La costumbre de copiar y agrupar fragmentos de prosa devota y poesías, extraídos de diferentes obras espirituales, con la finalidad de afervorar los espíritus era una práctica normal en los ambientes conventuales del Siglo de Oro [G. Serés, 2003]. Durante cincuenta años los textos sanjuanistas permanecieron circunscritos al ámbito de la Orden del Carmelo, donde se difundieron a través de traslados y copias manuscritas. La proliferación de éstas explica, entre otros problemas, los relativos a la atribución de paternidad de ciertos poemas, que aparecen ya planteados por Gerardo de San Juan de la Cruz, quien
en su edición (1912-1914) diferenciaba las composiciones auténticas de otras perdidas y de otras meramente atribuidas (v. la revisión hecha por
E. Pacho [1997]).
El repertorio auténticamente fidedigno corresponde al contenido en el códice de Sanlúcar, (ms. S) [S. Puerta, 1991], dado que fue revisado por el propio santo, como atestiguan las numerosas intervenciones y anotaciones autógrafas, datadas entre 1584 y 1591, muchas de las cuales pasaron a engrosar la denominada redacción B del Cántico espiritual [E. Mas Lacave 1993]. |
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El inventario de poemas se limita a diez, si se mantiene el criterio restrictivo de reconocer exclusivamente los recogidos en el manuscrito sanluqueño y si se consideran los nueve romances sobre el Evangelio In principio erat Verbum como una única composición.
El tema de la autoría con relación a otras poesías no integradas en el elenco de Sanlúcar y atribuidas al místico carmelita todavía ofrece aspectos no resueltos por la crítica especializada. Entre las aceptadas por la tradición, entre otras razones por estar incluidas en el códice de Jaén, figuran, en primer lugar, Sin arrimo y con arrimo y Por toda la hermosura. La opinión crítica más extendida sostiene que se elaboraron con posterioridad a la colección sanluqueña, posiblemente en Granada [E. Pacho, 1969a: 249-251], y son admitidas desde la edición del P. Silverio de Santa Teresa [1929-1931].
La serie se amplía aún más si se agregan dos letrillas, que comienzan por «Del Verbo divino» y «Olvido de lo criado», [4] incorporadas ya en la edición de L. Ruano [1972 (1946): 390-416]. Finalmente, en época reciente se han agregado los versos del Monte de Contemplación. [5]
Además, existen otras poesías de aceptación más discutible, como las que empiezan por «Si de mi baja suerte» [G. Serna Medina, 2002]. Las atribuciones no han dejado de proliferar. Así, se han asignado a Juan de la Cruz liras de poetisas carmelitas ascéticas y místicas que versan sobre imágenes y símbolos sanjuanistas, como, por ejemplo, Oh, dulce noche oscura, escrita por María de San Alberto (1568-1640) y Aquella niebla oscura, por Cecilia del Nacimiento (1570-1646).
En conclusión, a la hora de editar las Poesías, y por razones de prudencia, es aconsejable limitarse al repertorio de Sanlúcar, avalado por el propio autor, y a las poesías cimentadas en una sólida tradición secular.
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