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Pero, a pesar de las apariencias, aún no estamos totalmente en el poema, en el proceso final de la escritura. Como queda señalado, en Bécquer apenas sí hallamos esbozos sobre este aspecto, y lo más cercano a ello será su reseña de La soledad (1861), de su amigo Augusto Ferrán. Allí hace su conocidísima contraposición de los dos tipos de poesía, la de todo el mundo y la de los poetas, donde, sin embargo, su perspectiva es más la del lector receptivo que la del escudriñador de la forma:

Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.

Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía.

La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo.

La segunda carece de medida absoluta: adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas.

He destacado en cursiva aquellas ideas que interesa resaltar. Ante todo, parece importante deshacer un equívoco generalizado: leer esa descripción de la poesía «de los poetas» como si Bécquer se refiriese a la suya propia. Podrían alegarse razones externas, desde un lógico pudor en quien comenta un libro ajeno, hasta el simple hecho de que ese libro lo es precisamente de un amigo.


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Bécquer, una vez más, parece querer hallar un punto de equilibrio entre dos polos opuestos aunque igualmente necesarios, en cualquier caso cercanos a aquella dicotomía entre razón e inspiración que se ventilaba en la rima 42 (III): el de la poesía artística y el de la natural, por así llamarlas. Se puede llamar artística a la primera porque en ella se cumple la necesidad del Arte y del pensamiento, aunque para nada aparece el factor sentimental. Exactamente lo contrario sucede en el caso de la poesía natural: sobreabundan aquí las referencias a lo sentimental y pasional, pero se subraya que es poesía «desnuda de artificio», lo cual —visto lo visto— no acaba de ser un elogio cumplido. La «parte mecánica, pequeña y material», el orden de la «meditación», puede ser detestable, pero «¡es tan preciso para todo!...» (Cartas) ¿A quién puede extrañar que Bécquer, después de mostrar su profunda añoranza por la revelación poética, por «la primitiva, la verdadera inspiración», se exalte de este modo ante una poesía que parece confundirse plenamente con ella?

Pero más importante que esto es la implícita poética de la lectura que contiene la reseña. Cuando el lector-poeta Bécquer cierra sus páginas, «toda mi Andalucía, con sus días de oro y sus noches luminosas y transparentes, se levantó como una visión de fuego del fondo de mi alma». Hemos dado un salto desde aquella búsqueda del poema ideal hasta el momento de la lectura, al poema trascendido en poesía por un lector. De nuevo, ese tipo de poemas y esa lectura sensitiva se asocia a la inspiración, que en las Cartas también «se levanta, semejante a un gas desprendido, y enardece la fantasía y hace vibrar todas las fibras sensibles, cual si las tocase una chispa eléctrica»; o bien esa misma «chispa eléctrica» que reaparecerá más adelante, en la parte antes citada de la reseña, al tratar del efecto de la poesía natural: «una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye». El ramalazo eléctrico de la inspiración —primer momento— reaparece en la lectura —último y definitivo momento.


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Dibujo de Bécquer en «El Libro de los gorriones»Lograr unos poemas artísticos que consigan retener para el lector esa cualidad eléctrica de la inspiración es así la más evidente meta becqueriana. Desde nuestra perspectiva, es fácil
y elogioso decir que con ello Bécquer adivina los valores modernos de la sugerencia, pero esto exigiría muchos matices que ahora no caben. Baste decir que se acerca intuitivamente a esa idea sin acabar de desvelarla. Volvamos a la cita para analizarlo. La poesía artística «completa sus cuadros»; la natural, sin embargo, cede ese privilegio al lector: «adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona». Como sabemos, el valor poético de la sugerencia descansa en su apertura a nuevos posibles significados, en su cesión de libertad a la imaginación del lector, a la que se excita a una permanente re-creación. Pero los riesgos de ese camino son también evidentes para Bécquer: el poema puede abrirse excesivamente, tornarse excesivamente ambiguo, polisémico, abstracto. Y Bécquer retrocede. En esa contradicción parece residir la lectura escindida que los poemas de Bécquer aún concitan.

«La poesía popular, sin perder su carácter, comienza aquí a elevar su vuelo», escribe Bécquer sobre Ferrán. En cualquier caso, Bécquer consigue hacer realidad —hacer poema— su intento: lo que en sus anteriores reflexiones aparecía como previo al poema, ahora es también su consecuencia. El poema es mediación entre la emoción previa del creador y la emoción que se reproduce en el lector. De este modo, aunque parezca negarlo la rima 11 (I), lo inefable puede instalarse también en el poema, en la expresión, en lo que Bécquer consideraba parte material y mecánica del proceso.

Todo lo visto, su concepción de poesía, su responsable angustia creadora ante la expresión, la cadena de negaciones que en él se dan, todo esto tiene claras consecuencias estilísticas, no se queda en el marco de la reflexión teórica y al margen de la práctica. Al calor de los cantares populares —descubiertos por el ejemplo de los alemanes—, Bécquer concluye que solamente la expresión «breve, seca», el destello fugaz que hiere y huye, conseguirá anclar en el papel la poesía.

 
El camino hacia el poema SubirLa expresión becqueriana
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