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Jueves, 26 de abril de 2012

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Historia

El Macbeth de José García de Villalta

Por Josefina Cornejo

En una época en que las traducciones de Shakespeare se abren paso en la escena cultural nacional a través del francés, el Macbeth del periodista y escritor José García de Villalta cobra especial relevancia: toma como punto de partida la tragedia original, esto es, sin mediación de las traducciones francesas y, tras el Hamlet de 1798 firmado por Inarco Celenio, seudónimo bajo el cual se esconde Leandro Fernández de Moratín, es el segundo título del Bardo que se vierte al español desde el inglés. La tragedia de Macbeth, cuya fecha de composición se fija entre 1605 y 1606, es impresa, en 1623, en el First Folio, el nombre atribuido a la primera recopilación de las obras de Shakespeare después de su muerte en 1616. Al igual que sucediera con Moratín, el Macbeth de García de Villalta llega, por tanto, con mucho retraso a la Península: habrían de transcurrir más de doscientos años para presenciar sobre las tablas españolas la historia del rey escocés.

Durante sus años de exilio en Inglaterra, país al que emigra debido a su disconformidad con el régimen absolutista instaurado durante el reinado de Fernando VII, es posible que García de Villalta asistiera a alguna representación de la tragedia del isabelino. A su vuelta de Londres, emprende la tarea de verter al español el drama shakesperiano en cinco actos inspirados en episodios de la vida de un personaje histórico del siglo xi, el rey Macbeth de Escocia. En opinión del crítico Alfonso Par, la traducción interpreta con solvencia «la difícil fraseología del dramaturgo inglés». A su juicio, el traductor traslada con acierto la parte en prosa, pero no así el verso. Utiliza, continúa Par, una gran variedad de versos desconcertantes, hasta de cuatro sílabas, y una rima consonante con escasa armonía que, en ocasiones, resulta exagerada e irritante. Lamenta asimismo las aclaraciones que decide insertar en la obra, que considera excesivas y redundantes. Pese a todo, los críticos han reconocido en García de Villalta a un hábil versificador y admiten que la rotunda sonoridad de sus estrofas, llenas de fuerza y entusiasmo, compensa ampliamente, y aun hace olvidar, los defectos y las inexactitudes que su traducción pueda presentar. Otros estudiosos, incluso, se han atrevido a calificar su Macbeth como «muy superior a cuantas traducciones se publicaron posteriormente».

Una gran expectación precede al estreno de la obra en el teatro Príncipe de Madrid en 1838. Para su puesta en escena se cuenta con afamados actores, pero la representación cosecha un rotundo fracaso. Tras la atronadora silba de la primera función, aguanta tres días más en cartel. Distintas voces apuntan a que son varias las causas que hacen fracasar la obra, entre ellas la mala actuación de los actores, el desconocimiento de Shakespeare en España y la escasa cultura del público que asiste. A tenor de Par, a esto cabría añadir, además, que García de Villalta es, ante todo, un escritor imbuido de la estética romántica que imprime en sus versos «el fuego romántico que llevaba en su alma». Así, otro factor decisivo en el descalabro de su adaptación teatral es la incredulidad de los asistentes —un público hastiado de todo lo relacionado con el Romanticismo— ante el derroche de elementos inverosímiles, como brujas y espectros, y el peso de la violencia en el desarrollo de la trama.

Durante un tiempo disminuye el interés por representar a Shakespeare en las tablas españolas. Diez años más tarde, Macbeth regresa como drama lírico de mano de una compañía teatral italiana. No obstante, la labor de García de Villalta no debe caer en el olvido ya que, como afirma un contemporáneo suyo, el crítico Enrique Gil y Carrasco, a nuestro traductor se le debe el mérito de haber contribuido a introducir a Shakespeare en España, donde para el gran público este aún «era desconocido […] más allá del reducido círculo de los hombres de letras», y que su «estudio profundo, penetrante y sin igual del corazón humano» habría bastado para deslumbrar al público español. Dolorosa sorpresa el estrépito que inundaría el teatro.

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