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Un maestro de la comedia para Corneille: Ruiz de Alarcón
Desde Grecia, en cambio, la tragedia es concebida como
«imitación» incluso de los valores ético-religiosos que están
extraídos de la mitología heroica. Por ello, al poeta no le era dado
juzgar al héroe, ya que si por algo se caracterizaba este género
dramático era por el sentido de fatalidad:
«la creencia de que el
hombre tiene un destino inamovible y que la historia no puede
cambiar» [R. Salvat, 1996: 113]. De este
modo, aunque en Corneille también se libró la batalla de atentar
contra el espíritu aristotélico, por esa necesidad de moralizar,
mientras que, al mismo tiempo, quería crear a partir del arte
griego, su reconocimiento como el gran creador trágico de la Francia
de la primera mitad del
XVII se fundamenta, a pesar de todo, en el
paso que da más allá en el camino que conduce del error al pecado en
la tragedia. Con él ya no bastará presentar el vicio y la virtud sin
más, como habían hecho los trágicos que le precedían, sino «faire
recompenser les bonnes actions et de punir les mauvaises» [P.
Corneille, 1988: 72].
Llegados a este punto, es sumamente comprensible que Corneille se
fijara en La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón: «he dicho
muchas veces que hubiera dado porque fuese mía dos de las mejores
que he escrito» [P. Corneille, 1852: 531a].
Y de sobra sabemos que para el público francés tuvo que ingeniar una
«boda menos violenta» entre García y Lucrecia, haciendo que el galán
sintiese alguna inclinación hacia la dama para que, «descubierta la
equivocación de nombres, haga más airosamente de la necesidad
virtud» [P. Corneille, 1852: 531b].
Pero
lo importante es que Corneille, desde esa aportación que impuso de
recompenser y de punir, sólo él podía valorar a un
Alarcón cuyo teatro cobraba fuerza desde la intención, es decir,
desde el relieve que confería a sus personajes. De hecho, si en un
principio se confunde al autor de La verdad sospechosa,
creyendo que pertenece a Lope, es porque la trama de la comedia se
corresponde a la más usual en las comedias del Fénix. Sin embargo,
sobre esos medios comunes a la nueva fórmula de la comedia, Alarcón
se diferencia por el cuidado con que crea, en este caso, a García.
Sus mentiras, por ejemplo, son espléndidas, y únicamente sobre un
carácter bien determinado, la justicia poética —clave en el teatro
de Corneille— se hace verosímil. Porque es ella, justamente, la que
castiga a García.
Tal es así, que el dramaturgo francés escribe su Mentiroso
para «contentar los deseos» —dice— de quienes «gusta variar, y tras
tantos poemas graves [...], me pedían una obra alegre a propósito
para divertirlos», pero «no me he resuelto a bajar de tan alto sin
asegurarme...». Escoge La verdad sospechosa porque «no he
visto en su lengua cosa que más me agrade» [P. Corneille, 1852:
530a y 531b]. Cierta novedad, respecto a la
suya, vería en Alarcón al escoger su comedia para bajar de la
tragedia al género cómico. Esa distinción radica, sin duda, en que
García es un héroe «culpable» a quien se le aplica su
correspondiente «punition». Nada extraño nos puede parecer
ahora lo de que es el creador de un teatro ético en España, de que
es un clásico entre modernos o un moderno para su época. En él la
justica poética está tan arraigada como en Corneille, el
reivindicador del «castigo» y la «recompensa» trágica. Ruiz de
Alarcón
no escribe [...], como Lope, para agradar y encender las
emociones; ni [...] para dogmatizar; ni [...] para angustiar; ni
[...] para maliciar. Escribé él para aleccionar. Escribe para
que cada espectador asome su alma al espejo de la moralidad y se
vea como es y reaccione y procure mejorarse. [...] Alarcón se
refiere a casos, a cosas, a sucesos perfectamente humanos. Nada
de andarse por las nubes. [AA. VV., 1953, III: 276]
Escribe por «l’utile» con que Pierre Corneille polemiza con los
dramaturgos anteriores a él [Alsina, 1975: 14].
Ahora, sólo nos falta comprender por qué Ruiz de Alarcón busca
relieve detrás de las tipologías.
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