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Miércoles, 3 de abril de 2013

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Profesión

El traductor como mirlo blanco

Por María José Furió

La revista cultural suiza L’Hebdo publicaba no hace mucho una entrevista a un joven traductor, que por su planteamiento y su tono —«star des traducteurs»— provocó irónicos comentarios entre los miembros de la lista de correo en la que participo. Llegamos a la conclusión de que el perfil del entrevistado corresponde al ideal inconfesado de los editores literarios. Un mirlo blanco.

El periodista describía al traductor —35 años, experto en literatura alemana contemporánea, las editoriales de prestigio se pelean por él— con rasgos de una rock-star, un tópico cultivado por los medios de comunicación modernos. Hombre o mujer joven, nacido en los años setenta, de aspecto atractivo e indumentaria moderna, moderado desaliño, extrema pulcritud. El cronista se inspira en Balzac para el retrato: «El rostro iluminado por una hermosa palidez, la de los seres animados por un fuego interior».

Especializado en un tema difícil o minoritario que requiere años de estudios, le anima una vocación personal, que el cronista subrayaba con ingenuo deleite. Es versátil, pues conjuga su talento filológico con otras, deliciosas por inútiles, prácticas artísticas, como serían la música de trompa, la fotografía estenopeica, el lied alemán o la programación de videojuegos.

Con su buen hacer profesional, Mirloblanco ha logrado interesar y descubrir un «monumento literario» a miles de lectores, hasta entonces distraídos con temas irrelevantes y autores de menor nivel o desfasados. Su especialidad, sea la narrativa rusa, o coreana, o la novela alemana de posguerra, posee el pedigrí que otorgan los grandes nombres y/o un periodo histórico patético. Entendemos que están descartados los países felices. Si es que los hay.

Ha residido varios años en el país de cuyo idioma traduce. Sí, se «impregnó de su lengua, de sus sonoridades, sus modulaciones» se extasía el periodista. Aunque «es difícil decir por qué se ama un idioma y un país», le modera el traductor, que define con elocuencia su tarea: «Me contento con ser el intérprete, con ese don de ofrecer lo que no se posee».

Sus raíces familiares también son dignas de consideración. La leyenda perfecciona el aura: el Mirloblanco no es, no puede ser, un urbanita de clase media sin historia; él desciende de un militante comunista, en un país donde la probabilidad de un triunfo del marxismo soviético desapareció hace más de cinco décadas, y de pescadores o mineros —tenaces, aislados; como él, extraen de la naturaleza su riqueza—, o de un riguroso abogado; o de un diplomático tópicamente cosmopolita, etc., etc.

No le roban el sueño los ingresos que percibe por su trabajo (no contabiliza sus ingresos en horas dedicadas a la tarea: él traduce todo el día; la traducción es un sacerdocio), ni las cláusulas de sus contratos. No lo esclavizan las tarifas esmirriadas o congeladas como a la mayoría de sus colegas porque la editorial le ingresa una generosa mensualidad. No se menciona a la ralea de correctores y editores de mesa ni a colegas ni a sindicatos o asociaciones. Sus tête-à-tête son con el escritor.

El mirlo blanco es, por naturaleza, es decir por su naturaleza fantástica, un ser excepcional y excepcionalmente poco conflictivo. «Un traductor que vive de su pasión».

Reservado y discreto, vive aislado o casi. Siempre lejos de las grandes ciudades donde tiene sede la editorial. Y no porque sea un espartano: habita en un «dúplex con las paredes tapizadas de libros». Nadie estorba la concentración del devoto traductor: «las mujeres de su vida» —pues persona tan interesante ha de despertar interés amoroso en plural— han de acomodarse a los hábitos del monje-artista. Si no toleran su aislamiento, él acepta la «soledad física, a veces extrema, aunque» —¡aunque!— «se trata de una soledad poblada por las palabras del escritor».

Esta representación idealizada de un traductor excepcional —entre el monje y el autista, entre el artista bohemio y el empresario autosuficiente, con su modestia incansable y su genio inagotable—, sirve de contrapunto a los artículos en que periódicamente la prensa se hace eco de las quejas del colectivo de traductores.

Es un retrato que omite las condiciones de trabajo típicas hoy del sector editorial, la cosificación del traductor profesional —sustituible por otro más dócil—, subraya la fetichización del «texto» y poetiza de manera boba el talento.

Cabe preguntarse si esta imagen idealizada, fantasía de editores literarios y de periodistas ingenuos, favorece a la profesión. O debemos admitir que disimula bajo una estampa romántica el nivel de trivialización con que se castiga a un oficio que, en muchos casos, es ya solo un modesto gana pan.

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