión para el lector. En ese caso, se podría haber traducido como «Tom era de una inflexibilidad radamantina», por ejemplo. O «Poseía la rigidez de un Radamanto» (o Radamantis). Aunque mi opinión personal es que, dado que nuestras culturas beben de la misma fuente clásica griega, no hay necesidad ninguna de añadir aclaraciones. En cualquier caso, introducir el término «quijotesco» ahí donde el original dice algo bien distinto no sólo es un disparate naturalizador sino que, además, altera de modo definitivo la percepción en español de uno de los personajes principales. Porque Tom tiene bien poco de quijotesco y, en cambio, su terquedad influye definitivamente en el trágico final.

(Señalemos, de paso, la sospechosa coincidencia entre ambas versiones que, si no recuerdo mal, se extiende a las otras dos existentes y mencionadas en un trujamán anterior).

Así, a modo de conclusión de toda esta serie, me temo que podemos afirmar que traducir de nuevo las obras de los autores considerados clásicos es siempre necesario a menos que un cuidadoso cotejo recomiende lo contrario. Los mencionados son sólo unos pocos ejemplos, pero muy ilustrativos de cómo se ha traducido en España durante el siglo xix y el xx.

Bajo el camuflaje de una redacción fluida y un castellano rico y castizo (ese que tanto gustaba a  Mor de Fuentes), las más de las veces se ocultan omisiones, alteraciones, manipulaciones, censuras y adaptaciones que alteran profundamente la intención y el estilo del autor.

¿Retraducir? No, traducir.

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