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Retrato de Julia Espín, por Gustavo Adolfo BécquerAl hilo de sus ideas poéticas se han ido viendo muchos de los grandes temas becquerianos. No tiene nada de raro, pues ya hemos comprobado cómo esas ideas nacen muy directamente de la práctica de la escritura, como reflexión sobre las dificultades y el horizonte de la escritura.

Es más, este conjunto de poemas —y casi cada uno de ellos— aparece cruzado en diferentes direcciones por preocupaciones muy diferentes
que se funden y enriquecen mutuamente, o acaso fuera más exacto decir que aparece recubierto por estratos o capas que posibilitan diferentes lecturas, progresivamente complejas e interrelacionadas, pero siempre autónomas en su raíz. Es el caso central del amor y la mujer, el tema que varias generaciones de lectores han asociado a las Rimas. El tema amoroso, ligado vívidamente a la experiencia de un sujeto poético bien circunstanciado, que espera o se desespera, admite un segundo plano de lectura que nos remonta a la experiencia —no menos vívida— del poema posible y sus dificultades y sus goces y sus dolores. Y frecuentemente, amor y poesía se expresan en los versos mediante el recurso a motivos de la naturaleza: mar, playa, cielo, astros, bruma, viento, nieve, flores, aves... Hay mucha más naturaleza en las rimas de lo que generalmente se piensa. Eso sí, todos los lectores saben leer esos motivos como claves simbólicas que, sin dejar de ser lo que son, remiten a una experiencia interior, sentimental o metapoética. En ocasiones puede ser huracán o bien ola impetuosa que busca la playa, pero de modo más frecuente la naturaleza se va adelgazando hacia lo más ligero y evanescente, hasta ser bruma o niebla, o ya sólo luz o átomo de luz. En esos casos, sabemos que lo natural nos ha conducido hasta lo ideal, cuyo símbolo es la luz, ideal asociado a la mujer o a la poesía, o a ambas cosas.


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Ese adelgazamiento o esa trascendencia de lo inmediato no impide que haya también poemas donde el amor u otros sentimientos se agotan en sí mismos. La persecución del ideal y el hundimiento en lo terrible son dos aspectos de lo mismo en los grandes poetas. Cernuda señalaba, con razón, que hay mucha rabia de amor en estos poemas, «una pasión horrible, hecha de lo más duro y amargo, donde entran los celos, el despecho, la rabia, el dolor más cruel» [(1935) 1975: 1271-1272]. A veces, incluso de manera descarnada y brutal, como en la rima 55, que por ello no llegó a publicarse en 1871. Y la idealidad de la mujer no es óbice para que en ocasiones se cante el goce del puro amor físico, sin problemas, como en la 8 (LVIII). O dando un giro impensado, hasta es posible que la asociación de mujer y poesía conduzca a la conclusión atípica de la 65 (XXXIV): la mujer bella y estúpida se disfruta como pura forma, como sola expresión.

También el tiempo reclama su protagonismo en buena parte del libro. En realidad, el contraste entre el amor ilusionado y el desilusionado inserta el tiempo como factor degradante. La rima 38 (LIII), con sus golondrinas que marchan y vuelven una y otra vez, está estructurada sobre esa idea del amor vencido por el tiempo. Y también es el tiempo, con evidentes recuerdos seiscentistas, el tema de la 67 (LXVI). En ella, como en algunas otras, el destino incierto y la asechanza de la muerte sitúan la meta existencial en «donde habite el olvido». O bien el rechazo de la realidad mezquina conduce al deseo de otra realidad, que bien pudiera ser la del sueño. Sobrepasar los límites de la realidad, sustraerse al acoso del tiempo, vencer al mismo amor. Volvemos a lo que antes decía. Hay una marcada preferencia por los estados de tránsito a lo inmaterial: el sueño, la duermevela, el viaje platónico de la 23 (LXXV), los espacios indeterminados...

También por esa misma razón, habría que destacar cuánto tienen estos poemas de depuración, de desnudez. Bécquer afirmará tajantemente en la rima 39 (IV): «mientras haya un misterio para el hombre, / ¡habrá poesía!». La vida cotidiana, material, si no es en sus facetas más delicadas, apenas le interesa. Esta búsqueda de lo esencial implica, como apuntaba Cernuda, una modernidad basada en el rechazo de cuanto siente ajeno al lirismo: relato, ampulosidad oratoria, baja explicación moral [(1935) 1975: 1274]. La modernidad, en Bécquer, no significa atención a los motivos de la emergente sociedad burguesa, de la ciudad moderna o de los nuevos valores que se abren paso en ella. Esa tensión entre ideal lírico y realidad prosaica, típicamente baudeleriana, la ignora. No hay tampoco moralismo o didactismo. Lo que se cuenta es, sobre todo, una experiencia sentimental. Y viene esto a cuento, porque en Bécquer es tan importante lo que niega como lo que afirma.


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Estamos así ante un universo temático que expresa, no ya el deseo de alcanzar la mujer imposible o el deseo de decir lo todavía no nombrado —como tantas veces se ha escrito—, sino el deseo mismo, desnudo, en cuanto inefable e inmaterial. El propio deseo sustantivado, el deseo en sí mismo —como flecha en el aire—, tanto en su elevación como en su frustración, es su gran tema. Las rimas recorren todas las variaciones posibles de ese deseo, casi siempre ligado a una raíz erótica, sea cual sea su carácter.

Fijémonos, finalmente, en cómo esa línea erótica que enlaza los diferentes motivos del libro propicia una expresión dialógica, algo que propugnaba ya la rima 11, que los amigos del poeta colocaron al comienzo de la edición de 1871. Hay un yo y hay un —que no siempre son un hombre y una mujer—, y esos sujetos poéticos recorren todos los grados posibles de relación: encuentro e identificación, oposición y choque, disimulo, deseo... Por todo ello, las rimas facilitan una sensación de cosa vivida, en ocasiones de literatura diarística.

Muchísimos lectores de Bécquer se sorprenderían de que se le busquen tantos pliegues a unos poemas que ellos, legítimamente, han disfrutado y disfrutan como una experiencia sentimental compartida, biográfica en un sentido intersubjetivo. Volvemos al principio: Bécquer tiene la rara fortuna de ser escritor para los muchos y para los pocos, y acaso su clasicismo en las letras españolas incluya también esa cualidad, la de admitir lecturas y lectores tan diferentes. El lector libre y curioso podrá comprobar la justeza de esas lecturas al pie de las rimas de esta edición, donde se incluye un resumen interpretativo que, si no anulará su propia lectura personal, acaso pueda abrirle las puertas de otros bécqueres posibles. Ojalá sea así.

 
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