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Lunes, 4 de abril de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Lo raro también vende

Por Xosé Castro Roig

Como ya decía en trujamanes pasados, uno no nace traductor, sino que se hace, pero una vez que se hace… caray, ya no es fácil desconectar. Dicho de otro modo, el traductor —bueno, y el corrector— no lee, examina; no mira, escruta; no oye, escucha. Los textos tiemblan al ver que nos acercamos; somos su fiera corrupia. Quizá por eso, algunos no nos relajamos tanto cuando vemos una película o leemos un libro, porque estamos leyendo u oyendo incluso el texto «que hay detrás», descifrando de una manera algo inconsciente el mensaje original.

Por este motivo, a veces no entiendo bien por qué las distribuidoras deciden elegir títulos en español que dan una idea equivocada del argumento de la película. Hay títulos, como Los blancos no la saben meter (White men can't jump) o Resacón en Las Vegas (The Hangover) que a mí me hacen arquear la ceja, y que no se adecuan al tipo de humor o de público que buscaban los autores, creo yo. Ahí están, para quien quiera consultarlos, trujamanes pasados sobre esta cuestión: Títulos de películas 1, 2 y 3.

Pensaba yo sobre todo esto el otro día, mientras veía una película estadounidense en la que un personaje —que discutía sobre política— decía una curiosa frase: «Los chicos de Washington apestan, especialmente los que influyen en la secretaria». A partir de ahí, el argumento dejaba de tener sentido y uno se preguntaba a qué secretaria se refería, pues no había salido ninguna antes («¿Me habré ido al baño en el momento justo?», me pregunté, claro). Tras unos segundos de estupefacción, mi cerebro de traductor empezó a hacer «ingeniería inversa»; es decir, traté de deducir el texto original a través de la traducción y, entonces… ah, ¡todo encajó!

Fíjese: en los Estados Unidos existe una expresión algo peyorativa para referirse a los miembros del gobierno: «the guys from Washington D. C.» (literalmente: ‘los chicos de Washintgon’). El verbo «apestar» forma parte de este neoespañol que hemos inventado los traductores de películas y que se distingue por usar vocablos que no se oyen más que en películas traducidas (le dedicaré un trujamán a este «dialecto» más adelante), así que en inglés debía decir algo así como stink (‘apestar’) o suck (literalmente: ‘chupar’, pero con el mismo significado de ‘causar asco, desagrado o repulsa’). Por último, esa «secretaria» se refería en realidad a Secretary, un falso amigo que sirve para referirse al cargo equivalente a «ministro» en España. En resumen, la críptica frase tendría que haberse traducido más bien así: «Me dan asco los políticos del Gobierno, especialmente la camarilla del ministro».

Lo que me sorprende no es que se tradujera mal (estas cosas nos han pasado a todos) sino que las personas que formaban parte de la cadena de producción, como el ajustador, director de doblaje, actor de doblaje, cadena de televisión… y en última instancia, el espectador, no reparasen en el sinsentido.

Pero el tiempo nos demuestra que incluso las traducciones sin sentido triunfan o pasan casi inadvertidas. Ahí tienen una de las candidatas al Óscar a la mejor canción original en 1995. Su título en inglés es You’ve got a friend in me (formaba parte de la banda sonora de Toy Story). En España se tradujo como Hay un amigo en mí. Y ahora, querido lector, pregúntese: ¿cuántas veces le ha dicho a un amigo: «Oye, no te preocupes, que yo siempre te apoyaré: hay un amigo en mí»? Ahí lo tiene: una frase nunca pronunciada por un hispanohablante, se convierte en una canción de éxito.

Y un traductor, allí en la esquina, frunce el ceño mientras la tararea.

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