|
|
La comedia ática, la commedia dell’arte, Ruiz de Alarcón y Molière
Sin la tragedia, la procesión dionisíaca junto al coro jamás
hubiera llegado a convertirse en espectáculo cómico. La comedia
necesitó medio siglo más para adoptar su propia estructura a partir
del ejemplo de la tragedia ática. Y para nuestro propósito, las
observaciones de Giacomo Leopardi [Vito Pandolfi, 1989, I: 74] en torno a estas comedias antiguas, recién
nacidas en Atenas, cobran una significación muy especial cuando
sostiene que no eran, en su origen, sino sátiras dialogadas en las
que, más que una intriga, lo que les confería unidad era la
confrontación sostenida entre dos personajes. Esta mayor atención al
personaje, en sí, que a sus acciones es una constante que llega
hasta la comedia nueva griega.
Primero serán las parodias
mitológicas y las sátiras a la vida y costumbres de los ciudadanos
atenienses, de la mano, por ejemplo, de Epicarmo. Luego la comedia
aristofánica proseguirá confiriendo más relieve a los personajes
mediante el cultivo de la sátira personal, aunque con una finalidad,
en esencia, burlona y lúdica. Sólo se empieza a convertir en sátira
moral —con la ausencia del coro incluida— una vez Atenas pierde su
independencia y su organización democrática. Porque, además de ser
revelador, no podemos dejar de tener en mente que el nacimiento de
la comedia va vinculado a la libertad de pensamiento, como la que se
consentía en la democracia ateniense, que permitía llegar a un
amplio sector de ciudadanos-espectadores. Curiosamente, en el siglo
XVII español el surgimiento de otro nuevo tipo de comedia
—a su vez,
fundamental para el desarrollo del teatro moderno— tiene como
horizonte, también, un público socialmente variadísimo, si bien —he
ahí lo paradójico y lo que invita a la reflexión— bajo un régimen
nada democrático.
Pero para llegar hasta Menandro, a la comedia nueva ática, las
costumbres y los caracteres se han aprendido a retratar con mucho
más detalle, e incluso se ha llegado a incrementar el número de
personajes sin que ello afecte el protagonismo que, desde un
principio, se le da a la persona [V. Pandolfi, 1989, I:
86]. De hecho, el único testimonio que nos
ha llegado entero de la comedia nueva ática se titula El díscolo
o el misántropo, de Menandro, dato que permite cerrar el círculo
abierto por la pregunta que nos hacíamos en cuanto a qué consistía
la extrañeza alarconiana y esa comedia de caracteres de la que se
acostumbra a decir que es el creador. Y Molière, que, a su vez, nos
viene rondando cuando referíamos que a Alarcón se le ha visto como
enlace entre Terencio y él, nos vuelve a salir al paso en el título
de esta comedia de Menandro.
Paralelismo nada casual si se tiene en cuenta que tanto la Atenas
menandrina como la Francia de Poquelin, bajo la mirada de ambos,
merecen ser retratadas con un talento realista y «profano». Profano
en cuanto a que se ha dejado de creer en la sociedad como comunidad
unida por una ideología operante; por otro lado, el estímulo
religioso y civil desaparece, tanto en uno como en otro, porque se
ve como farsa el que la vida pública dependa del juicio público. La
falta de ideales nuevos
les conduce a centrarse en casos
individuales y ceñidos a vicisitudes más personalizadas, motivo por
el que la burguesía —en el caso de la sociedad ateniense, cabe
considerarla, como propone Pandolfi, «en el sentido de una
existencia cerrada dentro de unos límites determinados» [V.
Pandolfi, 1989, I: 88]—, empieza a cobrar
protagonismo. Lo que les diferencia, sin embargo, es que los acentos
crepusculares, de sátira doliente contra el mundo o la sociedad, en
Molière son más intensos al convertirse en arma de denuncia. En
El misántropo griego, los personajes se salvan por las pequeñas
satisfacciones y los afectos cotidianos; en el de Molière, en
cambio, la impotencia les lleva a la desesperación, y ésta a la
renuncia de cualquier esperanza.
Si referíamos anteriormente la imagen con que Hartzenbusch veía a
Ruiz de Alarcón, maticemos ahora que es «ara de alianza», más que
entre Terencio y Molière, entre éste último y la comedia ática por
esa originaria tendencia a conferir más importancia a los caracteres
que no a la intriga. Y Terencio, cabe precisar, no hace más que
desarrollar, aunque con gran maestría, esta tendencia que llega
hasta Menandro. Por otra parte, la convergencia entre Molière y
Alarcón se puede demostrar, una vez más, a partir de La verdad
sospechosa.
Esta obra es la comedia de caracteres alarconiana por excelencia.
En ella la trama se teje mediante cada una de las mentiras que
García va diciendo. De este modo, la palabra cobra más
importancia que la intriga. Y dramas de la palabra son el Tartufo
y el Don Juan de Jean-Baptiste Poquelin. Los tres
protagonistas, don García, Tartufo y don Juan, se definen por su
poder dialéctico, con tal fuerza que son capaces de convencer e
imponerse a los demás. Embusteros e impostores, aguantan y siguen
mintiendo a lo largo de sus respectivas obras para subsistir. Pero
mientras Alarcón se sirve de dicho carácter para reconstruir —dentro
de su producción, y a propósito de su evolución de la comedia de
enredo a la de caracteres— y proponer un modelo de conducta —ya que
escribía bajo un programa político de reforma moral—, Molière no.
El García alarconiano termina por ser él mismo la víctima de las
consecuencias bufas del poder de la palabra. Don Juan y Tartufo, no.
Ellos se sacrificarán, pero la versión burlesca del poder dialéctico
la interpretan Esganarel y Orgón. Los protagonistas franceses no
dejan de ser las víctimas de una sociedad escindida entre la Ley y
la supervivencia, es decir, la Fuerza, por ello se sitúan más allá
de la hipócrita sociedad y sus leyes. [25]
Por eso mienten. Tampoco se puede negar que bajo
las mentiras de García late cierta crítica contra los usos y
costumbres aristocráticos, pero la propuesta alarconiana es la de la
integración de la incipiente burguesía —tan defendida por Olivares—,
o nueva nobleza, dentro de una sociedad de rancias y ridículas
costumbres. Más ridículas, si cabe, después de que García haya
querido hacer ver a todos que es partícipe de ellas.
La consolidación del carácter en los personajes dramáticos, es
decir, de hondura psicológica, corresponde a una evolución casi
natural e implícita en el uso de la máscara. La commedia dell’arte
consiguió la autonomía del espectáculo porque logra, precisamente,
una transformación del género cómico gracias al esfuerzo de
caracterizar completamente las máscaras. Lo que supuso un nuevo modo
en el tratamiento del personaje: «evolución muy original que llegará
a influir contundentemente en la literatura cómica» [V. Pandolfi,
1989: 202]. Un año después de que Alarcón
publicara la primera parte de sus comedias, Pandolfi considera que
Nicolò Barbieri con L’inavvetito da «un noble paso adelante
hacia una dirección poco seguida hasta entonces: la comedia de
carácter» [V. Pandolfi, 1989: 206]. Y no
es por casualidad que el tema fuera adoptado por Molière para
imitarlo en L’Etourdi, carácter seguido por el del avaro, el
misántropo, el disoluto, el hipocondríaco, etcétera.
|