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San Juan de la Cruz es un poeta meditado
que escribe desde la madurez poética y espiritual. Ya
Dámaso Alonso
[1946] destacaba la acusada variedad de sus composiciones,
hasta el punto de representar cada una de ellas una visión y unas vías
poéticas absolutamente diferenciadas. Jorge Guillén [1961a,
1961b
y
1969] calificó de «lirismo integrador»
el procedimiento mediante el cual San Juan de la Cruz canaliza y
trasvasa tradiciones de distinto origen, combina elementos líricos y
paganos y hace converger corrientes diversas, que, por estar dependiendo en
todos los casos de la experiencia única que aglutina estos factores, van
adquiriendo, como los mismos vocablos que los expresan, un significado
múltiple que salta por encima de su propia procedencia. Un ejemplo de
esta técnica de fusión de elementos rasgo constante en su poesía puede
ser la imagen del vuelo del cabello en el Cántico, o el simbolismo de la
fuente en el poema Aunque es de noche.
Dámaso Alonso resaltó el cruce de tres
influjos: el de la poesía bíblica del Cantar de los Cantares y el de la
poesía profana de su siglo, desglosada en la tradición culta
italianizante y la popular castellana de los cancioneros. A éstos,
habría que añadir, como reclama una parte de la crítica, las vetas que
inciden en la profundidad religiosa de los contenidos. En cualquier caso, no se
trata tanto de identificar fuentes expresivas inmediatas, cuanto de
insertar esta poesía en las coordenadas artísticas y culturales de la
época y comprobar cómo transforma la capacidad creadora de San Juan de
la Cruz todo este legado literario y cultural. |

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El
núcleo bíblico
Éste ha sido considerado el
filón más
importante de la poesía de San Juan de la Cruz, ya desde los primeros
análisis. [22]
Según la opinión más extendida [V. García de la Concha, 1970 y
1991], la Biblia actúa como
un molde y como catalizador del resto de las lecturas. No se trata, por
tanto, únicamente de que el místico castellano la utilice como autoridad
de contraste de autenticidad, como prueba de discurso teológico, o como
apoyo subsidiario más allá de lo racional y lógico, sino que el santo se
percibe y se encuentra y se identifica con el Libro Sagrado.
Los biógrafos del carmelita castellano
han resaltado la atracción que éste sentía por la Sagrada Escritura,
inclinación personal canalizada en la Orden del Carmelo, a lo que habría
que añadir la influencia del ambiente apasionado y turbulento que Juan
de Santo Matía vivió en la Universidad de Salamanca y más tarde en
Alcalá, centro universitario que, a consecuencia de la reforma promovida
por Cisneros, se había convertido en uno de los más progresistas en el
ámbito de los estudios bíblicos. |
A través del análisis de las citas
directas e indirectas de la Sagrada Escritura en los textos
sanjuanistas, se ha detectado una marcada predilección por el Antiguo
Testamento, del que sobresalen los Salmos, Libros Sapienciales, Libro de
Job y el Cantar de los Cantares; en el Nuevo Testamento, de otro lado,
es perceptible la preferencia por las Epístolas paulinas.
Parece desprenderse, según las
apreciaciones de la crítica, que San Juan continúa la tradición
exegética medieval, en la que, de los cuatro sentidos tradicionales
literal, alegórico, tropológico y anagógico combinados, primaba la
tendencia alegorista. Una manera de acomodación era la de emplear las
palabras de la Escritura para expresar sus propios pensamientos, sin
prestar atención a lo que las palabras significan en el Libro. Este uso
alegórico le ayudó a crear su propio sistema místico y a encontrar su
terminología característica [J. C. Nieto, 1974].
En efecto,
en una época en que proliferaban las sospechas y acusaciones,
especialmente en el resbaladizo terreno de las vivencias místicas, la
Biblia constituía una garantía de veracidad y respaldaba con su
autoridad la fidelidad al magisterio de la Iglesia. Además, la Sagrada
Escritura suministraba al santo fuentes de inspiración concreta para
determinados temas, símbolos y figuras y, al mismo tiempo, le
proporcionaba un modelo lingüístico particularmente eficaz para la
comunicación de los niveles espirituales más elevados [J. Vilnet,
1949-1953]. Determinados recursos típicos del lenguaje
bíblico, como paralelismos, antítesis, paradojas, comparaciones,
metáforas y símbolos, configuraban un canon perfectamente aplicable al
lenguaje de la mística. De esta manera, San Juan encontró en la Biblia
un medio de expresión específico e insustituible para comunicar su
experiencia, preferentemente cuando intentaba transmitir los estados más
complejos.
La insistencia en la hondura de esta
marca es recursiva, especialmente en lo que respecta a los poemas
escritos en la cautividad de Toledo, puesto que en la prisión la Biblia
fue la única lectura a la que tuvo acceso [T. OReilly, 1991a,
1991b]. En cualquier caso, la huella bíblica, más o
menos perceptible según los poemas, es trascendental en el Cántico,
cuyo
simbolismo nupcial nuclear deriva del Cantar salomónico [M. F. Pepin, 1972;
J. B. McInnis, 1984], junto al que se introducen
numerosas imágenes de la misma procedencia (manzano, huerto, lecho,
cabello, los vientos contrarios, cavernas, bodega, etc.). No obstante,
se ha precisado que, si bien el místico castellano sigue la estructura
peculiar del Cantar, introduce y adapta los elementos del texto
salomónico con gran flexibilidad, utilizándolos como cantera de la que
poder extraer su material poético. Más que conservar la secuencia de
imágenes, pretendía preservar el carácter evocador de cada una de ellas,
reorganizándolas y alterándolas en función de sus intereses propios, con
gran libertad de selección y combinación [C. Thompson, 1985;
C. Cuevas, 1991a]. De este modo, canalizaba la potente
fuerza imaginaria hacia nuevos cauces excavados para ella. Ya Baruzi
había hablado de «images retrouvées», que traducían «une joie recomposée»
[J. Baruzi, 1991]. Esto explica que entre el Cantar de los
Cantares y el Cántico espiritual
es evidente la influencia, la
repetición de imágenes, la reutilización de términos, las más o menos
parciales coincidencias temáticas, pero a la hora de las conclusiones
descubrimos que todo ello está hecho de tal forma que nos encontramos
con dos obras no sólo independientes sino formalmente distintas. Porque
está claro que San Juan de la Cruz no accede al Cantar para copiarlo. Su
lectura le ha apasionado tanto y se ha ajustado tan bien a sus vivencias
que lo ha asimilado hasta formar parte de él. De aquí que descubrir
antecedentes no sea difícil, pero establecer exactamente la influencia
de los mismos resulta tarea más complicada. [J. C. Nieto, 1988: 273]
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Uno de los efectos de este tratamiento es que el mundo del Cantar de los
Cantares se ha convertido, en manos de San Juan de la Cruz, en una
región intermedia, situada entre el reino de los sentidos y el del alma,
por un proceso de desensualización [L. Spitzer, 1980]. Se ha
destacado, en relación al texto bíblico, un deseo de simplificación, una
búsqueda de esencialidad mística y poética, y una espiritualización del
paisaje [E. Orozco, 1968,
1959a y
1983-1987].
Se constata, por tanto, que, a pesar del gusto del
carmelita por todo lo plástico y figurativo, renunció a las referencias
ambientales, pormenores e imágenes correspondientes al mundo de lo
artificial, y suprimió alusiones a calles, plazas, literas, columnas,
collares, ajorcas, etc. con la excepción del lecho, inevitable para la
unión amorosa, y la secuela de los escudos de oro en sus versos, para
que subsistieran, realzados y dignificados, lo exclusivamente humano
espiritual y los elementos de una naturaleza quintaesenciada y
trascendente. La exótica brillantez del mundo imaginario oriental había
sido comprobada y profundizada y, al mismo tiempo, se había ligado en
gran parte a experiencias interiores. Incluso, algunos de los escasos
testimonios del paisaje bíblico que, como términos hieráticos y
extraños, pasaron a sus poemas, parecen presentidos o adivinados como
miembros de una viva realidad: las granadas, el cedro, las almenas, etc.
En consecuencia, las imágenes y símbolos procedentes del Cantar han
conservado en San Juan la vitalidad de lo creado, porque habían dejado
de ser para él elementos literarios extraños, al ser tamizados y
recreados por su experiencia mística, su concentración contemplativa y
su quehacer poético. Así, antes de concebir sus poemas, las palabras
emergen como términos propios de su vocabulario místico, pues la
necesidad de expresión los trajo al verso como si fueran dichos por
primera vez, conservando una suerte de prístina pureza.
El componente bíblico se diluye en los otros
dos poemas mayores, aunque, para buena parte de la crítica el símbolo
nocturno sería el resultado de la combinación de la nube del Éxodo con
el Cantar [H.
Puech, 1938], referencias a las que se añade
la del Salmo CXXXIX [M.ª R. Lida, 1939-1975 y
1943].
Algunos críticos sostienen que el poema de la Noche presenta el mismo esquema que el Cántico, si bien más reducido y
depurado, al eliminar todo lo anecdótico [F. Lobera Serrano y N. Prellwitz, 1979
y
1980]. Del mismo modo, en la
Llama, las imágenes de las lámparas y de las cavernas, prolongación de
algunas de las del Cántico, procederían del Cantar; recientemente,
incluso, se han apuntado las influencias de las Epístolas paulinas y del IV Evangelio [V. García de la Concha, 1992], a la vez que
se ha reconocido que el deseo escatológico, el anhelo por la unión
completa con Dios, perfecta después de la muerte, latente en la Llama,
era común en los escritores monásticos medievales, potenciados por la
práctica de la lectio [T. OReilly, 1993].
Desde esta misma perspectiva, se ha
insistido en los orígenes bíblicos de algunas imágenes del Pastorcico,
como la de la herida de amor, que remitiría al grito del Amado en el
Cantar IV, 9, referida a la herida en el costado de Cristo en el
Calvario, según la interpretación de Cornelio A. Lapide, o la imagen del
amante en el árbol, que procedería del Cantar VII, 8, interpretada como
figura de Cristo subiendo a la Cruz [T. OReilly, 1982-1995a]. Asimismo, las relaciones entre el árbol, símbolo de valores cósmicos
y escatológicos [M. Eliade, 1949-1987;
J. E. Cirlot,
1969-1988;
J. Chevalier y A. Gheerbrant, 1969-1986],
con antecedentes bíblicos enraizados en la tradición del
«árbol de la vida» [Z. Ameisenowa, 1938-39] y el manzano
del Cántico, son más que evidentes.
La impronta de la Sagrada Escritura en
los Romances es especialmente perceptible, hasta el punto de ser
considerados como un mosaico bíblico [J. Fradejas, 1986]. En el de la Trinidad son evidentes las semejanzas con el Evangelio de
San Juan (como ha señalado, entre otros,
C. Cuevas [1993b]), pero también
se hallan elementos que no pertenecen a este Evangelio. En el del
Nacimiento, se aprecia un recuerdo del Salmo XVIII, 6, que se recita en
la antífona del Magnificat en las vísperas de Navidad. En cuanto al
romance Encima de las corrientes, se inserta en una línea en la que
figuran traducciones del Salmo 136 (135 de la Vulgata), Super flumina
Babylonis, tan destacadas, como las de Fray Luis de León, Malón de Chaide etc., si bien su tono intimista, oscilante entre el dolor y la
esperanza, refleja las pautas tradicionales de la exégesis cristiana
(línea destacada ya por el
P. Crisógono [1929, II: 238]; véase también
T. OReilly, [1993]). |

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El
patrimonio religioso
Como
hemos señalado, en la obra de San Juan se produce la confluencia de
diversas tradiciones, asumidas y recreadas, a las que otorga una nueva
expresión que en muchos casos ha llegado a ser definitiva para el
catolicismo occidental, especialmente en sus comentarios en prosa. Es en
virtud de estos méritos por lo que el místico abulense ha sido declarado
Doctor de la Iglesia Universal. No es extraño, por tanto, que se haya reconocido la
huella de los escritores cristianos, especialmente la de los Padres
de
la Iglesia, en expresiones, símiles y símbolos del Cántico, y se hayan
desglosado los principales representantes, subrayando la dificultad de
su identificación, al no abundar las referencias explícitas [C. Cuevas,
1979]. De este modo, se ha situado a San Juan de la Cruz en
una «patrología espiritual», caracterizada por la utilización de un
patrimonio cultural cristiano, asimilado por una secular incorporación
al depósito espiritual y no necesariamente dependiente de una fuente
directa [M. Diego Sánchez, 1990]. El contacto con la
patrística, especialmente en la línea que une Orígenes a Gregorio de Nisa
(Vida de Moisés) y desemboca en Dionisio Areopagita, pudo
producirse a través de una lectura personal de los comentarios bíblicos, de
los manuales escolásticos y de ciertos florilegios, aparte de la
asiduidad de la lectura del Breviario, que le permitía un acceso
continuo a lo más selecto del pensamiento cristiano tradicional. Este
influjo habría sido decisivo en el Cántico, en el que se advierten ecos
de la exégesis de Orígenes al Cantar de los Cantares en el tratamiento
de diversos motivos, como el del huerto-jardín, el de los vientos, etc.
De entre los Santos Padres sobresale el Pseudo Dionisio, exponente de la teología negativa y de las
dos vías descendente y ascendente de la unión con Dios. La teología apofática es capital para entender el símbolo de la noche o las imágenes
de las lámparas, esto es, el ámbito de la luz y el de la tiniebla
antagonista, junto con algunas de las paradojas de un conocimiento que
trasciende las formas habituales del saber, filtradas a través de la
docta ignorancia de Cusa y de la Vida de Moisés, de Gregorio Niseno. En
cuanto a San Agustín promotor de una búsqueda de la Divinidad en el
interior del alma (Deo intimo meo) se han señalado, junto a las
Confesiones, los Soliloquios apócrifos, como los que labraron un surco
más hondo en el santo [M. Bataillon, 1949-1964a];
paralelamente, se ha resaltado la importancia del De Trinitate en la
concepción de la transformación y unión de los amantes («amans et quod
amatur unum est», De Trin., IX, 2) [G. Serés, 1996], que ha
dejado su rastro en los Romances. De manera análoga, se han mencionado
influjos de San Gregorio Magno especialmente procedentes de las Homilías
y las Morales y de San Bernardo, de modo particular, a través
de sus Sermones super Cantica, que habrían dejado reflejos en los temas
de la embriaguez de la esposa, el beso, etc., del Cántico espiritual.
San Juan Clímaco, como representante de la literatura eremítica por la
que se sentía particularmente inclinado el carmelita, habría
proporcionado algunos rasgos a la escala nocturna. Por otro lado, de Jacopone da Todi podría provenir la estrofa elegida por el Santo en la
Llama [E. Orozco, 1959a].
Sobre estas lecturas se habría
superpuesto el influjo de la mística germánica tardomedieval (detectadas
por
Menéndez Pelayo [1882-1891a-1920a], las relaciones con la mística
española fueron ya puestas de manifiesto por
J. Baruzi [1924-1931], P. Groult [1927-1976,
1955 y
1958],
J. Huijben [1932],
J. Sanchís Alventosa
[1943-1944],
B. García Rodríguez [1949],
Enrique del Sagrado Corazón [1950],
J. Orcibal
[1966-1987]); sus representantes máximos serían Ruysbroeck,
con su De ornatu spiritualium nuptiarum, conocido en España a través de
la versión de Surio (1549), Tauler, con sus Institutiones, que pudo
influir más en el símbolo nocturno, Suso, preferentemente a través de su
Dialogus de veritate, Herph, etc. Se ha detectado el influjo de
Ruysbroeck junto al de Lulio en el símbolo del cazador, en el de la
fuente, tal como se presenta en el poema de la Fonte, o en los adornos
del lecho nupcial [H. Hatzfeld, 1955c-1968c], etc., si bien
son más perceptibles en la prosa.
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Cierto es que muchas de estas
doctrinas pasaron previamente a espirituales españoles de la primera
mitad del Quinientos, principalmente pertenecientes a la corriente del
recogimiento franciscano, que funcionaron, de este modo, como
intermediarios de los que San Juan pudo extraer abundante material [M.
Andrés, 1976,
1989,
1990
y
1994].
Así, se ha percibido la influencia de la Subida del Monte Sión de Laredo, los
Abecedarios de Osuna, especialmente el tercero, la
Introducción al símbolo de la fe de Granada, las Canciones de Santo
Tomás de Villanueva, la poesía mariana Parthenice del carmelita Battista
Spagnuoli, traducida por los jesuitas de Medina en 1561, de la que se ha
afirmado pudo proceder la tortolica del Cántico, las Meditaciones,
de
Diego de Estella, etc.
Junto a la
impronta cristiana habría que incorporar el misticismo árabe
preferentemente sufí. La vía fue abierta por Asín Palacios [1931,
1933
y
1941], quien planteó la
posibilidad de un conocimiento de la mística musulmana por parte de San
Juan de la Cruz a través de los alumbrados o, de modo difuso, por el
contacto de un entorno morisco [L. López Baralt y M.ª T. Narváez, 1981].
Las concomitancias se han centrado en la escuela Sadili,
fundada por Abú l-Hasan al-Chadilí, con refundidores de su doctrina en
al-Andalus, como Abú l-Abbás, Ibn-Arabí de Murcia, y, especialmente, Ibn
Abbad de Ronda, sintetizador de la escuela. Asín concreta este vestigio
en el símbolo de la Noche, tanto en la configuración de algunos de sus
aspectos fundamentales, como, incluso, en la formulación lingüística que presentan.
Para algún crítico, la figura de Lulio el sufí cristiano habría servido
como eslabón de engarce entre las dos corrientes místicas [H. Hatzfeld,
1955b-1968b]. Los partidarios del influjo islámico han
profundizado en las tesis de Asín, afirmando la dependencia de algunos
símbolos sanjuanistas, como los de la fuente, el vino y la embriaguez
místicas, el cabello, la granada, la caballería, el pájaro solitario,
etc., del mismo modo que han defendido la misma concepción del lenguaje
particularmente el utilizado por Ibn-Arabí, que explicaría múltiples
coincidencias expresivas, como las oscilaciones de los tiempos verbales,
o la incoherencia, ambigüedad, polisemia muchas veces con sentidos
contradictorios y excluyentes y vaguedad lingüísticas, propias de una
poética de delirio [L. López Baralt, 1978-1985a,
1980a,
1980b,
1981,
1984-1985b,
1991a,
1996,
1998].
No han faltado, tampoco, las conexiones
con la mística hebrea. Según esta postura [C. Swietlicki, 1986,
1989
y
1993;
M. Satz, 1991],
desde el siglo XI en adelante, los cristianos españoles tomaron
prestados elementos de la cábala y los aplicaron a sus obras, tendencia
acrecentada con el humanismo renacentista del Quinientos que facilitó la
integración de los estudios cabalísticos en la tradición apologética
española. En un plano popular, elementos de la cábala zohárica habrían
sido retenidos en la población conversa y en la sociedad influida por
los conversos, como la de Arévalo, en una suerte de sincretismo ortodoxo
religioso, con el que se habría enriquecido la cultura cristiana. Entre
las concomitancias se señalan, por ejemplo, la concepción de
determinados símbolos, como el de la luz y las lámparas, o la oscuridad
y la Noche, o la combinación simultánea de luz y de tinieblas.
Para muchos críticos, las referencias
árabes y hebreas, problemáticas por falta de documentación que avale el
modo de transmisión por el que pudieron llegar hasta San Juan de la Cruz,
en el mejor de los casos explicarían a lo sumo filiaciones de índole
secundaria, pero de ningún modo se erigirían en la clave hermenéutica de
una obra, tan densa y estratificada en reminiscencias cristianas, como
la del místico castellano. |

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La
veta del neoplatonismo y del humanismo renacentistas
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San Juan de la Cruz acusó la presión de las
corrientes culturales de su época, especialmente las representadas por
el neoplatonismo pujante del Renacimiento. Ya Menéndez Pelayo había
advertido la raigambre platónica de las ideas de los místicos sobre la
hermosura y el amor, y mencionado a Platón, Plotino, el Pseudo Dionisio,
San Buenaventura y Lulio, al que situaba entre este último y los
místicos del Norte [M. Menéndez Pelayo, 1881-1956
y
1882-1891a-1920a]; no obstante, precisaba que: |
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en manera alguna implica la opinión
absurda que algunos malignamente quieren prestarme de que toda la
mística española se reduzca a platonismo o neoplatonismo, pues harto sé
yo que estas ideas sobre la belleza son una gota de agua en el inmenso
mar de nuestra mística, y que ni con ellas ni con los análisis
psicológicos, ni con las intuiciones metafísicas, de que es igualmente
rica esa literatura, se explican en su integridad las Moradas ni la
Subida del Monte Carmelo. No basta en modo alguno haber leído las
Enéadas, ni saberse de memoria el Simposio, para lograr aquella alta
contemplación, de la cual San Juan de la Cruz cantaba: «si lo queréis
oír / consiste esta suma ciencia / en un subido sentir / de la divinal
Esencia». [M. Menéndez Pelayo, 1882-1891b-1920b: 164]
La crítica ha profundizado en esta
vertiente [C. Cuevas, 1990b,
1991b
y
1996;
R. Asún, 1986;
D. Ynduráin, 1983b,
1990a,
1990b,
1993b
y
1994;
A. Egido, 1991a;
G. Serés, 1996].
Según esto, de la teoría amorosa vigente en el Renacimiento dependería, entre otros
aspectos, el concepto de amor como deseo de lo que nos falta y cuyo
objeto es precisar aquello de que carecemos. Este deseo de posesión
eterna de bien Eros y no Agape [E. Maio, 1973], en cuanto
denota el ímpetu del hombre hacia arriba, su amor por lo divino,
arranca del Banquete y del Fedro, con la mediación de Filón, Plotino,
San Agustín, el Pseudo Dionisio y Boecio, sin olvidar el ingrediente
neoplatónico en la filosofía árabe y hebrea y en el neopitagorismo con su
simbólica de los números y de las ideas, y llega al Renacimiento. Aquí
se instaura con el comentario al Banquete de Marsilio Ficino, al que
seguirán Gli Asolani de Bembo vulgarizador de las ideas de Ficino y del
amor como ansia de belleza, los Dialoghi damore de León Hebreo donde
el amor, de carácter cósmico, es descrito como un doble proceso que va
de Dios a las criaturas y de las criaturas a Dios y donde el hombre es
el centro del Universo, Giordano Bruno difusor de la fecunda idea del
furor platónico y Castiglione, con el que la tradición platónica se une
a la del amor cortés.
Por otra parte, si el amor es el
aglutinante del universo y el que, desde el centro, rige el movimiento
circular de los seres creados, la misma interpretación geométrica y
centrípeta de los elementos, de los orbes y del universo en su totalidad
se reproduce en el hombre, concebido como microcosmos [F. Rico, 1970],
y, por supuesto, en su alma, también de estructura
geométrica circular para San Juan [M. Morales Borrero, 1975], en la que se manifiesta, en concierto armónico, un movimiento
gravitatorio del amor que refleja la teoría copernicana del universo [J.
L. Sánchez Lora, 1992].
El enfoque religioso y metafísico
otorgado por los neoplatónicos a su teoría erótica, mediante la
liberación de la belleza de todo elemento carnal, hasta erigirla en meta
suprema de ascensión purificadora, y el retorno del alma a Dios informan
el pensamiento de los Padres de la Iglesia, especialmente Orígenes, con
su comentario al Cantar de los Cantares, Gregorio de Nisa (de modo
particular la Vida de Moisés), Clemente de Alejandría, San Agustín y el
Pseudo Dionisio. Estas concepciones, definitivamente cristianizadas,
seguirán fecundando el pensamiento medieval por obra de Boecio, San
Anselmo, Alejandro de Hales, San Bernardo, San Buenaventura, la
escuela de Chartres, Guillermo de Saint-Thierry, Hugo de San Victor y,
en general, el agustinismo platonizante de los siglos medios [C. Cuevas,
1990b]. En ellos se acuñan conceptos tan comunes al
pensamiento erótico presentes en la poesía sanjuanista como la visión
del amor como itinerario ascendente, «escala», la búsqueda del amado en
las entrañas del amante, la metafísica de la luz, la autosuficiencia de
la experiencia amorosa, etc. Las mismas ideas que, vueltas a lo humano
por poetas y tratadistas a partir de libros religiosos, irán
conformando, a su vez, la teoría amorosa profana, como la de la poesía
provenzal, la poesía trovadoresca, etc. No son, por tanto, extrañas, las
coincidencias entre los planteamientos stilnuovistas y los del
misticismo de fines del XIII y principios del
XIV. Con el triunfo del
Humanismo todas estas ideas serán sistematizadas en las filografías
renacentistas, a las que acuden poetas y místicos para documentar sus
concepciones amorosas, que aplicarán a lo divino y a lo humano, lo que
explica las numerosas concomitancias existentes entre ellos. |

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De este modo, en los libros de los
místicos resurge una teoría amorosa en buena parte platónica, aunque
entreverada con otros elementos, principalmente aristotélicos, que la
aproxima a la de los poetas amorosos profanos: así, las referencias con
significados muchas veces tan distintos al beso, las caricias, el
desfallecimiento, la transformación de los amantes, la herida de amor,
la unión gozosa, el olvido, las quejas, la participación de los
sentidos, la música de la armonía cósmica y la concepción de la luz como
imagen de hermosura intelectual. La vista íntimamente imbricada a la
luz, que detenta la primacía sensorial [D. Ynduráin, 1983a y
1990a], no es sólo física, sino que representa la
capacidad de conocer, tanto sensitiva como intelectualmente. Derivación
suya sería la mirada del amado o la amada como saeta de amor que hiere, etc.
Se ha afirmado que en San Juan de la Cruz predomina
el concepto del amor hereos y su relación con la belleza: sus versos
reflejan los matices de la actitud de «salida de sí» ascensus
o
éxtasis y búsqueda; la función de la vista en el surgimiento del amor
la intensidad de la mirada divina, a través de unos ojos que despiden
tal amor que hacen volar a la amada del Cántico; la equiparación del
alma a un universo total cosmos de belleza y armonía; la concepción
del amor como sentimiento que se acrecienta con el conocimiento; la
defensa de que el «anima verius est ubi amat, quam ubi animat»; la
participación y transformación del alma en Dios, mediante el amor, dado
que de Dios procede y allí debe volver con la mediación descensus de
su Hijo y por la gracia del Espíritu Santo, etc. Recientemente se ha
insistido en que:
la gran diferencia entre los Padres y
Platón y sus seguidores radica en que aquellos consideran indispensable
para su experiencia mística de vuelta a Dios la mediación del Verbo
encarnado, o sea, su descensus: el alma responde con amor al Hijo de
Dios transformado en hombre; entonces ésta podrá transformarse en Él,
pues es su imagen y semejanza. El misticismo platónico, en cambio, se
funda en la separación y ascensus del alma: el furor y entusiasmo. [G. Serés, 1996: 39]
En San Juan se han reconocido también
ecos de otros escritores greco-latinos, como Teócrito, Virgilio, Ovidio,
etc., autores que debió de conocer en Medina, gracias a la labor del P.
Bonifacio [J. M. de Cossío, 1942-1970;
A. Marasso,
1945-1955;
E.
Orozco, 1959a]. En una síntesis
sobre las fuentes clásicas en San Juan de la Cruz [M. Benavente Barreda,
1992], se ha distinguido entre temas muy frecuentes y
tópicos que tienen desarrollo independiente o paralelo la amada que
busca al amado, el ciervo que huye, el prado, etc., y temas de probable
origen clásico, precedentes de la poesía pastoril, como la invocación a
los pastores, el abandono de las ovejas, etc. En esta línea, se ha
resaltado la familiaridad de San Juan con los mitos clásicos, como el
del águila jupiterina o el del Ave Fénix [A. Egido, 1993
y
1996],
o la pervivencia de las Artes de la Memoria [A.
Egido, 1991a], tanto en la utilización de lugares e
imágenes estáticas y dinámicas en sus obras, como en la aplicación de
las técnicas de la mnemotecnia en el Montecillo de Perfección [F.
Rodríguez de la Flor, 1988,
1993 y
1995]. |

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La
huella de la poesía culta renacentista
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Actualmente se admite que «entre 1540 y
1570 y, sobre todo, entre 1550 y 1560, se produce la lenta asimilación
de la lengua poética italiana con sus temas, formas y géneros y, a la
vez, las tradiciones poéticas castellanas van impregnando la nueva
poesía», por lo que los poetas de este período oscilan entre «la órbita
de Garcilaso, Boscán, Petrarca, March y las tradiciones castellanas con
Castillejo y Garci Sánchez como modelos». En este marco: |
entre 1570 y 1580 [...] comienzan a
aparecer más impresos poéticos religiosos, como las obras de Boscán y
Garcilaso a lo divino (1575) y el Cancionero General de la doctrina
cristiana (1579), compilado por López de Úbeda y convertido tres años
más tarde en el Vergel de flores divinas, donde se incluía una
traducción de la Philomela del Pseudo San Buenaventura. Es decir, se
comprueba una presencia cada vez más acusada de poesía de tema
religioso, pero no bíblica, pues la de corte bíblico o era inexistente o
era mirada con cierto recelo después del Índice de Valdés, por el uso
protestante de los Salmos y será a Fray Luis a quien se deba su
desarrollo. [A. Blecua, 1981: 83-86] [23]
La impronta de la poesía culta italiana
en San Juan ya fue advertida por los primeros críticos, especialmente en
los llamados poemas mayores, pero también en otras composiciones
menores, como por ejemplo, en el Pastorcico, y las aportaciones se han
ido sucediendo y engrosando. Desde el inicio, esta tendencia supone una
repercusión formal: la elección de determinados metros el valor del
endecasílabo o tipos estróficos la lira o estrofas aliradas.
Dámaso
Alonso [1952b-1966c] [24] señaló la columna
vertebral formada por Garcilaso, Fray Luis y San Juan de la Cruz, para
la expansión de la lira, que evolucionaría de profana a espiritual y de
ahí a
divina, si bien no son claros los caminos que condujeron al santo
carmelita al uso de esta estrofa, no demasiado extendida en el ambiente
carmelitano.
Reconocido el intenso calado de la
poesía renacentista, late una tensión entre ésta y el trasfondo bíblico
de la obra sanjuanista, comprensible en un poeta en el que el ideal poético
renacentista de belleza y claridad externas se ha entreverado con la
tradición del misticismo medieval centrado en la contemplación hacia
adentro. La transformación del remoto Cantar oriental en una égloga
mística, asociada, por tanto, a uno de los géneros señeros del
italianismo poético [L. Spitzer: 1980;
C. Cuevas: 1979: 40;
G. Vega: 1990], sería debida, directa o
indirectamente, a los poetas líricos del Renacimiento de España e
Italia.
Esta huella, de mayor hondura que la
mera selección de determinados metros o estrofas, otorga a los poemas
sanjuanistas un sentido de liberación: frente a la poesía cerrada
de sus predecesores, el universo se expande y se constituye en el
escenario [M. Wilson, 1975: 8], con una primacía de
sensaciones sobre una pintura de fondo natural. Además, el exotismo
oriental ha sido atemperado por el Renacimiento, por lo que el Cántico
está más próximo a la naturaleza y a lo pastoral y su aire es más fresco
que el recargado ambiente de perfumes orientales del epitalamio bíblico,
por lo que en él se percibe menos de sensualidad física y más de la refinada
sensibilidad que caracteriza a las églogas de Garcilaso.
El rastro más fuerte es el del poeta
toledano, editado en Medina en 1544 y 1553, si bien se han aducido
limitaciones a su alcance real. Así, ciñéndose al Cántico, se ha
admitido cierto influjo de la Égloga II, en las estrofas 4 y 38, «pero
cualquier otra coincidencia debe atribuirse a una tradición poética
común que se remonta a tiempos muy anteriores a Garcilaso» [C. Thompson,
1985: 110]. En cualquier caso, la influencia de éste queda
situada muy por detrás de la del Cantar. |

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Ahora bien, Dámaso Alonso señaló
entre Garcilaso y San Juan la mediación de Sebastián de Córdoba, con su
versión divinizada, editada en 1575, que estaría presente en los tres
poemas mayores. Fue precisamente en la Llama donde ya Baruzi detectó que
los precedentes no eran Boscán como parecía desprenderse de una lectura
superficial de las Declaraciones, ni Garcilaso, sino los contrafacta de
Córdoba [E. Glaser, 1969;
G. R. Gale, 1971]. Sin embargo, la importancia atribuida al ubetense ha ido disminuyendo
progresivamente. Un minucioso cotejo en el Cántico ha llevado a la
conclusión de que:
las versiones de
Córdoba son predominantemente introspectivas, sobrecargadas de pecado y
culpa y deseos de arrepentirse; son melancólicas, pesimistas... Los
mejores pasajes oasis en estériles desiertos son aquellos que han
quedado intactos y Garcilaso y Boscán hablan con sus voces originales.
Por otra parte, la poesía de San Juan y concretamente el Cántico, es luz
y color, belleza y amor: un mundo cuajado de goces y delicias en el que
flores, pájaros, animales, ríos, montañas, bosques, brisas y llamas se
unen para celebrar una afirmación de vida vivida en unión con sus
fuentes. En otras palabras, un tremendo abismo separa a los dos. Córdoba
es un moralista y no demasiado imponente; San Juan es un místico, dado a
arrebatos y exuberancias del lenguaje. Por tanto debe concluirse que, a
pesar de la importancia que se adscribe a Córdoba como influencia en la
formación poética de San Juan, un examen de sus versiones a lo divino de Boscán y Garcilaso no produce más que una serie de palabras y temas
comunes y compartidos por varios poetas y tal vez un caso de paralelismo
indirecto. La opinión extendida en cuanto a que San Juan estaba
profundamente en deuda con Córdoba, exige ser rigurosamente modificada.
[C. Thompson, 1985: 108.]
Así, ha sido desechado el caso de las
imágenes nocturnas y aurorales [H. Hatzfeld, 1955b-1968b-1976: 54 y ss.;
V. García de la Concha, 1970: 386] y algo análogo
ha sucedido con el Pastorcico, cuya verdadera fuente, como demostró
J.
M. Blecua [1949-1970], no era Córdoba, sino unas
redondillas anónimas a las que San Juan concedió nueva forma.
El influjo de Fray Luis de León, del que
Juan de Santo Matía fue alumno en la Universidad de Salamanca, ha sido
muy controvertido [J. Domínguez Berrueta, 1928;
Á. C. Vega, 1957 y
1963b;
J. L. Morales, 1968]. Algún crítico ha defendido «la presencia terminante de Fray Luis en
los tres grandes poemas de San Juan de la Cruz, y particularmente en el
Cántico» [F. García Lorca, 1972: 253], a través de la
versión castellana del Cantar realizada por el agustino. Así habría
sucedido con la idea misma, la forma métrica, la estructura del poema,
la ordenación y preferencias temáticas e imaginarias e, incluso, la
castellanización del lenguaje del Cantar, por lo que los hieratismos
bíblicos pasaron ya al Cántico impregnados del casticismo luisiano.
Sobre este punto, afirma García Lorca:
la primera parte del Cántico, en su plan
y desarrollo, en sus contactos temáticos y formales, proviene de Fray
Luis y no puede provenir de la Vulgata. En las dos partes restantes del
Cántico la influencia antes determinante de Fray Luis se disminuye y
distancia y va a ser compartida con la presencia poética de otras
fuentes (la Vulgata entre ellas). [1972: 107]
No obstante, se han presentado
objeciones cronológicas a estas afirmaciones, dado que la poesía del
agustino «no fue publicada hasta 1631, aunque había circulado en privado
entre sus amigos y admiradores en Salamanca» [C. Thompson, 1985: 109],
y no existen datos que confirmen la presunta pertenencia de
Fray Juan al círculo íntimo de amigos a quienes Fray Luis leía sus
poemas, en la hipótesis de que hubiera escrito alguno de los que
ejercieron influencia antes de 1568, fecha en que San Juan abandonó la
ciudad castellana. Cabe, asimismo, albergar dudas sobre la posibilidad
de que el carmelita hubiera leído el manuscrito de la traducción del
Cantar de Fray Luis, el de sus liras, o el de In Canticum Canticorum
(publicado en 1589), antes de ser encarcelado a finales de 1576 [C. Thompson, 1985: 114, n. 13
y
1992]. |

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Por otro lado, se han resaltado las
diferencias entre ambos, pues mientras en la poesía del agustino es
predominante la impronta clásica y neoplatónica, al lado de una escasa
presencia del epitalamio bíblico, la poesía de San Juan «respira el aire
perfumado del Cantar y la influencia clásica se limita a unas
referencias bastante tópicas», como las de «Filomena», «ninfas», etc.
Ambos escritores son testimonios de la confluencia del mundo clásico con
el bíblico, pero en proporciones inversas. Además, Fray Luis no es un
místico se acerca en el comentario al nombre «Esposo» en los De los
nombres de Cristo y su trayectoria espiritual se concreta en un
movimiento de «ascenso exterior», mientras que la de San Juan es de
«descenso interior» [C. Thompson, 1993c: 125-126].
Con todo, la influencia de Fray Luis ha
vuelto a ser aducida por ciertos críticos [J. M. Becerra Hiraldo, 1989;
Á. Alcalá 1992
y
1994], quienes
siguen defendiendo el influjo de la Prima y Secunda Explanatio
latinas,
publicadas en 1580 y 1582, anteriores a la Triplex Explanatio, aparecida
en 1589 y posterior a las fechas de redacción de la obra sanjuanista. Se
insiste, igualmente, en la probabilidad de que el santo conociera la
Exposición del Cantar en versión castellana, realizada por Fray Luis en
1561 y difundida en copias que proliferaron entre los estudiantes de
Salamanca, Ávila, Alcalá y Baeza, ciudades universitarias en que residió
San Juan, lo que extiende a las poesías del agustino, de difusión
incontrolada. Incluso, se apunta la huella de De los nombres de Cristo,
editado en 1583.
Diversos especialistas han subrayado la
penetración petrarquista simultánea a la neoplatónica, pues por la
misma época ambas tendencias progresaron juntas, en buena medida de la mano de Boscán y de Ausias March, de éxito en Castilla similar al de Petrarca
[M. P. Aparici, 1968;
D. Ynduráin, 1983b;
A. Parker, 1985-1986;
I. Macpherson, 1989;
P.
Manero, 1990;
A. Egido, 1991a;
T. OReilly,
1992-1995b;
V. García de la Concha, 1992].
Así, se ha insertado a San Juan en la tradición del amor cortés,
entendido éste en un sentido amplio, de cuyo lenguaje e imágenes habría
hecho uso el santo, especialmente en la Llama y el Cántico [A. Parker,
1985-1986: 103-105]. Lo que en la lírica cortés era
insatisfecha aspiración, en los místicos constituyó el ideal alcanzado
de la unión entre criatura y Creador, dado que la mística llevó a la
perfección la búsqueda de una unión amorosa perfecta, no mancillada por
la pasión, ni marchita por la edad ni destruida por la muerte; en otras
palabras, un amor que trasciende los límites de la condición humana. La
concreción histórica de este amor perfecto y espiritualizado, que ha
hechizado a la humanidad durante siglos, se habría logrado en la España
del siglo XVI, período en el que la búsqueda del amor ideal rompió sus
vínculos con lo humano en todo, salvo en el lenguaje del amor.
Entre los temas relacionados con estas
corrientes, detectables preferentemente en Cántico y Llama,
destacan los
de la función de la belleza de la Amada, cuyos rasgos son reflejo de la
de Dios, que suscita la elevación del amante hasta el Sumo bien; las
paradojas del amor puro, como las de fuego-hielo; la llaga que deleita,
la dulce pena, etc.; las llamas de amor; los sueños y despertares de
amor; las justas de amores; los efectos del amor, tales como los signos
de enamoramiento, la herida de amor, las saetas que traspasan, o las
manifestaciones de sufrimiento; las quejas y los lamentos de amor, el
dolor de ausencia, la razón vencida por el amor; la enajenación del
amante, etc. |

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El rastro de la poesía popular y de
cancionero
Dámaso Alonso consideraba que toda la obra
poética de San Juan de la Cruz era resultado de un movimiento de
trasposición a lo divino: «Él es sólo una rama del gran proceso de divinización en
la literatura española del Siglo de Oro, que es un caso específico de la
constante tendencia en nuestra literatura, desde la Edad Media hasta
fines del Siglo de Oro, al anonimato, a la reelaboración de elementos, a
la refundición» [1952a-1966b:
264]. En tanto que poeta «a lo divino», aducía dos vetas
fundamentales en la poesía de San Juan de la Cruz: el Cantar de los
Cantares y la poesía amatoria profana tradicional e italianizante, de
la cual sería divinización. En este desarrollo divinizador distinguía tres
tiempos: el primero sería muy antiguo (Cantar de los Cantares); el
segundo sería reciente, pero anterior al santo (Sebastián de Córdoba); y
el tercero sería ya obra del mismo santo. Asimismo, diferenciaba dos
modos de factura: de obras enteras, como ocurre en el
Pastorcico, por un lado, y de breves fragmentos, como en el caso de
Garcilaso y Córdoba, por otro.
En
efecto, la técnica traspositora a lo divino, surgida desde los
primeros tiempos del cristianismo [B.
Wardropper, 1958], adquirió enorme auge en las composiciones
religiosas del XVI y afectó principalmente a temas
y formas poéticas de corte tradicional popular, aunque alcanzó también a
las de carácter culto. En esta dirección se ha insertado la poesía
sanjuanista en el ambiente carmelitano, donde análogamente a lo que
sucedía en la orden franciscana se vertía a lo divino de modo anónimo y
colectivo la poesía profana [E.
Orozco, 1959b].
En esta tradición divinizadora del
Carmelo [V. García de la Concha, 1976;
V. García de la
Concha y A. Álvarez Pellitero, 1982], se ha considerado
necesario deslindar, dentro de la creación poética de San Juan de la
Cruz, los grandes poemas de las canciones tradicionales a lo divino,
actividad esta última concentrada en los años de Granada, en los que el
fenómeno se circunscribe con especial intensidad. Frente a éstas, «los
tres poemas mayores, las canciones sanjuanistas por algo fueron
catalogadas aparte en los primeros códices nacen ligadas a momentos teopáticos, en un lento proceso que jalona la vida de San Juan» [V.
García de la Concha, 1970: 401]. La precaria presencia de
liras en el Libro de romances y coplas del Carmelo vallisoletano
confirmaría la distinción entre la poesía a lo divino, en modelos
estróficos populares entre los que destacan las composiciones Vivo sin
vivir en mí, Tras de un amoroso lance y Un pastorcico y poesía mística
mayor, plasmada en liras o sextetos-lira. También Eulogio Pacho rechaza, la
consideración de los poemas mayores del santo como piezas «vueltas a lo
divino»:
cabe hablar de contrafacta
únicamente cuando se adapta o traslada un texto preexistente; cuando una
composición profana concreta se pone en clave religiosa o espiritual.
Nada semejante sucede con las piezas maestras del repertorio
sanjuanista. [E.
Pacho, 1991b: 394]
Se ha comprobado, en efecto, que lo
habitual en la contrafactura carmelitana eran romances o villancicos,
para lo que se utilizaban romances íntegros y diversas colecciones de
poesía a lo divino, manejadas directa o indirectamente. El resultado era
el predominio de composiciones populares de carácter tradicional,
cantado y anónimo, aunque existiera abundancia de conceptos y agudezas
verbales. Esta inserción en la tradición de la Orden Descalza explicaría la
coincidencia y los duplicados de temas y facturas, como sucedió en el caso de
Vivo sin vivir en mí y en el de Entreme donde no supe, explicables
por una especie de torneos poéticos, frecuentes en los conventos
teresianos. No obstante, estas poesías menores a lo divino, aunque
sin la genialidad de las mayores, no presentan una exagerada dependencia
del modelo profano y en ellas son perceptibles pinceladas magistrales
del autor.
Algunos críticos han relacionado los
intensos valores fónicos de la poesía sanjuanista con el fuerte influjo
de los contrafacta a lo divino y la interferencia de los modelos
sincréticos de palabra y música, el canto recitativo litúrgico, la
salmodia meditativa, etc., que formaban parte de la actividad conventual
cotidiana de los carmelitas [F. Lobera Serrano y N. Prellwitz, 1980:
102-104]. En consecuencia, han subrayado la dificultad que
existe para separar los rasgos de las fuentes bíblicas de los motivos,
temas, técnicas, ritornelos, paralelismos, interacciones y demás
recursos de la tradición cancioneril. En los poemas mayores, este hecho
se revelaría sobre todo en los momentos en que San Juan, generalmente
bastante fiel a la fuente, se aleja de ella.
Recientemente [J. González Cuenca, 1993]
se ha distinguido entre poesía en cancioneros y poesía de
cancionero. Si se rechaza el influjo de la segunda sobre San Juan de la
Cruz, se acepta el de la primera, que pasaba con facilidad al dominio
público, sin necesidad de lectura directa, por conformarse a los moldes
de la literatura popular o popularizante, y no sólo remite a romances o
villancicos, sino a otro tipo de poesía conceptuosa, pero que por su
tipología saltaba fácilmente del papel a la memoria y a la difusión oral en
ambientes sensibilizados, como sucedía en el Carmelo Descalzo. Por otro
lado, la poesía de ritmo repetitivo cantada reenvía a una teoría de la
persuasión por medio de la música y desvela procedimientos
mnemotécnicos, que han sido reconocidos en el Cántico [R. Senabre,
1993]. |
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