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El descrédito de un
concepto meramente político de la historia ha multiplicado los apelativos
y las divisiones basadas en referencias culturales («el siglo del
Barroco», «la España de la Ilustración», etc.). Por ello se habla
hoy corrientemente de «la España del Quijote», título adoptado,
entre otras obras dedicadas a la cultura de nuestro Siglo de Oro,
por los dos volúmenes de la gran historia de España que patrocinó
Menéndez Pidal. La España del Quijote y la España de Cervantes
son expresiones sustancialmente idénticas, pues si bien la composición
de la inmortal novela coincide con la década final de la vida del
escritor, no es menos cierto que en ella vertió las experiencias
de toda una vida. El Quijote apareció a comienzos del siglo
XVII, durante el reinando Felipe III, pero Cervantes fue un hombre
del XVI: su «circunstancia» fue la España de Felipe II, aunque viviera
lo suficiente para contemplar el tránsito de un siglo a otro, de
un reinado a otro, con todos los cambios que comportaba ese tránsito.
Decir que los años situados a caballo del 1600 fueron de transición
parece una banalidad; en el curso de la historia todas las épocas
son de transición, porque el devenir humano es una mezcla de continuidad
y cambio; pero hay épocas en las que las transformaciones se aceleran
y los contemporáneos experimentan la sensación de cambio, ya sea
para bien, como lo percibió Feijoo al pisar, ya anciano, los umbrales
del reinado de Fernando VI, ya para mal, y entonces surge la nostalgia
del «viejo buen tiempo».
Ambos sentimientos se mezclaban
en el sentir de los españoles en aquellas fechas; en 1598, al recibirse
la nueva del fallecimiento del solitario del Escorial, España experimentó
la sensación de alivio de toda persona liberada de una tensión insoportable;
las suntuosas exequias, las ampulosas oraciones fúnebres no podían
desvanecer los sentimientos penosos que se habían acumulado en los
últimos años del reinado del viejo monarca: las guerras incesantes,
las demandas de hombres y dinero, el carácter poco accesible de
un soberano que dirigía el mundo más bien a través de papeles que
de contactos humanos habían engendrado en Castilla un temor reverencial
y un mal solapado disgusto entre sus súbditos, que, al conocer su
desaparición, se sintieron a la vez apesadumbrados y ligeros, como
los escolares tras la ausencia del severo dómine. Por desgracia,
el caudal de confianza que se otorgaba a cada nuevo soberano se
agotó pronto, al comprobar la inoperancia del tercer Felipe, su
total entrega a don Francisco Gómez de Sandoval, marqués de Denia,
pronto decorado con el título de duque de Lerma, la inmoralidad
y avidez del favorito y de la cohorte de familiares y amigos que
lo acompañaba. Y si estas eran las encontradas sensaciones de la
generalidad del pueblo, más críticos aun eran los miembros de la
alta administración imperial (generales, embajadores, consejeros
de Estado), que temían que la nueva política internacional, tachada
de pacifista y abandonista resultara fatal para el prestigio
del mayor imperio del mundo, prestigio conquistado al precio de
tantos sacrificios.
Estos temores eran exagerados.
El nuevo equipo gobernante se hizo cargo de la necesidad de aliviar
el peso que soportaba España, en especial Castilla; circunstancias
favorables, como la desaparición de Isabel de Inglaterra y de Enrique
IV de Francia, y la coincidencia con un equipo gobernante en Holanda
inclinado también a una paz o, al menos, a una tregua (firmada en
1609) dieron la impresión de que iba a cesar el estrépito de las
armas. Los hechos demostraron que, en el fondo, la política del
gabinete de Madrid permanecía inmutable. Quería la paz, pero no
a cualquier precio; no al precio del triunfo del protestantismo
sobre el catolicismo y la humillación de la casa de Austria; por
eso, cuando la rama austríaca de los Habsburgo se vio acosada, el
hermano mayor, o sea, la rama española, entró con todo su poder,
con el oro de América y los soldados de los tercios, nuevamente
en liza.
En lo sustancial, pues, no
hubo cambio en la política de España. Pero ¿qué era España? Hay
palabras que usamos continuamente y que nos ponen en un aprieto
si tratamos de definirlas. ¿Era entonces España una nación, un estado,
un ámbito cultural o meramente una evocación de la antigua Hispania,
sin contenido sustancial? Las controversias nacionalistas de hoy
han agudizado el problema; se cuestiona que los Reyes Católicos
fundaran un verdadero Estado, que los habitantes de la Península
se sintieran solidarios, miembros de una entidad superior a la de
su pueblo, comarca o región y, aunque en estas afirmaciones hay
mucho de exageración y prejuicio, no puede negarse que el concepto
España estaba entonces lleno de ambigüedad. De un lado, lo
desbordaba una entidad más vasta, el Imperio, o, como entonces se
decía, la Monarquía; de otro, se descomponía en una serie de unidades
diversas y mal engarzadas: Castilla de una parte y los reinos integrantes
de la Corona de Aragón de otra tenían sus leyes, instituciones,
monedas, fronteras aduaneras, como también las tenía Navarra y,
a mayor abundamiento, Portugal, reunido en 1580 a este vasto conglomerado.
Y dentro de cada una de estas partes, la autoridad real tenía más
o menos fuerza, mayores o menores atribuciones. Especialísima era
la situación de Canarias y más aun la de las tres provincias vascongadas,
a pesar de que en muchos aspectos se consideraban incluidas dentro
de la Corona de Castilla.
No era esta una situación
peculiar de España. En su póstuma e inacabada historia de Francia,
Braudel ha hecho notar lo mismo respecto a la Francia del Antiguo
Régimen, con no pocas resonancias y supervivencias en la Francia
actual, que tan largo tiempo se ha tenido como modelo de homogeneidad.
Esas variedades, esas ambigüedades, esa herencia de un pasado medieval,
que aún tenía mucha vigencia, exigía de los gobernantes un conocimiento
muy detallado de las peculiaridades de cada reino, de cada provincia,
y un tacto exquisito para no herir susceptibilidades, porque el
privilegio no era la excepción sino la norma. Es poco exacto dividir
la España del siglo
XVI en países forales y no forales, porque fueros
y privilegios tenían todos. La diferencia consistía en que en unos
se trataba de una realidad viva, con la que había que contar, mientras
que en Castilla, después del fracaso de las Comunidades, la balanza
del poder se había desequilibrado de modo irreversible en favor
del poder real y, entonces, la solemne jura de los privilegios de
una ciudad de un reino, como hizo Felipe II al entrar en Sevilla
el año 1570, era una mera ceremonia que no le comprometía a nada,
mientras que la jura de los fueros de Aragón sí tenía un hondo significado;
tan hondo y tan anclado en el corazón de los aragoneses que, aún
después de los gravísimos sucesos de 1591, el monarca solo se atrevió
a introducir leves modificaciones en un sistema ya totalmente anquilosado.
La diversidad de los pueblos
que componían España se manifestaba también de modo espontáneo en
las naciones o bandos que se formaban en las universidades,
en los colegios, en ciertas órdenes religiosas y que no eran formaciones
sólidas, institucionales, sino agrupaciones ocasionales que delataban
afinidades y preferencias; así ocurría que con la nación vasca
se agrupaban otras gentes del norte, y con la andaluza, los extremeños
y murcianos, y en los castellanos puros se decantaban a veces los
manchegos de un lado y los campesinos, o sea, los de la Tierra
de Campos, por otro. No llegaron estos bandos a tener la virulencia
que en América tuvieron las divisiones entre peninsulares y criollos,
que preocuparon seriamente a las autoridades de las órdenes religiosas
y obligaron a establecer la alternativa, o sea, un turno
en la provisión de cargos; algo de eso hubo aquí en los capítulos
benedictinos, mas, por lo regular, las peleas de las naciones,
como en la Universidad de Salamanca, solo traducían afinidades innatas
sin contenido político. El caso de los portugueses es distinto:
no tuvieron reparo en usar ampliamente el castellano y en llamarse
españoles mientras España fue concebida como un ámbito cultural
(en el sentido amplio, antropológico, de esta palabra). Pero al
transformarse, en 1580, en una entidad política, este sentimiento
de pertenencia, de integración, fue sustituido por un rechazo total,
expresado con más violencia en las clases populares que en las altas,
y más en el bajo y medio clero que en las altas jerarquías.
Es fácil distinguir las raíces
históricas de esta diversidad de planteamientos: cuando la gran
crisis del siglo XVII puso a prueba el entramado íntimo de la Monarquía,
aquellas regiones con un pasado aún vivo de autogobierno reaccionaron
de forma muy distinta a aquellas otras englobadas en el complejo
castellano; es lógico que no fuera igual el comportamiento de Andalucía,
que tenía una acusada personalidad cultural pero nunca fue una entidad
política como Navarra o Cataluña. Ahora bien: mientras Portugal
rechazó la integración plena, en las demás partes de aquel conjunto
sí fue posible la integración gracias a la herencia medieval de
las fidelidades múltiples, tan alejadas de los nacionalismos excluyentes,
y que hacía posible que una persona conjugara un apego intenso a
su pueblo, a su patria chica (era muy intenso el patriotismo local),
con el sentimiento de pertenecer a una región, a una nación, a un
imperio y, por encima de todo, al orbe cristiano. La verdadera frontera,
más bien un foso profundo, era la que separaba esta comunidad cristiana
del Islam y de la infidelidad.
Dentro de la Cristiandad,
la multiplicidad de fronteras estaba atenuada por ese sentimiento
de pertenecer a una patria común; sentimiento quebrantado por la
disidencia religiosa que marcó un hito en las relaciones de los
pueblos europeos. Razones religiosas, políticas y humanas se mezclaban
en dosis variables en los sentimientos de los viajeros extranjeros
en España y en los españoles, tan numerosos, que salían fuera del
recinto de su patria. Al alejarse de España, aquellas diferencias
regionales se difuminaban; el viajero no se declaraba extremeño
o aragonés, sino español. Percibía en los países extraños una gradación,
unas sensaciones diversas de alejamiento o cercanía: el país más
cercano, Italia, por razones evidentes. Cervantes, como tantos de
sus compatriotas, se sentía allí como en su casa. Sus elogios a
las ciudades italianas revelan el afecto de quien habla de cosa
propia. ¡Qué diferencia con aquella Berbería, tan cercana y tan
lejana! No se puede comprender bien la España renacentista ni barroca
sin tener en cuenta estos influjos italianizantes que se infiltraban
en la vida española por mil caminos y de mil maneras.
Más notable es la fidelidad
a la Monarquía hispana de países muy diversos del nuestro, como
Flandes y el Franco Condado. Fidelidad al Príncipe-Símbolo, a una
entidad supranacional en la que cabían muchas personalidades nacionales
bajo la égida de un Poder moderador, de un árbitro imparcial al
que se denominaba Rey de España sin desmenuzar la multitud de títulos
jurídicos que encerraba este nombre. Los tratadistas podían polemizar
sobre el alcance y significado de esa titularidad; el pueblo sabía
de qué se trataba. Y porque en esta fase aún incompleta del Estado
era la Monarquía la figura jurídica que lo representaba y el motor
de aquel múltiple organismo es por lo que el carácter personal de
los reyes tuvo tanta importancia. De un reinado a otro las leyes
cambiaban poco, pero su aplicación cambiaba mucho; de ahí que una
división de la historia moderna de España por reinados, aunque tenga
cierto olor rancio, a conceptos pasados de moda, no deja de tener
efectividad. El talante personal de Felipe II dejó una profunda
huella; por ejemplo, él fue responsable del ensoberbecimiento del
tribunal de la Inquisición hasta límites increíbles; los gobernantes
del siglo XVII tuvieron que aplicarse, con paciencia, a limar las
garras de aquel monstruo que se había hecho temible no solo a los
herejes, sino a todos los organismos e instituciones.
Unidad y variedad eran también
las características de la sociedad española de la época. Ciertamente,
el panorama social de Galicia tenía numerosas peculiaridades, aún
más acentuadas en el caso de Vasconia. En los países de la Corona
de Aragón los gremios tenían un vigor institucional del que carecían
los castellanos, y había un estrato situado a medio camino entre
la nobleza y la burguesía comerciante, los ciutadans honrats,
que no tenía equivalente en otros países peninsulares. El clero
patrimonial, con visos de mayorazgos sacerdotales, estaba
mucho más arraigado en el norte que en el sur, y así podríamos ir
señalando una serie de diferencias, no incompatibles, sin embargo,
con una sustancial unidad. Unidad basada en la herencia ideológica
del Medioevo y reforzada por el interés de sus beneficiarios para
que no se alterase de forma esencial. De hecho, solo fue demolida,
y no por completo, en el siglo XIX.
Ese modelo de sociedad era
muy simple en teoría y muy complejo en la realidad. La teoría se
asentaba, como es bien conocido, en el reconocimiento de dos clases
privilegiadas, la nobleza y el clero, y un tercer estado que solía
llamarse general o llano. A veces se usaban otras
denominaciones, como estado de los buenos hombres pecheros,
porque el distintivo común de los privilegiados, aparte de otras
preeminencias, era no pagar pechos, o sea, impuestos directos,
personales, símbolo de sumisión y servidumbre. Este concepto estamental
de la sociedad era, por decirlo así, el oficial y reconocido; aparece
a través de toda la legislación, de la literatura jurídica, de los
arbitrios, memoriales y producciones de tipo político, tan abundantes
en aquella época; por ejemplo, en el llamado Gran Memorial que don
Gaspar de Guzmán dirigió a Felipe IV a comienzos de su privanza,
en el que, para dar una información al joven rey del pueblo que
tenía que regir utiliza el esquema estamental. Y, por supuesto,
aparece constantemente en la amena literatura, porque era el molde
en que se configuraba la realidad social; el Quijote usa
constantemente estos conceptos: nobles, plebeyos, señores, vasallos...
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