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No dormía, vagaba en ese limbo
en que cambian de forma los objetos,
misteriosos espacios que separan
la vigilia del sueño. |
5
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Las ideas que en ronda silenciosa
daban vueltas en torno a mi cerebro,
poco a poco en su danza se movían
con un compás más lento. |
10
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De la luz que entra al alma por los ojos
los párpados velaban el reflejo;
mas otra luz el mundo de visiones [*]
alumbraba por dentro. |
15
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En este punto resonó en mi oído
un rumor semejante al que en el templo
vaga confuso al terminar los fieles
con un Amén sus rezos. |
20
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Y oí como una voz delgada y triste
que por mi nombre me llamó a lo lejos,
¡y sentí olor de cirios apagados,
de humedad y de incienso! [*]
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Entró la noche y del olvido en brazos [*]
caí cual piedra en su profundo seno.
Dormí, y al despertar exclamé: «Alguno [*]
que yo quería ha muerto!» |
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LG, p. 597.
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LG, p. 598. |
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Comentario temático de la rima La rima desarrolla uno de los motivos
favoritos de Bécquer, el espacio fronterizo entre vigilia y sueño, «ese limbo / en que
cambian de forma los objetos». Recuérdese, por ejemplo, lo que escribe en la primera
carta Desde mi celda: «Estaba despierto; pero mis ideas iban poco a poco tomando
esa forma extravagante de los ensueños de la mañana, historias sin principio ni fin,
cuyos eslabones de oro se quiebran con un rayo de enojosa claridad y vuelven a soldarse
apenas se corren las cortinas del lecho. [...] Yo he oído decir a muchos, y aun la
experiencia me ha enseñado un poco, que hay horas peligrosas, horas lentas y cargadas de
extraños pensamientos y de una voluptuosa pesadez, contra las que es imposible
defenderse; en esas horas, como cuando nos turban la cabeza los vapores del vino, los
sonidos se debilitan y parece que se oyen muy distantes, los objetos se ven como velados
por una gasa azul, y el deseo presta audacia al espíritu, que recobra para sí todas las
fuerzas que pierde la materia. Las horas de la madrugada, esas horas en que entre el caos
de la noche comienza a forjarse el día siguiente, en que el sueño se despide con su
última visión y la luz se anuncia con ráfagas de claridad incierta, son, sin duda
alguna, las que en más alto grado reúnen semejantes condiciones» [Celda, 93-94].
En este poema, además como en el 23 (LXXV), se
sugiere una dimensión esotérica, mágica, que va más allá de lo simplemente
imaginativo o estético, y que lo emparenta bien con la literatura teosófica [Sebold, 1991] o con los relatos
de terror.
Testimonios
de la rima
LG, pp. 597-598. O1, II, p. 308. |