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El
trujamán
Jueves, 3 de abril de 2003 |

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Cuando las chinas toman mate, Marco Polo
se equivoca (I)
Por Fernando SorrentinoDos
clases de chinas argentinas
Con respecto al sustantivo y adjetivo chino, na, el DRAE, sin mencionar
etimología, lo define como «natural de China». Pero en otra entrada del vocablo, la
correspondiente a la etimología quechua («hembra, sirvienta»), afirma, entre otras
acepciones, que se dice de una persona «de ojos rasgados» y de una persona «aindiada».
En la llanura de Buenos Aires e ignorante de la existencia tanto del
Celeste Imperio como del DRAE, el paisano del siglo XIX llamaba china:
a) a su propia mujer (de modo muy afectuoso); b) a la mujer indígena (más
bien con aborrecimiento).
De la acepción a) hay en el Martín Fierro (1872-1879)
cuatro casos: bastará con un solo ejemplo:
mientras su china dormía
tapadita con su poncho.
(I, ii, 149-150)
Otro ejemplo de la acepción b) (aparece quince veces):
pues ni el indio ni la china
sabe lo que son piedades.
(II, vii, 995-996)
El uso, aunque no exclusivo del siglo XIX, tendió a disminuir en el XX.
El vocablo, en diversos matices que participan de ambas acepciones a)
y b), se registra, unas cuantas veces, en Don Segundo Sombra (1926), de
Ricardo Güiraldes. En el capítulo VI, con tierno diminutivo, aplicado a Aurora, la
muchacha que, por culpa del narrador, ha «perdido una sortija * entre el maíz»:
Esa tarde no me había reñido, y al apartarme no fui yo quien dijo:
Mañana te espero.
Pobre chinita, aquel mañana había sido nuestro último encuentro.
Con el sentido a) de mujer propia se halla en el
colérico tango de tono gauchesco Contramarca (1930, música del
argentino Rafael Rossi y letra del uruguayo Francisco Brancatti). Del contexto se infiere
que la dama, después de haber traicionado al cantor y a pesar de haber recibido «en el
carrillo», como castigo por tan abominable pecado, «esa flor que mi cuchillo te marcó
bien merecida», parece no haber escarmentado pues vuelve, ¡oh, imprudente!, a la antigua
vivienda, donde el floricultor del puñal la saluda con este mensaje de bienvenida:
China cruel, ¿a qué has venido?
¿Qué buscás en este rancho?
Como «persona de rasgos aindiados», derivación de la acepción b),
Borges la emplea en «Hombre de la esquina rosada» (1935):
los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también
...............
se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas
Y, de manera casi tautológica, en «El Sur» (1953):
otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto
...............
El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose.
Con forma masculina y en aumentativo, aparece, muy avanzado el siglo XX, con la
misma acepción. El niño que narra el angustiante cuento «Después del almuerzo» (Julio
Cortázar, Final del juego, 1964) llama chinazo al guarda del tranvía:
pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no
quieren entender
...............
El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio.
Acaso por la proliferación de chinos propiamente dichos que, con sus
ubicuos autoservicios, proveen de alimentos a toda Buenos Aires, el término, tal como lo
empleó Cortázar, hace muchísimo tiempo que ha dejado de oírse.
En el trujamán titulado «Cuando las
chinas toman mate, Marco Polo se equivoca (II)» veremos que, sin llegar a
constituirse en peligro amarillo, resulta bastante riesgoso que un traductor confunda las
chinas asiáticas con las chinas argentinas.
(*) Enrique
Anderson Imbert (Historia de la literatura hispanoamericana, XII) señala que
«sortija como en Chaucer significa virginidad».  |
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El trujamán
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