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Martes, 19 de abril de 2011

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Enseñanza

Enseñar a traducir (III)

Por Ramón Buenaventura

No puedo demostrar mi intuición de que la sensibilidad lingüística depende en gran medida de los genes, porque siempre existe la posibilidad de que sus gozadores la hayan conseguido en casa, por influencia del ambiente familiar. Lo único para mí indiscutible es que la sensibilidad lingüística existe y que no todo el mundo la posee en idéntico grado. Supongo que el fenómeno, como todos los naturales, se ajustará a la famosa curva de Gauss: un cincuenta por ciento de normalitos, un veinticinco por ciento de infradotados y un veinticinco por ciento de superdotados.

En una facultad de traducción solo deberíamos trabajar con ese veinticinco por ciento de superdotados, pero el caso es que en este momento no tenemos modo eficaz y fiable de calibrar el talento lingüístico con que nos llegan los alumnos. Enfrentados a clases de veintitantos estudiantes, los profesores apenas tienen tiempo, a lo largo del curso, de calibrar el eventual talento de cada uno. La única opción, creo yo, consiste en lanzar estímulos y espiar las reacciones. Y no hay mejor estímulo que la constante presentación a los jóvenes de nuestro amor por el lenguaje: el truco está en aprovechar todas las excusas para exhibir la belleza de las palabras, de su uso, de su historia, de sus formas, tanto en el idioma de partida como en el de recepción; que, por ejemplo, «lucubratio» significara en latín ‘trabajo hecho a la luz de una lámpara’ debe ser motivo suficiente para que a unos pocos alumnos se les enciendan las pajarillas y el profesor los vea asombrarse y disfrutar; y tome nota de ellos, porque son los únicos que en el futuro podrán convertirse en buenos traductores.

Es una tarea que exige concentración y esfuerzo, incluso capacidad de improvisación para aprovechar las oportunidades; pero no habrá nada más placentero que descubrir el talento juvenil, porque en él está el futuro cuyo pasado somos los profesores.

Y rematemos con una evidencia: solo puede enseñarse a quien desea aprender. Todas las facultades están llenas de alumnos que no desean aprender, sino que les den un título para ponerse a practicar lo que ignoran, por feo milagro.

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