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Miércoles, 30 de abril de 2003

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Profesión

Lenguaje formativo y lenguaje informativo

Por Gustavo Artiles

En su trujamán del 14 de marzo, Xosé Castro Roig nos brinda, en la segunda parte de su cursillo de espánglish, un provocador vocabulario. Todos los traductores podemos extenderlo sin dificultad, pero mi intención aquí es ir al motivo de la moda que cobran ciertos términos en vez de otros más a la mano por tradicionales. Esto tiene relación con lo que llamo lenguaje formativo y lenguaje informativo, distinción que hago, en primer lugar, al considerar las diversas carreras profesionales.

El lenguaje (o la carrera universitaria) que tiene como objetivo primario o secundario moldear el carácter de la persona y emplazarla en un plano crítico y objetivo ante el mundo, es formativo por definición. Es, por una parte, el riguroso lenguaje de la ciencia y, por otra, el lenguaje igualmente riguroso aunque variado de la filosofía y de la gran literatura, del ensayo y de los mejores libros de texto. El contacto con la historia le es fundamental. El orden del otro lenguaje es utilitario: transmitir una información determinada, como es el caso del periodismo, o alcanzar un fin concreto, como puede ser promocionar o vender algo, convencer de ciertas ideas, etc. Es un lenguaje de naturaleza práctica, y la tradición cuenta aquí mucho menos. Al contrario, prefiere sonar moderno casi a cualquier precio.

El glosario de Castro Roig recoge términos que vienen dictados por esa psicología prágmática, originada, en efecto, en el inglés de la publicidad. Existe una razón psicológica por la que los hablantes los prefieren: tampoco ellos querrían parecer anticuados: su mundo es el de los jóvenes, el otro es de los vejetes. La edad cronológica no es de ningún modo lo determinante en la psicología del redactor o el hablante, pero, en el mundo comercial, reviste suma importancia ser o parecer moderno, estar actualizado. Si economistas, banqueros, burócratas, ingenieros, técnicos usan determinados términos en su germanía cotidiana, entonces, a la hora de presentar una ponencia o hacer una simple charla ante colegas o clientes, también los usarán. Todo el mundo entenderá al instante qué es lo que el orador está diciendo. Y —tenemos que aceptarlo— ese es el primer fin que se supone que persigue el orador.

Supongamos ahora que la ponencia o charla ha de ser traducida a otros idiomas. El procedimiento común es que el responsable la remita a una agencia comercial que a su vez se la enviará a los traductores. Estos, cuando son conscientes del problema antes planteado —no a todos preocupa por igual este tema—, confrontan la disyuntiva de emplear los términos de moda, que son los tomados literalmente del inglés, o aplicar un sentido más profundo de la lengua y reflexionar antes de escoger cada palabra crucial. El traductor que proceda así probablemente haya seguido estudios formativos, no solo informativos: su carácter será más crítico que pragmático.

Por último, tenemos el hecho de que pararse a pensar representa un trabajo adicional. Muchos traducen semiautomáticamente, no solo porque posiblemente conozcan bien la materia, sino asimismo porque time is money (¡qué le vamos a hacer!). Y, encima, tal vez sepan también que nadie, entre sus contactos en agencias, los clientes de estas y el lector que va escuchar la versión extranjera, tengan la menor noción de la problemática lingüística aquí expuesta, que viene a parecer una consideración bizantina.

Sé que el razonamiento aquí expuesto constituye una supersimplificación. No obstante, estoy convencido de que sus premisas son demostrables y que representan una fuerza difícil de superar en la práctica de la traducción remunerada y de la enseñanza contemporánea en un mundo que busca afanosamente las máximas ganancias al menor coste y tiempo.

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