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La verdad sospechosa

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La evolución de su héroe dramático

Con unos valores éticos y un realismo crítico, Juan Ruiz de Alarcón, alejado de resentimientos, [2] es uno de aquellos autores que, al igual que Cervantes, [3] buscan una «sociedad distinta [...], ofreciendo las soluciones que animan a su sentido creador» [Ricardo Aguilera, 1992: 33]. En el caso de Alarcón, por creer en la política de la reformación y por compartir filosofía con Olivares, [4] la solución que ofrece es rendirlo todo al «yugo de la razón», tal y como dice Pedro Alonso en El tejedor de Segovia, ya que no existe «hazaña mayor» que «vencerse a sí mismo» (239b, II). [5] Y, ciertamente, la crisis pensamiento-acción que sufren los protagonistas de todo su teatro es la clave que nos permite estudiar la evolución que conduce al dramaturgo a la consecución de la comedia de caracteres —subgénero dramático que más nos preocupa en la presente edición—, y, en consecuencia, a trabajar con caracteres en lugar de hacerlo con personajes-tipo. Pero antes de emprender la aproximación a sus protagonistas en las siguientes páginas, sólo diré que se va a realizar bajo el dictado de una nueva, y tan necesitada —por otra parte—, recatalogación por géneros de toda su producción, la cual, además, fue elaborada con un análisis cronológico de cada una de las obras. [6]

Carlos Hipólito (don García), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCDe la primera a la última de sus comedias —a excepción de La cueva de Salamanca [Lola Josa, 2001b]—, existe una progresión en los protagonistas que va desde la dependencia de éstos de la voluntad divina, en concreto, de la diosa Fortuna, hasta la libertad de acción; libertad fundamentada en la ausencia de temor a castigo alguno de dicha diosa. De hecho, en La industria y la suerte no se teme al rigor divino, sino que sólo el héroe se siente determinado por una voluntad superior a él y que le impide ejercer su albedrío. La función de la divinidad se limita a poner a prueba la fortaleza moral del protagonista y, como resiste, los antagonistas sufren el castigo que sus engaños han provocado. Con La industria y la suerte, precisamente, enredando las trazas hasta multiplicarlas, lo que el dramaturgo consigue es censurar el «engaño» en sí, tanto estructural o de género, como humano; lo que supone, en definitiva, la finalidad última de su dramaturgia, tanto ética como estética.

José María Pou (don Beltrán), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCAntes de llegar a Las paredes oyen —obra con que se da por finalizada, en su quehacer dramático, la práctica de la comedia de enredo—, Alarcón va frustrando los diferentes recursos con los que construyó La industria y la suerte. Si con El semejante a sí mismo castiga los fingimientos de identidad de los protagonistas en cuestiones de amor, ridiculizando la falta de verosimilitud en tales situaciones dramáticas, en Los favores del mundo se descubre a un galán capaz de intentar imponerse con resolución ante el poder divino. Con Todo es ventura va un poco más allá, ya que el héroe es capaz de adueñarse de las circunstancias y de su suerte, a pesar de que lo consiga un tanto al azar, sin ser consciente del alcance de sus acciones. Con Arseno, de El desdichado en fingir, la lucha contra el propio destino consiste ya en un desafío que se gana mediante la constancia y la voluntad, por lo que Mudarse por mejorarse —aunque se inicie con un punto de vista irónico ante la debilidad del protagonista que lo empuja a ser tracista— puede finalizar con un García que rechaza definitivamente todo procedimiento que le brindaba la comedia de enredo: termina por acatar obligaciones y errores, y por reconducir la acción a través de un compromiso responsable con el resto de personajes.

Las paredes oyen, en cambio, son el colofón de todo este proceso, como ya hemos dicho anteriormente. En primer lugar, porque quien se casa con la dama es el galán más feo y pobre, pero, por otro lado, lo ha conseguido por un carácter madurado al fuego de los errores de los anteriores galanes del resto de comedias. El rechazo a la industria, a la intriga y a todo lo que implique ser partícipe de una comedia de enredo lo eleva a un grado de dignidad humana que la dama no puede despreciar. El contrapunto al Juan de Las paredes oyen es el Juan de La prueba de las promesas. Éste, a diferencia de aquél, se condena porque la magia y el enredo están al servicio del perfeccionamiento de la nueva comedia de caracteres conquistada por Ruiz de Alarcón, centrada en las causas que inducen a la acción a los personajes. Y son precisamente éstas las que hacen que los personajes empiecen a diferenciarse entre ellos por unos perfiles anímicos y morales propios tanto de la naturaleza humana como social del hombre: el mentiroso, el amigo, el traidor..., sin importar si se corresponden con la tipología de personajes acatada en la comedia nueva. Al Juan de La prueba de las promesas, además de la mentira, su egoísmo lo encierra en un proceso de enajenación del que no podrá salirse; situación que se aprovecha para anunciar lo que en Los empeños de un engaño se empieza a revelar: la crítica social, fruto, sin duda, de la profundización en los caracteres. Pero en este caso, lo que podría haber sido un drama de honor con que censurar las creencias y conductas sociales que hacen posible dicho género, se frustra por la voluntad de unos personajes que así lo quieren. Pero nuestro dramaturgo aún debe experimentar más con el nuevo género cómico antes de atreverse con el drama y la tragedia.

Adriana Ozores (Jacinta) y Enric Majó (don Juan de Sosa), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCLa verdad sospechosa es la comedia de carácter más emblemática de su producción. García está enmarcado por su propio vicio de mentir, ya sea por unas técnicas alejadas de la mímesis, como por una profundización psicológica que lo justifica ante las reglas del decoro y de cualquier otra alteración de la verosimilitud. También en ésta, el dramaturgo siembra para sus futuras creaciones a través de los lúcidos parlamentos de Beltrán con los que amonesta a su hijo. Y, por último, el cierre de sus comedias se hace con El examen de maridos, obra con que somete a prueba el fruto de todo este proceso evolutivo. El examen, en sí, consiste en serlo —mediante la voluntad, la razón y la amistad, requisitos obligados para sus héroes— de diferentes caracteres que tendrán que justificarse para ser merecedores de la mano de Inés.

Hasta aquí, Alarcón ha venido adiestrando los afectos del galán para pasar a someterlo a tensiones políticas, sociales e incluso religiosas. Y nada mejor para empezar a hacerlo que con El dueño de las estrellas, tragedia necesaria para salvaguardar la razón de Estado, el compromiso ideológico con una patria y el libre albedrío. También sabemos que Ganar amigos es el drama de una renuncia amorosa para velar por la armonía de la sociedad y el reino. Y, si en estas dos obras el humano-rey se redime porque reconoce a tiempo sus culpas, con La amistad castigada no. Las pasiones de los cortesanos, tanto como las del propio rey, arriesgan el buen gobierno y la tranquilidad de un pueblo, ya que se vive sin una conciencia ética que comprometa a nadie políticamente. En Los pechos privilegiados se vuelve a castigar a la humanidad real que por las pasiones convierte al monarca en un tirano. En este caso, sin embargo, la renuncia y sacrificio final del rey de sus apetitos vuelven a salvarlo.

Alfonso Guirao (don Sancho) y Enric Majó (don Juan de Sosa), en el montaje de «La verdad sospechosa» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirigió Pilar Miró en 1991. Fotografía de Ros Ribas cedida por la CNTCCon El tejedor de Segovia y La crueldad por el honor se reconcentra la propuesta alarconiana para el buen gobierno. En la primera se logra mediante una acción acelerada por la persecución social que sufre el inocente y agraviado Fernando, cuya grandeza reside en intentar vengar su deshonra con el verbo y la razón; y en La crueldad por el honor, a través de la reflexión marcada por monólogos que, una vez más, consiguen hacernos acariciar la maestría de un dramaturgo que lleva a escena la introspección como incentivo para la acción. Una acción que no se podrá corregir ya en el desenlace. El Anticristo nos lo hace ver. Este ángel caído se convierte en el antihéroe por excelencia de todo el teatro alarconiano [Lola Josa, 1998a]. La rebeldía frente al mal lo hace peor, que no es otra cosa que una dramática reflexión sobre el destino y la libertad. Alarcón ha apostado por la última, incitando a sus seres a crecer y abrirse a la propia conciencia o autoestima —a pesar de que sea la de un mentiroso—.

 


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