Autores s. xx
Por Miguel Martínez-Lage*
Es sabido que cuanto quede de un gran escritor en un cajón una vez que el gran escritor muere posee un raro valor añadido. Samuel Beckett dejó órdenes bien precisas para que sólo después de su muerte se publicasen dos obras que en vida no quiso ver ni en pintura: su primera obra teatral acabada, Eleutheria, y su primera ¿novela? igualmente acabada, Dream of Fair to Middling Women. La primera nunca llegó a verla, y renegó de ella. Sin embargo, durante un par de años dio la lata a todo lo que se moviese en el sentido de lo posible para publicar —y por tanto ver— la segunda, de la que sólo renegó cuando los sucesivos rechazos de no pocos editores le hicieron precisamente ver que aquello era una especie de bodrio impublicable, plegado en demasía a los modos impuestos por Joyce en Finnegans Wake.
Por razones que ahora no hacen al caso, resulta que me encuentro en el duro y dulce trance de traducir al castellano la novela primeriza, contando en la tarea con la ayuda impagable de José Francisco Fernández, preclaro «Beckettian scholar» y especializado precisamente en ese Beckett juvenil. Y por mi filiación beckettiana se da el caso de que de no haber formado este tándem en el que él va delante, manejando el manillar, y yo pedaleo detrás y manejo el cambio de piñón, Dream difícilmente se habría publicado nunca en castellano. O sea, que más bien soy yo quien le presta alguna ayuda en el empeño. Es decir: traducimos juntos.
Como se trata de una traducción que está aún en el telar, y a la que aún le queda mucho para salir convertida en tapiz que se dispare en múltiples direcciones, quiero ahora limitarme a comentar sucintamente un problema extrapolable a muchas novelas infectadas por el virus flaubertiano del estilo, que es el que descuajeringa la novela entendida como objeto que existe en función del entretenimiento y da lugar al divorcio entre la alta y la baja literatura. De repente, y más con Joyce apud alii que con el propio Flaubert, la novela se convierte en un artefacto de lucimiento desmedido del propio yo y de la alta cultura que al yo adorna. Y así se encuentra uno con frases que entran sin rebozo en la pedantería más sonrojante, caso de ésta, tomada de Dream, novela a la que ya puedo llamar por su título en castellano, Sueño con mujeres que ni fu ni fa (y es cierto que «Fair to Middling» alude a las mujeres guapas, pero que tampoco matan, mientras que la locución castellana se queda un poco por debajo, si bien clava la idea del título y de la propia novela):
Se pasó el glabro dorso de la mano gordezuela por la boca ávida. Tres sustantivos, tres adjetivos.1
A todo traductor que tenga que poner una frase como ésta en un texto cualquiera tienden a caérsele los anillos aun cuando tenga el dorso de la mano hirsuto, la propia mano flaca, la boca saciada. Por fortuna, el autor se ríe —gesto postmodernista donde los haya— de la pata de banco con que acaba de salir, al comentar deícticamente el desmadre de la pedantería en que ha incurrido, y eso al traductor le permite salvar los muebles y, sin rebozo, incurrir en pedantería análoga sin temor a que el lector, si lo hubiere, diga: a estos dos señores se les ha ido mucho la pinza.
Por suerte, siendo dos los cerebros y las sensibilidades que se ponen al servicio del texto, basta con que veamos ese comentario autorreferencial, donde la ironía de la gramática permite salvar la soberbia del estilo de alto coturno, para que nos acordemos de que no es la primera vez que tal cosa sucede. Muy al principio del libro detectamos esta otra frase:
Si bien creemos, no obstante, que a ella no se le ocurriría relacionar los lentos y falsos sobresaltos de su completa e infeliz relación, dos sustantivos y cuatro adjetivos, con esa lesión del tejido platónico en una fría mañana de octubre.2
Si la ironía erudita del autor no acudiese en ayuda del texto, y por tanto refrendase las decisiones tomadas por los traductores, muchos lectores darían en decir que la traducción es un disparate. Pero resulta que es la que tiene que ser. La avala esa autorreferencialidad que, mire usted por dónde, en el original actúa como merma de las ínfulas que se da el autor, y en la traducción funciona como carta de legitimación de las mismas ínfulas que no queda más remedio que darse. Pero no siempre se tiene tan a mano el espaldarazo que autorice una elección que podría de otro modo parecer un error craso.
Descanse en paz. volver