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¡Cuántas veces al pie de las
musgosas
paredes que la guardan
oí la esquila que al mediar la noche
a los maitines llama! |
5
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¡Cuántas veces trazó mi triste sombra [*]
la luna plateada
junto a la del ciprés que de su huerto
se asoma por las tapias! |
10 |
Cuando en sombras la iglesia se envolvía,
de su ojiva calada
¡cuántas veces temblar sobre los vidrios
vi el fulgor de la lámpara! |
15
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Aunque el viento en los ángulos oscuros
de la torre silbara, [*]
del coro entre las voces percibía
su voz vibrante y clara. |
20 |
En las noches de invierno, si un medroso [*]
por la desierta plaza
se atrevía a cruzar, al divisarme
el paso aceleraba. |
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Y no faltó una vieja que en el torno
dijese a la mañana
que de algún sacristán muerto en pecado
acaso era yo el alma. [*] |
25 |
A oscuras conocía los rincones
del atrio y la portada;
de mis pies las ortigas que allí crecen
las huellas tal vez guardan. |
30 |
Los búhos que espantados me seguían
con sus ojos de llamas,
llegaron a mirarme con el tiempo
como a un buen camarada. |
35 |
A mi lado sin miedo los reptiles
se movían a rastras,
¡hasta los mudos santos de granito
creo que me saludaban! [*] |