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La preceptiva dramática
Juan Ruiz de Alarcón inevitablemente siempre aparece navegando
entre dos mares que, si desde lo biográfico son, por un lado, su
discutido mexicanismo y, por otro, su defendible compromiso con la
sociedad y la política de la España barroca, [14]
en lo que concierne a su postulado dramático, son
lo «moderno» y lo «clásico». Desde Hartzenbusch hasta Ruiz Ramón,
los estudios alarconianos han girado en torno a uno u otro concepto
con más o menos convicción, o también se ha hecho coincidir ambas
perspectivas en un punto de convergencia para sostener, a modo de
feliz colofón, que el dramaturgo viene a ser «ara de alianza» entre
Terencio y Molière [Juan Ruiz de Alarcón, 1852: XXVI].
Las argumentos de la modernidad alarconiana arrancan de que
Corneille «parafraseara» La verdad sospechosa en Le
Menteur, creyendo ver en ello que el dramaturgo francés supo
apreciar en Alarcón «su original contribución al teatro de la época
[que] lo hizo acreedor al título de “moderno” entre los coetáneos, y
la de creador de la comedia de caracteres» [María del Carmen
Millán, 1967: 343-344]. Margarita Peña da
noticia sobrada de lo insuficientes que resultan muchas de las vías
de investigación que se han esbozado al respecto [M. Peña, 1992:
39-145], ya que nunca se ha llegado a
profundizar ni a aportar pruebas convincentes de cuánto debía el
teatro alarconiano a la preceptiva clásica y de los logros que pudo
aportar para la proyección del teatro a partir de la segunda mitad
del siglo XVII.
Para empezar, quizá convenga intentar ser más
precisos y considerar que entre sus contemporáneos no fue el «título
de “moderno”» el que le valió, sino el de «extraño» o «novedoso», [15]
ya que desde la comedia nueva de Lope —cuyo arte
sí que era lo moderno para el teatro español de la época—, se
percibía en la creación alarconiana una rebeldía frente a la nueva
fórmula, que más que apreciarse y saberse explicar, sorprendía.
Recordemos que la modernidad del Fénix fue lo que, en esencia,
preludió Juan del Encina en 1496: «pues si bien es mirado, no menos
ingenio requieren las cosas pastoriles que las otras, mas antes yo
creería que más» [Juan del Encina, 1978-1983, I: 33]. Es decir, la reivindicación de lo pastoril-rústico
como estética igualmente digna frente a «la periclitada poética
antigua» [José María Díez Borque, 1987: 126].
Aquello mismo que Lope, algo más de un siglo después, vendrá a
defender y condensar en la ecuación «gusto = justo», con que
justifica y sustenta todo lo que escribe contra el arte de los
antiguos pero «hecho de completo acuerdo con el gusto de la
gente» [Emilio Orozco, 1988, II: 181]:
«porque a veces lo que es contra lo justo / por la misma razón
deleita el gusto» [Lope de Vega, 1971: 300 (vv. 375-376)]:
La palabra gusto anticipa esa razón o principio
literario que golpearía los oídos y seguidamente, en el
sentencioso pareado final, como declaración firme de lo vital e
irracional de la nueva comedia barroca. He aquí ese
categórico período final sobre sus comedias, que podemos suponer
lanzaría nuestro Lope, arrogante en alta voz con verdadero
regodeo a sus hostiles oyentes. [Emilio Orozco, 1988, II:
181]
Sin embargo, bajo el precepto del cura de la venta —que no es
otro que el del docere et delectare— del capítulo XLVIII de
la primera parte del Quijote, [16]
es cuando se empieza a entender el teatro de Ruiz
de Alarcón, y hay que partir de él —Cervantes, en esto, es su
maestro y compañero de cruzada— a la hora de valorar su obra, y no
del precepto lopesco. [17]
Si bien acata el arte nuevo para acercarse
al vulgo, a una comunidad necesitada de honesta recreación,
lo hace bajo una motivación reformadora: escenificar vicios,
errores y destinos malogrados, en pro de una deseada enseñanza. De
otra manera no se puede comprender su teatro. Ni tampoco el prólogo
a sus comedias, en el que dice «El autor al vulgo»:
Contigo hablo, bestia fiera, que con la nobleza no es
menester, que ella se dicta más que yo sabría. Allá van esas
Comedias, trátalas como sueles, no como es justo, sino como es
gusto, que ellas te miran con desprecio, y sin temor, como las
que pasaron ya el peligro de tus silbos y ahora pueden sólo
pasar el de tus rincones. [Juan Ruiz de Alarcón, 1990a,
I: [3] s. n.]
Su postura ante la ecuación «gusto-justo» no puede ser más
explícita, pero no por eso, insistimos, deja de recurrir a técnicas
propias del arte nuevo de Lope —como, por ejemplo, la de la
suspensión de la tensión dramática, que obliga a un desenlace rápido
y concentrado en las dos escenas finales—. Pero, entonces, ¿dónde
radica la verdadera extrañeza —para sus coetáneos— o modernidad
—para nosotros— de su teatro? Sin lugar a duda, en el tratamiento de
sus protagonistas, en concreto, de sus galanes.
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