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La
atracción de la naturaleza
Junto al peso de la tradición libresca,
resulta imprescindible mencionar la honda fascinación que ejerció en el
santo la naturaleza, que para bastantes críticos fue «una de las más
ciertas y abundantes fuentes de su obra literaria» [P. Crisógono, 1929/II:
33-34].
| Los biógrafos del santo han testimoniado
diversas manifestaciones de esa atracción intensa. Así, han mencionado,
por ejemplo, sus frecuentes aislamientos contemplativos durante la
noche, su predilección por las cuevas y grutas acorde con una tradición
eremítica muy desarrollada en el Carmelo, las impresiones que le
provocaban las aguas cristalinas o la feracidad de las montañas y las
profundas reflexiones que le suscitaba cualquier humilde criatura. |
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Pero esa naturaleza va a sufrir una
honda transmutación en su obra, hasta el punto de alcanzar un carácter
trascendente [E. Orozco, 1945-1968 y
1983-1987]. En esa elaboración destaca la primacía de la dimensión vertical las
variadas elevaciones de tierra, que conduce a una suerte de
contemplación monárquica desde la altura y a un enfoque eminentemente
espacial: en muchas ocasiones, el paisaje es ofrecido desde una
perspectiva aérea y con vertiginosa rapidez [L. López Baralt, 1996:
159], en una técnica casi cinematográfica, como por
ejemplo, en el «paso» de los «fuertes y fronteras», en la espléndida
estrofa 13 del Cántico, o en el poema Tras de un amoroso lance. En
consecuencia, el lector se ve impelido a un maravilloso y extraño mundo
creado por el santo, más evidente en el Cántico, pero que se puede
extender a todos sus poemas.
Así, frente al paisaje locus amoenus
de Garcilaso, como telón de fondo o como espejo de los estados anímicos
del hombre, aquí la naturaleza lo invade todo y es la principal fuente
de imágenes. La crítica ha destacado la originalidad de este tratamiento
en su época, hasta el punto de afirmar que «no hay ningún otro poeta del
Siglo de Oro que haya creado un mundo parecido» [C. Thompson, 1985:
139]. La naturaleza, coprotagonista del drama, viva y
dotada de la facultad de hablar, identificada con el Amado,
no es esa naturaleza que los poetas de
su época (o de cualquiera) describían: es un mundo creado, una parte de
su creación simbólica total, que contribuye a conferir profundidad y
misterio al poema. Esta reelaboración del mundo, que apunta a un
significado que se halla más allá del mundo cotidiano, se torna a su vez
simbólica cuando nos situamos ante el umbral que separa lo real de lo
ideal. [C. Thompson,
1985: 141]
Avanzando en esta dirección, ciertos
especialistas han destacado la apertura de lo creado a las dimensiones
del cosmos y han resaltado cómo en el Cántico, a la luz de los ojos del
Amado, redescubre la amada el espectáculo fascinante de
una naturaleza que vuelve a sus puros orígenes primigenios, en el
cumplimiento feliz de la profecía de Isaías: la creación de un cielo
nuevo y una nueva tierra [F. Contreras Molina, 1993]. Otros
críticos, siempre realzando la lejanía respecto al trillado locus pastoril, propugnan que el paisaje de San Juan de la Cruz es interior e
individualizado, la radiografía metafórica de un alma en estado
alterado de conciencia, vagamente nocturno y cromatizado con una
iridiscencia misteriosa [L.
López Baralt, 1996: 160]. En definitiva, se comprueba la coincidencia
de macrocosmos y microcosmos en una de las figuras señeras de la poesía
española del Renacimiento. |

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Erótica
y mística
San Juan de la
Cruz ha sido considerado el fundador de la moderna poesía erótica y
mística española [J. L. López Aranguren, 1993].
Ya Spitzer, en el análisis del poema de la Noche, se preguntaba:
«[
] la expresión de la experiencia mística de un modo que atrae al
reino sensual, la presentación del amor místico en términos que podrían
interpretarse como descriptivos del placer erótico. ¿Acaso no es eso
sacrílego?». Y parece contestarse, de modo genérico, en la nota 21:
«creo que los españoles sienten más que en otras naciones la parte
carnal de la personalidad de Cristo, y que de las tres personas divinas
tienden a poner más de relieve la segunda [...] lo sensual les recuerda
el descenso de la deidad a la carne» [L. Spitzer, 1980: 246]. La lectura religiosa de los poemas postula que su
contenido corresponde a las vivencias místicas, aludidas, de modo vago e
imperfecto, a través de recursos líricos. En otras palabras, sostiene
que la poesía, íntimamente ligada en muchas ocasiones a la música, es el
único modo de plasmar alusivamente la experiencia espiritual. Así, se
trata de «unos versos siempre trascendentes, al menos en la
intencionalidad que les da vida, en los que la realidad mística es punto
de mira y signo explicativo último de todo el sistema expresivo» [C.
Cuevas, 1981-1986a: 29;
E. Pacho, 1990e].
Los partidarios de esta postura rechazan
cualquier dicotomía entre doctrina mística y expresión poética, si bien
defienden que San Juan
pudo entrever en bloque, en el acto creador, los núcleos de los
símbolos centrales, pero no la médula doctrinal de cada uno de los
versos y, mucho menos, las explicaciones y trasposiciones
explicativas de palabras. El poema emerge, así, como entidad
autónoma de naturaleza estética, entendida ésta en su dimensión
teológica. [V. García de la Concha, 1970: 403]
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En
síntesis, niegan la separación
entre el poeta y el místico, pues afirman que para San Juan «la poesía
era la primera forma en que expresaba su unión con Dios, y que deben
considerarse seriamente sus palabras cuando dice que se trata de un
desbordamiento en términos figurados de dicha unión» [C. Thompson,
1993b: 76-77]. |
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Por lo mismo, advierten y subrayan que sus efusiones poéticas se
originan al final del viaje interior, a resultas de su experiencia
unitiva, o lo que es lo mismo, después de haber alcanzado la cumbre
del Monte de Perfección. |
Frente a la opinión de Baruzi, quien
consideraba que Noche y Llama eran prolongación de una
experiencia directa, en cuanto ambos reflejaban las etapas de un viaje
interior, mientras que el Cántico encerraba el recuerdo de una
experiencia ante la que se había interpuesto la presencia de temas
literarios y cuyas imágenes ya no serían proyección de un drama vivido,
sino que en ellas se combinarían una experiencia profunda y un lenguaje
hierático [J. Baruzi, 1924-1931: 344-345], la
crítica actual integra los tres poemas mayores en un único cuerpo, como
instantes diversos de aprehensión de una sola experiencia trascendente,
con la diferencia de que en la Noche la anécdota argumental es
clara y completa, mientras que en los otros dos se expone a retazos
[V. García de la Concha, 1992: 29]. Lo
fundamental es que los tres poemas se proyectan en el espacio del
símbolo, el cual, frente a la alegoría de signo definitivamente
centrípeto y vinculada a un proceso doctrinal ni traduce ninguna
doctrina ni representa la versión figurativa de una experiencia, sino
que, de signo expansivamente centrífugo, es el vector de la experiencia
misma. En el caso de la mística, el símbolo constituye el medio en que
se sustancia el intento de revivir y fijar esa «ciencia tan sabrosa de
Dios». En consecuencia, las palabras se acuñan grávidas de connotaciones
religiosas, por lo que, dado que el santo «confía toda su doctrina
espiritual a unos cuantos símbolos, que se prestan a una rica gama de
interpretaciones» [C. Cuevas, 1979: 32],
brotarán los comentarios. La prosa sanjuanista «surge [...] como los
frutos del árbol, siendo a la vez aplicación de lo general,
intelectualización de lo intuido, alegorización de lo simbólico,
pragmatización de lo teórico, y cumplimiento de la exigencia íntima de
unos poemas concebidos como glosables» [C. Cuevas, 1991a: 156].
Buena parte de la crítica, apoyándose
precisamente en los comentarios en prosa, ve en los poemas otras tantas
proyecciones líricas de un esquema doctrinal previo: el Cántico
estaría articulado según las tres vías del proceso de perfección; la
Noche englobaría, en las cinco primeras estrofas, la noche del
sentido y espíritu y, en las tres últimas, la unión; por último, la
Llama sería la expresión arrebatada del estadio final del recorrido
místico. De acuerdo con esta interpretación, se evolucionaría desde lo
alegórico a lo simbólico en una progresión por la que el Cántico sería
una alegoría simbólica, la Noche más simbólica y menos alegórica,
y la Llama totalmente simbólica. Con todo, si bien el
planteamiento de las Declaraciones autoriza esta lectura en clave
doctrinal alegórica, por la que aparecen en los poemas gran cantidad
de pseudo símbolos, tópicos gastados por mil alegorizaciones, etc., no
es menos cierto que el poeta los somete a un proceso de inhibición
de funciones, de mutua negación y de condensación, por lo que lo
alegórico, de raíz literaria o doctrinal, se convierte en un elemento
más de la construcción formal simbólica. |

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Frente a la integración del sentido
religioso, la lectura poética como canto al amor humano, por lo general,
prescinde del comentario para situarla en el ambiente bucólico del
Cantar de los Cantares y de la poesía renacentista, garcilasiana. En
efecto, muchos críticos, ante una declaración en prosa extremadamente
minuciosa, con datos y significados teológicos y espirituales
excesivamente pormenorizados y a menudo contradictorios, consideran que
el comentario es un forzado razonamiento a posteriori de la intuición
mística y literaria de San Juan de la Cruz expresada en imagen.
Con prudencia y en línea paralela a la de
Baruzi, Dámaso Alonso observaba que
produce extrañeza cómo el puro gozo estético de las bellísimas
estrofas no diré que se derrumba, pero sí que rudamente queda
sacudido con la interpretación... Generalizando el problema, los
comentarios, ¿son una interpretación a posteriori para ajustar el
ímpetu lírico a rigurosas líneas doctrinales, o es que su sentido
concreto estaba presente al poeta en el momento de la creación? Tal
vez sea imposible dar una contestación general. Quizá el proceso
creativo haya sido distinto en las diferentes poesías... Por lo que
respecta al Cántico, es muy significativo ese enfriamiento
que la explicación en prosa algunas veces nos produce. No podemos
dudar del ya inicial sentido místico de este poema. Pero yo creo que
su alegoría nació, seguramente, ordenada, sí, según los grados de la
escala mística, mas sólo con la vaguedad alusiva del ámbito lírico
en el momento del impulso creador. La interpretación concreta y
pormenorizada fue, sin duda, un razonador y lento trabajo a
posteriori. [Dámaso Alonso, 1942a-1946-1966a: 186]
| Para los partidarios de esta lectura, la
relación poema-comentario obedece a la libre decisión del santo de
acoplar sus enseñanzas espirituales, y no a la afinidad entre las
imágenes y los conceptos que emplea para explicarlas. Véanse, no
obstante, las precisiones de Federico Ruiz sobre la carencia de
significación propiamente religiosa y mística y su rechazo frontal de
tal hipótesis [F. Ruiz, 1990b]. |
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La interpretación exenta, erótica y
profana, parte de Jorge Guillén quien, refiriéndose a los mayores,
afirmaba que «los poemas, si se los lee como poemas [...] no significan
más que amor, embriaguez de amor, y sus términos se afirman sin cesar
humanos. Ningún otro horizonte poético se percibe». A
continuación, se preguntaba si estos poemas eran algo más: «No lo
sabríamos si a los versos, tan autónomos, el autor no les hubiera
agregado sus propias disertaciones». No obstante, el propio Guillén
dejaba un portillo abierto a la ambigüedad, al admitir que «basta saber
que el autor está queriendo manifestar otra cosa, y que este propósito
se basa en una profunda experiencia para que se forme como un
acompañamiento espiritual, no conceptual. Se insinúa un aire entre los
versos, que los dota de una trascendencia a la vez humana y divina»
[J. Guillén, 1961c-1969: 106].
Esta orientación, presentada por un
miembro de la Generación del 27, ha tenido múltiples seguidores, entre
los cuales algunos han establecido también diferencias entre dos tipos
de lenguaje, al separar el código poético y simbólico de los poemas del
alegórico de las Declaraciones y considerar que tal cambio está
causado por presiones socioculturales y religiosas en particular la
censura inquisitorial, para prevenir a los destinatarios y neutralizar
el «cariz revolucionario» de la poesía [A. Ruffinatto, 1979a-1985]. En todo caso, se defiende la diferenciación de los
dos planos: el histórico-biográfico, en el cual los dos momentos
poético y místico-doctrinal funcionan separados y no presentan ninguna
relación a no ser la de causa-efecto dictada por las contingencias
socio-políticas, y el textual; o, dicho de otro modo, el de la
comunicación artística, en el cual el texto poético funciona como
referente del discurso doctrinal.
Existe una postura flexible o
intermedia, que critica la lectura conjunta de poesía y Declaraciones, entendida en el sentido de que la interpretación
proporcionada en el comentario gravite sobre los poemas e imponga una
clave doctrinal, que imposibilitaría una lectura aislada de los mismos.
Ello equivaldría a que «la poesía se explica desde las Declaraciones,
y éstas de acuerdo con la Summa de Santo Tomás; la cuestión queda
resuelta sin más». No importa que sea la experiencia mística
el motor inicial de esos poemas u
otro cualquiera [...] Lo que importa es el resultado o efecto que
una obra produce [...] Cabe, pues concluir diciendo que si los
versos de San Juan son poesía, hay inevitablemente explicación
poética [...]; y si no lo son, si son doctrina [...] y en ello
reside su valor, entonces, bueno, tienen razón los críticos
comprometidos, pero sólo y en tanto en cuanto no son literatura y no
estudian un hecho literario.
Lo que cabe discutir es si el
sentido (objetivo) de la poesía de San Juan obliga o no obliga a
aceptar un significado religioso [...] Esta cuestión (que cabría
llamar argumental o de significado) es lo que, en literatura, cabe
plantearse. Lo demás es devoción. La necesidad (o posibilidad) de la
interpretación religiosa es algo que debe ser argumentado y
discutido en cada caso concreto. [D. Ynduráin, 1983b:
23-26]
Por tanto, se rechaza que los
comentarios expliquen la poesía y se les considera como una ayuda
interpretativa, si bien los poemas pueden ser explicados de otras muchas
formas. Se reconoce que mientras los «poemas son autónomos», los
comentarios en prosa exigen la poesía, por lo que, en el análisis de los
poemas se recurre a las Declaraciones en prosa cuando éstas
aclaran el sentido, «de acuerdo con un sistema constituido, por la
tradición eclesial, poética, etc., o por el propio autor. No cuando las
correspondencias sean el resultado del arbitrismo voluntarista de quien
se encuentra obligado a proporcionar a los inquisidores, secuaces y adláteres un sentido por ellos aceptable». En conclusión:
de lo que se trata es de averiguar, dentro de lo posible, cómo
funciona la poesía sanjuanista para producir un efecto literario
tanto entre lectores de ideología coincidente como ajena [...] dónde
residen los valores literarios de esa poesía. Y si esos valores se
mantienen sin los comentarios, sin teología dogmática e incluso sin
fe, ese fenómeno es el que los críticos e historiadores literarios
deben plantearse y explicar. [D. Ynduráin, 1983b: 26-32]
No deja de resultar llamativo que,
dentro del núcleo central de la poesía sanjuanista, hayan sido los dos
poemas más unitariamente simbólicos, Noche y Llama, los
que han recibido interpretaciones de un erotismo más a ras de suelo.
Así, se ha relacionado la Noche con la crisis existencial de la
cárcel toledana, como consecuencia de unas hipotéticas ensoñaciones
eróticas juveniles del fraile encarcelado, lo que justificaría que fuese
esta composición esencialmente un poema del amor profano. Se refutan,
por consiguiente, otras interpretaciones [P. Salinas, 1940-1976;
C. Bousoño, 1952-1976]
que imponen el espacio de la «espiritualidad vertical» como norma
espacial absoluta para entender toda la poética juancruciana, a la vez
que se defiende el «plano horizontal del espacio vivencial de la
Noche como creación y vivencia poética» [J. C. Nieto, 1988: 188]. En consecuencia, se
sostiene tajantemente que el amor de la Noche no tiene apertura
trascendente y se niega la existencia de una estética neoplatónica. |

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Se le ha reprochado a esta
interpretación aparte de precisas cuestiones filológicas que atañen
directamente a los planos lingüístico y literario, la inexistencia de
documentación histórica que avale la hipótesis inicial que constituye el
punto de partida del desarrollo argumentativo. Por lo que se refiere a la
Llama, composición que buena parte de la crítica considera la más
pura en valores teológicos, ciertos críticos le han aplicado una rasa
hermenéutica freudiana [W. Barnstone, 1972-73;
I. Macpherson, 1989]. |
Recientemente se
ha postulado una lectura de San Juan relacionada con el concepto de
erotismo en Bataille [B. Teuber, 1992a].
Ahora bien, según este planteamiento, la historia literal tiene en San
Juan de la Cruz un significado alegórico, que simboliza el amor entre
Dios y el alma, por lo que los poemas de San Juan de la Cruz parecen tan
sólo escenificar la transgresión erótica para, acto seguido,
desbaratarla alegóricamente. La alegoría en la Noche parte del
Cantar de los Cantares, del que sólo se entresacan algunas escenas, mientras
que el Cántico se puede interpretar como una paráfrasis muy
autónoma; la Llama es una sermocinatio, como un discurso
en presencia del Amado que la novia del Cantar de los Cantares podía
haber emitido en la noche de bodas. Incluye este crítico este género de
transformación de textos bíblicos en el ambiente postridentino que
prohibía la Biblia en vulgar, por lo que el santo se habría hecho eco de
ciertas recomendaciones emitidas por Fray Luis de León para redactar
textos similares a la Biblia en lengua española.
Para algunos estudiosos, la lectura
exenta deja sin resolver el sentido de ciertos versos y estrofas, como
sucede con «debajo del manzano, / allí conmigo fuiste desposada», que
reclaman la intertextualidad bíblica, o con elementos que suponen una
ruptura con el plano puramente humano, como los «bosques y espesuras, /
plantados por la mano del Amado», las extrañas «ninfas de Judea» o los
cambios en los tiempos verbales. Así, por ejemplo, González Cuenca no
niega que «se pueda hacer de los versos una lectura meramente erótica
(faltaría más que se nos privara a los miopes del placer de la propia
miopía); lo que digo es que, aparte de que eso no es lo suyo, quien esto
haga se encontrará con pasajes en los que naufraga toda coherencia
léxico-semántica» [1993: 209;
y también
F. Ruiz, 1985;
M.ª C. Bobes,
1986]. Por ello, sin negar la posibilidad de una
lectura profana, declara la insatisfacción última que le provoca:
San Juan exige al lector de sus casi siempre áridos comentarios
una sintonización con lo que de lírico pudieran provocar y al lector
de sus poemas un esfuerzo de atención para captar la música de su
doctrina. Obviamente, tan compleja operación no exige en el lector
autenticidad de creencia religiosa; basta con que se la apropie
momentánea y lúdicamente. Pero sin algo de esto, si tener en cuenta
lo que ocurre en la otra «ladera» no se da razón de lo que ocurre en
ésta: la poesía sanjuanista se escapa una y otra vez a la coherencia
de significado, dígase lo que se diga. En conclusión: algo tan
elemental como es el hallazgo de sentido en los versos de San Juan
requiere algo más que una perspectiva erótico-sentimental. San Juan
es más que un excelente poeta erótico. [J.
González Cuenca, 1993: 209-210]
Ciertos críticos insisten en distinguir
entre una lectura profana que mostraría la
naturalidad con que maneja el santo el nivel simbólico, sin forzar
explícitamente su referencia al mundo sobrenatural de la «lectura» de
San Juan [E. Pacho, 1969b;
M.ª C. Bobes, 1986], es decir, la interpretación
personal del autor, religiosa y espiritual, lo que apoyan también por el
título de los poemas, corrientes divinizadoras de la época, etc. Otros
defienden que los comentarios no sólo no destruyen la poesía sino que,
antes al contrario, iluminan sus oscuridades, sin poner en peligro su
lirismo. Postulan, incluso, una «unificación de pensamiento, sentimiento
e imágenes poéticas» [A. Parker, 1985-1986: 114-116;
C. Morón,
1991 y
1995;
M.ª Jesús Mancho, 1997a
y
1998a;
M.ª J. Mancho y J. A. Pascual,
1993], en la convicción de la impotencia para
captar la precisión del pensamiento del poeta sin las explicaciones
ofrecidas en los comentarios, los cuales sitúan los estados místicos en
su contexto bíblico, teológico y filosófico, pero también toman en
consideración la expresión poética misma.
Quizá uno de los encantos de la poesía
de San Juan de la Cruz sea, precisamente, su ambigüedad. Cernuda
explicaba así el efecto de su lectura:
ocurre con la poesía de San Juan de la Cruz algo que permite, si
no justifica dicha dualidad de sentido. Inclinado sobre ella el
lector, como sobre un agua clara, ve en la superficie copiarse
puramente la imagen del mundo que conoce, y bajo ella, al mismo
tiempo, distinta y misteriosa, la profundidad misma del agua. Y no
hay quizás error en quien de tal modo profano considera estos
versos, porque tras la hermosura terrena que en ellos le deleita
supone siempre el fondo insondable donde aquélla queda suspendida.
Reconocía que,
leyendo a San Juan de la Cruz con un espíritu profano,
ciertamente quedamos hechizados por la hermosa sensualidad que
respira [pero sus versos,] que parecen tan serenamente claros
primero [...] llegan luego a intimidarnos con la inmensidad luminosa
tras ellos presentida.
Y concluía que,
desde un punto de vista literario, mundano, pocas cosas tan
bellas existen en nuestro idioma como la obra de San Juan de la Cruz
[...] En San Juan de la Cruz la belleza y pureza literaria son
resultado de la belleza y pureza de su espíritu; es decir, resultado
de una actitud ética y de una disciplina moral [...] Lo maravilloso,
pues, no es sólo la perfección de su obra, sino que toda esa obra,
verso, comentario, aforismo o carta, fue escrita por fuerza de amor. [L. Cernuda, 1960-1971: 41-44]
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Estilo
y lenguaje
Pasado ya el
tiempo de la consideración de San Juan de la Cruz como un genio
exclusivamente inspirado, en la actualidad se insiste en su clara
voluntad de estilo dentro de las corrientes de la época [V. García de
la Concha, 1970]. Un estilo que reflejaría las
tensiones existentes en la zona de intersección de dos movimientos
estéticos tales como el gótico y el barroco [Á. Apráiz, 1943] y que encontraría su encuadre en las coordenadas del
Renacimiento, sin que haya faltado su adscripción al movimiento
manierista por la fascinación que muestra el santo ante lo «maravilloso» y
«admirable», su interpretación del universo en términos de agudeza, etc. [E. Caldera, 1970-1986], o su encasillamiento
en la estética prebarroca por su valoración de lo vivo y expresivo y por
el impulso vital e incluso agónico que delatan algunos textos suyos
[E. dOrs, 1942].
| Su pretensión de refinamiento
estilístico se descubre en múltiples manifestaciones, como, por ejemplo,
en la maestría en el manejo de géneros tan distintos como la égloga, el
romance narrativo, el villancico navideño, la glosa y la copla popular.
Tal flexibilidad deja al descubierto un poeta conocedor de su oficio,
que supo aunar el buen gusto y la inspiración al dominio de la técnica.
Asimismo, este hecho revela que, si bien el autor escribe conservando
algún «calor», no es menos cierto que lo hace cuando está en condiciones
de examinar su experiencia y buscarle un cauce expresivo adecuado. |
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Dentro de la gama de posibilidades que
le ofrecía el momento en que le tocó vivir, el místico carmelita tuvo
sensibilidad para elegir las más adecuadas a sus fines. Así, seleccionó
metros y estrofas dignificadas en este período, como el endecasílabo y
el heptasílabo, diestramente combinados en los cuartetos del
Pastorcico, las liras del Cántico o de la Noche, o en
los sextetos correlativos de la Llama, metros que prolongan la
depuración lírica iniciada por Garcilaso. En cualquier caso, se ha
destacado que cada estrofa tiene una rima única, que cambia
sistemáticamente de una a otra, y todas acaban período, coincidente con
el final estrófico [P. Jauralde, 1992]. Este
hecho supone enorme libertad, por cuanto el poeta podía crear o suprimir
nuevas unidades métricas e insertarlas en cualquier lugar de la serie ya
creada lo que, históricamente, sucedió. Y de la misma manera sucede
con el lector, que también goza de libertad de re-creación.
En esta línea, se ha subrayado la
habilidad y la delicadeza en el uso del endecasílabo y el partido que
supo sacar a sus distintas variantes [C. Cuevas, 1979: 52]: el heroico, de gran frecuencia
«allá por las majadas
al otero»; el melódico
«emisiones de bálsamo divino», «las profundas
cavernas del sentido» y el polirrítmico
«un no sé qué que quedan
balbuciendo». Se ha advertido, como notó Dámaso Alonso, su predilección
por un esquema rítmico con predominio del acento en sexta sílaba, tal
como se comprueba en los versos finales de las estrofas de la Llama,
lo que le distancia de Garcilaso y Fray Luis y le aproxima a poetas de
inclinación más popular. En general, se ha señalado su preferencia por
metros ya explorados, de estructura muy ligada, aunque con escasas
sinalefas. Por lo que se refiere a las rimas, se inclinó claramente por
la acabadas en consonante, incluso en los romances, y continuó con la
tendencia a eliminar la aguda, como en la tradición culta.
En las poesías populares maneja con
habilidad el octosílabo en coplas, glosas y romances. En éstos se ha
detectado un cierto primitivismo, que se revelaría en la proliferación
de rimas en -ía o en -aba y en cierta uniformidad de
acentos que llega a provocar la sensación de una monótona entonación de
cantilena. Parece como si el santo hubiera pretendido emular el aroma
del romancero viejo, con una intensificación del ritmo narrativo a
expensas del diálogo, tanto en los nueve sobre la Trinidad, como
de modo análogo en la paráfrasis del salmo Super flumina Babylonis.
En algunas composiciones se produce un extraño hibridismo entre
metros tradicionales y representantes de tendencias más novedosas por
entonces, como sucede en el poema de la Fonte: adaptaciones del cosante galaico al ritmo castellano, junto a endecasílabos
italianizantes; pareados, junto a estribillo. La crítica ha resaltado la
sorprendente estructura formal de este poema, «un híbrido increíblemente
raro de dos mundos literarios: el uno, el tradicional (al que pertenece
el núcleo); el otro, el italianizante (al que corresponden los
endecasílabos)» [Dámaso Alonso, 1942a-1946-1966a:
126-127].
En cuanto a los poemas menores de
carácter cancioneril, cortesano y trovadoresco, representantes de la moda
del siglo anterior, aprovecha el nivel alcanzado para lograr
composiciones ágiles, con simetrías, paralelismos, reiteraciones y
cadencias de gran musicalidad. Precisamente se ha atribuido esta armonía
musical a una «isocronía tónica, acentuación regular en pies métricos
equivalentes» [G. Diego, 1942], por lo que ha
sido considerado «altísimo poeta de inspiración popular, que siente el
ritmo en su sencillez elemental» [ibídem: 184]. En cualquier caso, la preeminencia de los valores
musicales ha sido destacada por la crítica de manera insistente [J.
Paredes Núñez, 1993b;
J. Lara Garrido,
1995;
A. López Castro, 1996a/II].
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En lo que respecta a la arquitectura
de los poemas, especialmente en los mayores, llama la atención el hecho
de que cada estrofa es concebida como una unidad de sentido, no
necesariamente dependiente de un ritmo narrativo. Por ello, si bien
existe un orden progresivo en la Noche, no sucede lo mismo en la
Llama, donde una modificación del orden establecido no alteraría
sustancialmente el mensaje global. En el Cántico esta posibilidad
de modificación del ordo estrófico es una realidad que ha
generado dos redacciones distintas: la A y la B, en las
cuales, sin embargo, el sentido de las estrofas en sí no varía, por esa
coherencia interna que poseen.
En lo que se refiere al lenguaje, el del escritor místico se caracteriza
por una exacerbación de las disponibilidades que le ofrece el sistema
hasta límites de transgresión: un uso lingüístico creador, análogo al
del poeta. A comienzos del siglo veinte, las estrechas relaciones entre
mística y poesía constituyeron uno de los temas más debatidos por la
crítica y fueron analizadas detenidamente [E. Underhill, 1955;
J. Baruzi, 1931-1932 y
1942]. El discurso místico potencia los
elementos propios de la función expresiva del lenguaje [M.ª J.
Mancho, 1990b-1991a;
M. Baldini,
1986-1990 y
1992]. El
desbordamiento emotivo provocado por las vivencias espirituales, similar
al experimentado por el poeta, por su misma intensidad empuja al místico a una expresión
arrebatada de sus sentimientos.
En el caso concreto de San Juan de la
Cruz, se ha destacado que su poesía brota de un estado de exaltación
emocional, en el que confluyen la inspiración religiosa y la creación
lírica [C. Cuevas, 1991b: 296;
C.
Thompson, 1991b-1993a]. Algún
especialista ha resaltado cómo el trance místico puede conducir al trance
poético, por el que el grado de interiorización extrema de la
experiencia religiosa reenvíe a otro «del que sale o termina teniendo
como punto de reencuentro con el mundo de la realidad la objetivación en
la palabra» [E. Orozco, 1959a: 68-69].
No obstante, si la poesía nace cuando el poeta está embargado por la
emoción, eso no exige coincidencia con la inmediatez de la vivencia:
puede tratarse de una emoción sosegada, en estado de «algún fervor de
amor de Dios», «en amor de abundante inteligencia mística». En cualquier
caso, no se puede escribir en frío, sino con «calor de amor». Sin
embargo, aun cuando el místico escriba en ese estado, lo hace asumiendo
un caudal de conocimientos, lingüísticos, retóricos, poéticos, etc., que
están latentes y cuya revelación no es siempre fácil ni homogénea en sus
poemas.
Es patente en San Juan una retórica del
sentimiento [C.
Cuevas, 1991c,
1991e,
1992a y
1993a] con un transfondo del platónico furor poeticus,
destinada a mover los afectos del destinatario del mensaje místico.
Desde esta perspectiva, los poemas sanjuanistas nacen para conmover al
oyente o lector. Huellas de estos planteamientos se detectan en la
presencia de figuras propias de la elocutio, como las
interrogaciones retóricas («¿Adónde te escondiste, Amado?», «¿por qué...
no tomas el robo que robaste?), mezcladas con quejas («¡Ay!, ¿quién
podrá sanarme?»), frecuentes exclamaciones («¡Oh noche!», «¡Oh dichosa
ventura!», «¡Oh vida!», «¡Oh ninfas de Judea!», «¡Oh lámparas de
fuego!»), imprecaciones, manifestadas en modo imperativo («Acaba ya, si
quieres»; «Rompe la tela deste dulce encuentro»), apóstrofes dirigidos a
distintos locutores que aparecen plasmados en frecuentes vocativos
(«Apártalos, Amado»; «Escóndete, Carillo»; «Gocémonos, Amado»), en
ocasiones seres inanimados («¡Vuélvete, paloma!», «detente, cierzo
muerto», «¡Oh cristalina fuente!», «¡Oh prado de verduras!»). Tal
abundancia de resortes afectivos promueve un patetismo que, en el caso
del Cántico, afecta a todo el poema, difundiéndose a toda la
creación, al marco escénico natural, que participa de alguna manera en
los sentimientos de los principales actores del drama que se desarrolla
en sus versos. Éstos y otros recursos tipificadores de esta retórica
afectiva, como la optatio, la sermocinatio, la
evidentia, la fictio, etc., proliferan por toda la poesía
sanjuanista en general.
|
 |
Si esto es cierto, no lo es menos que el santo escribe desde la
lucidez y siguiendo un proceso intencionadamente consciente, como lo
manifiesta su cuidada estructuración poemática, que le lleva,
incluso, a la reordenación estrófica, la elección de metros y
estrofas y la meticulosa elaboración de los
contrafacta.
Ese deliberado sosiego se transparenta en la penetrante y honda
reflexión sobre las palabras que realiza San Juan de |
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la Cruz, quien hace de ellas un uso selectivo y meditado, además de
inspirado, a pesar y por encima de su enorme riqueza. |
La amplitud del vocabulario sanjuanista,
del que dan testimonio las recientes Concordancias [J. L. Astigarraga, A. Borrell y F. J.
Martín de Lucas, 1990], ha sido comentada por diferentes lingüistas y
estudiosos del lenguaje sanjuanista [D. Alonso, 1942a-1946-1966a;
J. M.ª de Cossío, 1942-1970;
M. García Blanco, 1941-1943-1967;
R.
Hornedo, 1944;
J. M.ª Valverde, 1950-1958;
C. Thompson, 1977-1985;
C. Cuevas, 1979 y
1991a;
M.ª J. Mancho, 1988-1993a]. Estos especialistas han destacado la variedad de registros
lingüísticos utilizados por San Juan de la Cruz: el núcleo religioso y
teológico, el de procedencia filosófica [J. García Palacios, 1992], el de origen bíblico, el de la tradición literaria
profana léxico bucólico, pastoril, cancioneril, etc., sin olvidar el
específico de otros ámbitos muy concretos, como el de la altanería
que,
esparcido en sus obras, se concentra en alguno de su poemas menores, o
el de la física de su tiempo. Tal versatilidad revela la apertura
intelectual de una mentalidad renacentista, con intuiciones que
preludian aspectos que tendrán mayor desarrollo en la época barroca,
como los relativos a la «maravilla» o fascinación de Dios.
[M.ª Á. López García, 1993c]. |

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La libertad con que San Juan opera
con los vocablos explica el hecho de que en su obra se conserven
palabras un tanto envejecidas, que denotan cierto gusto arcaizante,
propio, por otra parte, de la zona castellano-vieja de sus orígenes, como
haz, faz, rostro, o compañas [M.ª J. Mancho, 1997b
y
1998].
[25] No obstante, en su
búsqueda de la eufonía verbal y de la precisión lingüística, no tiene
empacho en incorporar préstamos léxicos de otras lenguas, como el
catalán el delicado ventalle de cedros, por ejemplo, aunque sus
preferencias se decanten claramente por el latín. Esta predilección
justifica el surgimiento de numerosos cultismos, que abundan de modo
especial en el terreno de los tecnicismos psicológicos, místicos y
teológicos: absorto y ajenado. Su presencia ha atraído la
atención de los especialistas, quienes han destacado su minuciosidad
terminológica a la vez que la tensión y el cruce entre los vocablos
especializados y el vocabulario vulgar [E. Pacho, 1995b;
G. Chiappini, 1996;
M.ª
J. Mancho].
Los latinismos acusan, sobre todo,
reminiscencias bíblicas las extrañas ínsulas o las emisiones
de bálsamo divino más que renacentistas cultas
las liras, las
serenas presentadas bajo una forma fónica popular, la
philomena o el adjetivo nemoroso serían representantes de
estas últimas [E. Pacho, 1995a].
Aunque se hallan también en los poemas menores, a los que transfieren un
cierto toque de escolasticismo
«tu bondad sublimaría»,
substancia, procede, precede, summa ciencia,
divinal essencia y de carácter extremadamente novedoso
algunos de ellos el famoso balbuciendo, por ejemplo, los
latinismos abundan en el Cántico
las «jóvenes que
discurren al camino» constituyen un buen ejemplo, si bien son más
frecuentes en los textos en prosa, donde la formación filosófica y
teológica se hace mucho más patente [M.ª R. Domínguez López, 1991a;
M.ª
J. Mancho]. No faltan tampoco los cultismos semánticos, que
rescatan acepciones vigentes en el mundo clásico
consideraste
contemplaste, observaste detenidamente que vuelven a poner de
relieve la familiaridad con la tradición greco-latina y también bíblica.
Estas formaciones doctas contrastan con
la expresividad afectiva que manifiestan ciertas formaciones, como los
diminutivos el
Carillo y la tortolica del Cántico,
o el entrañable pastorcico [M. García Blanco, 1941-1943-1967;
M. Alvar, 1986], de la
misma manera que las formas imperativas afirmativas
«morá en los arrabales», decilde muestran una apócope o unas metátesis
populares que contrastan frontalmente con las bíblicas y cultas
construcciones negativas en subjuntivo
«no queráis tocar
nuestros umbrales»; «no quieras enviarme»; «no quieras
despreciarme».
En la actividad neológica del santo,
sorprende el dominio de las reglas morfológicas de creación léxica
en diferentes clases verbales, así como la preferencia por determinados
morfemas [M. ª J. Mancho, 1990d y
1991e;
M.ª L. García-Macho, 1992 y
1996;
M.ª R.
Domínguez López, 1993a], evidente tanto
entre prefijos como sufijos, que constituyen, por otro lado, un claro
exponente de las fluctuaciones del momento: frente al docto divinal,
el popular perfumea testimonia el cruce de niveles
sociolingüísticos específicos léxicos y morfológicos. Desde el punto de
vista de los significados, es caracterizadora la pervivencia de
acepciones un tanto antiguas
esquiva, penosa, dolorosa,
atormentadora, recuerdas despiertas, avivas,
junto a otras novedosas y cultas
discurrir (en el sentido de
correr) o sublimar (exaltar), que pueden considerarse
cultismos semánticos, como hemos indicado anteriormente. Algunos de
estos neologismos son llamativos, como el caso de aspirar,
empleado en el sentido de soplar, y ponen de relieve el marcado gusto
de la época por el rescate de estos valores sémicos cultos.
La sensibilidad del santo hacia las
cualidades fónicas de los vocablos, le lleva a seleccionar palabras bellas
por fuera, en su cara significante, y a trenzarlas en aliteraciones,
paralelismos, paronomasias y otros delicados juegos musicales: la
delicada sensación de ligereza sugerida por la sucesión de líquidas en
el sintagma «al aire
de tu vuelo»; la repetición de sonidos
iniciales: la vibrante múltiple del pleonástico «robo
que robaste»; la fricativa sorda en la
sucesión de flores,
fieras, fuertes
y fronteras, enemigos que debe
sortear en su intrépida andadura el alma enamorada; la reiteración de
labiales en el verso «oh vida, no
viviendo donde
vives»; el
deslizamiento de las sibilantes en «el silbo
de los aires amorosos»,
«pasó por estos
sotos con presura»;
la impresión de tartamudeo provocada por el «no sé qué, que quedan
balbuciendo», etc., son efectos verbales pretendidos y logrados. |

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Dentro de las clases de palabras,
Dámaso Alonso advirtió ya la escasez del epíteto y señaló el predominio
de sustantivos y verbos. En el vocabulario del santo, entre los
segundos, son particularmente abundantes los de movimiento. Además, se
ha subrayado la interrelación entre ambas categorías, ya que muchos de
los sustantivos proceden de lexemas verbales. Este hecho no carece de
consecuencias, pues impregna de dinamismo toda la obra sanjuanista, lo
que puede apreciarse de modo palpable en el vertiginoso poemita cetrero,
como resaltó ya Dámaso Alonso [M.ª J. Mancho, 1993b], pero también en otras composiciones, como en el propio
Cántico, aspecto éste también destacado por la crítica [R.
Duvivier, 1973a]. Ahora bien, la
escanciada adjetivación está dotada de honda intencionalidad, reveladora
de significaciones tan profundas como insistentemente reiteradas, hasta
el punto de convertirse en leitmotivs o estribillos obsesivos,
como ocurre con oscura, aplicado a noche; extrañas,
con relación a ínsulas; amoroso, referido a aire, lance, etc.; o subido, aplicado a sentir, lance,
cavernas, etc. Incluso, se ha hablado de la configuración de
binomios entre sustantivos y adjetivos predecibles [M.ª J. Mancho,
1982;
J. García Palacios, 1991].
La meditada reflexión sobre el contenido de
los vocablos es algo que puede comprobarse en los comentarios en prosa,
donde el santo ofrece refinadas distinciones semánticas. Éstas son tan
abundantes, que puede hablarse de una auténtica actividad lexicográfica
mediante la que se recogen significados y ordenan distintas acepciones
de un mismo término. Las definiciones, a la vez que realizadas con
estricto rigor y precisión, como en el caso de adamabas o
ínsulas, aparecen teñidas siempre de un halo poético inconfundible,
según puede confirmarse en las dedicadas a los antónimos austro/cierzo en las Declaraciones del
Cántico
[M.ª
J. Mancho]. La complejidad sémica de las palabras se
percibe en la condensación de diferentes matices significativos de los
términos, como sucede en ciertos adjetivos, como extraño «las
ínsulas extrañas», «por una extraña manera», «gozábanse
los extraños», de modo que se produce una deliberada ambigüedad, potenciadora de la densidad
de contenido, apreciable, por ejemplo, en los
sintagmas «el amor fue tan alto», «lance tan subido», «un
subido sentir». La antonimia es también otro de los recursos
semánticos frecuentes en San Juan de la Cruz, como se aprecia en la
contraposición que enfrenta en sus poemas a opuestos del tipo
montes/riberas; alcanzar/esperar; subido/rendido; abatido,
etc.
Ahondando en la estructura semántica de
los vocablos, mediante la aplicación a un núcleo sémico de un elemento
adyacente adverbio respecto a verbo o adjetivo respecto a sustantivo
de significado contrario, surgen los oxímoros, formas transgresoras que
crean la coincidentia oppositorum y tipifican el lenguaje místico
[G. Pozzi, 1984;
M. Baldini, 1986-1990 y
1992]. Ejemplos de
ellos en los poemas sanjuanistas son: «que tiernamente hieres»,
«regalada llaga», «dulce encuentro», etc. El oxímoron,
según
Certeau [1982], crea un agujero en el
lenguaje al romper el universo de las semejanzas, y aboca al silencio,
a un no-lenguaje que apunta al infinito.
Otro de los rasgos de la subversión
lingüística efectuada por los místicos es el recurso a las paradojas,
las cuales proyectan a un plano de lo real que la razón no controla y
conducen al encuentro entre el hombre y el Absoluto. Abundantes en las
Coplas sobre un éxtasis de harta contemplación
«quedeme no
sabiendo / toda sciencia trascendiendo»; «un entender no entendiendo»;
«este saber no sabiendo»; «la tenebrosa nube / que a la noche
esclarecía» están presentes en otros poemas, mayores, como el
Cántico: «mas, ¿cómo perseveras, / ¡oh vida! no viviendo donde
vives»; o menores: «vivo sin vivir en mí»; «que muero porque no muero» [C. Thompson, 1988]. En algunas paradojas de
San Juan de la Cruz se han rastreado reminiscencias orientales, a través
de Lulio [H. Hatzfeld, 1955c-1968c].
Ahora bien, del conjunto de los
procedimientos relevantes de la expresión mística sobresale la utilización
de un lenguaje traslaticio: el empleo de las extrañas figuras,
comparaciones y semejanzas de que habla San Juan en el «Prólogo» al
Cántico. Según la crítica [C. Cuevas, 1993a: 28], el término figuras poseía para el santo, además
del sentido humanístico renacentista, propio de un Cipriano de la Huerga
o de un Fray Luis, otro, de raigambre bíblica, entendido como
prefiguraciones alegorizantes que permiten, por referencias indirectas,
conocer a Dios. En cualquier caso, los símiles, comparaciones,
semejanzas y figuras, son términos equiparables para el carmelita, de
acuerdo con la práctica de la predicación medieval, viva en el
Renacimiento español y de los que supo hacer un uso extraordinario que
le proporcionaba notables ventajas: desde el ornatus del plano
estético a la hondura del contenido. |

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Como notó
Baruzi [1942], las modificaciones más fuertes en el terreno del
lenguaje de la mística se producen en el interior, en el núcleo
semántico de las palabras, más que en su estructura externa. Los
especialistas han coincidido en poner de manifiesto el carácter central
de la palabra en la antropología y en la escritura sanjuanista, palabra
que encarna la totalidad anímica, al fraguarse en ella la unidad entre
sentido y espíritu. En ella se condensa simultáneamente una intensidad
lírica y mística [A. López Castro, 1993;
T. Polo Cabezas, 1993]. Esa plenitud
comunicativa brota desde la articulada soledad del autor, quien crea un
lenguaje de sí mismo, que habla para sí mismo [E. Lledó, 1995] y
en el que resaltan la primacía de la voz, la oralidad, y los valores musicales.
La crítica ha subrayado la fuerza
espiritual de la palabra sanjuanista, en cuanto signo esencialmente
creativo; una palabra «iniciática», «alumbradora de una senda que
conduce a la vida mística y capaz de inducir eficazmente a sus lectores
a recorrerla», potenciada por el encendimiento afectivo. En su intuición
apasionada, su patetismo, su arrebato rítmico y su testimonio
experiencial de lo divino, el verbo poético sanjuanista se configura
como una especie de logos profético, lírico o poemático. Por ello mismo,
la polivalencia que encierra exige una explicación en un lenguaje más
claro y discursivo, un logos exegético en el que se expresan los
comentarios o Declaraciones sanjuanistas en prosa [C. Cuevas,
1992b]. La ambigüedad e indeterminación
con que se presenta el primero suscitan y reclaman la capacidad de
re-creación del receptor, la potencia desencadenante de reflexiones y
ensueños de los lectores, lo que suponía en su época una revolución
poética incomprendida por sus coetáneos [E. Wilson, 1977;
L. López Baralt, 1978-1985a].
| La delicada intensidad del lenguaje
sanjuanista revestido de sorprendente modernidad radica en una
concentración, inusual y atípica en su momento histórico, de palabras de una abisal
hondura sémica, que constituyen una constelación de unidades imbricadas
en expansión inabarcable: los símbolos. Estas unidades
significativas, inagotablemente sugeridoras, soporte de reacciones
humanas universales, reclaman la participación del lector, pues
contienen infinitas virtualidades, muchas de ellas de carácter
irracional [M.ª
J. Mancho, 1990b]. |
 |
|
Tal dinamismo genera un universo simbólico más allá del espacio y
del tiempo, de maravilloso atractivo, que se concentra en el
microcosmos interior. Su exploración y recorrido constituyen una de
las aventuras más fascinantes y conmovedoras para el espíritu
humano. |
Es, justamente, en la actualización de
los símbolos donde el uso lingüístico de San Juan se singulariza al
máximo y lo sitúa en la vanguardia de movimientos poéticos posteriores.
La caracterización establecida por Baruzi, quien diferenciaba netamente
el símbolo de la alegoría, ha dejado una marcada impronta. No obstante,
Dámaso Alonso consignó la existencia de una alegoría simbólica,
categoría de lindes más borrosos, pero que también ha tenido
continuación entre los estudiosos del sanjuanismo [D. Alonso, 1942a-1946-1966a]. En cualquier caso, existe un consenso en reconocer
el predominio de los valores simbólicos en los poemas, frente a los
alegóricos dominantes en las Declaraciones en prosa, si bien
tales delimitaciones no son, en absoluto, nítidas.
De acuerdo con Baruzi, en San Juan de la
Cruz
se daría una fusión tan íntima entre la imagen y la experiencia,
que ya no podríamos hablar de un esfuerzo para representar
plásticamente un drama interior. El simbolismo nos revelaría tal vez
directamente un hecho que ningún otro modo de pensamiento nos
hubiera permitido alcanzar. Y, desde ese momento, no habría ya
traducción de una experiencia mediante un símbolo; habría, en el
sentido estricto del término, experiencia simbólica. [J.
Baruzi, 1991: 333]
El simbolismo sanjuanista ha atraído
poderosamente el interés de los especialistas, quienes han profundizado
en sus valores [Ch. Baudouin, 1957;
Lucien
Marie de Saint Joseph, 1960;
G. Morel, 1959 y
1961], a pesar de
ciertos abusos de la lectura simbólica detectados por algún crítico
[M. Huot de Longchamp, 1991]. Así, se ha
resaltado el irracionalismo poético de San Juan de la Cruz, derivado de
las asociaciones irracionales o a-rracionales sobre las que se sustentan
muchas de sus imágenes y símbolos
como los de la estrofa 14 del
Cántico, por lo que los poemas no necesitan ser distintamente
entendidos para ser gozados [C. Bousoño, 1952-1976,
1977,
1979
y
1990]. La modernidad de esta concepción,
que la aproxima a la de las imágenes visionarias modernas de un Rimbaud,
Ezra Pound o García Lorca, convierte al santo en un adelantado a su
época, en un poeta contemporáneo. Para algunos especialistas [L.
López Baralt, 1992], la improbable intelección racional de sus
liras, su incoherencia y las sensaciones misteriosas y a-lógicas que
provocan constituyen una estética de delirio.
En este marco se encuadran diferentes
estudios sobre simbolizaciones concretas. Desde Baruzi, la importancia
de la simbolización de la luz y de la oscuridad en San Juan de la Cruz
ha sido reconocida por la crítica, que le ha dedicado una atención
preferente [M. Martínez Pastor, 1973;
M.ª
J. Fernández Leborans, 1978;
M.ª J. Mancho, 1982;
M.ª S. Rollán,
1987;
E. Pacho, 1991c;
M. Morales Borrero, 1991b;
L. Vázquez, 1991;
F. Ruiz, 1985]. Junto a estos símbolos luminosos, o sus antónimos
tenebrosos, han sido analizados los relativos al fuego [J. García
Palacios, 1990 y
1991]
y a otros elementos cosmogónicos, en especial los relacionados con el
agua [M.ª Á. López García, 1993a],
el aire y el sonido [M.ª J. Mancho, 1990a,
1991b y
1991c]. Asimismo, se ha destacado la importancia de los símbolos de
proceso, especialmente ascensional [C. Cuevas, 1991d], representadores del dinamismo del espíritu. Desde otras
perspectivas se han estudiado diversas configuraciones simbólicas
sanjuanistas, como la nupcial [M. F. Pepin, 1972],
la conyugal y eucarística [J. B. McInnis, 1984],
la del corazón [K. Egan, 1990], o el simbolismo animal en el Cántico [M. P. Castaño
Moreno, 1991/II]. El avance en este terreno es
sólido, aunque todavía queden bastantes parcelas por explorar y el rigor
no corresponda siempre el exigido para un análisis de tan exquisitas
piezas. La invitación, por tanto, permanece abierta. |

|
San
Juan de la Cruz y la crítica
Los textos del cofundador del Carmelo
Descalzo fueron ignorados por la crítica literaria durante mucho tiempo
[A. Soria Olmedo, 1991]. Al margen de
primerizas y subjetivas impresiones de eruditos de
mediados del siglo XIX, para encontrar apreciaciones dignas de mención
en nuestras letras, es necesario esperar a Menéndez Pelayo en los
alrededores del novecientos.
La actitud del ilustre polígrafo ante la
escritura sanjuanista fue manifiesta en el discurso de su recepción en
la Academia Española en 1881, donde, en frases un tanto enfáticas, que
han sido frecuentemente reiteradas por la crítica posterior, después de
referirse a la obra lírica de Fray Luis de León, añadía:
Pero aún hay una poesía más angélica, celestial y divina, que ya
no parece de este mundo, ni es posible medirla con criterios
literarios, y eso que es más ardiente de pasión que ninguna poesía
profana, y tan elegante y exquisita en la forma, y tan plástica y
figurativa como los más sabrosos frutos del Renacimiento. Son las
canciones espirituales de San Juan de la Cruz [...] Confieso que me
infunden religioso terror al tocarlas. Por allí ha pasado el
espíritu de Dios, hermoseándolo y santificándolo todo [...] Juzgar
tales arrobamientos [...] con la admiración respetuosa con que
analizamos una oda de Píndaro o de Horacio, parece irreverencia y
profanación. [M. Menéndez Pelayo, 1881-1956]
No obstante, consideraba Menéndez Pelayo
que San Juan era un artista tan depurado que convidaba a exponer y
desarrollar su sistema literario, por lo que ofrecía un breve y delicado
análisis.
A pesar del innegable acierto de sus
pinceladas descriptivas, algún crítico moderno ha realizado severas
objeciones a la postura de Menéndez Pelayo por sus implicaciones
posteriores, como la de «seguir recluyendo en una región exenta y
apartada la obra clave de la tradición poética española», postura que
habría llegado hasta el centenario de 1942, conmemoración del nacimiento
de San Juan de la Cruz, donde el análisis del arte poética, habría
estado contaminado por el precepto estimativo del «terror religioso» y
por prejuicios de «irreverencia» y «profanación» [J.
Á. Valente, 1995: 16-17].
En cualquier caso, es un hecho
incontrovertible que fueron los poetas los que empezaron a comprender y
valorar la peculiaridad de la obra del místico castellano. Recientemente
se han recobrado frecuentes referencias de los miembros de la Generación
del 98 sobre el misticismo y, de modo especial, por parte de
Unamuno
[1895-1964]. El pensador vasco veía concentrada
en esta corriente espiritual de nuestro Renacimiento la expresión más
alta del genio español, a la vez que avanzaba la idea de que la mística,
en buena parte, era cuestión de filología [M.ª J. Mancho, 1998b;
2001]. San Juan de la
Cruz, a su juicio, sería el representante más elevado de este registro,
por aunar pensamiento y sensibilidad poética profundos y originalísimos.
De manera análoga, se ha aludido a los elogios que Juan Ramón Jiménez,
en su obra Ideolojía, dedica al carmelita, a quien, desde un
punto de vista estrictamente literario, considera un poeta universal,
renovador ideal, de la talla de un Bécquer, Unamuno o Antonio Machado,
frente a los innovadores formales, como Garcilaso, Góngora, Calderón,
Rubén Darío o García Lorca.
La recuperación poética de San Juan de
la Cruz llegó con los autores de la Generación del 27 en un doble
sentido [J. Servera Baño, 1993]: en primer
lugar, desde la perspectiva crítica, a través de una amplia y sensitiva
labor exploradora e investigadora sobre los textos sanjuanistas, principalmente sobre
su poesía, que conduciría a la alta valoración de que actualmente goza.
En esta línea se ha subrayado que los poetas-críticos de este grupo,
como antes hiciera Juan Ramón, se sitúan en una perspectiva
estrictamente literaria, actitud que quedaría de manifiesto ya desde
intervenciones públicas, como ciertas menciones de Federico García Lorca
a San Juan de la Cruz en diversas conferencias
una muestra la
proporcionaría la titulada «Imaginación, inspiración, evasión»,
pronunciada en 1928 en Granada, donde calificaba a Góngora de poeta
imaginativo y a San Juan de «poeta inspirado», lo que sería un indicio
del interés del poeta andaluz por la poesía del carmelita. Más adelante
insistiremos en las aportaciones críticas de Guillén, o de Dámaso
Alonso, verdaderamente decisivas en los avances literarios sobre la obra
del místico castellano. En segundo lugar, los poetas de la Generación
del 27 se revelan como verdaderos asimiladores de la poesía de San Juan,
pues en sus escritos su huella es perceptible, lo que presupone una
concepción poética contemporánea en el extático carmelita. El
seguimiento de esta latencia se ha llevado a cabo en los Sonetos del
amor oscuro de García Lorca [M. Hernández, 1984: 197, n. 10], aunque el rastro es más evidente en otros autores,
como Guillén, por seleccionar alguno de los casos más destacados.
|
 |
Con todo, conviene retrotraerse un tanto
en el tiempo en el ámbito del hispanismo europeo. En 1924 apareció una
obra de enorme repercusión en investigaciones posteriores sobre las
obras sanjuanistas:
Saint Jean de la Croix et le problème de
lexpérience mystique, cuyo autor, el francés Jean Baruzi, estudió la
obra y la figura del santo con respeto y admiración profundos desde
presupuestos no confesionales. |
|

|
Con estrictos planteamientos
científicos, Baruzi se enfrenta a la obra literaria del místico español
e introduce aportaciones decisivas referidas al simbolismo de los poemas y
su relación con la alegoría. La distinción entre ambos tipos de
recursos, caracterizadores del lenguaje de la mística y, de manera
particularmente intensa, del uso sanjuanista, ha sido trascendental: el
carácter irracional y unitario del símbolo, que no traduce una
experiencia sino que supone una intuición globalizadora de la
existencia, una visión del mundo de carácter sintético y artístico, ha
configurado la base de posteriores revisiones de los poemas
sanjuanistas. Del mismo modo, la preeminencia otorgada al símbolo de la
Noche, considerado la creación más original y personal del santo,
que se prolongaría en el de la Llama, ha repercutido hondamente
en estudios ulteriores. La separación neta entre, por una parte, la
Noche y la Llama, centrados en símbolos únicos, y, por otra,
la dispersión simbólica del Cántico, a pesar de contener este
último poema los versos, quizá, más bellos de toda la obra de San Juan, ha
sido fuente de fecundo debate. Otras cuestiones de importancia singular,
como la caracterización de la alegoría y su ubicación preferente en la
prosa sanjuanista, la conexión entre la experiencia y la doctrina
con
la polémica superioridad de la primera, la tensión existente entre
poemas y prosa, la inefabilidad de la vivencia mística, la estética en
los místicos, el problema de las fuentes, etc., son aspectos presentados
con gran rigor a la vez que con fuerte empatismo, por lo que han
sugerido muchos de los avances efectuados con posterioridad. Los autores
del veintisiete, por ejemplo, reflejarán su impacto.
En 1942, con ocasión del cuarto centenario
del nacimiento de San Juan de la Cruz, se va a producir un avance
cualitativo en la investigación de su obra [J. E. Serrano Asenjo,
1991], fundamentalmente de la mano de Dámaso
Alonso, autor de un estudio que se constituirá en punto de partida
obligado en la investigación filológica posterior. Se trata de la
conocida obra
La poesía de San Juan de la Cruz, que lleva el
expresivo y significativo subtítulo Desde esta ladera. Por
primera vez, los poemas de San Juan de la Cruz
a quien Dámaso Alonso
califica como el «más alto poeta de España»
se someten a un análisis filológico pormenorizado, especialmente
competente en lo relativo a las fuentes de sus poesías, tradición culta
Garcilaso, original y a lo
divino y popular, junto a la bíblica, del mismo modo que se clarifican
aspectos de su estilo y temática, si bien ésta se analiza «desde esta
ladera». El carácter restrictivo de esta fórmula
que separa forma y
contenido ha sido bastante criticado desde puntos de vista
comprometidos, tanto desde la ortodoxia, como desde perspectivas
racionalistas. El hecho innegable es que «con el libro de Dámaso Alonso
se inaugura la investigación literaria contemporánea sobre San Juan de
la Cruz. En adelante, los más prestigiosos profesionales de la crítica
se aplican al estudio de la obra de místico de Fontiveros sirviéndose de
técnicas puramente filológicas, viendo en sus escritos esencialmente un
hecho literario» [C. Cuevas, 1991a: 197].
Otra contribución importante fue la
realizada por Orozco Díaz en una serie de trabajos publicados desde 1942
y reunidos en diversos libros [E. Orozco, 1959a y
1977], reeditados recientemente
con actualización bibliográfica complementaria [J. Lara Garrido, 1994a]. El principal de ellos,
Poesía y mística,
que apareció en 1959 y
recibió las reseñas más cálidas, incidía en la perspectiva literaria,
desde la cual, sin menospreciar lo puramente sobrenatural, se resaltaba
la formación humanística y los logros de la palabra poética del
reformador carmelita. Aportaciones suyas son, también, el entronque de
la poesía del santo en la tradición cantada del Carmelo, la valoración
de la naturaleza y el predominio del elemento espacial en el Cántico,
la eficacia de los recursos fónicos y musicales, etc. [J. Lara
Garrido, 1994a: 20-35]. En opinión de
algún crítico «el ensayo sobre Poesía y mística vino a trazar por
vez primera en el ámbito hispánico, y con un elaboramiento argumentativo
todavía insuperado, el muestrario de posibles afinidades entre la
creación sanjuanista y la poesía moderna» [J. Lara Garrido, 1994a:
27-28], es decir, se presentaron las diversas
vías que enlazan con la modernidad, «que va desde el romanticismo inglés
al surrealismo y que hacen de San Juan de la Cruz, según se proclamaría
después, un poeta contemporáneo».
| Como hemos señalado ya, se ha insistido
reiteradamente en el carácter irracional del simbolismo de San Juan de
la Cruz, que le convierte, en su época, en un precursor de corrientes
que tendrán vigencia en movimientos poéticos vanguardistas [C. Bousoño, 1952-1976,
1977
y
1979]. Esta lectura es la que se ha ido
afianzando por la evolución de la estética contemporánea, con lo que se
ha producido una inversión temporal, por la que se aplican criterios
actuales para problemas de la cultura del XVI, proceso que muy pocos
poetas admiten [R. Asún, 1986: XIV].
|
![Ilustración de «Hechos heroicos de la vida de S. Juan [...] que expone José de Jesús María» (Málaga: J. Vázquez, 1717), por G. P. de Iode](imagenes/02_sanjuanhechos.jpg) |
Otra obra que repercutió directamente en
los estudios sanjuanistas fue la de Jorge Guillén,
Language and
poetry (1961),
que recoge una serie de conferencias dictadas por este poeta de la
Generación del 27 en la Universidad de Harvard, que se ha convertido en
uno de los estudios de mayores implicaciones y que ha suscitado amplia
polémica.
Parte Guillén del concepto de «lenguaje
insuficiente», el lenguaje humano, en general, incapaz de expresar «lo
inefable místico», y destaca la calidad poética del carmelita, derivada
de su pureza verbal, la función orgánica de sus imágenes, su apasionada
visión de la naturaleza, la selección de sus recursos expresivos, su
manejo de la alegoría y del símbolo, etc. Una de sus tesis más
controvertidas atañe a su valoración de los comentarios en prosa, los cuales, en
su opinión, nada añaden a la dimensión poética y creadora de los versos,
si bien los ponen en relación con los valores místicos. Defensor de la
lectura «exenta» de los poemas, considera que la singularidad de éstos
escapa a la medida doctrinal, por lo que los versos se transforman en
imágenes sugeridoras de una experiencia de amor. Esta interpretación,
que ha recibido un severo juicio por parte de la crítica que postula una
interpenetración entre mística y poesía y poemas-prosa, ha tenido, sin
embargo numerosos seguidores, especialmente en el ámbito literario.
Lo cierto es que, mientras los teóricos
de la mística y del pensamiento sanjuanistas se han volcado en la prosa,
la crítica literaria se ha dedicado preferentemente a la obra en verso
y, de modo especial, al Cántico, seguido de la Noche y de la
Llama y, a considerable distancia ya, al resto de los poemas. No
obstante, el disminuido interés de los filólogos por la prosa ha ido
progresando paulatinamente en los últimos tiempos.
En efecto, existe una tensión entre una
lectura profana y una lectura doctrinal de los poemas sanjuanistas. Los
partidarios de esta última (entre los más
representativos, cabe mencionar a C. Cuevas, E. Pacho y C. Morón
Arroyo [1991 y
1995]),
defienden que poesía y prosa son aspectos complementarios de un mismo
discurso coherente. Dentro de este conjunto se perfilaría una postura ambigua que
englobaría unas posiciones más polarizadas hacia la interpretación
religiosa y otras más inclinadas a la otra vertiente. Un representante
de la primera sería Cernuda y, en la segunda, podría figurar el propio
Guillén [D. Ynduráin, 1983b: 13-23].
Precisamente en los últimos años han
surgido algunos reproches, un tanto excesivos, con respecto a la
Generación del 27, acusando la falta de conexión entre pensamiento y
texto místico, en general, en sus revisiones críticas y literarias, y su
despreocupación del problema de la experiencia religiosa como
exploración de la interioridad [J. Á. Valente, 1995]. |

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Cernuda se distancia de la posición
de los restantes miembros de su generación, por considerar que, si se
prescindiera del contenido místico, se privaría a la poesía de San Juan
de su más alta calidad, «ya que en ella se expresa el embeleso, el
éxtasis del poeta al unirse en rapto de amor con la esencia divina», lo
que exige leerlo adecuadamente y seguirle en su continua simbolización.
Recomienda, por tanto, intentar penetrar en el texto desde diferentes
niveles de lectura, pues tras la aparente sencillez de sus versos late
un universo de insospechada complejidad y hondura: «Lo maravilloso no es
sólo la perfección de su obra, sino que toda esa obra, verso,
comentario, aforismo o carta, fue escrita por fuerza de amor, para
enseñar a otros el camino del amor» [L. Cernuda, 1960-1971].
Algún especialista ha puesto de relieve las
manipulaciones que, desde el primer momento, ha sufrido la obra de San
Juan de la Cruz en el estudio de determinados aspectos religiosos, más
tratados en la prosa, con la intención de integrarla dentro de los
límites de la ortodoxia. Se reconoce, no obstante, que en los estudios
literarios de los poemas se da el salto a la teología, como exigencia
directa y necesaria del texto. En consecuencia, «el planteamiento, el
camino, es inobjetable: si el propio texto remite a esa realidad, hay
que contar con ella. La discusión se centra, entonces, no en el método o
enfoque, sino en la interpretación de cada caso concreto» [D.
Ynduráin, 1983b: 23].
A finales de los años setenta se produjo
un perceptible incremento en los estudios sobre la obra sanjuanista, así
como un mayor refinamiento en la metodología. Este rigor metodológico se
ha visto confirmado en los años que han rodeado el cuarto centenario de
la muerte del santo, efeméride que ha propiciado el surgimiento de
numerosos trabajos. La aparición de publicaciones de todo tipo (números
especializados de revistas, volúmenes colectivos y actas de congresos)
ha originado la compilación de bibliografías selectas [S. Ros García,
1991] e incluso bibliografías monográficas de la conmemoración [M. Diego Sánchez, 1993/II].
J. Lara Garrido, en 1991, ha dirigido agudas críticas a los métodos que han presidido la
elaboración de ciertos repertorios bibliográficos, especialmente los
establecidos por los filólogos. Afirmaciones en el mismo sentido,
centradas en las relativas al último centenario sanjuanista, pueden
leerse en
C. Cuevas [1997] y
M.ª J. Mancho
[1997a].
No obstante, el problema de la
interdisciplinariedad de la mística vuelve borrosos los límites de la
exploración hermenéutica y dificulta la estricta aplicación de los
criterios selectivos. La necesidad, sin embargo, es inexcusable para
asentar el terreno de las investigaciones y garantizar su fecundidad,
evitando el inicial despilfarro de energías producido por la
desorientación provocada por una más que aparente selva bibliográfica.
Existen ya recensiones críticas sobre la
actividad desarrollada en torno al centenario de la muerte del místico
de Fontiveros, concretadas en los avances en los distintos campos, como
el tratamiento biográfico y otros diferentes aspectos históricos [T. Egido, 1997a y
1997b], labor debida, primordialmente, a Teófanes Egido, José
Vicente Rodríguez, Federico Ruiz, Luis Enrique Rodríguez-San Pedro
Bezares y José Luis Sánchez Lora. Asimismo, se ha hecho un repaso a la
evolución de la crítica textual [E. Pacho, 1997],
de la mano, principalmente de Eulogio Pacho, Paola Elia y Cristóbal Cuevas, quienes han aplicado
con sutileza los procedimientos de la ecdótica a los escritos
sanjuanistas.
Por lo que se refiere a los aspectos
filológicos y literarios [C. Cuevas, 1997], a
pesar de la atención creciente por la prosa y sus conexiones íntimas con
los versos, vuelve a corroborarse que son las poesías las que siguen
focalizando el interés máximo de los estudiosos, lo que se refleja en la
aparición de múltiples ediciones. Como era previsible, el Cántico
es la obra que continúa despertando más admiración. En estos últimos
años se han producido aproximaciones a la obra sanjuanista desde ángulos
tan variados como la teoría de la recepción, la semiología, los recursos
de la retórica, la relación con la música o las artes plásticas, los
procedimientos estilísticos, los géneros literarios, la poética del
silencio con interés centrado en el oxímoron, al que desemboca la
inefabilidad de la experiencia; cuestiones de intertextualidad e
isotopías, etc. En consecuencia, la tradición sobre la que se asientan
los textos sanjuanistas es hoy mucho mejor conocida, en cualquiera de
las direcciones en que se pretenda avanzar: Biblia, humanismo
renacentista, poesía culta, popular, tradición religiosa cristiana,
árabe, hebrea, etc. Una modalidad específica muy abundante en los
últimos tiempos la constituyen los análisis literarios enfocados hacia
versos concretos, especialmente del Cántico [D. Ynduráin, 1991a,
1993b y
1997].
Por lo que respecta al lenguaje, el
vocabulario es ahora mejor interpretado gracias a los análisis léxicos,
morfológicos, etc., a que se le ha sometido, y a las indagaciones sobre
determinados símbolos, como el del vuelo, el aire, etc. No sólo hay un
mayor conocimiento de las preferencias léxicas, sino también del
predominio de determinadas categorías y recursos lingüísticos y
semánticos. La aparición de las concordancias por los albores del
centenario, y ahora también en versión informatizada (Concordancias),
ha constituido uno de los acontecimientos de mayor repercusión para los
estudios sanjuanistas.
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Quizás una de las vertientes en la que
cabe esperar más avances de los experimentados hasta este momento, sea
el estudio de la recepción poética sanjuanista, esto es, el modo en que
la obra de San Juan de la Cruz ha penetrado la tradición mayor de la
lírica contemporánea, e incluso ha traspasado a otros géneros, como el
dramático [A. Méndez Moya, 1991;
I.
Vallejo, 1993] o el narrativo [P. Zambrano,
1993]. |
En esta línea de exploración, destacan los pioneros análisis de
Hatzfeld [1955f-1968f], quien dio cuenta del eco del «descubrimiento de la
belleza por medio de imágenes transfiguradas» sanjuanistas en el método
poético de Valéry, autor que en 1910 halló al santo en su búsqueda de
«poesía pura» [A. Soria Olmedo, 1991].
Actitud similar es la adoptada por Eliot, quien descubrió al místico
castellano en los años veinte a través de versiones francesas y,
posteriormente, en la tercera década del siglo, pudo profundizar su
aproximación por medio de las traducciones de A. Peers, difusor por
entonces de la obra del místico carmelita en Inglaterra [M. T.
Gilbert, 1985;
P. Zambrano, 1996]. La impronta sanjuanista, que alcanza su clímax en los
Four quartets, constituye un eje temático y estilístico
fundamental en la producción del escritor inglés. La vinculación de Eliot con Valéry
y los movimientos simbolistas explican, así, el triángulo poético
conformado por estos buceadores en la relación entre poesía y mística.
De este modo, la presencia de San Juan entre representantes de
movimientos poéticos renovadores
Valéry, Generación
del 27, Eliot confirma su perenne modernidad y la atracción que ejerce
en muchos poetas actuales.
El rastreo de la huella sanjuanista se
ha extendido a autores españoles más próximos, como Panero, Rosales,
Miguel Hernández, Gaos y Vivanco [M.ª P. Palomo, 1986], y se han hallado resonancias en Blas de Otero, Celaya,
o Claudio Rodríguez [A.
Valladares, 1992].
Las indagaciones se han centrado, por fin, en Valente [E. García
Valladares, 1993;
A. López Castro1996c-1998a;
C. Real Ramos, 1998],
para quien la poesía no es tanto comunicación cuanto conocimiento o
revelación, y donde se ha comprobado un predominio del componente
simbólico, en el que sobresalen los valores asignados a la oscuridad y a
la luz, a la noche, etc., y las múltiples referencias a San Juan de la
Cruz.
En definitiva, la recuperación poética
del carmelita tiene lugar desde enfoques y planteamientos poéticos
absolutamente contemporáneos, lo que explica el atractivo y fascinación
que ejerce en lectores variados, a los que sólo se les reclama que
posean cierta sensibilidad para gozar, en sosegado silencio, del
refinamiento estético y espiritual de este delicado y hondo poeta
castellano.
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