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La verdad sospechosa

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Ruiz de Alarcón y la Poética aristotélica

La primera consideración de los caracteres que nos ofrece Aristóteles en su Poética nos remite a la dicotomía virtud-vicio con que se han venido distinguiendo las mejores obras de Ruiz de Alarcón. Dice Aristóteles: «los caracteres casi siempre son reductibles a una de estas dos categorías [buenos o malos], habida cuenta que se diferencian por su virtud o sus vicios» [Aristóteles, 1987: 21]. Sin embargo, aunque este primer testimonio aristotélico pueda ofrecernos algún indicio respecto a los protagonistas alarconianos —ya que todos son o virtuosos o unos fracasados a causa de sus vicios—, la concepción sobre la que trabajará Alarcón sus caracteres será mera «imagen refractada» [18] de lo que sostiene el Estagirita en su tratado. Refractada, especialmente, porque Alarcón, al estar más próximo a la tendencia clasicista que, desde el siglo XVI, se viene contraponiendo a la de los innovadores en la búsqueda de una fórmula dramática que se ajuste a los nuevos tiempos [Felipe B. Pedraza y Milagros Rodríguez, 1981: 13-14], por este motivo, digo, concibe su teatro desde la complejidad de una poética como la barroca que se elabora bajo el amparo de la Poética y la Retórica aristotélicas nuevamente interpretadas.

Adriana Ozores (Jacinta) y Carlos Hipólito (don García), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCMientras se abre paso el siglo XVII, se redescubre la Poética, entre otras razones, porque al revalorizar a Aristóteles, frente al Platón renacentista, a causa del acatamiento de la cosmovisión cristiana de Santo Tomás, [19] el filósofo griego se convierte en el estandarte tanto de una philosophia, como de una poetica perennis. Pero si se convierte en la indiscutible autoridad literaria, si italianos, franceses y españoles hacen derivar sus principios estéticos de su obra, no dejan de hacerlo después de haber hecho una «interpretación sui generis» [José Alsina, 1975: 9]. Tanto es así, que el proceso de cristianización tomista de la filosofía aristotélica alcanza hasta la esencia misma de la concepción «trágica» griega. [20]

Es muy significativo que dicha conversión de la Poética de Aristóteles arranque de la nueva interpretación que se le dio al término hamartia. Y es fundamental porque nos permite comprender y valorar, ya no sólo el propósito con que Alarcón quería crear unos caracteres, en un momento, además, en el que el teatro hispánico pretendía su proyección confiriendo más importancia a otros aspectos de la dramaturgia, sino porque el tener presente este inicio nos invita a buscar la motivación última de la evolución a la que se ha sometido a los «héroes» —o antihéroes— dramáticos de la tradición occidental.

Von Fritz [21] fue el que con mayor lucidez supo analizar cuándo y por influjo de quién la hamartia empieza a ser considerada como ‘culpa’ en lugar de ‘error’. Aristóteles se refiere a ella, lógicamente, como término que designaba ‘error de juicio’ o ‘ignorancia’, que era lo que conducía a la catástrofe. Pero de ningún modo el héroe incurría en el error movido por sus malos propósitos, sino que lo hacía por desconocimiento:

Es preciso [...] que el paso no sea de la desdicha a la felicidad, sino, al contrario, de la felicidad a la desdicha, y ello no como resultado de alguna perversión, sino a causa de un gran error. [Aristóteles, 1987: 41]

Carlos Hipólito (don García), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCFue Séneca —a quien Alarcón debe tanto, como hemos visto— el que traspasó al teatro nociones estoicas, haciendo posible que el efecto de la katharsis, por ejemplo, llegara a interpretarse, por parte de los humanistas del siglo XVI —cuya poética estaba tan influída por el senequismo—, como una lección de fortalecimiento moral frente a las contrariedades de la vida [Alsina, 1975: 11]. De ahí, que también el «error» pasara a ser considerado como la «culpa» que —según esta nueva perspectiva— subyace en todo destino trágico y cuyo castigo es el que se tiene que representar en la obra. Es entonces, a su vez, cuando la noción de justicia poética se impone, una vez se ha identificado —desde el Renacimiento y el respaldo del estoicismo— hamartia con «pecado», cuando, de hecho, esta última noción era, lógicamente, inconcebible para una mente de la época clásica.

Una vez aceptada la hamartia como pecado, el siglo XVII, con la fuerza de la Contrarreforma, empezó a proyectar la tragedia —luego, por extensión, y desde la ladera clasicista, cualquier género teatral— como la manifestación más idónea para la corrección de costumbres, pasiones y malas inclinaciones. Es curiosísimo, y nada extraño, por otra parte, que sea entonces cuando el término katharsis vuelva a ser insuflado por nuevos matices semánticos acordes con el nuevo siglo y la nueva etapa histórica. Para Aristóteles, la catarsis era la «expurgación» de sólo dos pasiones: la piedad y el terror. Esta «expurgación» se conseguía —dice— mediante:

la imitación de una acción elevada [...] que se efectúa con personajes que obran, y no narrativamente, y que, con el recurso a la piedad y el terror, logra la expurgación de tales pasiones. [Aristóteles, 1987: 29]

El Barroco, en cambio, hizo que significara la liberación de «todas las pasiones». La catarsis se convirtió en sinónimo de «acicate para la práctica de la virtud» [Alsina, 1975: 13].

Si en el siglo anterior la autoridad intermediaria para las nuevas interpretaciones había sido Séneca, en el siglo XVII fue Horacio quien permitió matizar una fórmula dramática acorde con el espíritu barroco que buscaba la simbiosis del deleite y la utilidad como arma para la reconquista espiritual de Europa que, tras el Concilio de Trento, la Iglesia emprende [S. Sebastián, 1989: 145-194]. De este modo, al tiempo que se intentaba seguir la poética de Aristóteles, se le añadió el «aprovechar deleitando» de Horacio para convertir la tragedia griega —como se ha dicho, exenta de héroes culpables y, por lo tanto, de justicia poética— en género cuya finalidad sea la perfección moral. [22]

Carlos Hipólito (don García) y Emilio Gutiérrez Caba (Tristán), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCA pesar de que el Arte poética había incentivado la idea renacentista de la tragedia [Horacio, 1996, «Introducción»: 38-42], se ha considerado, sin embargo, que lo más relevante del tratado horaciano es que representa la única aportación que Roma hizo a la teoría dramática; y, por otra parte, que la Epístola a los Pisones ofrece una peculiar idea del decoro según la cual el crimen o las acciones que atenten contra el orden social no deben ser escenificadas [R. Salvat, 1996: 123]. Pero cabe añadir que su postulado cobra importancia, además, por cómo se cristalizaron, a partir del Seiscientos, dos de sus versículos: «Aut prodesse volunt aut delectare poetae / aut simul et iucunda et idona dicere vitae» (vv. 333-334). [23] Desde entonces, y hasta Molière —que retomará una antigua línea desmitificadora nada ajena a Ruiz de Alarcón—, las pautas aristotélicas no podrán entenderse si no se corresponden con un intento de perfección moral. La grandeza de Pierre Corneille lo atestigua:

Il est vrai qu’Aristote, dans tout son Traité de la Poétique, n’a jamais employé ce mot [utilité] une seule fois, qu’il attribue l’origine de la poésie au plaisir que nous prenons à voir imiter les actions des hommes [...]. Mais il n’est pas moins vrai qu’Horace nous apprend que nous ne saurions plaire à tout le monde, si nous n’y mêlons l’utile. [24]

 


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