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Pese a la urgencia
con que se estampó, el Quijote de veras de 1605 (la princeps
pertenece en realidad al año anterior, y a ratos nos será cómodo
identificarla con la mención de ese año) no es una mera reimpresión,
sino, diríamos hoy, una edición corregida y aumentada. Cuando
se coteja con los de Lisboa o, en general, se atiende al modo de
proceder en la inmensa mayoría de los otros que vieron la luz en
el siglo XVII, el madrileño se revela diáfanamente como fruto de
un deliberado trabajo de revisión, enderezado a salvar descuidos
e incoherencias que en Lisboa pasan inadvertidos o a introducir
enmiendas del todo extrañas a las costumbres y capacidades de los
cajistas de la época.
Podemos estar seguros de
que las dos variaciones más relevantes respecto al texto de 1604
se deben al propio Cervantes y fueron incorporadas por él mismo
a un ejemplar de la princeps. En efecto, las dos largas interpolaciones
(entre ambas, cerca de ochenta líneas) que intentan remediar las
sorprendentes desapariciones y reapariciones del asno de Sancho
Panza (véanse I, 23, n. 18, y 30, n. 12) se muestran sistemáticamente
acordes, hasta en aspectos mínimos, con los usos lingüísticos y
estilísticos cervantinos, y llegan a coincidir con rasgos que nadie
podía identificar, porque no ocurren en ningún otro momento de la
Primera parte y únicamente vuelven a encontrarse, diez años después,
en la Segunda. Por otro lado, el anacoluto y la frase que enlazan
el inserto sobre la pérdida del rucio con la versión de 1604 («el
cual, como entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón...»)
son tan característicos de nuestro escritor y, por su insignificancia,
habían de resultar tan imperceptibles, que solo a aquel cabe atribuirlos.
Cervantes, por tanto, no se limitó a redactar las dos interpolaciones
y encargar que otro las zurciera donde mejor cuadraran, sino que,
con la princeps ante los ojos, marcó «por sus pulgares» el
lugar preciso en que le pareció (erróneamente) que convenían y
modificó ahí el texto primitivo para casarlo con el nuevo.
La certeza de esa intervención
culpable de que una tercera parte del libro no pudiera reproducir
la princeps a plana y renglón, con el lógico aumento de costes
concede al volumen de 1605 un valor que en los últimos tiempos no
ha solido reconocérsele. Es inconcebible que con un libro flamante
en las manos, a largos años de La Galatea, y forzado
a retocarlo en ciertos aspectos, Cervantes no lo hojeara de punta
a cabo y, sabiendo que tenía que entregarlo a la imprenta, no aprovechara
para subsanar algunas erratas que le llamaran la atención y hacer
los pequeños cambios a que siempre invita el repaso de una obra
recién publicada. Entre las variantes de 1605, hay algunas inconfundiblemente
cervantinas (véase solo I, 26, 292, n. 12), pero, supuesto que el
autor hubo de bregar con un ejemplar del Quijote de 1604,
todas pueden legítimamente ser reputadas por tales.
Desde luego, es evidente
que Cervantes no releyó la novela línea por línea, corrigiéndola
metódicamente, porque de haberlo hecho, por distraído que fuese
(y lo era bastante), no se hubiera equivocado como se equivocó al
situar la primera interpolación sobre el asno en un capítulo (I,
23) en que nada arreglaba. No hay que pensar en cosa semejante a
la escrupulosa lectura de pruebas de un Galdós o un C. J. Cela, sino
en un picoteo aquí y allá, echando un vistazo a un episodio, deteniéndose
un poco en tal o cual página, saltándose las más... En esa rápida
travesía por el texto, pudo enmendar mucho o poco, mejor o peor,
pero es sumamente improbable que se contentara con intercalar los
dos pasajes en torno al robo del jumento. Lo prudente está en suponer
que no son del escritor las variantes que se explican por los mecanismos
familiares a la crítica textual y obedecen a la fenomenología habitual
de la transcripción. Ni siquiera esas, sin embargo, son acreedoras
de un estatuto particular: tomadas una por una, en pura teoría,
todas las correcciones significativas de 1605 tienen la misma probabilidad
de deberse a Cervantes, sean llamativas o discretas, buenas o malas
(porque, ante una copia o una impresión, los autores también caen
en la lectio facilior y otras emboscadas). Personalmente,
opinamos que no pasan de una veintena las que reúnen las condiciones
necesarias para considerarlas cervantinas. Pero el hecho es que
ante pocas nos cabe aseverar que lo son o no lo son.
La segunda edición debió
de venderse bien, aunque no espectacularmente (no, en especial,
como el Guzmán de Alfarache, la meta soñada), y a finales
de 1607 no quedaban ejemplares en la tienda de Robles. No es de
creer que le hicieran gran competencia las dos impresiones de Lisboa
(la de Jorge Rodríguez aún no se había agotado en 1616) ni la valenciana
de 1605, destinadas a otros mercados (la cuidadísima de Bruselas
salió cuando mediaba 1607). Sencillamente, el Quijote había
dejado de ser la novedad de gran moda, y hasta entrado 1608 no se
sintió la necesidad de una tercera edición, ahora sintomáticamente
más apretada de letra, para emplear menos papel y ofrecerla a mejor
precio.
Estampada «por Juan de la
Cuesta» (pero nos hallamos ya solo ante una marca comercial: el
individuo de carne y hueso llevaba meses huido de la Villa y Corte),
y de nuevo al tiempo que el mamotreto de Blosio, la edición de 1608,
con fe de erratas de junio, se atiene esencialmente a la segunda,
pero, como ella, si con menos fundamento, no quiere confinarse a
una simple reimpresión. En efecto, el texto muestra a veces haber
sido revisado por un corrector que reparó algunas de las inconsecuencias
(a cuenta del asno) que las otras imprentas españolas del Seiscientos
mantuvieron luego tranquilamente y obvió con destreza ciertos errores
de enmienda impensable por parte de un honrado cajista. Desde antiguo
se ha preguntado si el tal corrector no sería el propio Cervantes.
Las respuestas al propósito
van desde la afirmación tan decidida cuanto mal razonada de Juan
Antonio Pellicer (1797-1798) hasta la negativa implícita de quien
como R. M. Flores (1980) pretende que el novelista ni siquiera se
enteró de que existían la segunda y tercera edición madrileñas.
Ocurre, no obstante, que varios de los añadidos que Pellicer juzga
«mejoras» de Cervantes son inequívocos postizos introducidos en
la imprenta para rellenar una página que estaba quedando corta.
Por otra parte, no solo es necesario pensar que el autor tuvo noticia
de las ediciones de 1605 y 1608 (que probablemente le reportaron
incluso algunos dineros), sino que todo incita a presumir que asistió
de cerca a la elaboración de la última.
En 1608 Cervantes vive en
el barrio de Atocha, a cuatro pasos del taller donde se imprime
el Quijote y a otros tantos del establecimiento de Robles
(y cuando se traslade será para arrimárseles todavía más). Sabíamos
que con el librero tiene entonces tratos económicos (a finales
del año anterior resulta adeudarle cuatrocientos cincuenta reales),
y recientemente hemos averiguado también que entre 1607 y 1611 colabora
con él en tareas editoriales, como mínimo escribiendo, para que
Robles las firme, un par de hermosas dedicatorias.
Con ese trasfondo, no es
sostenible la hipótesis de que no supo lo que se guisaba en sus
mismísimas narices. Por el contrario, hay que dar por supuesto que
estaría puntualmente informado de la marcha del proyecto y visitaría
la imprenta con alguna asiduidad, viendo, con más interés aun que
don Quijote en Barcelona, «tirar en una parte, corregir en otra,
componer en esta, enmendar en aquella» (II, 62, 1142), y, como muchos
autores hacían, aclarando dudas ocasionales y echando una mano cuando
se terciara en la corrección de probas. Que la participación
de Cervantes no fue regular parece asegurarlo el desacierto de muchas
lecturas, mientras el tino de otras y el tiempo y lugar de la edición
inclinan a sospechar que sí se produjo de manera esporádica. Los
indicios del texto no desmienten las razonables inferencias del
contexto. Pero, tampoco ahora, ni unos ni otras tienen fuerza para
imponer una solución en los casos de duda.
Poco o mucho espoleado por
la continuación del Quijote que firmaba el apócrifo «Alonso
Fernández de Avellaneda», Cervantes acabaría la suya en los últimos
meses de 1614, aproximadamente por los días en que caducaba (o pedía
ser renovado) el privilegio del Ingenioso hidalgo, y no la
vería toda de molde hasta el otoño de 1615. El frontispicio y la
aprobación del licenciado Márquez Torres la llaman Segunda parte
del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, pero estamos
lejos de poder jurar que el autor no la hubiera bautizado simplemente
Segunda parte de don Quijote de la Mancha. Y en tanto las
Novelas ejemplares (1613) anuncian desde la portada el privilegio
para «los reinos de la Corona de Aragón» (que al parecer se hizo
esperar), la Segunda parte no lo trae sino para Castilla.
Si el primer Quijote
se fabricó en un plazo brevísimo, con el segundo da la impresión
de que nadie tuvo prisas, pero los resultados no fueron mejores.
Otorgado el privilegio a treinta de marzo, la impresión (nominalmente,
siempre «por Juan de la Cuesta») tardaría en comenzarse o se arrastraría
perezosa entre otros quehaceres, porque el cuerpo del libro no se
terminó hasta el veintiuno de octubre. Fuera cual fuera la tirada,
que ignoramos pero conviene poner en la cota alta, seis meses largos
para un tomo en cuarto de quinientas sesenta y ocho páginas (setenta
y un pliegos, completados en noviembre con los dos del cuaderno
preliminar) quieren decir que la publicación no urgía.
La parsimonia de 1615 no
dio, insisto, resultados más felices que las prisas de diez años
atrás. Materialmente, la Segunda parte tenía que hacer juego no
con la princeps de 1604, sino con la tercera edición del
Ingenioso hidalgo, aún sin agotar en las librerías, y efectivamente
lo hace en varios particulares (como los treinta y cuatro renglones
por plana), si acaso afeándola con tipos y papel más ruines. En
otros aspectos, el paso del original por el taller debió de repetir
la misma rutina de las ediciones anteriores (revisión por el corrector,
composición por formas, etc.), y no hay motivos para estimar que
sobrevinieran problemas como los que dieron un carácter tan anómalo
al pliego ¶ de 1604, con su falsa dedicatoria y la ausencia de aprobaciones.
Los incidentes fueron ahora los normales: hubo que rehacer tres
pliegos (de los cuadernos A, G y Q) y no pasan de treinta las páginas
con más o menos líneas de las debidas y donde por ende son especialmente
de temer podas o agregados de los tipógrafos.
Tanto más de temer, cierto,
cuanto los de 1615 dan abundantes muestras de torpeza. No es fácil
que la Segunda parte contuviera la notable cantidad de innovaciones
y cambios de última hora que Cervantes parece haber realizado en
1604 (fuera en el autógrafo, en una copia de amanuense o en ambos),
de modo que en la imprenta manejarían un original bastante más limpio.
(Incluso un error tan manifiesto como la colocación de una conseja
en lugar distinto del que le correspondía (véase II, 45, 994 y n.
24) tiene menos posibilidades de ser culpa de la imprenta que del
autor, que redactaría la adición luego e independientemente del
resto del capítulo, para intercalarla en hojas sueltas o añadirla
al final del manuscrito, y no haría en el texto primitivo todos
los ajustes necesarios.) Sin embargo, la proliferación de erratas
obvias es todavía mayor que en el Ingenioso hidalgo, hasta
duplicarlas en número.
Según veíamos, es probable
que en 1608, de tertulia entre la librería de Robles y el taller
de la viuda de Madrigal, no le faltaran a Cervantes las oportunidades
ni las ganas de echar un vistazo, para bien, a las pruebas del Quijote
de aquel año. En 1615, le quedaban pocos meses de vida; la imprenta,
desplazada a la calle de San Eugenio, no era ya el lugar que le
resultaría familiar; y las relaciones con Robles tampoco serían
excelentes, cuando las Ocho comedias las editó, por los mismos
días de nuestra Segunda parte, Juan de Villarroel. Tal vez
nunca sepamos si alguna o algunas de esas circunstancias se dejan
relacionar con el penoso desaliño del Ingenioso caballero.
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