Profesión
Por Manuel Serrat Crespo
Tras aquella agotadora batalla en defensa de una traducción que yo sabía acertada (¡era mía!) a pesar de las reiteradas, casi obsesivas, quejas de un autor que, a fin de cuentas, no era gran cosa a pesar de su engolamiento, me fue fácil imaginar la escena y convertirla en una parábola que me parece ilustradora:
Cierta mañana, el autor despierta en su cama, en su habitación de todos los días o, mejor dicho, de todas las noches, reconoce las cortinas de la ventana por la que comienza a insinuarse el día, el armario donde cuelga la ropa y, junto a la cama, la mesilla de noche en la que —claro está— hay algunos libros. Y, entonces, recuerda su desconcierto nocturno. Toma el ejemplar que había hojeado antes de dormirse, lo examina, encuentra su nombre en la portada, busca con la mirada el título y siente de nuevo su primer sobresalto. No cabe duda, el libro es suyo; pero aunque las palabras que lo encabezan le resulten difusamente comprensibles y vagamente familiares, no puede llegar a reconocerse por completo en aquel volumen. Lo abre de nuevo, como la noche anterior, y encuentra unas extrañas frases que no son suyas o, mejor, que no eran suyas hasta entonces, como si por la noche le hubieran brotado (a él, al exquisito autor) unas inesperadas antenas, como si las páginas de aquel texto —próximo y lejano al mismo tiempo, que le parece suyo pero que le es ajeno— fueran unos élitros de los que hasta entonces carecía.
Sin duda han reconocido ya —mutatis mutandis— este despertar; es, claro está, el de Gregorio Samsa en La metamorfosis de Kafka, y nuestro autor acaba de echar una ojeada al ejemplar justificativo de la traducción —a una lengua que le es desconocida— de una de sus obras. Súbitamente, un sudor frío comienza a cubrir su frente. Se pregunta si su querida prosa conservará, en esa lengua «otra», las esencias que tan caras le son, si el traductor habrá estado a la altura que su genio de escritor merece… Y empieza a sentirse muy inseguro, muy preocupado.
Nuestro autor sufre los primeros síntomas de lo que yo llamé —hace ya algún tiempo— el «síndrome K», de Kafka, claro. Síntomas que se irán agravando porque, atenazado por esa angustia, nuestro autor intentará por todos los medios librarse de tan molesta inseguridad. Tal vez recurra a una de sus amistades que, por una razón u otra, conoce la lengua a la que el texto ha sido traducido y cuyo informe, tras una somera lectura, es siempre demoledor: «Mi pobre amigo —escuchará sin duda nuestro autor—, te han destrozado el libro. Su magnífico ritmo no aparece por ninguna parte, la agudeza de tus observaciones zozobra por culpa de una prosa plana, sin relieve alguno, etc.». Y al autor le parece que a su alrededor se hunde el mundo, se dirige colérico a su editor, protesta, exige explicaciones a la editorial extranjera y al infeliz traductor que intenta, en vano, tranquilizarle o defender su trabajo y, cuando el síndrome alcanza la mayor gravedad, el autor sufre entonces una «reacción mosaica»: escribe decenas y decenas de páginas pontificando sobre la traducción literaria, elabora sesudas teorías y termina formulando un decálogo del buen traductor literario cuyo primer mandamiento dice así: «La única traducción hermosa es la traducción fiel»… Un verdadero parto de los montes, una trivialidad, una perogrullada incluso, aunque luego, ante el menor juego de palabras, el traductor se pregunte qué significa «ser fiel», cómo mantener un retruécano salvando su significado o, más aún, si ese significado existiría sin la posibilidad del retruécano. Las grandes palabras («fidelidad», por ejemplo) y las trivialidades tienen, a veces, insospechados recovecos.
Pero para el autor víctima del «síndrome K», ésa es la menor de las preocupaciones. Sigue elaborando su decálogo y lo cierra, al estilo de Moisés, con la afirmación definitiva: «No tendrás otro Dios más que el Autor». Llegados a este punto, el «síndrome K» se convierte en «complejo K» y el paciente que lo sufre no es ya el autor sino el traductor. Pero si la K del síndrome remitía a Kafka, la K del complejo es una merecida referencia a Milan Kundera, una verdadera tortura —dicen— para quienes se encargan de traducir sus obras pero —o al menos eso creo— el hombre que más tonterías y más banalidades ha escrito cuando ha pretendido teorizar sobre la traducción literaria.
Así pues, el pobre traductor que se enfrenta, por un lado, al anatema de un trabajo mal hecho y, por el otro, al decálogo kunderiano que se resume en el ya citado «Yo soy el Autor tu Dios», va presentando los síntomas del «complejo K» que le conducen, inapelablemente, a la incapacidad profesional y al progresivo encorsetamiento de su trabajo.
Desde el punto de vista de la psicopatología, «el complejo K» es un híbrido del más castrador complejo de inferioridad, ante el brillo casi divino del autor, y del más clásico complejo de Edipo. Porque en todo traductor literario afectado por el «complejo K» alienta un amante de las letras para quien la figura del escritor al que traduce posee todos los coercitivos poderes del padre.
No es difícil advertir, pues, siguiendo la estela de don Sigmundo, que sólo asesinando la imagen del padre-autor podrá el traductor vencer su complejo, dejar atrás la adolescencia y acostarse —¡por fin, por fin!— con mamá Literatura. Y sólo entonces, también, su obra, su traducción del autor del que se trate, emprenderá el vuelo, abandonará los castradores grilletes de la «literalidad» para que pueda florecer la literatura, el fulgor del Verbo que Valle Inclán exigía.
O, al menos, eso creo.