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El «yugo de la razón»
De todo lo dicho hasta aquí se puede deducir, por un lado, que el
héroe dramático de Ruiz de Alarcón se consolida, precisamente, por
lo esforzado de su voluntad para hacerse dueño de su propio destino;
y, por otro, que no hay ninguna comedia suya que no sea ejemplo de
cómo la bondad tiene su recompensa y la maldad —sea a modo de
traiciones, mentiras, ambición, o intemperancia— su castigo. [7] Asimismo, la evolución del héroe que acabamos de
describir en el anterior apartado es la que nos da la seguridad
necesaria para que no sea mera conjetura el afirmar que es la
sabiduría de Séneca la que empuja a su heroico galán a la
consecución de un carácter que lo defina. La actitud voluntarista de
Séneca —«¿Qué necesitas para ser bueno? Quererlo» [Séneca, 1949:
603b]— viene acompañada por la propuesta de
un tipo de aprendizaje que permite adquirir el conocimiento
necesario para fortalecer esa misma voluntad; o mejor decir que
ayuda a convencer al hombre de que la «voluntad liberadora» es el
único ejercicio digno a que puede emplearse en esta vida. [8]
Las cartas a Lucilio se abren con la exhortación del maestro
al discípulo que reza: «Haz lo que te digo, mi querido Lucilio, sé
tu propio liberador» [Séneca, 1949: 436a],
pero esta «voluntad liberadora» que preconiza a lo largo de cada una
de sus cartas, [9] ¿a qué se refiere?, ¿liberarse de qué?: de «los entuertos de
la Fortuna» [Séneca, 1949: 689a]. Ya
argumentamos en el anterior apartado que al aprendizaje de cómo
liberarse del poder de esta diosa ciega es a lo que se aplican los
protagonistas alarconianos de las comedias de enredo hasta llegar a
la asunción de la comedia de caracteres. En las primeras, Fortuna se
sirve de trazas y mentiras de los personajes para crearle al galán
protagonista «un mundo siempre sujeto a fluctuaciones y cambios»
[John Elliott, 1994: 49]. De esta forma, el
galán se irá concienciando de que sólo con «entereza y constancia»,
«firme, cara a la incertidumbre del azar» [Séneca, 1949: 689ab],
será como logre vencer la «enemiga suerte» —Los
empeños de un engaño, 15a, II—.
Octavio Paz tuvo la sensibilidad de percibir al galán-héroe de
Alarcón como un estoico melancólico. Pero valga insistir que este
estoicismo no es tan relevante por la resignación con que los
protagonistas soportan las desgracias —este aspecto sería el más
visible, el más superficial—, sino por el continuo proceso
dialéctico resultante de la crisis pensamiento-acción o
voluntad-conocimiento, en que se debaten los protagonistas, y que
viene a justificar, en última instancia, el carácter con que el
héroe termina protagonizando las obras de madurez del dramaturgo.
Proceso que culmina con el Licurgo de El dueño de las estrellas
y su suicidio «razonable», al modo senequista. Suicidio que no
resulta ser un acto temerario de la voluntad, sino fruto de la
valentía y nobleza que otorga el conocimiento de que la entereza
moral, en este caso de Licurgo, corre peligro. Resolución, la de
suicidarse, que para Séneca, más que heroica, es acorde con la
razón, dado que peligra la integridad ética de la persona: «en la
opinión de Séneca es el acto por el cual somos dueños de nuestro
destino» [J. M. Rist, 1995: 240]. O,
precisamente, como dice Licurgo, «dueños de las estrellas» (68b, II).
Que el tejedor de Segovia proclame que «es la hazaña mayor /
vencerse a sí mismo» rindiendo «el cuello / al yugo de la razón»
(239b, II), cada vez va cobrando más fuerza como lema con que
coronar todo el teatro alarconiano. Y como tal lo escogió, a su vez,
Séneca conforme va concluyendo sus epístolas: «carísimo Lucilio,
[...] dominarse a sí mismo es el más grande de todos los dominios»
[Séneca, 1949: 729a-732b]. [10] Esta aseveración de la razón como el máximo bien,
ya que es la única capaz de controlar el destino del hombre, de
«liberarlo» según su voluntad, va íntimamente ligada en el
pensamiento senequista con la defensa de la nobleza como la
auténtica virtud:
Fortuna barajó lo de arriba con lo de abajo. ¿Quién es el
noble? El que recibió de la Naturaleza una buena disposición
para la virtud. Sólo esto ha de mirarse; de otra suerte, si a la
antigüedad de todos ha de atenerse, data de aquel tiempo, antes
del cual nada hay. [...] El alma es quien hace noble; a ella es
lícito encaramarse sobre la Fortuna desde cualquier condición. [Séneca, 1949: 510b]
Encinas, el criado-amigo del drama Ganar amigos, le expone
a su señor los mismos argumentos para justificar su «noble»
comportamiento a pesar de su condición de siervo:
El ser grandes o pequeños,
el servir o ser servido,
en más o menos riqueza
consiste sin duda alguna.
Y es distancia de Fortuna,
que no de naturaleza.
(194b, II)
Por el mismo motivo, Tristán, el criado de don García en La
verdad sospechosa, ha parado en servir (vv. 365-374).
Antonio Castro Leal, al prologar el libro
Ingenio y
sabiduría de don Juan Ruiz de Alarcón, vierte una serie de reflexiones que nos
remiten, de inmediato, al pensamiento de Séneca. Escribe sobre el
dramaturgo: «creía en la virtud como en el mayor de los bienes, en
la disciplina del alma y el imperio de la razón, en el dominio de sí
mismo, en la templanza...»
[Antonio Castro Leal (ed.), 1939: XIV]. Es inexplicable que Brenes [1960],
en su extensa defensa del «sentimiento democrático» en las obras
alarconianas, tan bien fundamentada, por otra parte, en citas
textuales de los mismos personajes, no indague en la influencia que,
al respecto, Séneca pudo ejercer sobre Ruiz de Alarcón, aludiendo,
además, como lo hace, al libro recién citado de Castro Leal [(ed.), 1939: 85 y ss.], y
según la reivindicación que la estudiosa hace del concepto de la
dignidad humana en el dramaturgo. Aunque tampoco remite al sustrato
del humanismo con que Alarcón fecunda su intención dramática.
Centrándonos de nuevo en Castro Leal, tal y como dicta su
comentario recién transcrito, podemos decir que esa creencia
alarconiana en la virtud, es, precisamente, con lo que Alarcón alza
a su héroe. Postulado que tiene de «democrático» lo que Séneca
insufló en el estoicismo: todos descendemos de un mismo origen, por
lo que los blasones no los da la sangre heredada, sino la virtud,
«la dicha de ser hombre de bien» [Paul Veyne, 1995: 49-56;
J. M. Rist, 1995: 265-280]:
Imagina, pues, que no eres caballero [...], sino liberto
simplemente; puedes conseguir ser tú solo libre de hecho entre
los libres de nacimiento. Dirás: «¿De qué manera?». Si
discernieres el bien del mal. [...] El bien nace de lo honesto;
lo honesto lo es de suyo. Lo que es bueno pudo ser malo; lo que
es honesto no pudo ser sino bueno. [Séneca, 1949: 510b y
748b]
García, en La verdad sospechosa, como un «Lucilio», recibe
la misma doctrina por boca de Beltrán, su padre:
Beltrán [...]
¿Sois caballero, García?
García Téngome por hijo vuestro.
Beltrán ¿Y basta ser hijo mío
para ser vos caballero?
García Yo pienso, señor, que sí.
Beltrán ¡Qué engañado pensamiento:
sólo consiste en obrar
como caballero el serlo!
¿Quién dio principio a las casas
nobles?: los ilustres hechos
de sus primeros autores,
sin mirar sus nacimientos;
hazañas de hombres humildes
honraron sus herederos.
Luego, en obrar mal o bien
está el ser malo o ser bueno.
¿Es así?
García Que las hazañas
den nobleza, no lo niego;
mas no neguéis que sin ellas
también la da el nacimiento.
Beltrán Pues si honor puede ganar
quien nació sin él, ¿no es cierto
que por el contrario, puede,
quien con él nació, perdello?
García Es verdad.
Beltrán Luego, si vos
obráis afrentosos hechos,
aunque seáis hijo mío,
dejáis de ser caballero;
luego, si vuestras costumbres
os infaman en el pueblo,
no importan paternas armas,
no sirven altos abuelos.
¿Qué cosa es que la fama
diga a mis oídos mesmos
que a Salamanca admiraron
vuestras mentiras y enredos?
¡Qué caballero y qué nada!
(vv. 1396-1432)
A la pregunta «¿quién es el noble?» que Séneca formula a Lucilio,
Beltrán, tras preguntar exactamente lo mismo a su hijo —«¿Quién dio
principio a las casas / nobles?»—, responde con los mismos
razonamientos con que el maestro contesta al discípulo. Y para mudar
de condición, para llegar a ser «noble», si Séneca decía que se
lograba discerniendo «el bien del mal», Beltrán refiere a García que
ser caballero o no serlo, depende de «ser malo o ser bueno».
Más intervenciones de personajes alarconianos que se pronuncian a
favor del concepto de nobleza senequista que defiende Beltrán pueden
encontrarse en el libro de Brenes [1960: 117-133]. Remitimos a los parlamentos que ella seleccionó para evitar
repetir el inventario, ya que no podríamos aportar ninguna otra
intervención nueva. Sin embargo, hemos transcrito el diálogo entre
García y su padre porque es uno de los momentos en que con mayor
claridad el dramaturgo deja adivinar, no sólo la clara influencia
del pensamiento, sino el préstamo tanto del punto de vista
—instructor / educando—, como del tipo de argumentaciones —preguntas
retóricas y silogismos— que, en ese caso, Alarcón debe a las
Cartas a Lucilio.
Éstas también son la fuente de la que se nutre el carácter más
emblemático de su teatro: el amigo. De todas sus obras, dos tienen
como tema la amistad —Ganar amigos y La amistad castigada—;
en tres se restablece la armonía dramática gracias a la intervención
del «amigo» —El semejante a sí mismo, Mudarse por mejorarse y
El examen de maridos—, y en el resto, el carácter del amigo
aparece, aunque sea en mayor o menor número de intervenciones,
entremezclado en la trama como influencia «incitadora» o
«inhibidora» del héroe, como refuerzo o ayuda a la acción dramática
del protagonista. Por ello, el carácter del amigo siempre queda
justificado por un móvil ético con que inducir a actuar o esperar al
héroe —influencia incitadora—, o bien siendo él mismo quien impida
funestos desenlaces —influencia inhibidora— [Angelo Marchese y
Joaquín Forradellas, 1991: 211].
Y todo por
el concepto de amistad que rige hasta a los criados de su universo
dramático. [11]
Lo más sobresaliente de la amistad en Alarcón es que con el carácter
del amigo —cómplice hasta las últimas consecuencias del héroe—,
incluso es capaz de reconvertir un género dramático en otro, de
delimitar las fronteras tan sutiles que los separan. Los favores
del mundo empieza siendo un drama de honor, pero desde el
momento en que el ofensor de García se convierte en amigo suyo —por
la clemencia, precisamente, de Garci Ruiz—, se abre paso la comedia
de enredo que al fin resulta ser. O como Ganar amigos, que se
abre con visos de comedia de enredo y por el carácter protagonista
del amigo —Fadrique— termina por desarrollarse un drama político en
cuanto el héroe se erige como defensor de la libertad y los derechos
del resto de personajes frente al rey y la sociedad.
El amigo, el criado y el héroe de Juan Ruiz de Alarcón no pueden
explicarse sin Séneca. La sabiduría del «padre de la Filosofía Moral
de príncipes» [12] recala en el teatro alarconiano hasta el extremo de cimentar
toda esa «moral», precisamente, que la crítica ha repetido hasta la
saciedad que era simple modo con que imponer justicia poética. [13] Por ello, una vez más aunamos el nombre del
dramaturgo al del conde-duque, porque si Quevedo llamó a Olivares el
nuevo «Séneca español» [Quevedo, 1966-1967, II: 625], nosotros, aquí, a diferencia de Menéndez y Pelayo,
proponemos que en lugar de considerar a Alarcón como «nuestro
Terencio por la profunda intención moral» [Terencio, 1957,
«Introducción»: LIX], lo estimemos como el
«Séneca español» de la comedia nueva.
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