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1. Prólogo a la primera edición
(1871)
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
Confieso que he echado sobre mis
hombros una tarea superior a mis fuerzas. En vano he retardado el momento. La edición
está ya terminada; todo el mundo ha cumplido con el deber que impuso una admiración
unánime, y las páginas que siguen, donde se contiene todo lo que precipitadamente
trabajó en su dolorosa vida mi pobre amigo, sólo aguardan estos oscuros renglones míos
para convertirse en una obra que edita la caridad, y que el genio de su autor hará vivir
eternamente. ¡Póstuma y única recompensa que él puede dar al generoso desprendimiento
de sus contemporáneos y amigos!
¡Salga, pues, de mi pluma,
humedecido con el tributo de mis lágrimas, antes que el relato de la vida y el juicio de
las obras del malogrado escritor, un testimonio de justicia hacia esta generación entre
la cual me agito, generación que a riesgo de su vida ahuyenta la muerte de los infectos
campos de batalla y da su oro para el libro de un poeta!
Majestades de la tierra, artistas,
ingenieros, empleados, políticos, habitantes de la ciudad, de las aldeas escondidas,
todos los que en esa larga lista que ante mí tengo, habéis depositado, desde la cantidad
inesperada, por lo magnífica, hasta el óbolo modesto, recibid por mi conducto un voto de
gracias, a que hacen coro los temblorosos labios de hijos sin padres y de madres sin
esposos; pues no sólo habéis salvado del olvido las obras de Bécquer, sino que, al
borde de su tumba, habéis allegado el pan cotidiano que libertará de la miseria a seres
desvalidos.
Los encargados de llevar a cabo tal
empresa hubieran tenido un gran placer en poner al frente de la edición los nombres de
los que a ella han contribuido; pero la caridad acreciolos tanto, que su inserción
hubiera aumentado el gasto notablemente. El distinguido pintor señor Casado, a cuya
iniciativa, actividad y arreglo se debe casi todo el éxito de la recaudación, publicará
en tiempo oportuno, y en unión con los demás amigos que han llevado a término esta
obra, las cantidades recibidas y las que se han invertido, para justa satisfacción de
todos. No menos alabanza merece el Sr. D. Augusto Ferrán, inseparable amigo del malogrado
Bécquer, que no se ha dado punto de reposo en el asiduo trabajo de allegar materiales
dispersos, coleccionarlos, vigilar la impresión y demás tareas propias de estos
difíciles y dolorosos casos, ayudado del señor Campillo, tan insigne poeta, como bueno y
leal amigo. Hasta aquí lo que sus admiradores han hecho para perpetuar la memoria del que
se llamó en el mundo Gustavo Adolfo Bécquer.
Hablemos de él.
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Toda mi vida de poeta, todos los
delirios, esperanzas, propósitos y realidades de mi juventud han quedado sin diálogo con
su último suspiro. Al extender la muerte su fría mano sobre aquella cabeza juvenil,
inteligente y soñadora, mató un mundo de magníficas creaciones, de gigantescos planes,
cuyo pálido reflejo son las obras que contiene este libro. Todo su afán era conseguir un
año de descanso en la continuada carrera de sus desgracias. Pobre de fortuna y pobre de
vida, ni la suerte le brindó nunca un momento de tranquilo bienestar, ni su propia
materia la vigorosa energía de la salud. Cada escrito suyo representa, o una necesidad
material, o el pago de una receta. Las estrecheces del vivir y la vecindad de la muerte
fueron el círculo de hierro en que aquel alma fecunda y elevada tuvo que estar
aprisionada toda su vida. Antes de morir, sospechó que a la tumba bajaría con él y como
él, inerte y sin vida, el magnífico legado de sus imaginaciones y fantasías, y entonces
se propuso reunirlo en un libro. La muerte anduvo más de prisa, y sólo pudo escribir la
introducción con que van encabezados sus escritos, las rimas y el fragmento titulado La
Mujer de Piedra, que además de revelar su poderosa inventiva, lleva el sello de su
idoneidad y no común saber en las artes plásticas.
Nació Bécquer en Sevilla el 17 de
febrero de 1836, siendo su padre el célebre pintor e inspirado intérprete de las
costumbres sevillanas. A los cinco años de edad quedó huérfano de éste, empezando sus
estudios de primeras letras en el colegio de San Antonio Abad, donde permaneció hasta los
nueve años, en que entró en el colegio de San Telmo para estudiar la carrera de
náutica. A los nueve años y medio viose huérfano de madre, y a los diez salió de dicho
colegio, por haberse suprimido. A tal edad encargose de Gustavo su madrina de bautismo,
persona regularmente acomodada, sin hijos ni parientes, por cuya razón le hubiera dejado
sus bienes, a no haber él renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete años y
medio, con el objeto de conquistar gloria y fortuna. ¡Como si en el campo de las letras
se hubieran nunca conquistado en España ambas cosas! Quería su madrina hacer de él un
honrado comerciante; pero aquel niño, que había aprendido a dibujar al mismo tiempo que
a escribir, cuya desmedida afición a la lectura le hacía encontrar horizontes más
anchos que el de la teneduría de libros, y que jamás pudo sumar de memoria, sólo
encontraba aplausos para sus primeras poesías, lo cual le decidió a vivir de su trabajo,
armonizándolo con la independencia de su carácter, y a venir a Madrid, como lo verificó
el año 54, sin más elementos que lo necesario para el viaje. Corría el año 56, y
entonces llegué también a buscar lo mismo que Gustavo, con quien en los primeros pasos
me encontré en el terreno de las letras. Mi carácter alegre y mi salud robusta fueron
acogidos con simpatía por el soñador enfermizo, y casi niños, se unieron nuestras dos
almas y nuestras dos vidas. Prolijo sería enumerar las peripecias de la suya, monótona
en desdichas. El año 57 se vio acometido de una horrible enfermedad, y para atender a
ella y rebuscando entre sus papeles, hallé El Caudillo de las manos rojas,
tradición india, que se publicó en La Crónica, siendo reproducida, con la
singularidad de creerse que el titulo de tradición era una errata de imprenta;
pues todos los que la insertaron en España o copiaron en el extranjero, la bautizaron con
el nombre de traducción india. ¡Tan concienzudamente había sido hecho el
trabajo!
Compadecido un amigo de sus
escaseces, buscole un empleo modesto, y juntos entramos a servir al Estado en la
Dirección de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categoría de
escribientes, fuera de plantilla. Cito este detalle, porque la cesantía de Gustavo en
aquel destino forma un rasgo descriptivo de su carácter soñador y distraído.
Tratose de hacer un arreglo en la
oficina, y el Director quiso por sí mismo averiguar la idoneidad y el número de los
empleados, visitando para ello todos los departamentos.
Gustavo, entre minuta y minuta que
copiaba, o bien leía alguna escena de Shakespeare, o bien la dibujaba con la pluma, y, en
el momento en que el Director entró en su negociado, hallábase él entregado a sus
lucubraciones. Como sus dibujos eran admirables, ya se habían hecho casos de atención
para todos, que se disputaban el poseerlos, aguardando a que los concluyera, mientras
seguían con la vista aquella mano segura y firme, que sabía con cuatro rasgos de pluma
hacer figuras tan bien acabadas. El Director se unió al grupo, y después de observar
atentamente aquel tan raro expediente en una oficina de Bienes Nacionales, preguntó a
Gustavo, que seguía dibujando:
Y ¿qué es eso?
Gustavo, sin volverse y señalando sus muñecos, respondió:
Psch... ¡Ésta es Ofelia, que va deshojando su corona! Este tío es un
sepulturero... Más allá...
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En esto observó Gustavo que todo el
mundo se había puesto de pie, y que el silencio era general. Volvió lentamente el
rostro, y...
¡Aquí tiene usted uno que
sobra! exclamó el Director.
Efectivamente; Gustavo fue declarado
cesante en el mismo día.
Excuso decir que él se puso muy
alegre; pues aquel alma delicada, a pesar de la repugnancia que le inspiraba el destino,
lo aceptó por no hacer un desaire al amigo que se lo había proporcionado.
Habíase propuesto Gustavo no
mezclarse en política y vivir sólo de sus artículos literarios, cosa imposible en
España, por lo escaso de la retribución y lo raro de la demanda; así es que tuvo que
alternar los escritos con otros trabajos. De este género son las pinturas al fresco que
deben existir en el palacio de los señores marqueses de Remisa, cosa que ignorará el
propietario, pues encargó la obra a un pintor de adornos, que no sabiendo pintar las
figuras, dio un jornal por ellas a Gustavo.
Fundose después El
Contemporáneo, y al brindarme con una plaza en su redacción el fundador y mi amigo
D. José Luis Albarda, conseguí que también entrase a formar parte de ella el autor de
este libro. Entonces escribió la mayor parte de sus leyendas y las Cartas desde mi
celda, que causaron admiración grande en los círculos literarios de España.
Para Gustavo, que sólo hallaba la
atmósfera de su alma en medio del arte, no existía la política de menudeo, tan del
gusto de los modernos españoles. Su corazón de artista, amamantado en la insigne escuela
literaria de Sevilla, y desarrollado entre catedrales góticas, calados ajimeces y vidrios
de colores, vivía a sus anchas en el campo de la tradición; y encontrándose a gusto en
una civilización completa, como lo fue la de la Edad Media, sus ideas
artístico-políticas y su miedo al vulgo ignorante le hacían mirar con predilección
marcada todo lo aristocrático e histórico, sin que por esto se negara su clara
inteligencia a reconocer lo prodigioso de la época en que vivía. Indolente, además,
para las cosas pequeñas, y siendo los partidos de su país una de estas cosas, figuró en
aquél donde tenía más amigos y en que más le hablaban de cuadros, de poesías, de
catedrales, de reyes y de nobles. Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones de
escritor a servicio de la ira, que, a haberlo hecho, más positivas hubieran sido sus
ventajas y más doradas las cintas de su ataúd. No estando destinado, por lo dulce de su
temperamento, a causar el terror de nadie, ni apto su carácter noble para la adulación o
la asiduidad del servilismo, condiciones que sustituyen con ventaja y provecho propio a la
acometividad y energía, Gustavo no podía hacer gran papel entre las revueltas,
distingos, escándalos, exhibiciones y favoritismos de los que, salvando rarísimos
ejemplos, forman la mayoría de los afortunados en política, con relación a los bienes
materiales; y, hecho fiscal de novelas, desempeñó su destino lo mejor que pudo, haciendo
dimisión tan luego como cayó del poder la persona que había firmado su nombramiento, el
Excmo. Sr. D. Luis González Brabo, artista como pocos, y apreciador sincero y leal del
mérito de Gustavo.
El año 62, su hermano Valeriano,
célebre ya en Sevilla por sus producciones pictóricas, vino a reunirse y a vivir con
él, como en los años de su niñez trabajosa. Después de graves disgustos domésticos
que ambos experimentaron, cesante el poeta, el pintor sin la pensión, que devolvía en
magníficos cuadros de costumbres al Ministerio de Fomento, la muerte comenzó a
prepararles un recibimiento tan ingrato y oscuro como el que tuvieron en los primeros
pasos de su vida. Volvieron los ímprobos trabajos de los primeros días, el malestar de
la hora presente, la cruel incertidumbre de lo cercano; pero la desdicha tenía que
habérselas con veteranos de sus rigores. Ambos hermanos unieron sus esfuerzos, y mientras
el uno dibujaba admirablemente maderas para Gaspar y Roig o La Ilustración de Madrid, el
otro traducía novelas insulsas o escribía artículos originales, como el de Las hojas
secas, contentos con vivir juntos y llevar pan a sus tiernos hijos, hablando el pintor
de sus futuros cuadros, para cuando tuviera lienzos, y el poeta de sus grandiosas
concepciones, para verlas realizadas, cuando la perentoria necesidad del día no fuese
precipitado final de sus ensueños.
Una de las formas que más complacen
a la Desgracia entre el sinnúmero de sus horribles disfraces, es la de la Felicidad. Como
el tigre con su presa, parece jugar con sus víctimas; y cuando el golpear de sus fatales
hábitos ha embotado las sensaciones, semeja abandonar a los que atormenta, y, siempre
acechando, deja que se olviden de ella, permite que el bienestar se introduzca temeroso
aún en su morada, que los sueños color de rosa acaricien tímidas fantasías; y cuando
ya el mortal, objeto de sus odios, créese libre de sus ultrajes, tiende de pronto su
garra certera y pone fin con un tormento inesperado e irremediable a todas las agonías,
helando en los labios la sonrisa de aquellos que ya empezaban a regocijarse con su huida.
Esto aconteció en la morada de los
hermanos Bécquer. Cuando ya habían conseguido, unificando sus esfuerzos, organizar
modesta manera de vivir; cuando un porvenir artístico e independiente les sonreía;
cuando el trabajo comenzaba a ser en aquella casa el sosiego del precavido y no la
precipitación del destajista; cuando ya se podía retratar a un amigo por obsequio, y
escribir una oda por entusiasmo, la muerte de Valeriano tiñó de luto el alma de sus
amigos y contaminó con su frío el corazón de Gustavo, siéndole tanto más sensible el
golpe, cuanto más refractario era aquel espíritu ideal a la seca verdad del no ser.
Herida sin cura aquel alma fuerte,
pronto había de destruirse la débil materia que, a duras penas, la había contenido. El
23 de setiembre del año 70 dejó de existir Valeriano. El 22 de diciembre del mismo año
exhaló Gustavo su último suspiro.
¡Extraña enfermedad y extraña
manera de morir fue aquella! Sin ningún síntoma preciso, lo que se diagnosticó
pulmonía, convirtiose en hepatitis, tornándose a juicio de otros en pericarditis; y
entretanto el enfermo, con sus cabeza siempre firme y con su ingénita bondad, seguía
prestándose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y muriéndose poco
a poco.
Llegó por fin el fatal instante, y
pronunciando claramente sus labios trémulos las palabras ¡TODO MORTAL!... voló a su
Creador aquel alma buena y pura, dotada de tan no comunes facultades artísticas, que yo,
pudiendo apreciar por el continuado trato las mayores capacidades literarias de mi época,
no vacilo en asegurar que ninguna he visto dotada a un tiempo de tantas condiciones
creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.
Aunque, como se verá después en el
rápido examen que de sus obras haga, deja impreso en ellas lo bastante el carácter del
genio para que se le señale un puesto entre nuestros escritores y poetas, los que le
conocíamos admirábamos a Gustavo, más por lo que esperábamos de él, que por lo que
había hecho. Puede decirse que todo lo que concibió está escrito al volar de la pluma,
sin recogimiento previo de las facultades intelectuales, y entre la algazara de
redacciones de periódicos o bajo el influjo de premiosos instantes. Esto mismo, que ve la
luz pública tal cual lo hemos hallado, no pensaba él publicarlo sin corregirlo antes
cuidadosamente, porque lo había escrito de prisa y como para que no se le olvidasen
asuntos e ideas que no le parecían malas.
En cada punto de España, que había
visitado durante su vida artística, había levantado su fantasía poderosa, unida a su
nada común saber, un mundo de tradiciones y de historias, sólo con ver brillar el
bordado manto de santa imagen, o leyendo apenas una inscripción borrosa en oscuro rincón
de arruinada abadía. Esto explica su estancia en el monasterio de Veruela, sus correrías
por las provincias de Ávila y de Soria, y las idas y venidas a Toledo, donde vivió un
año, y en donde estuvo tres días, veinte antes de morir. Para él Toledo era sitio
adorado de su inspiración; y la primera vez que con su hermano fue a visitarle,
ocurrioles un suceso por demás extraño.

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Una magnífica noche de luna
decidieron ambos artistas contemplar su querida ciudad, bañada por la fantástica luz del
tibio astro. Armado el pintor de lápices y el poeta-arquitecto de recuerdos, abandonaron
la vetusta corte, y sobre arruinado muro entregáronse horas enteras a su charla
artística, que puede el lector apreciar cuán interesante e instructiva sería, leyendo
los artículos sobre el Arte árabe en Toledo; La basílica de santa Leocadia
y La historia de San Juan de los Reyes, hecha por Gustavo en la magnífica obra
que, con el título de Historia de los templos de España, comenzó a publicarse en
Madrid por los años 57 y 58, bajo su dirección y propiedad; obra grandiosa, imaginada
por él, y que, a haberse continuado, sería la mejor y más a propósito para hacer la
crónica filosófica, artística y política de nuestra patria.
Hallábanse departiendo los
hermanos, cuando acercose una pareja de Guardias Civiles, que por aquellos días, sin
duda, andaban a caza de malhechores vecinos. Algo oyeron de ábsides, de pechinas, de
ojivas y otros términos a cual más sospechosos y enrevesados, unido a disertaciones
sobre el género plateresco de Berruguete y Juan Gua, sobre el artificio de Juanelo, etc.;
y examinando el desaliño de los que tal hablaban, sus barbas luengas, sus exaltados
modales, lo entrado de la hora, la soledad de aquellos lugares, y, obedeciendo, sobre
todo, a esa axiomática seguridad que tiene la policía de España para engañarse, dieron
airados sobre aquellos pajarracos nocturnos, y a pesar de protestas y de no escuchadas
explicaciones, fueron éstos a continuar sus escarceos artísticos a la dudosa y
horripilante luz de un calabozo de la cárcel de Toledo. También el gobernador debía
aguardar por aquellas cercanías la visita de temidos conspiradores, cuando, al amanecer,
los delincuentes honrados continuaban en su mazmorra.
Supimos todo esto en la redacción
de El Contemporáneo, al recibir una carta explicatoria de Gustavo, toda llena de
dibujos, representando los detalles de la pasión y muerte probable de ambos justos. La
redacción en masa escribió a los equivocados carceleros, y, por fin, vimos entrar sanos
y salvos los presos, parodiando ante nosotros con palabras y lápices las famosas
prisiones de Silvio Pellico. ¿Quién en aquellos ojos brillantes, risas estrepitosas y
sorprendentes facilidades para todo lo que era expresión de cualquier arte, hubiera
podido predecir estéril e inoportuna muerte?
Tal fue la vida de Gustavo. Diré
algo sobre sus costumbres y carácter antes de hablar del escritor, porque esto, que
llamaré prólogo, va haciéndose pesado, aunque los lectores buenos me lo dispensarán.
Paréceme al escribirlo que estoy hablando con algo suyo; que al estampar cada frase en su
alabanza, su infantil modestia se subleva, y que a cada error de estilo o grosería de
lenguaje míos, sus nervios artísticos se crispan y su voz cariñosa me riñe, como otras
veces, por mis innumerables descuidos y mi prisa en entregarme a la pereza.
Gustavo era un ángel. Hay dos
escritores a quienes en la vida he oído hablar mal de nadie. El uno era Bécquer, el otro
es Miguel de los Santos Álvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, él lo
defendía con poderosos argumentos; si la crítica era justa, un aluvión de lenitivos, un
apurado golpe de candoroso ingenio o una frase compasiva y dulce cubría con un manto de
espontánea caridad al destrozado ausente. Alguna vez escribió criticas. No hemos querido
insertarlas; pues, cuando cumpliendo alguna misión las hacía de encargo, a cada línea
protestaba de lo que censurando iba, y era de ver su apuro, colocado entre el sacerdocio
de la verdad y del arte y la mansedumbre de su buen corazón. Si desde el cielo, en que de
seguro habita, pues no es dado hallar infierno en otra vida al que en la tierra le tuvo,
tiende los ojos sobre este libro, sólo hallara en él lo que escribió sin remordimientos
de su bondad.
La fecundidad e inventiva de Gustavo
eran prodigiosas, y puede decirse que esto perjudicó a la importancia de sus escritos. Su
manera de concebir no era embrionaria, sino clara, metódica y precisa, tanto, que a sus
imaginaciones sólo faltaba un taquígrafo; pero encariñado con ellas y no queriéndolas
escribir con la precipitación del oficio, sino con el reposo del artista, íbalas dejando
para cuando pudiera conseguirlo.
A fin de poseer el sustento
escribió mucho y en géneros diferentes, como zarzuelas, traducciones, artículos
políticos y de crítica, un tomo sobre Los templos de España, y tenía meditados
y bosquejados, a la manera que antes he dicho, multitud de obras, cuyos títulos sólo
revelan facultades extraordinarias.
Para el teatro tenía concebidas,
sin que faltara el más pequeño detalle, las obras siguientes: El cuarto poder,
comedia. Los hermanos del dolor, drama. El duelo, comedia.
El ridículo, drama. Marta, poema dramático. ¡Humo!
ídem.
Entre las novelas, encuentro en sus
apuntes los títulos que siguen: Vivir o no vivir. El último valiente
y El último cantador, de costumbres andaluzas. Herrera.
Crepúsculos. La conquista de Sevilla.
En fantasías y caprichos, los que
siguen: El rapto de Ganimedes, bufonada. La vida de los muertos,
leyenda fantástica. La Diana india, estudio de la América. La
amante del Sol, estudio griego. La Bayadera, estudio indio. Luz
y nieve, estudio de las regiones polares.
Tenía perfectamente ideadas las
siguientes leyendas toledanas: El Cristo de la Vega, pintando un judío. La
fe salva. La fundadora de conventos. El hombre de palo, estudio sobre
Juanelo. La casa de Padilla, ocurrido sobre el solar abandonado. La
Salve. Los ángeles músicos. La locura del genio, estudio sobre el Greco.
La lepra de la infancia, estudio sobre el Condestable de Borbón.
Lo primero que pensaba escribir a
conciencia, según decía, era un poema en cuatro cantos, titulado Las estaciones.
Además tenía proyectados y hasta
versos hechos, de las siguientes poesías, que cada una había de formar un libro, a
saber: La oración de los Reyes. Los mártires del Genio, poema sobre los
dolores de los hombres famosos. Las Tumbas, obra artística y poética;
meditaciones sobre las sepulturas célebres. Un Mundo, poema sobre el
descubrimiento de las Américas; y otros títulos y otros planes que la muerte ha
encerrado con él en la tumba y cuya historia se halla escrita brevemente en el magnífico
prólogo, original suyo, que a este mío sigue, donde se hallan indicados la sospecha de
su muerte y el martirio que tantas creaciones, a las que sólo faltaba un poco de
actividad sosegada para ser reales, causaban en aquel cerebro tan potente y seguro. |
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Todas las obras que contienen estos dos tomos han sido escritas, como ya he dicho, sin
tomarse más tiempo para idearlas que aquel que tardaba en dibujar con la pluma lo que
había de describir o ser objeto de su inspiración; y eran de ver los primores de sus
cuartillas, festoneadas de torreones ruinosos, mujeres ideales, guerreros, tumbas,
paisajes, esqueletos, arcos, guirnaldas y flores. Rara era la carta que salía de su mano
sin ir llena de copias de lo que veía o caricaturas admirables sobre lo que narraba.
Ni de su triste vida, ni de sus
dolores físicos, quejábase nunca ni maldecía jamás. Mudo cuando era desgraciado, sólo
tenía voz para expresar un momento de alegría. Cuando refería contrarios sucesos de su
vida lo hacía, o entre burlas o poetizando alegre y simpáticamente la desgracia. Así es
que cuando leí sus rimas me afectaron profundamente. La única vez que exhalaba
quejas lo hacía en verso, y era que en aquella naturaleza artística, hasta el grito del
dolor había de escucharse sin vulgaridad, y semejante a los gladiadores antiguos que
dejaban caer con gracia el moribundo cuerpo, él no dejaba ver su lacerado espíritu, sino
envuelto entre las elegantes formas de plasticismo sevillano, pura y rígida escuela a que
sólo ha faltado ser más subjetiva y franca para ser perfecta.
Tal era el hombre. Ocupémonos por
fin del escritor y del poeta.
Llegado a este punto, preciso es que
abandone el alto criterio que las deslumbradoras facultades de Gustavo y la especialidad
de su trato habían engendrado en mis juicios, para examinar el conjunto de obras que nos
lega; las cuales, a pesar de no ser aquellas en que yo fundaba mi segura confianza,
forman, sin embargo, un conjunto que basta a dar idea fija de su importancia en el terreno
de nuestra literatura.
Sin entrar todavía en el campo de
las relaciones, basta abrir esta obra por cualquiera de sus páginas para sentir en el
mismo instante el ánimo agradablemente sorprendido, encontrándole fuera de esa
atmósfera de lo vulgar, que tantos se afanan por romper, domeñando, sobre todo en
España, la dificultad del lenguaje para expresar lo ideal y analítico del sentir
moderno. Aunque Gustavo, cuando escribía en reposo, jamás olvidaba que su cuna literaria
se había mecido en la patria de Herrera, Rioja, Mármol y Lista, como quiera que es un
escritor eminentemente subjetivo, jamás deben desligarse en el análisis para su crítica
la forma y la idea, dueña casi siempre ésta de aquélla, la una dictando, obedeciendo la
otra. En el fondo de sus escritos hay lo que podría llamarse realismo ideal,
único realismo posible en artes, si no han de ser mera imitación de la naturaleza o
anacronismo literario y han de llevar el sello de algo, creado por el artista. Sorprende a
veces su semejanza con ciertos autores alemanes, a quienes no había leído hasta hace muy
poco, y a los que se parece, porque sus producciones están pensadas y escritas con la
razón y la imaginación, que son en aquellos inseparables y como dos buenas hermanas
entre las que no hay secretos, ni odios, reinando siempre armonía inalterable, producto
del largo uso de la libertad de conciencia. Vese en Gustavo dominar siempre la idea a la
forma, por más que ésta sea brillante y riquísima y oculte en apariencia a aquélla
primorosamente; pues artista verdadero, es decir, hombre de sentimiento que atisba y oye
repetirse dentro de su ser en mil ecos cualquier sensación externa, sabe permanecer
siempre dentro del arte, o séase de lo bello, de lo bueno, de lo simpático, de lo
sublime que casi todos fantaseamos, aunque necesitemos las más de las veces que alguien,
el genio, nos lo enseñe y explique para comprenderlo y precisarlo. Como todos los autores
de estima, es Gustavo revolucionario, es decir, innovador y creador, amante de la verdad.
En sus escritos tiende más a conmover que a enseñar; porque el tiempo y la razón a él
y a aquéllos han demostrado, que despertar los sentimientos que duermen en el fondo del
alma es dar a los hombres la mejor enseñanza, llevándolos por el camino de lo bello (en
cualquier sentimiento fingido no hay belleza), a cuyo término está la única moral, la
moral subjetiva por decirlo así, la que se desprende de todas las sensaciones que han
agitado una vida. Todo hombre que siente, esto es, que puede conmoverse profundamente,
está en vías de perfeccionarse y de llegar a la verdadera moral; la moral, que a mi
juicio es la vida de la idea, la vida del cuerpo y del alma que viven en paz y armonía.
Sí: Gustavo es revolucionario;
porque como los pocos que en las letras se distinguen por su originalidad y verdadero
mérito, antes que escritor es artista, y por eso siente lo que dice mucho más de lo que
expresa, sabiendo hacerlo sentir a los demás. Es revolucionario, como los alemanes, pero
no por imitación, sino dentro de la espontaneidad y del arte, cuyos límites, por muy
dilatados que sean, no se pueden traspasar impunemente, aunque sí ensancharlos, siempre
que la imaginación y la razón, la idea y la forma vayan unidas, sin separarse un ápice
una de otra. He aquí por qué se parece a los alemanes; porque llega a esos límites y
sabe y tiene poder para agrandarlos, lo cual consiguen muy pocos. Sus leyendas, que pueden
competir con los cuentos de Hoffman y de Grimm, y con las baladas de Ruckert y de Uhland,
por muy fantásticas que sean, por muy imaginarias que parezcan, entrañan siempre un
fondo tal de verdad, una idea tan real, que en medio de su forma y contextura
extraordinarias, aparece espontáneamente un hecho que ha sucedido o puede suceder sin
dificultad alguna, a poco que se analicen la situación de los personajes, el tiempo en
que se agitan, o las circunstancias que les rodean. No son una idea filosófica que
ocultan tal o cual cosa y que quieren decir esto o lo otro; no: contienen una realidad
que, para grabarse más profundamente en el corazón, hiere primero la fantasía con
deslumbradoras apariencias, y, disipadas éstas, queda espontánea, fuerte y erguida. De
la verdad ha de brotar la filosofía, y no de ésta ha de resultar aquélla. Tal sucede en
las leyendas, en los artículos, y, sobre todo, en sus magníficas Cartas, modelos
de buen decir, verdaderas obras maestras de facundia y de lenguaje. El rayo de luna,
Los ojos verdes, ¿qué son sino cuadros fantásticos en que tal vez la locura de
un hombre hace brillar una idea para todos real y visible? Aquel contorno de mujer que
dibuja la luna, al atravesar las inquietas ramas de los árboles; aquel hada de ojos
verdes que habita en el fondo del lago, ¿qué representan sino la mujer ideal, pura, que
inspira el amor de los amores, el amor que todo corazón noble desea y siente, amor
interno, duradero, que jamás se encuentra en la tierra? ¿Qué significa aquel Miserere
magnífico de las montañas, que va a escuchar un músico extraño, y al que pone notas
tan extrañas como él, sino ese anhelar del artista, ese luchar sin reposo con la forma,
esa desesperación eterna por hallar digno ropaje, línea precisa, color verdadero,
palabra oportuna y nota adecuada al mundo increado de su alma, a los hijos brillantes de
su fantasía? ¿Qué nos enseña aquel viejo Órgano de Maese Pérez, que nadie
puede hacer sonar delante de Dios y del mundo, a no ser su propio espíritu, sino la
imposibilidad de las escuelas, ese arte de las serviles imitaciones, en que no deben
suceder falsos Rafaeles, Ticianos y Velázquez a los que así se llamaron en la tierra, a
menos que Dios no haga el milagro de permitir bajar del cielo el ánima que le entregaron
con el último estertor de la agonía?
Y si, teniendo presente que se
publican sus obras después de muerto el autor y sin la menor enmienda, examinamos el
estilo, la propiedad, el profundo conocimiento de épocas lejanas y de costumbres ya idas,
no podremos menos de admirar consorcio tan sorprendente entre la espontaneidad y el
estudio, entre lo fantástico y lo real.
Otra de las particularidades de
Gustavo, la más esencial a mi juicio, la que más claramente revela su genio noble y
elevado, es que personalmente siente y manifiesta sus particulares sensaciones,
resultando, y así debe ser, que aquéllas son comprensibles para todos, porque las
experimenta ni más ni menos que como cualquier otro, si bien revela la manera de
percibirlas bajo una forma poética, a fin de despertar esos mismos sentimientos en los
demás. Sus pasiones, sus alegrías, sus aspiraciones, sus dolores, sus esperanzas, sus
desengaños, son espontáneos e ingenuos, y semejantes a los que lleva en sí todo
corazón, por insensible que sea. Esta particularidad se revela en sus poesías con más
fuerza que en sus otros escritos. No finge nunca, dándole proporciones estéticas que al
pronto la hacen parecer grande, una pasión exagerada; atento siempre a la verdad dentro
del arte, habla según siente, y teniendo el don de sentir lo que impresiona a la
colectividad, don tan sólo concedido al genio, apodérase de todos los corazones, que
admíranse de ver a otro sorprender sus secretos y decir cuanto les conmueve, impresión
que cada cual creía exclusivamente suya.
¿Por qué esta poesía subjetiva ha
brillado tan poco en España, y cuando tal ha sucedido se ha verificado dentro de una
excepción del sentimiento humano?
No creo tanto en la influencia de
las razas como en la de las religiones, que generando las costumbres, preparan una
política, una literatura, un arte general dados, los cuales llegan a ser medios en que se
desarrollan fatalmente las inteligencias.
Asombra contemplar lo que pudo ser
la nación española inmediatamente después de la conquista de Granada y al advenimiento
de Carlos V. Era tanto el empuje de la anterior civilización, nacida entre la fe y la
guerra, entre el amor y el odio, que puede afirmarse la imposibilidad de encontrar, en
igual período de tiempo y circunstancias, pueblo que hubiese adelantado más terreno en
ciencias y en artes.
Aparece primero la poesía anónima
y heroica; inmediatamente la mística y didáctica, de Berceo y Alfonso el Sabio, con el
cual la prosa castellana, abandonando su hermosa cuna del Lacio, declárase libre de la
anterior tutela, hermoseada y rejuvenecida por la literatura provenzal y arábiga. El
pueblo que antes que ningún otro de Europa adquiría derechos y municipios, creó una
forma exclusivamente suya, cantando la gloria de sus héroes, la religión que le animaba
y el amor que le enardecía, en un metro que no tiene semejante en otro idioma.
El príncipe Juan Manuel burlábase
de las pretensiones de los frailes y de la alquimia de su tío Alfonso el Sabio; el
Arcipreste de Hita dejábase inspirar, ya por Epicúreo, ya por Cristo; la Danza de la
Muerte rivalizaba con todas las composiciones de su género en tétrica fantasía, y Pero
Lope de Ayala llevaba a la poesía la política.
El arte subjetivo, aunque
materialista, de la literatura árabe, encontraba eco en Jorge Manrique; los libros de
caballería no agotaban riquísimas imaginaciones, y las crónicas y los crepúsculos del
teatro, y la arquitectura y las ciencias, y el ingenio humano en todas sus
manifestaciones, con un carácter eminentemente nacional, recibían, entre la tolerancia
de cultos y las libertades de los pueblos, el influjo de todo lo bello, de todo lo grande
y de todo lo útil.
La poesía subjetiva no había
brotado aún, porque no era tiempo, pues ocupados los poetas en ensalzar sus héroes, en
adorar sus Santos, aliados fieles en guerras contra agarenos, y en reconquistar para la
religión y la patria antiguas el terreno arrebatado, no habían abandonado todavía el
campo de batalla, la plática en la asediada tienda de combate, ni el rezo a favor de la
victoria entre las arcadas del templo, para sustituir el mundo exterior, que les
embargaba, con la contemplación de sí mismos, al contacto de una sociedad tranquila y
adecuada a la reflexión y al examen.
Llegó por fin el momento de reposo;
y como si la Providencia, que vela por el equilibrio de las leyes materiales, temiese que
tanta fuerza moral acumulada desnivelase el mundo, abrió las playas apartadas, con objeto
de librar a Europa de la peligrosa energía de los españoles, y sentó en su trono un
rey, emperador de lejanos países, precediéndole en el gobierno un monje de carácter tan
elevado y firme, como hábil y fanático.
Al mismo tiempo que las Américas se
descubrían, la Inquisición, oponiéndose a la reforma y consiguiendo brillantemente
alejarla de España, comenzó a pesar sobre todas las inteligencias, y sin su permiso, ni
podía la fantasía crear, ni inquirir el alma humana.
Sintióse el hombre posesor de un
espíritu peligroso, y apartando la vista de este enemigo interno, que podía rodear su
cuerpo de las horribles llamas del Santo Oficio, suprimió su personalidad en todas las
concepciones de su inteligencia, y semejante a tímidas aves que vuelan rastreando o se
pierden tras las nubes, la hipocresía de la forma ocultó los sentimientos, o el
misticismo fue el espacio a que se remontó sereno el espíritu, sin que por ello lograra
escapar a persecuciones inesperadas.
Todos los escritores y poetas
subjetivos castellanos, Santa Teresa, Fr. Luis de León, San Juan de la Cruz, Juan de
Ávila, Fr. Luis de Granada, a pesar de haber sido después canonizados, tuvieron que
humillar sus puras frentes y anublar sus radiantes inteligencias ante las negras sotanas
de los inquisidores.
Si esto pasaba a los que eran
poeta-santos, ¿qué suplicio no hubiera encontrado el simple poeta terrenal, exponiendo
su alma desnuda a la zarpa de la Inquisición o al anatema de los conventos?
Derruida, por otra parte, la
estructura nacional política en los campos de Villalar, la forma tradicional poética y
artística perturbose también con influencias extrañas; pero era tal el empuje recibido
y tan peculiar y genérico nuestro carácter propio, que no bastaron a destruirle tan
instantáneos y rápidos contratiempos.
Desapareció el análisis de la
verdad, es cierto, en todo el territorio de España; pero no la fantasía ni la riquísima
vena de los españoles.
Perseguido el pensamiento, no murió
entre las manos que le apretaban, sino que amoldándose, como cuerpo fluido e impalpable,
a la forma de la materia que le oprimía, se escapaba ufano por todas las aberturas.
El poeta que amaba hacía
responsables de sus delirios a pastores y héroes de la Mitología, y los grandes
alientos, las dudas del alma, los placeres de la tierra encontraron hombres sin existencia
real, mundo ficticio en que desarrollarse, dentro de nuestro inmortal teatro, donde parece
que sus grandes genios se vengaron de la tiranía social que les oprimía, encerrando
todos los preceptos bajo llave y creando con la anarquía dramática el moderno
romanticismo, que no es más que la libertad de pensamiento en artes.
Pero entretanto, la poesía lírica,
esencialmente subjetiva, desarrollábase dentro de los estrechos límites de la forma,
acortando su vuelo a medida que se perfeccionaba, y manteniendo su existencia, bien
invadiendo el teatro, bien ensalzando a las veces triunfos compatibles con la religión y
la patria.
Sólo Rioja, ese gran genio de la
escuela sevillana, abre su alma a la verdad, y en aquella magnífica turquesa de su estilo
funde sus cantares, ya anonadando cortesanos aduladores, ya vertiendo lágrimas ante los
estragos del tiempo, ya cantando las flores hermosas, tan puras como su alma, que se
trasparenta siempre a través de sus poesías.
Pero no todos tenían la rigidez de
su espíritu, y ya la forma había dado de sí cuanto pudiera. Los retruécanos, la
mitología, los diferentes metros, los idiomas afines al castellano, todo se había
agotado. No había más remedio que lanzarse en el terreno de la idea y de la verdad, cuya
puerta vigilaba la Inquisición o introducir la anarquía del despecho en el campo de las
formas.
Góngora, Luzbel de nuestra
literatura, lanzado por la tradición del cielo de la libertad y queriendo progresar
dentro de lo limitado y finito, introdujo el estilo culterano.
La Inquisición mató la
espontaneidad y el análisis. El orgullo quebró el cincelado vaso de obligados
pensamientos.
Quedó únicamente la sátira,
revoloteando ya alegre y silenciosa, ya altiva y soberbia, sobre la frente del profundo
Quevedo, a quien no valió su astucia para pensar libremente en una mazmorra.
Imperó la teocracia, y un idiota
fue su última víctima y su ejemplar producto. No llegó a España la libertad del
pensamiento; pero sí, con el nieto de Luis XIV, el principio de autoridad literario, y
Moratín reglamentó de nuevo el arte, severamente conservado por la escuela sevillana.
Tras la revolución francesa operose
la revolución del mundo, y Quintana levantó su poderoso estro entre himnos a la libertad
y severas justicias de los tiranos. Con la invasión volvió España a pelear para verse
independiente, y una vez triunfante, no quiso volver a dormir el narcótico sueño de tres
siglos. Las artes resucitaron, el teatro volvió a levantarse, y la poesía lírica, tan
perfecta en la forma como en otros días, tuvo por sacerdotes de su culto hombres libres.
Mientras Zorrilla nos refiere
imperecederas tradiciones, Espronceda nos habla de sí mismo y del alma humana, y con él
esa poesía subjetiva, producto de la libertad del pensamiento, toma carácter de
naturaleza entre nosotros, demasiado apegados aún a la admiración de tiempos que
pasaron, hasta el punto de que hombres casi demagogos son perfectos reaccionarios en
cuanto hablan en verso.
No quiero por esto decir que la
poesía lírica ha de ser política. ¡Líbreme Dios de verla por este camino! Pero cuando
lo sea, debe representar su tiempo, como las obras que forman el glorioso catálogo de
nuestro Parnaso.
Creo haber probado lo bastante que,
lejos de ser la poesía esencialmente subjetiva imitación de extranjeros líricos, es
resultado natural de la moderna civilización, por lo cual comienza hoy a nacer en
España, más atrasada en todo que otros países.
A consecuencia de lo apuntado, y
volviendo a ocuparme de las poesías de Bécquer, diré que, aunque hay un gran poeta
alemán, Enrique Heine, a quien puede creerse ha imitado Gustavo, esto no es cierto, si
bien entre ambos existe mucha semejanza.
Heine, más independiente, es, sin
embargo, menos artista que Gustavo, y el deseo de ser original lo arrastra a veces más
allá de lo verdadero, siendo excéntrico y escéptico, no porque él realmente lo sea,
sino porque cree singularizarse de este modo, sin notar que, abandonando la verdad, huye
del arte, que es la unidad, de la que nadie se separa impunemente. En su poema Germania,
en su libro de Lázaro, hay pruebas de lo que digo, si bien, por fortuna, están
escondidas entre multitud de bellezas de primer orden. Otro autor a quien Gustavo se
asemeja es Alfred de Musset. Nada tiene de extraño, pues como él educose en el
clasicismo. Sin embargo, es menos mundano y ardiente que el inspirado poeta de las Cuatro
noches.
Las rimas de Gustavo, en que a
propósito parece huir de la ilusión del consonante y del metro, para no herir el ánimo
del lector más que con la importancia de la idea, son a mi ver de un valor inapreciable
en nuestra literatura.
Generalmente las poesías son
cortas, no por método o por imitación, sino porque para expresar cualquier pasión o una
de sus fases, no se necesitan muchas palabras. Una reflexión, un dolor, una alegría,
pueden concebirse y sentirse lentamente; pero se han de expresar con rapidez, si se quiere
herir en los demás la fibra que responde al mismo afecto. De aquí la explicación de
esas composiciones cortas, que han nacido modernamente en Alemania, donde todos los
grandes poetas las han cultivado. Goethe, Schiller, Heine y otros han escrito multitud de lieder
(lied-canción), que constituyen la actual poesía lírica alemana.
En España, aunque inculto, existe
hace tiempo ese género, como lo prueban la infinidad de nuestros cantares populares, en
que no se sabe qué admirar más, si lo profundo de los sentimientos y reflexiones, o la
concisión y naturalidad del estilo.
Todas las Rimas de Gustavo
forman, como el Intermezzo de Heine, un poema, más ancho y completo que aquél, en
que se encierra la vida de un poeta. Son, primero, las aspiraciones de un corazón
ardiente, que busca en el arte la realización de sus deseos, dudando de su destino, como
cuando exclama:
Saeta que voladora,
cruza arrojada al azar,
y que no se sabe dónde
temblando se clavará;
Gigante ola que el viento
riza y empuja a la par,
y rueda y pasa y se ignora
qué playa buscando va.
Siéntese poeta, y dice:
Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida,
sin formas de la idea.
.........................
.........................
Yo ondulo con los átomos
del humo que se eleva,
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.
Yo, en los dorados hilos
que los insectos cuelgan,
mézcome entre los árboles
en la ardorosa siesta.
............................
............................
Yo, en fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta!
No encontrando realizada su ilusión
en la gloria, vuélvese espontáneamente hacia el amor, realismo del arte, y se entrega a
él, y goza un momento, y sufre y llora, y desespera largos días, porque es condición
humana, indiscutible, como un hecho consumado, que el goce menor se paga aquí con los
sufrimientos más atroces. Anúnciase esta nueva fase en la vida del poeta con la
magnífica composición que, no sé por qué, me recuerda la atrevida manera de decir del
Dante:
Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman...
................................................
................................................
mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?...
¡Es
el amor que pasa!
Sigue luego desenvolviéndose el
tema de una pasión profunda, tan sentida como espontánea.
Una mujer hermosa, tan naturalmente hermosa, que
ella tiene la luz, tiene el perfume,
el
color y la línea,
la forma engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía,
conmueve y fija el corazón del
poeta, que se abre al amor, olvidándose de cuanto le rodea. La pasión es desde su
principio inmensa, avasalladora, y con razón, puesto que se ve correspondida, o, al
menos, parece satisfecha del objeto que la inspira: una mujer hermosa, aunque sin otra
buena cualidad, porque es ingrata y estúpida. ¡Tarde lo conoce, cuando ya se siente
engañado y descubre dentro de un pecho tan fino y suave, un corazón nido de sierpes,
en el cual no hay una fibra que al amor responda! Aquí, en medio de sus dolores,
llega el poeta a la desesperación; pero, cuando ésta le lleva ya al punto en que se
pierde toda esperanza, él se detiene espontáneamente, medita en silencio, y aceptando
por último su parte de dolor en el dolor común, prosigue su camino, triste,
profundamente herido, pero resignado; con el corazón hecho pedazos, pero con los ojos
fijos en algo que se le revela como reminiscencia del arte, a cuyo impulso brotaron sus
sentimientos.
Piensa antes en lo solos que se
quedan los muertos, y siente dentro de la religión de su infancia un nuevo amor, que
únicamente pueden sentir los que sufren mucho y jamás se curan; un amor ideal, puro, que
no puede morir ni aun con la muerte, que más bien la desea, porque es tranquilo como
ella; ¡como ella callado y eterno! Se enamora de la estatua de un sepulcro, es decir, del
arte, de la belleza ideal, que es el póstumo amor, para siempre duradero, por lo mismo
que nunca se ve por completo correspondido. En mi incompetencia, declaro que esta
composición última me parece una de las más perfectas en castellano, no sólo por su
vaguedad, misterio y dificultad de precisar claramente, sino por lo correcto y acabado de
la forma.
Tal fue Gustavo A. Bécquer, como
hombre y como poeta, en lo que puede apreciar el público.
Todo lo que atesoraba en su
imaginación está dicho en el siguiente prólogo suyo.
Leedlo pronto y olvidad el mío,
escrito nada más que por acompañarle siempre. Él sólo, desde la otra vida, podrá
apreciarlo.
......................................................................
......................................................................
¡Ojalá seas eterno, libro que
compendias la vida de mi pobre amigo!
RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA |
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