LA SOLEDAD.
COLECCIÓN DE CANTARES POR AUGUSTO FERRÁN Y FORNIÉS [2]      
Leí la última página, cerré el libro y apoyé
mi cabeza entre las manos.
Un soplo de la brisa de mi país, una onda de
perfumes y armonías lejanas, besó mi frente y acarició mi oído al pasar.
Toda mi Andalucía, con sus días de oro y sus
noches luminosas y trasparentes, se levantó como una visión de fuego del fondo de mi
alma.
Sevilla, con su Giralda [3] de encajes que copia temblando el Guadalquivir y sus calles
morunas, tortuosas y estrechas, en las que aún se cree escuchar el extraño crujido de
los pasos del rey justiciero; Sevilla con sus rejas y sus cantares, sus cancelas y sus
rondadores, sus retablos y sus cuentos, sus pendencias y sus músicas, sus noches
tranquilas y sus siestas de fuego, sus alboradas color de rosa y sus crepúsculos azules;
Sevilla, con todas las tradiciones que veinte centurias han amontonado sobre su frente,
con toda la pompa y la gala de su naturaleza meridional, con toda la poesía que la
imaginación presta a un recuerdo querido, apareció como por encanto a mis ojos, y
penetré en su recinto, y crucé sus calles y respiré su atmósfera, y oí los cantos que
entonan a media voz las muchachas que cosen detrás de las celosías, medio ocultas entre
las hojas de las campanillas azules; y aspiré con voluptuosidad la fragancia de las
madreselvas, que corren por un hilo de balcón a balcón, formando toldos de flores; y
torné, en fin, con mi espíritu a vivir en la ciudad donde he nacido, y de la que tan
viva guardaré siempre la memoria.
No sé el tiempo que transcurrió mientras
soñaba despierto. Cuando me incorporé, la luz que ardía sobre mi bufete oscilaba
próxima a espirar, arrojando sus últimos destellos, que en círculos ya luminosos, ya
sombríos, se proyectaban temblando sobre las paredes de mi habitación.
La claridad de la mañana, esa claridad incierta
y triste de las nebulosas mañanas del [4]
invierno, teñía de un vago azul los vidrios de mis balcones.
A [5]
través de ellos se divisaba casi todo Madrid.
Madrid envuelto en una ligera neblina, por entre
cuyos rotos jirones levantaban sus crestas oscuras las chimeneas, las boardillas, los
campanarios y las desnudas ramas de los árboles.
Madrid, sucio, negro, feo como un esqueleto
descarnado, tiritando bajo su inmenso sudario de nieve.
Mis miembros estaban ya ateridos; pero entonces
tuve frío hasta en el alma.
Y, sin embargo, yo había vuelto a respirar la
tibia atmósfera de mi ciudad querida; yo había sentido el beso vivificador de sus brisas
cargadas de perfumes, su sol de fuego había deslumbrado mis ojos al trasponer las verdes
lomas sobre que se asienta el convento de Aznalfarache. [6]
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Aquel mundo de recuerdos lo había evocado como
un conjuro mágico un libro.
Un libro impregnado en el perfume de las flores
de mi país; un libro del que cada una de las páginas es un suspiro, una sonrisa, una
lágrima o un rayo de sol; un libro, por último, cuyo solo título aún despierta en mi
alma un sentimiento indefinible de vaga tristeza.
¡La soledad!
La soledad es el cantar favorito del pueblo en mi
Andalucía. |