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En la fortuna de Bécquer entre los poetas contemporáneos tiene mucho que ver esta
apuesta por un lenguaje desnudo y esencial, que contrasta tanto con la inmediata
tradición romántica como con la línea posterior de modernismo sonoro: ni Zorrilla ni
Villaespesa, pero tampoco el Espronceda o el Rubén de verso más trotón. En su momento,
y aun después, era fácil confundir esa difícil sencillez con la pobreza. El propio
Rodríguez Correa, con todos sus aciertos, parece indeciso a veces, sobre todo cuando
subraya cuanto ve él de esbozo o apunte inacabado en las Rimas. Aun así, ya en
su primer prólogo, de 1871, demuestra haber entendido la intención del poeta mejor que
tantísimos críticos posteriores:
Las rimas de Gustavo, en que a
propósito parece huir de la ilusión del consonante y del metro, para no herir el ánimo
del lector más que con la importancia de la idea, son a mi ver de un valor inapreciable
en nuestra literatura.
Generalmente las poesías son
cortas, no por método o por imitación, sino porque para expresar cualquier pasión o una
de sus fases, no se necesitan muchas palabras. Una reflexión, un dolor, una alegría,
pueden concebirse y sentirse lentamente; pero se han de expresar con rapidez, si se quiere
herir en los demás la fibra que responde al mismo afecto. De aquí la explicación de
esas composiciones cortas, que han nacido modernamente en Alemania, donde todos los
grandes poetas las han cultivado. Goethe, Schiller, Heine y otros han escrito multitud de lieder
(lied-canción), que constituyen la actual poesía lírica alemana. [Rodríguez Correa, 1871:
XXXI-XXXII]
No basta con señalar que esas
ideas están ya expresadas en la reseña de La soledad. Los modelos traídos por
Eulogio Florentino Sanz o por Ferrán, compartidos por tantos otros poetas, no bastarían
a crear estos poemas, que son en mayor grado deudores de su propia poética, nacida al
calor de la escritura, tal como la hemos analizado: el poema como unidad de impresión,
rápido como chispa eléctrica, la intensión lograda a fuerza de desnudez, la forma que
no ensordece la música interior... Siete años más tarde de ese prólogo, la novedad
podía entenderse mejor. |

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Correa acertaba de nuevo cuando contraponía el auténtico valor del ejemplo becqueriano,
sorprendentemente refrendado por los lectores, al persistente gusto hispano por las
redicheces y el estilo recargado o castizo:
Defenderse con el diccionario,
arrebatar el oído con el fraseo de ricas variaciones sobre un mismo concepto, disolver
una idea en un mar de palabras castizas y brillantes, cosa es digna de admiración y de
elogio; pero confiarse en la admirable desnudez de la forma intrínseca, servir a la
inteligencia de los demás la esencia del pensamiento y herir el corazón de todos con el
laconismo del sentir, sacrificando sin piedad palabras sonoras, lujoso atavío de
amontonadas galas y maravillas de multiplicados reflejos, a la sinceridad de lo exacto y a
la condensación de la idea, y obtener, únicamente con esto, aplauso y popularidad entre
las multitudes, es verdaderamente maravilloso, sobre todo en España, cuya lengua ha sido
y será venero inagotable de palabras, frases, giros, conceptos y cadencias [Rodríguez Correa, 1877:
VII].
Queda dicho que no hay en Bécquer
precisiones sobre la forma concreta que debe revestir la poesía, o sobre qué artificios
permiten construir esa difícil sencillez. Pero los poemas mismos revelan unas constantes
formales que, de modo telegráfico, pudieran resumirse en ciertos procedimientos básicos:
el gusto casi aritmético por la simetría y los paralelismos; la elección de
modelos estróficos originales y flexibles, siempre en función de las necesidades del
fraseo o del sentido; la brevedad, que en muchas ocasiones sigue modelos de copla o
canción popular; un verso de sonoridad amortiguada mediante la asonancia y las rimas
alternas; la ruptura métrica del pie quebrado, que sirve como estribillo o como modo de
subrayar ideas; la inversión de la frase para resaltar, al final, la palabra o la idea
centrales; la economía de adjetivos; los símiles directos; la insinuación o la alusión
sin desarrollo; el léxico parco en cultismos...
Claro que estos
procedimientos encuentran también su desmentido concreto en tal o cual rima, lo cual no
impide que la coherencia y unidad del conjunto esté por encima de cualquier matiz. El
aire ligero y popular de la breve rima 4 (XXXVIII)
«¡Los suspiros son aire y van al aire!» contrasta con la longitud y
verbosidad de la 71 (LXXIII), la que nos habla de la
soledad de los muertos. La 27 (IX) es una rigurosa
octava real, que rima como tal en consonante, pero también la agilísima y libre 29 (XIII) «Cendal flotante de leve bruma»
descansa sobre la consonancia, y además, en pareados. Y ¿quién duda del carácter
unitario de todos estos poemas?
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