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La verdad sospechosa

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El «yugo de la razón»

Rafael Ramos de Castro (Letrado) y José María Pou (don Beltrán), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCDe todo lo dicho hasta aquí se puede deducir, por un lado, que el héroe dramático de Ruiz de Alarcón se consolida, precisamente, por lo esforzado de su voluntad para hacerse dueño de su propio destino; y, por otro, que no hay ninguna comedia suya que no sea ejemplo de cómo la bondad tiene su recompensa y la maldad —sea a modo de traiciones, mentiras, ambición, o intemperancia— su castigo. [7] Asimismo, la evolución del héroe que acabamos de describir en el anterior apartado es la que nos da la seguridad necesaria para que no sea mera conjetura el afirmar que es la sabiduría de Séneca la que empuja a su heroico galán a la consecución de un carácter que lo defina. La actitud voluntarista de Séneca —«¿Qué necesitas para ser bueno? Quererlo» [Séneca, 1949: 603b]— viene acompañada por la propuesta de un tipo de aprendizaje que permite adquirir el conocimiento necesario para fortalecer esa misma voluntad; o mejor decir que ayuda a convencer al hombre de que la «voluntad liberadora» es el único ejercicio digno a que puede emplearse en esta vida. [8]

Las cartas a Lucilio se abren con la exhortación del maestro al discípulo que reza: «Haz lo que te digo, mi querido Lucilio, sé tu propio liberador» [Séneca, 1949: 436a], pero esta «voluntad liberadora» que preconiza a lo largo de cada una de sus cartas, [9] ¿a qué se refiere?, ¿liberarse de qué?: de «los entuertos de la Fortuna» [Séneca, 1949: 689a]. Ya argumentamos en el anterior apartado que al aprendizaje de cómo liberarse del poder de esta diosa ciega es a lo que se aplican los protagonistas alarconianos de las comedias de enredo hasta llegar a la asunción de la comedia de caracteres. En las primeras, Fortuna se sirve de trazas y mentiras de los personajes para crearle al galán protagonista «un mundo siempre sujeto a fluctuaciones y cambios» [John Elliott, 1994: 49]. De esta forma, el galán se irá concienciando de que sólo con «entereza y constancia», «firme, cara a la incertidumbre del azar» [Séneca, 1949: 689ab], será como logre vencer la «enemiga suerte» —Los empeños de un engaño, 15a, II—.

Carlos Hipólito (don García) y César Diéguez (Camino), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCOctavio Paz tuvo la sensibilidad de percibir al galán-héroe de Alarcón como un estoico melancólico. Pero valga insistir que este estoicismo no es tan relevante por la resignación con que los protagonistas soportan las desgracias —este aspecto sería el más visible, el más superficial—, sino por el continuo proceso dialéctico resultante de la crisis pensamiento-acción o voluntad-conocimiento, en que se debaten los protagonistas, y que viene a justificar, en última instancia, el carácter con que el héroe termina protagonizando las obras de madurez del dramaturgo. Proceso que culmina con el Licurgo de El dueño de las estrellas y su suicidio «razonable», al modo senequista. Suicidio que no resulta ser un acto temerario de la voluntad, sino fruto de la valentía y nobleza que otorga el conocimiento de que la entereza moral, en este caso de Licurgo, corre peligro. Resolución, la de suicidarse, que para Séneca, más que heroica, es acorde con la razón, dado que peligra la integridad ética de la persona: «en la opinión de Séneca es el acto por el cual somos dueños de nuestro destino» [J. M. Rist, 1995: 240]. O, precisamente, como dice Licurgo, «dueños de las estrellas» (68b, II).

Que el tejedor de Segovia proclame que «es la hazaña mayor / vencerse a sí mismo» rindiendo «el cuello / al yugo de la razón» (239b, II), cada vez va cobrando más fuerza como lema con que coronar todo el teatro alarconiano. Y como tal lo escogió, a su vez, Séneca conforme va concluyendo sus epístolas: «carísimo Lucilio, [...] dominarse a sí mismo es el más grande de todos los dominios» [Séneca, 1949: 729a-732b]. [10] Esta aseveración de la razón como el máximo bien, ya que es la única capaz de controlar el destino del hombre, de «liberarlo» según su voluntad, va íntimamente ligada en el pensamiento senequista con la defensa de la nobleza como la auténtica virtud:

Fortuna barajó lo de arriba con lo de abajo. ¿Quién es el noble? El que recibió de la Naturaleza una buena disposición para la virtud. Sólo esto ha de mirarse; de otra suerte, si a la antigüedad de todos ha de atenerse, data de aquel tiempo, antes del cual nada hay. [...] El alma es quien hace noble; a ella es lícito encaramarse sobre la Fortuna desde cualquier condición. [Séneca, 1949: 510b]

Encinas, el criado-amigo del drama Ganar amigos, le expone a su señor los mismos argumentos para justificar su «noble» comportamiento a pesar de su condición de siervo:

El ser grandes o pequeños,
el servir o ser servido,
en más o menos riqueza
consiste sin duda alguna.
Y es distancia de Fortuna,
que no de naturaleza.
                               (194b, II)

Por el mismo motivo, Tristán, el criado de don García en La verdad sospechosa, ha parado en servir (vv. 365-374).

Adriana Ozores (Jacinta) y Eulalia Ramón (Lucrecia), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCAntonio Castro Leal, al prologar el libro Ingenio y sabiduría de don Juan Ruiz de Alarcón, vierte una serie de reflexiones que nos remiten, de inmediato, al pensamiento de Séneca. Escribe sobre el dramaturgo: «creía en la virtud como en el mayor de los bienes, en la disciplina del alma y el imperio de la razón, en el dominio de sí mismo, en la templanza...» [Antonio Castro Leal (ed.), 1939: XIV]. Es inexplicable que Brenes [1960], en su extensa defensa del «sentimiento democrático» en las obras alarconianas, tan bien fundamentada, por otra parte, en citas textuales de los mismos personajes, no indague en la influencia que, al respecto, Séneca pudo ejercer sobre Ruiz de Alarcón, aludiendo, además, como lo hace, al libro recién citado de Castro Leal [(ed.), 1939: 85 y ss.], y según la reivindicación que la estudiosa hace del concepto de la dignidad humana en el dramaturgo. Aunque tampoco remite al sustrato del humanismo con que Alarcón fecunda su intención dramática.

Centrándonos de nuevo en Castro Leal, tal y como dicta su comentario recién transcrito, podemos decir que esa creencia alarconiana en la virtud, es, precisamente, con lo que Alarcón alza a su héroe. Postulado que tiene de «democrático» lo que Séneca insufló en el estoicismo: todos descendemos de un mismo origen, por lo que los blasones no los da la sangre heredada, sino la virtud, «la dicha de ser hombre de bien» [Paul Veyne, 1995: 49-56; J. M. Rist, 1995: 265-280]:

Imagina, pues, que no eres caballero [...], sino liberto simplemente; puedes conseguir ser tú solo libre de hecho entre los libres de nacimiento. Dirás: «¿De qué manera?». Si discernieres el bien del mal. [...] El bien nace de lo honesto; lo honesto lo es de suyo. Lo que es bueno pudo ser malo; lo que es honesto no pudo ser sino bueno. [Séneca, 1949: 510b y 748b]

García, en La verdad sospechosa, como un «Lucilio», recibe la misma doctrina por boca de Beltrán, su padre:

Beltrán [...]
              ¿Sois caballero, García?
García    Téngome por hijo vuestro.
Beltrán  ¿Y basta ser hijo mío
              para ser vos caballero?
García   Yo pienso, señor, que sí.
Beltrán ¡Qué engañado pensamiento:
              sólo consiste en obrar
              como caballero el serlo!
              ¿Quién dio principio a las casas
              nobles?: los ilustres hechos
              de sus primeros autores,
              sin mirar sus nacimientos;
              hazañas de hombres humildes
              honraron sus herederos.
              Luego, en obrar mal o bien
              está el ser malo o ser bueno.
              ¿Es así?
García                   Que las hazañas
              den nobleza, no lo niego;
              mas no neguéis que sin ellas
              también la da el nacimiento.
Beltrán Pues si honor puede ganar
              quien nació sin él, ¿no es cierto
              que por el contrario, puede,
              quien con él nació, perdello?
García   Es verdad.
Beltrán                 Luego, si vos
              obráis afrentosos hechos,
              aunque seáis hijo mío,
              dejáis de ser caballero;
              luego, si vuestras costumbres
              os infaman en el pueblo,
              no importan paternas armas,
              no sirven altos abuelos.
              ¿Qué cosa es que la fama
              diga a mis oídos mesmos
              que a Salamanca admiraron
              vuestras mentiras y enredos?
              ¡Qué caballero y qué nada!
                                            (vv. 1396-1432)

A la pregunta «¿quién es el noble?» que Séneca formula a Lucilio, Beltrán, tras preguntar exactamente lo mismo a su hijo —«¿Quién dio principio a las casas / nobles?»—, responde con los mismos razonamientos con que el maestro contesta al discípulo. Y para mudar de condición, para llegar a ser «noble», si Séneca decía que se lograba discerniendo «el bien del mal», Beltrán refiere a García que ser caballero o no serlo, depende de «ser malo o ser bueno».

Fidel Almansa (don Félix) y Enric Majó (don Juan de Sosa), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCMás intervenciones de personajes alarconianos que se pronuncian a favor del concepto de nobleza senequista que defiende Beltrán pueden encontrarse en el libro de Brenes [1960: 117-133]. Remitimos a los parlamentos que ella seleccionó para evitar repetir el inventario, ya que no podríamos aportar ninguna otra intervención nueva. Sin embargo, hemos transcrito el diálogo entre García y su padre porque es uno de los momentos en que con mayor claridad el dramaturgo deja adivinar, no sólo la clara influencia del pensamiento, sino el préstamo tanto del punto de vista —instructor / educando—, como del tipo de argumentaciones —preguntas retóricas y silogismos— que, en ese caso, Alarcón debe a las Cartas a Lucilio.

Éstas también son la fuente de la que se nutre el carácter más emblemático de su teatro: el amigo. De todas sus obras, dos tienen como tema la amistad —Ganar amigos y La amistad castigada—; en tres se restablece la armonía dramática gracias a la intervención del «amigo» —El semejante a sí mismo, Mudarse por mejorarse y El examen de maridos—, y en el resto, el carácter del amigo aparece, aunque sea en mayor o menor número de intervenciones, entremezclado en la trama como influencia «incitadora» o «inhibidora» del héroe, como refuerzo o ayuda a la acción dramática del protagonista. Por ello, el carácter del amigo siempre queda justificado por un móvil ético con que inducir a actuar o esperar al héroe —influencia incitadora—, o bien siendo él mismo quien impida funestos desenlaces —influencia inhibidora— [Angelo Marchese y Joaquín Forradellas, 1991: 211]. César Diéguez (Camino) y Eulalia Ramón (Lucrecia), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCY todo por el concepto de amistad que rige hasta a los criados de su universo dramático. [11] Lo más sobresaliente de la amistad en Alarcón es que con el carácter del amigo —cómplice hasta las últimas consecuencias del héroe—, incluso es capaz de reconvertir un género dramático en otro, de delimitar las fronteras tan sutiles que los separan. Los favores del mundo empieza siendo un drama de honor, pero desde el momento en que el ofensor de García se convierte en amigo suyo —por la clemencia, precisamente, de Garci Ruiz—, se abre paso la comedia de enredo que al fin resulta ser. O como Ganar amigos, que se abre con visos de comedia de enredo y por el carácter protagonista del amigo —Fadrique— termina por desarrollarse un drama político en cuanto el héroe se erige como defensor de la libertad y los derechos del resto de personajes frente al rey y la sociedad.

Emilio Gutiérrez Caba (Tristán) y Carlos Hipólito (don García), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCEl amigo, el criado y el héroe de Juan Ruiz de Alarcón no pueden explicarse sin Séneca. La sabiduría del «padre de la Filosofía Moral de príncipes» [12] recala en el teatro alarconiano hasta el extremo de cimentar toda esa «moral», precisamente, que la crítica ha repetido hasta la saciedad que era simple modo con que imponer justicia poética. [13] Por ello, una vez más aunamos el nombre del dramaturgo al del conde-duque, porque si Quevedo llamó a Olivares el nuevo «Séneca español» [Quevedo, 1966-1967, II: 625], nosotros, aquí, a diferencia de Menéndez y Pelayo, proponemos que en lugar de considerar a Alarcón como «nuestro Terencio por la profunda intención moral» [Terencio, 1957, «Introducción»: LIX], lo estimemos como el «Séneca español» de la comedia nueva.

 


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