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El desdoblamiento del escritor en crítico y
la actitud autorreflexiva sobre la propia escritura son claves de la modernidad literaria
que comparte Bécquer, puestas de relieve por cuantos han tratado este aspecto (Alonso [1944], Guillén [(1969) 1999],
López Estrada [1972],
etc.). Estas poéticas de autor son siempre libres, abiertas, no sujetas a ningún
preceptismo o norma ajena
a la propia experiencia, que es la auténtica vara de medir. También Campoamor, tan
diferente, escribió una Poética que, con todos los matices que se quiera,
planteaba cuestiones sustanciales para la lírica del momento. Pero Bécquer no alcanzó
en vida el reconocimiento que tenía Campoamor, y ni siquiera fue visto como poeta, sino
como periodista que ocasionalmente escribía versos. Por esa razón, buena parte de su
poética debe extraerse de las reseñas sobre la obra de otros, o de fragmentos y textos
periodísticos muy condicionados por el medio. Las excepciones pudieran ser la
«Introducción sinfónica» (1868) y las propias rimas. Pero ahí está otra clave de su
modernidad: la importancia que alcanza en su obra lírica el poema sobre la poesía, sobre
los problemas del propio poema que los expresa, con todo lo que ello implica de juego de
espejos y de metaliteratura.Sin
embargo, ¿hasta qué punto se puede hablar de la modernidad de Bécquer cuando antes lo
habíamos incluido bajo el membrete de post-romántico? Bécquer, de hecho, ocupa una
posición especial en nuestro siglo XIX, a caballo entre
lo antiguo y lo nuevo, fluctuante entre romanticismo y simbolismo, epígono y precursor,
nunca en tierra firme, especialmente solitario ante el papel, pese a cuantos «ambientes
prebecquerianos» hayamos podido ver. Esto explica también los abundantes desacuerdos
entre su concepción de lo poético y su práctica.
Las dos cuestiones esenciales que
plantea Bécquer en su poética acaso sean los problemas para alcanzar la escritura y, sin
llegar a entrar a fondo en el análisis de ésta, la preocupación por su recepción fiel.
Esto lo lleva a prestar una atención especial a los procesos psíquicos de la creación y
condiciona una secuencia lógica en su exposición: el proceso y las fases que conducen de
la poesía entendida como algo genérico al poema concreto, o dicho de otro
modo, del germen psíquico al momento de la escritura, sin olvidar la realización
definitiva del poema en la mente y en la sensibilidad del lector. |
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La primera fase atiende a la emoción
originaria, primitiva, que se corresponde con la «verdadera inspiración» de que habla
en Cartas literarias a una mujer. Esa emoción actúa como catalizador psíquico,
pero no abre paso inmediatamente a la escritura, sino a un proceso complejo y largo de
incubación en la memoria. Vendrá después la rememoración, que es activa, voluntaria, y
por tanto artificial. Artificial sobre todo frente a la fase anterior, la de la emoción
primitiva, que
semilla al fin y al cabo habrá perdido entre tanto su valor y fisonomía
iniciales. Por último, la inteligencia, ya puramente artificial, conformará la escritura
del poema. ¿Por último? En realidad, no. El poema es para Bécquer sólo un puente, una
partitura silenciosa. Vitalmente, en su realidad esencial, el papel del poema escrito es
servir de catalizador de las emociones del lector, quien al recrear algo semejante a la
emoción original anima y trasciende las frías letras del idioma común. |
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