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Comencemos por ver qué entiende Bécquer por poesía, habida cuenta de que es algo anterior al poema, a su formalización textual. Pues bien, la poesía puede existir fuera del poeta, incluso fuera del poema: en la naturaleza —en el aire, en la luz, en la bruma— y en el sentimiento que liga todo cuanto existe en el cosmos. Así lo expresa él mismo, en una suerte de recapitulación de motivos, al final de la tercera de sus Cartas literarias:

¡Dulces palabras que brotáis del corazón, asomáis al labio y morís sin resonar apenas, mientras que el rubor enciende las mejillas! ¡Murmullos extraños de la noche, que imitáis los pasos del amante que se espera! ¡Gemidos del viento que fingís una voz querida que nos llama entre las sombras! ¡Imágenes confusas, que pasáis cantando una canción sin ritmo ni palabras, que sólo percibe y entiende el espíritu! ¡Febriles exaltaciones de la pasión, que dais colores y forma a las ideas más abstractas! ¡Presentimientos incomprensibles, que ilumináis como un relámpago nuestro porvenir! ¡Espacios sin límites, que os abrís ante los ojos del alma ávida de inmensidad y la arrastráis a vuestro seno, y la saciáis de infinito! ¡Sonrisas, lágrimas, suspiros y deseos, que formáis el misterioso cortejo del amor! ¡Vosotros sois la poesía, la verdadera poesía que puede encontrar un eco, producir una sensación, o despertar una idea!

Poesía es para Bécquer todo ese cúmulo de sensaciones y sentimientos caracterizados, fundamentalmente, por su inasibilidad. Sonido, sentimiento y espacio podría ser su esquema tripartito. No palabra plena o música escrita, sino sonidos vagos: dulces palabras que apenas resuenan, murmullos, gemidos como voces, canción sin ritmo ni palabras. Y más que sentimientos, presentimientos, con lo que se adelgazan más: presentimientos incomprensibles, sonrisas, lágrimas, suspiros y deseos. Los espacios físicos, como se ve, participan de esa misma vaguedad: son espacios abiertos, sin límites, que se corresponden con los mares sin playas o las brumas de sus poemas.

Se puede adelantar ya que esa inasibilidad supone también resistencia a la forma, a la captación formal, y por tanto, al poema. En la rima 62 (V), la poesía —aún no texto— es:

Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.


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Pero es que, además, tal como se expresa en la rima 39 (IV), la poesía reside fuera del poeta:

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta enmudeció la lira:
podrá no haber poetas, pero siempre
habrá poesía.

Y en esa misma rima se apuntarán los campos, siempre externos a poeta y poema, donde reside la poesía y que, punto por punto, coinciden con los grandes bloques temáticos de las rimas: naturaleza, misterio y sentimiento. La poesía, podría deducirse del poema, reside en la realidad exterior —la que perciben los sentidos— y penetra como conmoción sentimental tanto la imaginación como la inteligencia del hombre sensitivo, de cualquier hombre sensitivo.

Portada del «Libro de los gorriones»Esta concepción del mundo sensible como representación tiene un fondo plenamente romántico.
Y hay mucha naturaleza en las Rimas. La naturaleza,
la realidad sensible, es ya símbolo de la Idea o de lo aún desconocido: lo visible, lo audible, lo táctil o lo olfativo son el lenguaje cifrado de lo oculto, de lo invisible. De ahí, la lectura simbólica a que conducen esas constantes enumeraciones de la más evanescente calidad, motivos con los cuales la voz poética se funde. Es más, esa fusión de sujeto y objeto, del yo con lo otro, responde igualmente a la poética romántica, en la que el mundo de lo sensible —lo exterior— remite casi siempre a una experiencia interior. La consecuencia más inmediata, para el caso de Bécquer, es la espiritualización de lo material —de lo natural—, y al revés, la materialización o el paso al campo de lo sensible de lo antes espiritual y abstracto. También es válido esto para el territorio de la poesía: la poesía es lo evanescente e inmaterial que encarnará en materia, o dicho con las mismas y expresivas palabras del poeta en la primera de las Cartas literarias, el «verbo poético hecho carne».


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Pero esta última frase la escribe a propósito de una mujer. En la última estrofa de esa misma rima 39, el sentimiento se pasa a concretar en el amor y en la mujer: «mientras exista una mujer hermosa, / ¡habrá poesía!». La asociación de poesía y mujer se va a repetir en muchos otros lugares de la obra becqueriana, para demostrar que no es una ocurrencia galante. Está, por supuesto, en el comienzo mismo de las Cartas literarias a una mujer, que es casi una prosificación de los cuatro versos de la rima 21:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

La mujer es poesía, la poesía. La identificación toma como eje el factor sentimental, tan importante para Bécquer: «La poesía eres tú, te he dicho, porque la poesía es el sentimiento y el sentimiento es la mujer» (Cartas). La ecuación sigue un orden riguroso: poesía igual a sentimiento, y sólo después, sentimiento igual a mujer. La mujer encarna lo sentimental, la sentimentalidad.

Pero el papel de la mujer en la poética becqueriana es aún más complejo. Adelantemos ahora ese motivo tan característico de la mujer ideal e inalcanzable. La poesía, escribe Bécquer en las Cartas literarias, es «vaga aspiración a lo bello», «esa aspiración melancólica y vaga que agita tu espíritu con el deseo de una perfección imposible». En el hombre, añade, esto es una facultad de la inteligencia; en la mujer, un instinto. En el hombre, algo accidental; en la mujer, sustancial. En suma, la mujer es «el verbo poético hecho carne». Hecho carne quizás, pero aún no texto, poema, porque corresponde al poeta la difícil síntesis de ambos planos, el del hombre y el de la mujer. El poema, dicho de otro modo, es la cristalización de lo inasible y sentimental mediante un esfuerzo lúcido e inteligente. Claro que una cosa es decirlo y otra lograrlo. El poema así entendido no se entrega fácilmente. Es más, si la fijación amorosa se produce sobre la noción de imposibilidad del objeto erótico, también este objeto erótico se convierte en símbolo del ideal poético, de la expresión poética misma. El deseo del poema se confunde con el deseo erótico, se erotiza. Si leemos ahora la rima 51 (XI) encontraremos reflejados todos estos matices. Ni la morena ardiente y apasionada, ni la rubia tierna —las dos mujeres reales— interesan al poeta, sino la mujer ideal que se esfuma en sueño, en imposible, en niebla y luz, esos motivos que reaparecen en la mayoría de las rimas. Lo mismo encontramos en la rima 60 (XV), donde vuelve a ser la mujer evanescente e ideal la que mejor representa esa poesía de lo inefable: «la hija ardiente / de una visión».


 
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