Autores s. xx
Por Mariano Antolín Rato
La publicación de alguna obra inédita de un escritor ya muerto casi siempre provoca reacciones encontradas. Está por un lado la facción universitaria, más o menos nutrida según la importancia curricular del autor, que defiende a golpe de tesinas y tesis que en su labor exegética es imprescindible conocer todas y cada una de las frases del objeto de sus desvelos. Junto a estos campeones de la interpretación erudita, se alinean los que —suplicando condescendencia— me atreveré a llamar fans. Son lectores atentos, en ocasiones también maniáticos, atraídos por su admirado autor con el que quieren volver a disfrutar o sufrir o divertirse, depende. Y resumiendo otra vez de modo poco elegante, enfrente está el bando de quienes condenan que se editen escritos que un autor no publicó en vida. Que pase eso, sugieren, tiene origen en la codicia de los herederos y la idolatría de los eruditos, pues la consecuencia más frecuente es que los inéditos no añadan nada a la merecida categoría del autor, y hasta la empañen.
Las posturas intermedias, como se imaginará, abundan y, en contra de mi querencia hacia los extremos, dentro de ellas me he situado para traducir la novela que he terminado hace unas semanas. Se trata de An American Type (todavía sin título definitivo en español), de Henry Roth, cuya Llámalo sueño cuenta con el respeto y entusiasmo incondicionales de casi todos los lectores de los ambientes más cultos de entre los que me muevo. En los Estados Unidos, donde se publicó por segunda vez en 1964, supuso el descubrimiento de un escritor víctima de uno de los bloqueos creativos más largos de los que se tenga noticia. Llámalo sueño había aparecido por primera vez en 1934 y pasó sin pena ni gloria. Y hasta 1994 no publicó el primer volumen de la tetralogía, A merced de una corriente salvaje, completada en 1998. Un auténtico monumento que confirma a Henry Roth como uno de los grandes del siglo xx.
Pues bien, hace un par de años un joven preparador de originales de la peculiarmente prestigiosa The New Yorker, entusiasta de Roth desde sus años de estudiante, la emprendió con un original de casi dos mil páginas a máquina que el agente del ya fallecido Roth había enviado a la revista para ver si entre aquel conjunto de escritos se podría sacar algún relato publicable. Aparecieron dos, pero el editor, que se llama Willing Davidson, siguió trabajando en el original y, suprimiendo repeticiones y digresiones, ordenando cronológicamente el texto, obtuvo una novela de casi trescientas páginas. Precisamente esta titulada An American Type que me tocó traducir.
La labor de Davidson ha sido muy meritoria, porque ha conseguido que la voz escrita de Roth volviera a sonar para provecho de quienes como yo somos fans de las aventuras que narra el escritor judío-americano. También recibirán datos valiosos para sus trabajos los especialistas en Roth, o la literatura estadounidense del siglo xx en general. Pero el traductor se las ve y se las desea para poner en español ese ritmo inconstante de Roth, que a lo largo de los años pasó del modernismo de corte joyciano a la epopeya de los bajos fondos. Y encima, con un original donde se duda si el autor no lo habría corregido de haber hecho una segunda lectura. El editor, respetuoso, deja las frases tal cual y obliga a reprimir las ganas de enmendarle la plana, aunque sea en borrador, a un gran estilista. Surge, pues, una de las paradojas del traductor que se enfrenta a un texto que le parece incorrectamente construido. En el presente caso, opté por arriesgarme a que algún lector opine que he traducido inadecuadamente, pero he mantenido las peculiaridades, corregibles o no, del autor. Honi soit qui mal y pense.
Las dificultades con las numerosas expresiones en yidis, resueltas gracias a la ayuda de Varda Fizsbein —agradezco digitalmente a ACE Traductores que me pusieran en contacto con ella— merecerían otro artículo.