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 [E. Pacho, 1969a; 1969b; 1988a; 1991e]

 

 

Poeta máximo de obra mínima, como ha sido definido, San Juan de la Cruz se erige en una de las cumbres de la poesía española con una obra reducida, pero de calidad excepcional.

Sin embargo, por el propio talante del poeta castellano, poco proclive a dar información ni sobre sí mismo ni sobre su actividad religiosa ni literaria, así como por las específicas circunstancias personales que le tocó vivir e, incluso, por vicisitudes acaecidas después de su muerte, no es fácil determinar con exactitud el proceso cronológico de gestación de su obra. Las propuestas se derivan de las deposiciones de testigos en los procesos informativos de la beatificación del carmelita y de las declaraciones de compañeros y discípulos, frailes y monjas, sobre las que se basan las deducciones establecidas por los biógrafos del santo, que no han podido evitar lagunas y zonas marcadamente oscuras de su trayectoria vital, en las que sólo es posible moverse circunscritos al ambiguo terreno de las conjeturas. Es llamativo el hecho de que, desde un principio, todas las poesías posean una altísima calidad, lo que invita a suponer la existencia de un ejercicio poético, continuado, quizá, desde la juventud del místico abulense, práctica de la que, lamentablemente, no han quedado vestigios.

No obstante, si nos retrotraemos a los momentos iniciales de su preparación intelectual en Medina del Campo, es sabido que en el Colegio de la Compañía de Jesús los alumnos se ejercitaban en la confección de versos, si bien no es posible confirmar documentalmente que Juan de Yepes hubiera superado el estadio de los meros ejercicios escolares. Tampoco existe documentación que avale ningún tipo de tentativas correspondientes a la etapa de formación universitaria del carmelita Juan de Santo Matía en Salamanca. Cuando optó por ingresar en el Carmelo Descalzo, Fray Juan de la Cruz se introdujo en un ambiente conventual en el que la creación literaria se concretaba en la elaboración de villancicos, coplas, representaciones devotas, etc. [V. García de la Concha, 1970; A. Álvarez Pellitero, 1982; V. García de la Concha y A. Álvarez Pellitero, 1982], por lo que no resulta temerario aventurar que Fray Juan colaborara con algún tema propio, actividad de la que, desgraciadamente, tampoco quedan pruebas.

Durante su permanencia en Ávila, en calidad de confesor y director espiritual de las monjas del monasterio de la Encarnación (1572-1578), es probable que redactara el poema Vivo sin vivir en mí, análogo al del mismo título teresiano. Asimismo, la tradición estima que la composición Entreme donde no supe debió de surgir tras un éxtasis ocurrido durante un coloquio espiritual con la fundadora del Carmelo Descalzo hacia 1573 [Pacho, 1969a y 1969b; F. Ruiz, 1968a; C. Cuevas, 1991b y 1993b].

Pero, en concreto, no existen testimonios escritos del místico castellano con anterioridad a la fuga de la prisión de Toledo, episodio que tuvo lugar en agosto de 1578, momento en que la creatividad poética sanjuanista, potenciada por el dramatismo de su experiencia vital, alcanza su cenit. En esos días aciagos, aprovechando la buena disposición de un carcelero, plasmó en un cuadernillo las canciones que había compuesto y retenido en la memoria. Según diversas deposiciones de distintos frailes y monjas del Carmelo Descalzo, recogidas por Fray Andrés de la Encarnación en las Memorias Historiales [M.ª J. Mancho et al., 1993, vol. I: 70-87], [3] el repertorio toledano comprendería las treinta y una primeras estrofas del Cántico, los romances sobre el Evangelio In principio erat Verbum, el salmo Super flumina Babylonis y el cantar Que bien sé yo la fonte que mana y corre.

Lamentablemente, el cuadernillo se ha perdido, por lo que tampoco se puede superar el nivel de las conjeturas. Sí es bastante presumible que durante la estancia en el Calvario y en Baeza compusiera las estrofas 32-34 del Cántico y que, a pesar de que una opinión muy extendida considera que uno de los tres poemas mayores, concretamente el de la Noche, brotara en momentos próximos al encarcelamiento en la ciudad del Tajo, su composición se ampliara al período comprendido entre 1578 y 1582. También es plausible que por las mismas fechas se redactaran los dísticos que acompañan el famoso dibujo del Monte de Perfección y otros escritos menores, como los Avisos, Cautelas y Dichos de luz y amor.

En la época granadina, entre 1582 y 1584, período particularmente intenso en cuanto a la producción lírica, y extraordinariamente fecundo por lo que respecta a la redacción de las obras en prosa —Subida, Noche, Cántico y Llama—, pudieron completarse las estrofas 35-39 del Cántico, según la versión A, la Llama de amor viva, el Pastorcico —composición que muestra clara dependencia de unas glosas recogidas en el manuscrito 372 de la Biblioteca Nacional de Francia, como ha indicado J. M. Blecua [1949]—, Tras de un amoroso lance, Por toda la hermosura y, algo más tarde, Sin arrimo y con arrimo.

Este desarrollo evolutivo delata una gestación lenta y concentrada de sus poemas, donde se condensa el núcleo de la experiencia mística y poética de San Juan de la Cruz, que posteriormente será desglosado y explanado en las Declaraciones en prosa. Se trata, por tanto, de una poesía de hondo calado intencional. No obstante, la dedicación lírica y, en general, literaria del co-fundador del Carmelo Descalzo no fue considerada de interés primordial, lo que explica que ninguna de sus obras fuera publicada en vida del autor, a pesar de la veneración con que se recitaban y cantaban sus versos en el seno de la orden.

 


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