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Jueves, 4 de abril de 2013

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Profesión

Execración de los traductores

Por Mario Domínguez Parra

Los comentarios en los blogs son campo abonado para cualquiera que desee desbarrar sobre la labor de los traductores sin tener ni la más remota idea del esfuerzo y el trabajo que nuestra profesión exige.

Por casualidad, mientras buscaba información sobre Émile Ajar (Romain Gary), me encontré con un blog, Fernando en Valencia, cuyo autor había escrito una entrada sobre la novela La Vie devant soi, del escritor francés.1 En un momento del texto, escribe esto (cito del texto de la entrada y de los comentarios tal y como están escritos):

Peeeeeeeeeeeeeeeeeeero, siempre se puede cruzar un traductor y joderle a uno la diversion. En este caso, mi jodedora particular se llama Ana María de la Fuente. Quizás era una talibán del lenguaje, quizás los talibanes del lenguaje eran sus editores, qui lo sa, la cuestión es que, por ejemplo, donde el original en francés decía (negritas mías):

Il devait penser que j'étais encore interdit aux mineurs

Seguramente pensaba que yo todavía era un menor

O séase, de un plumazo nos liquidamos la genial humorada de hacer que el personaje utilice la expresión "prohibido para menores", que el lector intuye en seguida que ha visto en las marquesinas de los cines y la ha incorporado a su bagaje expresivo de la forma que ha podido, por la correctíiiiiiiiisima gramaticalmente "un menor", que no causa gracia ni aspirando óxido de nitrógeno. Y así toda la traducción, añadiendo comas donde es claro que no debe haberlas porque pierde gracia que ahora la frase sí tenga un ritmo aceptable, etc. etc. etc...

Justo después insulta a la traductora y acusa a los traductores españoles de adaptarlo todo al «español correcto» (sin explicar qué es, en su opinión). Un anónimo responde esto:

Anónimo dijo…

Hola, la verdad es que estoy de acuerdo con usted, pero también tengo que decir que la traducción me sirvió de mucho en su momento. Tenía ganas de leerme el libro, y estando en francés no me ayudaba mucho, se notaba que algunas traducciones no estaban muy bien elaboradas, pero pude leerlo sin problemas.
Vuelvo a decir,que tienes mucha razón en tu blog, y ya que se animan a traducir libros, capítulos,etc... prodrían "currárselo" un poquito más.
Un saludo.

28/5/12

Indignado por esta manera (poco «currada») de referirse al trabajo de Ana María de la Fuente, escribí esto:

Mario Domínguez Parra dijo...

Estimado Fernando:

Quizás ese fragmento al que usted hace referencia no pasó la censura franquista y por eso tuvo que ser traducido de esa manera.

La traductora María Teresa Gallego Urrutia publicó en el ABC cultural del sábado pasado un artículo sobre “Los miserables”. Ponía un ejemplo de censura en la traducción: en la versión original de Victor Hugo, un obispo pide a un revolucionario que le perdone sus pecados; en una de las pocas traducciones al español de esa, es al revés (reescribiendo el fragmento). ¿Imagina que un obispo haga eso en la España franquista o prerrepublicana? Pudo ser ésa la razón por la que Ana María de la Fuente tradujo ese fragmento de esa manera.

Saludos

13/11/12

La celeridad con la que escribí este comentario hizo que omitiera un sustantivo, («de esa novela», quise decir). Asumí como censura franquista la que todavía existía en 1976, año de la primera edición de la traducción de De la Fuente.2 Ésta es la sucinta asunción de una posible alternativa por parte del autor:

dijo...

Y sí, puede ser. Quizá el talibán gramatical fue el censor de turno.

13/11/12

La vehemencia con la que defendía su argumento se torna en un atisbo de duda, pero no lo expresa con la pasión con la que denostaba el trabajo de Ana María de la Fuente por un posible error. Como ya sabemos, si un libro está muy bien traducido, casi nadie repara en el hecho de que hay un traductor o una traductora adquiriendo dioptrías y perdiendo neuronas por el camino. Pero si muestra su humanidad, como cualquiera en cualquier profesión, se vilipendia su labor execrablemente.

  • (1) http://ferbr1.blogspot.com.es/2010/09/la-vie-devant-soi.html.volver
  • (2) Cito la nota 7 del artículo de M. L. Abellán «Censura y autocensura en la producción literaria española»: «En la primavera de 1976, cuando se gestionaba el traspaso del personal censor a la Presidencia del Gobierno y se iba a desmantelar definitivamente el Servicio de Lectura (censura) de Ordenación Editorial, los “lectores” continuaban informando a sus jefes. Así se daba el caso de que mientras en los quioscos de las Ramblas barcelonesas estaban en venta, por ejemplo, las publicaciones de Ediciones Ruedo Ibérico importadas sin autorización alguna, un alumno de la Escuela Diplomática, “aparcado” temporalmente en censura por oscuras razones, recibía el encargo de enjuiciar Señas de identidad y otras obras hasta entonces oficialmente subversivas. Contrariamente a lo que años antes había sido costumbre, el censor no se pronunciaba sobre la oportunidad de la publicación de esas obras, sino que dejaba en manos de la superioridad —léase Joaquín B. Entrambasaguas, Miguel Cruz Hernández o Ricardo de la Cierva— la decisión final» (vid. http://www.represura.es/represura_4_octubre_2007_articulo6.html). volver
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