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Lunes, 23 de abril de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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POESÍA

Rehacer la flor

Por Clara Janés

¡Cuántas veces he intentado leer la Divina comedia de Dante en traducción y no he podido! Con el original al lado, me pasaba al italiano y, aunque no lo entendía del todo, sucumbía a su hechizo: esos tercetos perfectos cuya melodía y palabras voladoras tiran de uno y, como si fueran un hilo que ensarta las cuentas de un collar, hace que los ojos sigan encandilados hasta que, de pronto, el cerebro se da cuenta de que parte del contenido se ha volatilizado.

Ahora, en cambio, tengo por fin delante una traducción que me sujeta por lo impecable de sus versos y la perfecta construcción y armadura en que estos se suceden. Es la realizada por Ángel Crespo, que además está publicada con ilustraciones de Miquel Barceló.

No soy partidaria de los libros «ilustrados», y menos de los de un tamaño tal que haya que leerlo con atril porque las manos no pueden sostenerlo. Esta es la excepción por más de un motivo. Su contundencia material obliga a la lentitud en la lectura. Y así con toda calma se llega a versos  como éste:

Si Dios que saques fruto te concede,
lector, de tu lectura, ve pensando,
si rostro alguno seco quedar puede

a nuestra propia imagen contemplando…

que corresponde a

Se Dio ti lascia, lettor, prender frutto
di tua lezione, or penso per te stesso
com’io potea tener lo viso asciuto

quando la nostra imagine de presso / vidi…

Ciertamente en el final del terceto Crespo da un giro al verso de Dante, que en otra traducción más literal, dice: cómo podría tener yo el rostro enjuto / cuando nuestra figura ya de cerca / vi. Pero su intención era que fluyera bien en castellano y llegar al final del siguiente terceto con claridad y afinadas rimas. El fruto de esta lectura es nítido para mí: confirmar mi convicción de que hay momentos en que es lícito apartarse algo de la linealidad en favor de la fidelidad del resultado. ¿Cuándo se da este caso? Sólo la sutileza del traductor lo sabe. Un hecho tal no hace más que intensificar el trabajo, obliga a mirar con lupa cada una de las palabras vertidas.

Estoy ahora precisamente con una traducción de uno de los grandes libros sufíes (de Farid ud-Din Attar), que consta de 4724 versos y voy ya por el 3940. A la vista de lo hecho por Crespo con Dante, siento de pronto la necesidad de volver al principio con algo más de atrevimiento, porque, para colmo, todo lo complica el hecho de que el persa es una lengua que permite juegos de palabras sin fin y en la cual muchas palabras significan lo mismo y su contrario. Pero si algo no me falta es paciencia, sobre todo en obras de este tipo cuyo estímulo reside en ellas mismas.

Ángel Crespo, refiriéndose a la poesía, escribió algo que bien podríamos aplicar a la traducción: «Para hablar con sensatez y conocimiento de causa de la poesía es preciso tener la seguridad de que la palabra poética es capaz de convertir en una flor inmarcesible las cenizas de la que el poeta ha tenido, el valor —o quizá la crueldad— de quemar».

Con la Divina comedia, Crespo consiguió totalmente, tras descomponer las palabras del original, rehacer la flor en su plenitud. Además fue un traductor infatigable, baste recordar sus versiones de Fernando Pessoa, del Cancionero de Petrarca, de la Chanson de Roland, de las Memorias de Giacomo Casanova, de los escritos de Guimarães Rosa, de Pavese o de Maragall… Con motivo obtuvo reconocimientos importantes como el Premio de los Lectores y Libreros italianos, la Medaglia d’Oro della Nascita di Dante de Florencia o el Premio Nacional de Traducción. Por otra parte, acompañó este trabajo con su propia poesía y con ensayos, de modo que completaba sus versiones y daba respuesta a cuanto quisiera conocer aún el lector.

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