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¿Será verdad que cuando toca el
sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso? |
5
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¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
de la brisa nocturna al tenue soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros? |
10
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¿Y allí desnudo de la humana forma,
allí los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso? |
15 |
¿Y ríe y llora y aborrece y ama
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro? |
| 20 |
Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros:
pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco. [*] |
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LG, p. 550.
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Comentario temático de la rima El sueño y la visión, que iban unidos a motivos
eróticos en tantas rimas anteriores, se desnudan aquí de esas adherencias y revelan una
urdimbre perfectamente platónica (Rozas [1969]), o incluso
esotérica, si atendemos a la lectura de Sebold [1991]. El alma que
abandona temporalmente el cuerpo durante el sueño ¿vive realmente otra vida desligada de
la habitual, de la vigilia? «Cuando la materia duerme, el espíritu vela. En tanto que el
cuerpo del caudillo permanece inmóvil y sumergido en un letargo profundo, su alma se
reviste de una forma imaginaria y huye de los lazos que la aprisionan para lanzarse al
éter; allí le esperan las creaciones del Sueño, que le fingen un mundo poblado de seres
animados con la vida de la idea, visión magnífica, profética y real en su fondo, vana
sólo en la forma» [Caudillo, 62]. Esto escribe en El caudillo de las manos
rojas. Y aun podríamos extraer otra cita, entre las posibles, de su relato Tres
fechas: «Yo conocía a aquella mujer: no la había visto nunca, pero la conocía de
haberla contemplado en sueños; era uno de esos seres que adivina el alma o los recuerda
acaso de otro mundo mejor, del que, al descender a éste, algunos no pierden del todo la
memoria» [Fechas, 199].
Bécquer, al modo de los grandes
románticos, experimenta el sueño como realidad existencial perfectamente válida. El
platónico «mundo silencioso» de la idea, que danza por los versos, se contrapesa con
ese más cercano y familiar «mundo de visiones» que no sabe él si «vive fuera o va
dentro de nosotros». Lo cierto, se concluye, es ese «yo no sé... pero sé»: la certeza
en la incerteza. O como escribía en la Introducción sinfónica: «Me cuesta
trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido; mis afectos se reparten
entre fantasmas de la imaginación y personajes reales; mi memoria clasifica revueltos
nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado con los de días y mujeres
que no han existido sino en mi mente».
Testimonios
de la rima
LG, p. 550. O1, II, p. 317. |