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La verdad sospechosa

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Carlos Hipólito (don García), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTC«Vivir, y trampa adelante, / es en la corte refrán» (9b, II). Estos dos versos de Campana, que son pronunciados para consolar a su señor don Diego de Los empeños de un engaño, podrían ser, a su vez, el lema que encabezara La verdad sospechosa. Comedia de carácter, escrita alrededor de 1620 —no antes de este año—, [26] que, contradiciendo lo sostenido hasta el presente, resulta ser una «transformación» [27] de La andriana de Terencio. Elisa Pérez tuvo el acierto de indicar el paralelismo que existía entre las dos obras, pero éste no radica tanto en la «combinación de caracteres y situaciones» [E. Pérez, 1928: 131] como en los recursos dramáticos que utilizan ambos autores. Tampoco resulta apropiado sostener que en La verdad sospechosa «se comete una falta» [ibídem]. El galán es mentiroso, pero ya lo era antes de presentárnoslo.

Con La verdad sospechosa, Alarcón nos ofrece una estructura argumentativa por el engranaje de pruebas —recurso esencial en sus comedias de caracteres— [28] a las que es sometido el protagonista para que desestime su vicio de mentir y su creencia en que «el fin justifica los medios» [Willard F. King, 1989: 192]:

García    Ser famoso es gran cosa,
               el medio cual fuere sea;
               nómbrenme a mí en todas partes,
               y murmúrenme siquiera.
                                             (vv. 861-864)

Los protagonistas de sus comedias de caracteres deben sufrir todo un proceso que los conduzca a reconocer que su visión o interpretación de la realidad es ilusoria y, por lo tanto, errónea. Para ello, Alarcón alterna la perspectiva de estos personajes con la del resto, que coincide con la del público.

Alarcón había concluido la larga serie de cursos requeridos para los abogados [...] Pero viéndolo bien, fue en más de un sentido una preparación peculiarmente adecuada para el futuro autor teatral. Muchos siglos antes de los tiempos de Alarcón, un breve tratado griego sobre la estructura de la comedia en contraste con la de la tragedia (el Tractatus Coislinianus) había definido el género comedia como una forma de proceso judicial en que se van presentando alegatos en pro y en contra de una tesis o de un personaje, hasta que el peso de las sucesivas pruebas jurídicas destruye la falsa opinión y establece la inocencia o la culpa, la verdad o la falsedad. [Willard F. King, 1989: 79]

No puede considerarse mera casualidad que otro dramaturgo-abogado se inspirase en la comedia de nuestro autor en la segunda mitad del siglo XVII francés. Corneille había sido «otro aficionado a la argumentación» [Willard F. King, 1989: 80]. Y un letrado, justamente, es quien en la segunda escena del primer acto nos ofrecerá la información necesaria para empezar a observar el comportamiento de García:

Beltrán       Deme, señor licenciado,
               los brazos.
               [...]

                    Dios le guarde, que, en efecto,
               siempre el señor licenciado
               claros indicios ha dado
               de agradecido y discreto.
               [...]

Letrado     En cualquier tiempo y lugar
               he de ser vuestro criado.
Beltrán   Ya, pues, señor licenciado,
               [...]
               que hiciese por mí y por él
               sola una cosa querría.
Letrado      Ya, señor, alegre espero
               lo que me queréis mandar.
Beltrán  La palabra me ha de dar,
               de que lo ha de hacer primero.
Letrado       Por Dios juro de cumplir,
               señor, vuestra voluntad.
Beltrán  Que me diga una verdad
               le quiero sólo pedir.
               [...]
               que me diga claramente,
               sin lisonja, lo que siente,
               supuesto que le ha criado,
                    de su modo y condición,
               de su trato y ejercicio,
               y a qué género de vicio
               muestra más inclinación.
               [...]

Letrado [...]
                    Mas una falta no más
               es la que le he conocido,
               que, por más que le he reñido,
               no se ha enmendado jamás.
Beltrán      ¿Cosa que a su calidad
               será dañosa en Madrid?
Letrado Puede ser.
Beltrán                ¿Cuál es? Decid.
Letrado No decir siempre verdad.
                                             (vv. 21-156)

Eulalia Ramón (Lucrecia), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCPero, inmediatamente, el letrado va a ser relevado por el propio García que, con sus mentiras, confirma lo que el licenciado declara a Beltrán, a la vez que reafirma los temores que se apoderan del padre al saber que su hijo es mentiroso. Lo peor es que los embustes de García van in crescendo: empieza con mentiras de un sólo verso hasta llegar a relatarlas o a exponerlas en relaciones extensísimas. La primera la dice para conquistar a la recién conocida Jacinta —a la que, más adelante, el creerá Lucrecia—: «más de un año que por vos / he andado fuera de mí» (vv. 483-484), cuando, en realidad lleva un día. También, unos cuantos versos más adelante le dice a la dama ser indiano, y dos escenas más allá, dirá a Juan —compañero de Salamanca que vive, a su vez, en la corte— que hace un mes que está en Madrid. A propósito de una fiesta que Juan y Felis estaban comentando, García les dice que fue organizada por él para regalar a su dama. Juan le ruega que les cuente la verdad de lo que allí sucedió, y es aquí donde García les hace una relación, sin falta de detalles, de la famosa fiesta que dio junto al Manzanares. Tan al vivo la pinta, que Juan comenta: «que no trocara el oírla / por haberme hallado en ella» (vv. 751-752).

José María Pou (don Beltrán), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCGarcía vive lo que crea con la palabra. En su habilidad para imaginar situaciones, personajes, espacios —en definitiva—, radica buena parte de la comicidad de la obra. Ya en el segundo acto, relatará a su padre la supuesta historia de cómo vino a casarse con Sancha en Salamanca. [29] Relato, asimismo, lleno de vida, y sin olvidar el más mínimo elemento que pueda hacerlo, al menos, creíble para los oídos de su padre. Ciento ochenta y siete versos dedica García para desarrollar «sutilezas» de su ingenio, justo en medio de la trama, como clímax de la acción dramática. A partir de aquí, lo suyo va a ser un mentir para desmentir o corregir embustes dichos hasta entonces.

A modo de puente entre estos dos momentos dramáticos —el de ir mintiendo sin tregua y el de ir asumiendo con más mentiras las consecuencias de las primeras—, García pronuncia un monólogo en el que plantea la síntesis de su situación. Por primera vez, lo tenemos en escena en su soledad, reflexionando, mostrándose consciente de sí mismo:

     ¡Bueno fue reñir conmigo,
porque en cuanto digo miento,
y dar crédito al momento
a cuantas mentiras digo!
                                 (vv. 1740-1743)

Con un recurso original, Alarcón obliga al personaje a que abandone la escena sin que por ello interrumpa su monólogo. Pero una vez ausente ya del escenario, se oye a García cómo pone el colofón al que hemos llamado primer momento dramático —mentir sin tregua— mientras anuncia el mencionado segundo momento dramático:

                                Dirá adentro.
Tan terribles cosas hallo
que sucediendo me van,
      que pienso que desvarío.
Vine ayer, y, en un momento,
tengo amor y casamiento,
y causa de desafío.
                                (vv. 1750-1755)

Adriana Ozores (Jacinta) y Sonsoles Benedicto (Isabel), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCYa sabemos que las relaciones y los relatos son las técnicas más inverosímiles para ofrecer información al espectador por estar alejadas de la mímesis, pero no es en absoluto casual, además, en el caso de García. No olvidemos que se trata de un mentiroso al que el dramaturgo quiere aislar en su propia inverosimilitud. En el primer y tercer acto, tras cada mentira que va diciendo el galán, inmediatamente, Tristán, su criado, con sorpresa enfatiza en apartes la condición de embuste de lo que dice su señor:

     ¿Un año, y ayer llegó
a la corte?
               (vv. 485-486)

    ¿Indiano?
               (v. 501)

    ¿Qué fiesta o qué dama es ésta
si a la corte llegó ayer?
                           (vv. 625-626)

¡Válgate el diablo por hombre!
¿Que tan de repente pueda
pintar un convite tal
que a la verdad misma venza?
                           (vv. 753-756)

¿También a mí me la pegas,
al secretario del alma?
                                             Aparte.
¡Por Dios que se lo creí,
con conocelle las mañas!
Mas, ¿a quién no engañarán
mentiras tan bien trovadas?
                           (vv. 2780-2785)

Cuerpo de verdades lleno
con razón el tuyo llaman,
pues ninguna sale dél,
ni hay mentira que no salga.
                           (vv. 2812-2815)

Emilio Gutiérrez Caba (Tristán), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCMentirle hasta a su propio criado es el colmo de García. Con mucha sutileza sugirió Elisa Pérez [1928: 131-132] que García encerraba en sí al galán y a su propio criado en cuanto a personaje «ingenioso que todo lo arregla». García, a diferencia de los otros galanes principales del teatro alarconiano, no requiere la inventiva del criado porque le basta la suya. Pensemos que, en Ruiz de Alarcón, el criado, aunque no sea rústico ni propiamente el gracioso, [30] es el que miente porque a su señor —sólo si es el galán protagonista— no le está permitido hacerlo por su código moral. En este caso, en cambio, es el que subraya las mentiras de su señor, y el que declara —como el letrado— el vicio de García a su padre. Nada más empezar el segundo acto, se crea un paralelismo respecto a la escena de Beltrán y el licenciado del primer acto: Beltrán acude a Tristán para que le diga qué piensa de su hijo después de haberlo conocido y haber estado en Madrid con él. Tristán le contesta con prontitud y graciosa naturalidad que García es ingenioso, arrogante y que, además:

                    De Salamanca reboza
               la leche, y tiene en los labios
               los contagiosos resabios
               de aquella caterva moza.
                   Aquel hablar arrojado,
               mentir sin recato y modo,
               aquel jactarse de todo,
               y hacerse en todo extremado.
                   Hoy, en término de un hora,
               echó cinco o seis mentiras.
Beltrán  ¡Válgame Dios!
Tristán                                   ¿Qué te admiras?
               Pues lo peor falta agora:
                   que son tales, que podrá
               cogerle en ellas cualquiera.
                                               (vv. 1240-1254)

Y, precisamente, uno de los primeros en cogerle es Juan, ya que, gracias a su amigo Felis, se entera de que García le ha mentido en lo de la fiesta y la dama:

Juan       ¿Embustero es don García?
Felis       Eso un ciego lo vería,
               porque tanta variedad
                     de tiendas, aparadores,
               vajillas de plata y oro,
               tanto plato, tanto coro
               de instrumentos y cantores,
                    ¿no eran mentira patente?
                                             (vv. 1897-1904)

Enric Majó (don Juan de Sosa), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCEn cuanto al relato del matrimonio con Sancha, García le intercala apartes con que justificarse ante su mentira: impedir que su padre le prepare matrimonio con Jacinta. Beltrán, recordemos, quiere casarlo para que se desprenda de su vicio. Pero lo más divertido es que García, desde el primer acto, vive en un equívoco que, por su temperamento —arrogante— es imposible que deshaga. Después de conocer a Jacinta, de quien se ha enamorado nada más verla, Tristán va a pedir información al cochero de las damas —Jacinta va acompañada de Lucrecia e Isabel— para averiguar su nombre y demás:

Tristán  «Doña Lucrecia de Luna
               se llama la más hermosa,
                    que es mi dueño; y la otra dama
               que acompañándola viene,
               sé dónde la casa tiene,
               mas no sé cómo se llama.»
                    Esto respondió el cochero.
García    Si es Lucrecia la más bella,
               no hay más que saber, pues ella
               es la que habló y la que quiero;
               [...]
Tristán       Pues a mí la que calló
               me pareció más hermosa.
García    ¡Qué buen gusto!
Tristán                                Es cierta cosa
               que no tengo voto yo,
               [...]
                  Mas dado, señor, que estés
               errado tú, presto espero,
               preguntándole al cochero
               la casa, saber quién es.
                                               (vv. 551-576)

Fabio León (don Juan de Luna) y Alfonso Guirao (don Sancho), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCTristán pronostica, sin saberlo, el final de su señor: García se casará con la dama que Tristán considera más hermosa, con Lucrecia —según García, Jacinta—. En este caso, cabe considerar los pronósticos y augurios del criado como un recurso de anticipación de los acontecimientos, al modo de los antiguos prólogos de comedias. El criado ha anticipado, en las primeras escenas del primer acto, el desenlace. Al mismo tiempo, ha dejado abierta la intriga dramática. La tensión de saber si García descubrirá la verdadera identidad de la dama que le gusta se sostendrá hasta el último verso de la comedia. Y sí, descubre quién es quién, pero cuando ya ha dado palabra de que su gusto se ajusta a la verdad, es decir, que termina por mentirse a sí mismo y casándose con la dama —aunque sea la más hermosa— de la que no está enamorado.

La verdad sospechosa es la comedia que siempre se ha escogido para representar la original creación de caracteres de Ruiz de Alarcón, sobre todo, porque el carácter de García ofrece pocas complicaciones para ser explicado o justificado como tal, como carácter. Pero en lo que nadie ha reparado es en explicarla como comedia de caracteres a propósito de los recursos de la comedia de enredo que continúa utilizando en provecho del nuevo género. Al no ofrecer ningún tipo de duda en su catalogación, La verdad sospechosa demuestra cómo equívocos, damas tapadas, cortejos, enredos, se reconvierte en una carrera de obstáculos que el galán protagonista tiene que vencer,Emilio Gutiérrez Caba (Tristán), Carlos Hipólito (don García), Adriana Ozores (Jacinta) y Eulalia Ramón (Lucrecia), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTC según sea su condición humana y moral, más allá de los convencionalismos sociales y teatrales de la comedia nueva. Que la comedia de caracteres va madurando conforme Alarcón aumenta la lente con que examinar los móviles y las reacciones de los personajes de la comedia de enredo es más que evidente con La verdad sospechosa. En ella, García despliega su carácter gracias, precisamente, al vicio de «no decir siempre verdad», condición indispensable de la comedia de enredo. Podemos decir, entonces, que los caracteres alarconianos nacen y se tallan a partir de un mismo camino que se bifurca: por un lado, exagerando las consecuencias de los recursos que permiten el desarrollo de la comedia de caracteres, y, por otro, obligando al galán a que reflexione acerca de lo resentida que queda su identidad como hombre después de haber intentando satisfacer sus aspiraciones mediante dichos recursos del fingimiento.

Eulalia Ramón (Lucrecia), José María Pou (don Beltrán), Sonsoles Benedicto (Isabel), Emilio Gutiérrez Caba (Tristán), Carlos Hipólito (don García), Fabio León (don Juan de Luna) y Fidel Almansa (don Félix), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía cedida por el Centro de Documentación Teatral (INAEM, Ministerio de Cultura)Para un dramaturgo como Ruiz de Alarcón «vivir en la ilusión es negar la realidad, o sea el fundamento mismo de la existencia» [Susan Staves, 1972: 527]. Y más aún si lo consideramos como el dramaturgo reformista y comprometido con la política olivarista. Bajo esta luz, ya no parecen exageradas las palabras de Menéndez y Pelayo a propósito del autor de La verdad sospechosa: «Alarcón es nuestro Terencio por la profunda intención moral y por la urbanidad ática» [Terencio, 1957, I: LIX].

 

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