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La publicación rigurosa de la obra lírica de Bécquer está enturbiada por la inexistencia de una edición preparada o revisada por él mismo. Como queda dicho, lo más aproximado a ese texto base es el manuscrito del Libro de los gorriones, que fue de hecho el utilizado por Ferrán y Campillo para la edición póstuma de 1871 y el que siguen todos los editores modernos, después de su redescubrimiento por Franz Schneider [1914]. Aun así, ese manuscrito ha suscitado dudas y recelos, fundamentalmente en lo que hace referencia a la autoría de las correcciones y al orden original de los poemas. Con respecto a las correcciones, la opinión continúa dividida entre quienes las aceptan como de mano del autor y quienes prefieren creer que son debidas a la revisión de Ferrán y Campillo. En este punto concreto, los argumentos de unos y otros chocan con la evidencia de que, hoy por hoy, solamente caben posturas de principio, sin que se vislumbre una respuesta inapelable. En cuanto al orden, la inmensa mayoría de las ediciones ha venido aceptando la reordenación de 1871, con la excepción de la realizada por María del Pilar Palomo [1977], y más recientemente, la de Navas Ruiz [1995], aunque ambos la justifican con el título de Libro de los gorriones. En uno y otro caso, la posible reaparición del manuscrito perdido en 1868, preparado para la imprenta, aportaría valiosísimos elementos de juicio, pero aun así el Libro de los gorriones continuaría siendo la última voluntad expresada por el autor.

Y a esa autoridad se remite esta edición, que vuelve al orden original del texto base y, a falta de argumentos definitivos en contra, admite las variantes de ese texto como del autor.

Pero vayamos por partes. El manuscrito base está escrito en un libro de actas que Bécquer rotuló en la etiqueta de su cubierta con tres tipos de letra diferentes, detalle que hay que considerar cuando se acude a este argumento para rechazar su autoría en las correcciones. El título «Libro de los / gorriones» está escrito en caracteres angulosos y gruesos, ligeramente inclinados hacia la izquierda. Debajo aparece su nombre completo: «Gustavo Adolfo D. Becquer», escrito con su letra más característica y suelta, inclinada hacia la derecha. Por fin, en la cuarta línea, aparece la fecha de «Junio de 1868», en una letra menuda y recta.

Dentro, una primera hoja presenta los textos como «Libro primero», y en la hoja siguiente aparece la siguiente portadilla, también con un tipo de letra diferente para cada bloque: «Libro de los gorriones / Colección de proyectos, argumentos, ideas y planes / de cosas diferentes que se concluirán o no segun / sople el viento / De / Gustavo Adolfo Claudio D. Becquer. / 1868. / Madrid 17 Jno». Véase la reproducción aquí mismo y se comprobará cómo el autor, buen dibujante y buen pendolista, se preocupa por caligrafiar el texto con diferentes tipos de letra. Y no sólo eso. También está concibiendo ya, mediante esta disposición tipográfica, lo que pudiera ser un libro publicado, aunque no fuese ese el sentido, lógicamente, de esta «colección de proyectos». Pero es que esa misma atención a la disposición tipográfica va a darse en el texto de las Rimas, como se verá.

Siguen a esa portadilla la «Introducción sinfónica», que ocupa las páginas 5 a 7, y a continuación, entre la página 9 y la 19, el relato inacabado «La mujer de piedra». Lo más sorprendente será el espacio libre que deja Bécquer entre esta última página y la 529, donde comienza el bloque de los poemas. Son nada menos que quinientas diez páginas en blanco, en donde probablemente pensase continuar la transcripción de la obra en prosa. Pero es igual de llamativo que las rimas ocupen exactamente todas las páginas disponibles hasta el final del libro. Como este punto afecta de lleno al problema de la ordenación definitiva de los poemas, permítaseme un excurso algo puntilloso, que el lector puede completar con algún trabajo mío anterior [Caparrós, 1997].

Esa exactitud en el número de páginas que ocupan los poemas puede explicarse de dos modos. O bien sacrificó parte de los poemas que conservaba, o bien había calculado exactamente el espacio que ocuparían. De hecho, el índice de las rimas que va de las páginas 529 a 531 no remite a las páginas correspondientes a cada poema, como cabría esperar, sino que señala el número de orden de cada uno y su número de versos. Esto último solamente se explica por el interés del poeta en hacer cuadrar los poemas en el espacio disponible, y aun más, por fijar la caja de cada página, tal cual lo haría un tipógrafo. Escribe Pageard al respecto:

El cálculo del número de versos [en el índice] ha permitido colocar exactamente los poemas al final del registro. Este cálculo ha permitido, también, a Bécquer componer numerosas páginas, que contienen exactamente uno o dos poemas presentados con elegancia, sin que se interrumpa el texto. [Pageard, 1972: 22]

Índice de las «Rimas» de Bécquer, en el «Libro de los gorriones»Índice de las «Rimas» de Bécquer, en el «Libro de los gorriones»Índice de las «Rimas» de Bécquer, en el «Libro de los gorriones»


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Pues bien, si dejó fuera parte de los poemas, podrían ser los otros siete poemas cercanos a las rimas que conocemos, o parte de ellos. El posible error de cálculo sería entonces de unas tres páginas, a juzgar por la media de versos por página en el manuscrito. No es mucho. Añádase como refuerzo de esta hipótesis que Bécquer hubo de arrancar una hoja, la correspondiente a las páginas 557-558, aunque esto no afectó a la continuidad de la rima 31 (XXV), que salta sin interrupción de la página 556 a la 559. Si, como parece, Bécquer había calculado exactamente el espacio total, ese incidente le obligaría a prescindir de algunos pocos poemas. Si eliminamos «Lejos y entre los árboles», por ejemplo, de entre las siete rimas no incluidas en el libro, los poemas restantes suman veintidós versos: justo una hoja entera.

Añadamos que el manuscrito presenta una excepcional limpieza y orden, solamente comparable a los que conocemos procedentes de álbumes o listos para imprenta. No hay los característicos esbozos y dibujos que suele prodigar en sus manuscritos de trabajo, sino que el único dibujo está pegado cuidadosamente mediante una oblea en la página 533, antes de la hoja donde aparece el título «Rimas / de / Gustavo Adolfo Becquer». También las correcciones y «arrepentimientos» están trazadas con sumo cuidado, incluso tachando con regla. En fin, ¿a qué se parece todo esto sino a un manuscrito preparado para imprenta? Ya Rosales había defendido esa idea de que el Libro de los gorriones «había quedado preparado por el propio Bécquer para editarlo» [Rosales, 1987: 44]. Si consideramos además que este volcado en limpio de los poemas es de hecho la versión definitiva de los poemas, en su orden definitivo, ¿por qué no respetarla entonces?

El único argumento sólido para cuestionar ese orden está en la lectura literal de la entradilla de la página 537: «Poesías que recuerdo del libro perdido». En los primeros pasos de la leyenda del Bécquer doliente, Narciso Campillo quiso presentarlo rescatando a fuerza de memoria unos poemas irremediablemente perdidos con el asalto del domicilio de González Bravo. Él fue, si no me equivoco, quien primero lanzó la idea: «Con ímprobo trabajo consiguió el poeta ir recordando y transcribiendo sus composiciones» [Campillo, 1871]. Sin embargo, frente a esa imagen tan literaria tenemos la evidencia material de que Bécquer guardaba en sus carpetas muchas copias, además de cuantas fue regalando generosamente a sus amigos o copiando en álbumes. El libro de cuentas, como ya indiqué, apenas ofrece atisbo de indecisión o de tanteo en esa recuperación. Es copia en limpio. Después vendrán las correcciones, igualmente limpias, y que se pudieron dar a lo largo de ese periodo de tiempo que va desde 1868 hasta su muerte, a finales de 1870. Como ya he escrito en otro lugar, creo mucho más sencillo interpretar la frase «poesías que recuerdo del libro perdido» como un intento de reconstrucción del manuscrito desaparecido, aquel concreto, y no como un rescate mental de poemas absolutamente perdidos.

El argumento de que las rimas no guardan un orden o, lisa y llanamente, que están desordenadas, no se sostiene. Y además, ¡si Bécquer mismo ha escrito el número de cada rima en la primera columna del índice! ¿Con qué criterio filológico se puede enmendar la plana al propio autor en este punto? El orden es ese, guste o no guste. Pero lo más grave es que ese argumento del «desorden» se utilice para justificar la ordenación tradicional de la prínceps. En el primer apartado de la «Introducción» he analizado por extenso cómo esa organización de los poemas no era neutra ni meramente temática, sino que respondía a un argumento sobreañadido, el del diario poético, con todo lo que de ficcionalización y narratividad postiza acarreaba. Eso es lo último que podemos hacer con Bécquer: añadir significados facticios, espurios, para seguir dando cuerda al mito del poeta doliente y malogrado. Por el contrario, el orden original invita a una lectura donde cada poema se singulariza, donde los temas y los tonos se interrelacionan de un modo más rico y plural.



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Las correcciones que presenta el texto original de las rimas en el Libro de los gorriones están hechas con tintas diferentes, hoy mucho más oscuras que la inicial, y lo que es más importante, con letra también diferente. Hay un caso, el de la rima 55, en que todo el poema está tachado. Rafael Montesinos [1984] y Luis Rosales [1987] también han llamado la atención sobre el significado de las aspas y cruces que aparecen a lo largo de esas páginas, junto a algunos versos o en los títulos del índice: «Los versos que no le habían salido bien, los versos irresponsables, los señaló con una cruz para condenarlos y corregirlos» [Rosales, 1987: 44]. En el índice, la rima 11 del manuscrito, que pasará a ser la primera en la edición de 1871, está señalada con una raya en una tinta diferente a las otras. También están marcadas en el índice con una cruz los tres poemas que desaparecerán de esa edición. Montesinos [1992], al analizar la evolución cromática de las tintas del manuscrito, ha comprobado que fue retocado en cinco ocasiones diferentes.

El problema que presentan estas enmiendas es si son o no de mano de Bécquer. Por supuesto, nadie admite las variantes exclusivas de la prínceps, pero las opiniones son especialmente encontradas en cuanto a su texto base. Recordemos que fueron Augusto Ferrán y Narciso Campillo los encargados de revisar la obra lírica para la edición de 1871. Rodríguez Correa, en su prólogo, destaca el protagonismo de Ferrán en esa labor, algo más que justificado por su cercanía literaria, física y hasta emocional a Bécquer:

No menos alabanza merece el Sr. D. Augusto Ferrán, inseparable amigo del malogrado Bécquer, que no se ha dado punto de reposo en el asiduo trabajo de allegar materiales dispersos, coleccionarlos, vigilar la impresión y demás tareas propias de estos difíciles y dolorosos casos, ayudado del señor Campillo, tan insigne poeta, como bueno y leal amigo. [Rodríguez Correa, 1871: VIII]

Pero en éste como en tantos otros casos, el testimonio del lenguaraz Campillo cuidó de enfatizar su propio protagonismo y de velar el ajeno, además de magnificar el carácter de esa intervención sobre el texto original [Montesinos, 1992]. De ese modo, durante mucho tiempo se consideró que las correcciones del Libro habrían de ser cosa exclusiva suya. Y no se olvide que Campillo, además de mal poeta, era un adocenado autor de manuales de retórica. En cambio, Augusto Ferrán, feliz poeta y discreto ciudadano, se eclipsó para todos.

En esta cuestión, los editores modernos no pueden ampararse en la postura conservadora de mantener el canon tradicional. Hay que decidir si se aceptan o no las correcciones como de mano de Bécquer. Y puesto que esas correcciones forman parte del texto base, lo cual las hace en principio atribuibles al autor, correspondería justificar, no su aceptación, sino los porqués de su exclusión. Aunque, como queda dicho, hoy por hoy no son posibles conclusiones definitivas. Desde luego, tengo la convicción de que Bécquer, como cualquier otro poeta en su caso, difícilmente resistiría la tentación de retocar ese libro inédito entre el año 1868, en que lo transcribe a limpio, y finales de 1870, en que muere.

El argumento de la diferencia de letras entre el texto original y el de las correcciones, que sería el más sólido, no lo parece hoy tanto. Montesinos [1992: 27-28] ha ofrecido la prueba gráfica al mostrar juntos tres tipos de letra bien diferentes, correspondientes a las tres partes del Libro y todas ellas de mano del poeta: «En realidad, la que no se parece a la letra de Bécquer es la letra de Bécquer».

Tras Domínguez Bordona [1923], Rubén Benítez publicó sus «Notas para una edición de las Rimas de Bécquer» [1961: 130-146] donde propugnaba la vuelta a la lección no enmendada, salvo en un caso. Alatorre [1970, 1996] ha venido defendiendo esa misma postura, con argumentación bien profusa y confrontando las lecturas original y enmendada. Pero en última instancia —y como no podía dejar de suceder— sus razonamientos no logran superar la barrera de los criterios subjetivos de gusto. «Tengo para mí que Campillo era algo tonto» [1970: 415] escribe, por ejemplo, para insistir en que la lección enmendada desvirtúa siempre la idea original: «Afán de lógica, gramaticalerías, presupuestos poéticos y retóricos distintos, dureza de oído, capricho puro y simple, combinados o solos, suelen producir alteraciones que destruyen la idea del poeta» [1970: 412]. Defienden la misma postura Balbín y Roldán [1971] y Palomo [1977]. Ésta ve en las variantes un «tono efectista, en lejanía del intimismo becqueriano» [ibíd.: 40]. Unos y otros atribuyen las correcciones al «afán purista o académico» de Campillo [Alatorre, 1970: 409], incluso aquellas impropias de un profesor de Poética y Retórica, como sería la del verso 7 de la rima 53 (XXIX), que convierte en un heptasílabo lo que debiera ser un octosílabo [Alatorre, 1996: 153]. Frente a esta postura, las ediciones de José Pedro Díaz [1963], Sebold [1991] y Montesinos [1995] han defendido el texto enmendado, mientras José Carlos de Torres [1976], entre otros, ha optado por soluciones eclécticas. Pageard [1972] opta por transcribir todas las versiones existentes.

Pero insisto, hoy por hoy cualquier argumento remite a criterios subjetivos de gusto o de calidad. Y precisamente en este campo del gusto es donde más relativas parecen esas tomas de postura. Tomemos el testimonio autorizado de los poetas. No nos importa que casi todos admitan la atribución a Campillo de las variantes —que leen según la edición prínceps o siguientes—, sino su opinión sobre ellas. Gerardo Diego y Alberti optan por la versión no enmendada, aunque éste con matices. Diego [1943 b] no solamente rechaza la autoría de Bécquer, sino que cree lastradas las correcciones por el efectismo y la obsesión academicista de Narciso Campillo. Un año después, Rafael Alberti editaba las Rimas por primera vez sin esas variantes, a lo que respondía el subtítulo Primera versión original. Las correcciones pasaban a un apéndice titulado «Correcciones de Narciso Campillo a las Rimas». (Lo paradójico de esa vuelta al texto «original» estaba en el mantenimiento de la ordenación temática de 1871.) Rafael Alberti se amparaba en la autoridad de Domínguez Bordona [1923] para mostrar «los auténticos versos de Bécquer, esos que andaban por debajo del tachón o la letra cariñosa del amigo» [Alberti, 1945: 12]. Hay que matizar que para Alberti contaba más el criterio de autenticidad que el de calidad, al admitir que algunos versos fueron corregidos «con verdadero acierto».

Frente a la postura anterior, Guillén, Cernuda, Rosales o Montesinos prefieren el texto enmendado. Jorge Guillén, yendo más allá que ningún otro, no tiene problema en alabar la supuesta intervención de Campillo, quien «con fortuna y discreción enmendó por lo general los versos de su amigo, muy desaliñado e inseguro de pluma» [(1924) 1999: 201-202]. Una opinión semejante encontramos en Luis Cernuda, al hilo de la edición de Alberti, pues para él son «correcciones ligeras que sólo conciernen a la dicción y, contra lo que pudiera pensarse, benefician en general al texto» [(1957) 1975: 318]. Luis Rosales es igual de claro: «El acierto de las correcciones es una prueba más de que están hechas por el autor, ya que acierta en todos los casos» [1987: 43, n. 12].

 
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