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Martes, 17 de abril de 2012

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Crítica

De la afición a la crítica y de los críticos aficionados

Por Carmen Francí

«El lector debe exigir buenas traducciones. Y si no se las dan, que remita  el libro a la editorial y pida que le devuelvan el dinero, de la misma manera que rechazaría un producto en mal estado».

La primera vez que oí esta idea en boca de un traductor fue en la presentación del primer Libro Blanco de la traducción en España, en el invierno de 1997.

Ya entonces me pareció muy inquietante la llamada al lector que hacía Esther Benítez en la Biblioteca Nacional: si la crítica profesional, con todo lo que se supone que saben de traductología esos sesudos señores, presta una atención tan somera y banal a las traducciones, ¿de veras tendrán más fundamento las opiniones de los espontáneos?

No quisiera que se interpretara que, llevada por un afán gremialista, rechazo la crítica y defiendo todas las traducciones literarias realizadas en este país. Reconozcámoslo: hay traducciones malísimas. Pero cualquiera que lleve en esto algún tiempo sabrá que el traductor no es el único responsable de que se publique una mala traducción: alguien lo contrata, alguien revisa el texto y, sobre todo, alguien fija de antemano un presupuesto para ese trabajo. Si el editor cuando compra un coche, elige un restaurante o adquiere un instrumento musical sabe que el cuidado en la fabricación, el tiempo de dedicación o la pericia del artesano guardan una estrecha relación con el coste y la calidad del producto final, ¿por qué olvida ese criterio cuando contrata a un traductor? ¿Por qué ese empeño en comprar duros a dos pesetas? ¿De veras una mala traducción es únicamente responsabilidad del traductor?

Pero volvamos al asunto del lector como crítico: han pasado los años desde la sugerencia de Esther Benítez y gracias a los blogs, foros y redes sociales ha crecido exponencialmente el número de críticos espontáneos. Basta con dar un paseo por la multitud de lugares dedicados a la literatura en Internet para leer cantidad de opiniones sobre traducciones. Y es alarmante constatar que muchas de ellas confirman mis malos presentimientos: la inmensa mayoría reflejan un total desconocimiento del mundo editorial y la traducción literaria. Así, se leen afirmaciones del tipo: «Este traductor es muy malo, qué desastre de título ha puesto» (cuando tantas veces es el editor o el departamento de marketing quien decide qué titulo llevará la obra, pasando incluso por encima del criterio del traductor). «Este traductor es muy malo: donde el original dice patatín en castellano debería poner patatán» (con cuánta frecuencia se confunde el análisis de la traducción de un texto literario con la equivalencia propia de un diccionario bilingüe), y, lo que es más triste, en la mayoría de los comentarios subyace la idea: «Este traductor es muy malo, yo lo habría hecho mejor». Cosa tal vez cierta, pero no parece la mejor base para la objetividad que se supone al crítico.

Incluso conozco un caso en que el lector con repentina vocación de crítico escribió al editor y al traductor con una lista de supuestos errores (digo supuestos porque más tarde confesó que no tenía el original) y, a pesar de que el traductor tuvo la paciencia de rebatir una por una sus afirmaciones, el espontáneo aprovechó la ocasión para terminar ofreciéndose al editor para futuras traducciones.

Como dicen en las películas (traducidas), tendremos que aprender a convivir con ello. Porque los foros, blogs y páginas web cada vez tienen mayor peso en el éxito de un libro (para qué partirse la cabeza: bastan los argumentos de un buen vendedor de pegamentos: «Cómo engancha, no podrás soltarlo,  imposible dejarlo…») y en la difusión de todo tipo de información. 

Así que, colegas traductores, cuando os hostiguen los francotiradores  preguntad a un amigo médico cuántos pacientes le llegan a la consulta tras diagnosticarse solitos con la ayuda de cualquier foro de Internet.

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