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La bibliografía crítica
del Quijote es, como el caos primitivo, vasta y pletórica.
Ya en el siglo XIX escaseaban los epítetos necesarios para ponderar
su inmensidad y, desde entonces, se han impreso no pocos millones
de palabras sobre el Quijote. El narrar la historia de su
interpretación desde 1605 hasta nuestros días dentro del breve ámbito
de un prólogo es, pues, una tarea que exige por parte del historiador
un brutal esfuerzo de selección. Solamente voy a tomar en cuenta
las interpretaciones que, bien por su amplia repercusión o por su
valor representativo, constituyen importantes hitos de esa evolución
histórica. Además, para dar un enfoque preciso a lo que pudiera
fácilmente degenerar en un catálogo de fechas, nombres y títulos,
pienso centrarme en una de las constantes de tal historia: el conflicto
entre dos actitudes hacia los clásicos. La primera es el tipo de
comprensión histórica definido por Schleiermacher, que remite siempre
al dominio lingüístico del autor y de sus lectores contemporáneos;
la segunda, de índole acomodaticia, trata de adecuar el sentido
del texto, a pesar de su infraestructura de supuestos arcaicos,
a la perspectiva mental del lector moderno. Esta segunda actitud
es la postura espontánea del lector medio y también la del crítico
literario, en cuanto portavoz de los intereses de ese simbólico
personaje.
Como suele pasar en los matrimonios,
la frecuente tensión entre las dos actitudes oculta una simbiosis
latente que se remonta a los orígenes de la hermenéutica la
ciencia de la interpretación de los textos sagrados, de la
cual se derivan las premisas de la historia literaria moderna. Si
bien la exégesis de la primera era del Cristianismo interpreta el
Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, acomodándolo por medio de
un código alegórico, aquellos intérpretes, ante la proliferación
de versiones heréticas, se vieron obligados a fijar reglas de interpretación
para acotar el terreno de las lecturas legítimas. La misma alternancia
entre flujo liberador y reflujo regulador puede observarse en la
tradición que ahora nos ocupa. Aquí, el yelmo de la acomodación
lucha por imponerse a la bacía del historicismo o de la metodología
rigurosa, y a la inversa, resultando muchas veces del conflicto
el objeto híbrido acuñado humorísticamente por Sancho Panza. Examinemos
un momento clave, a comienzos del siglo XX, en que nace el baciyelmo
de la crítica moderna del Quijote.
Un mito es una leyenda acerca
de los orígenes: su objeto es justificar las prácticas o creencias
de un pueblo, hallándoles una génesis divina. De acuerdo con esto,
el comentario de Unamuno, Vida de don Quijote y Sancho (1905),
debe considerarse una recreación mítica del Quijote, que
lleva la tendencia acomodaticia a sus últimas consecuencias. Para
comprender sus premisas, tenemos que echar nuestra mirada atrás,
hacia la segunda mitad del siglo
XVIII, cuando Herder puso en circulación
la idea de que cada pueblo tiene un alma histórica, que inspira
su peculiar manera de ser y alcanza su más cálida expresión en las
grandes obras de arte nacionales. Después de atravesar varias etapas
en su desarrollo a lo largo del siglo
XIX Hegel, Carlyle,
Taine, la tradición, casi a punto de agotarse, llega a su
culminación irónica en el comentario de Unamuno. Aquí, por medio
de caprichosas inversiones de las premisas de Cervantes, Unamuno
se muestra pícaramente consciente de lo idiosincrático de su comentario
al Quijote: por ejemplo, don Miguel toma al pie de la letra
la burlesca ficción de que nos las habemos con la crónica verdadera
de un caballero heroico; de ahí que trate a Cervantes como a un
tonto jovial incapaz de entender el alcance de su creación. ¿Interpretación
legítima o malabarismos de un prestidigitador perverso? A juzgar
por el prólogo a Del sentimiento trágico de la vida (1913),
la segunda alternativa parece la más verosímil. Aquí Unamuno declara
en tono desafiante: «¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no
quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí
descubro, pusiéralo o no Cervantes». Para Unamuno, este mensaje
vivo se relaciona con una corriente de espiritualidad congénita
a la esencia histórica del pueblo español, común a sus grandes santos
(San Ignacio, Santa Teresa) y a sus anónimas tradiciones populares.
Tal como ha sido plasmada en el personaje de don Quijote, concuerda
con el cristianismo secularizado, lúcidamente irracional, del propio
Unamuno, que él ofrece a los lectores españoles como vocación colectiva,
capaz de catalizar una futura regeneración de España. El don Quijote
unamunesco, pues, es un héroe mítico, vate de la fe propia de nuestro
tiempo.
Ya hemos observado que la
actitud acomodaticia lleva dentro de sí los gérmenes de su contraria
y no se resigna fácilmente a renunciar a sus derechos de legitimidad.
Resulta evidente para todo el que lo lee que el comentario de Unamuno,
a pesar de sus caprichos y bufonadas, aspira a imponerse al lector
como una legítima explicación del sentido del Quijote, y
descansa sobre la distinción entre el sentido vivo de un texto clásico
correspondiente a sus rasgos perdurables y la efímera capa histórica
que tanto les preocupa a los especialistas universitarios. Este
tipo de distinción la hallamos también en los demás miembros de
la llamada generación del 98, mayormente Azorín, quien, como Unamuno,
se opone vigorosamente al tipo de historia literaria vigente en
la época de Menéndez Pelayo (1856-1912). Lo que la generación aborrece
en esa pedagogía institucional es su cerril sensatez, típica del
positivismo decimonónico, preocupado siempre por el preciso sentido
filológico y los determinantes históricos del texto literario. Todo
ello, los noventayochistas pretenden reemplazarlo por una aproximación
íntima y viva a los clásicos, que los haga asequibles al lector
moderno y descubra en ellos señales que apunten a un nuevo ideario
colectivo, catalizador de una nueva España.
Sin embargo, por razones
evidentes, la nueva valoración de los clásicos no podía imponerse
eficazmente si no se tomaba en serio el problema metodológico al
que Unamuno volvía caprichosamente las espaldas. Esta justificación
metodológica la aportarían dos hombres ilustres: primero, José Ortega
y Gasset; después, Américo Castro. Consideremos primero las Meditaciones
del «Quijote» de Ortega, cuya publicación en 1914 marca el momento
en que el yelmo de la interpretación unamunesca se convierte
en baciyelmo.
En unas breves y, al parecer,
inocentes frases de su prólogo, Ortega efectúa una revolución en
la interpretación del Quijote, mediante una distinción entre
personaje y estilo: «Conviene, pues, que haciendo un esfuerzo, distraigamos
la vista de don Quijote, y vertiéndola sobre el resto de su obra,
ganemos en su vasta superficie una noción más amplia y clara del
estilo cervantino». Sugerencia que supone un rechazo tanto de la
interpretación noventayochesca del Quijote, centrada obsesivamente
en la figura del héroe, como de la crítica positivista (Morel-Fatio,
Rodríguez Marín), empeñada en ver los textos literarios como mero
reflejo o producto de las circunstancias históricas y biográficas
en que se engendraron. Para Ortega, como para su contemporáneo Benedetto
Croce, dichos textos tienen una estructura regida por leyes propias
e internas, de índole estética, que corresponden a la intuición
creadora del artista, su peculiar manera de ver el mundo: «El ser
definitivo del mundo no es materia ni es alma, no es cosa alguna
determinada, sino una perspectiva». Con esta afirmación, Ortega
sienta no solo las bases de su propia filosofía, sino las del cervantismo
moderno. Las palabras reflejan una filosofía post-kantiana que da
primacía a la mente, no a la materia, y le confiere la función de
estructurar a priori nuestro conocimiento de la realidad.
Por aquellos mismos años, Ferdinand de Saussure difundía unas enseñanzas
semejantes en su Curso de lingüística general, enseñanzas
que sus sucesores aplicarían al lenguaje literario, a la antropología,
a la semiótica en sus diversas ramas. La estilística (Spitzer, Hatzfeld,
Casalduero, Rosenblat), muy influyente en la crítica cervantina
del siglo
XX, sacará de tal fuente sus premisas fundamentales: sobre
todo, la concepción del lenguaje como un sistema formal reducible
a unos pocos principios dinámicos y simetrías estructurantes. El
pensamiento de Cervantes de Américo Castro (1925), que inaugura
el cervantismo moderno, es complementario de ese movimiento.
Pero, junto a esos elementos
nuevos, hay otros supuestos en el libro de Ortega que se remontan
directamente al romanticismo alemán: la mencionada creencia en el
alma de un pueblo; la idealización del arte como síntesis simbólica
del pensamiento de toda una época; la convicción a priori
acerca de la profundidad enigmática de las obras maestras. Estos
supuestos, que no desaparecerán, ni mucho menos, en el transcurso
del siglo XX, favorecen la supervivencia de la interpretación mítica
del Quijote. Así que, si bien Ortega opone una bacía
al yelmo de Unamuno, la oposición dista mucho de ser radical.
Para Ortega, el Quijote
es un llamamiento a los españoles para que domeñen la sensualidad
anárquica inherente a su cultura y reivindiquen su herencia teutónica:
la meditación, en un sentido lato del término. En efecto, sin mencionar
a Unamuno, Ortega contrasta el vitalismo irracional de aquel con
su propia filosofía de la razón vital. Para Ortega, la alucinación
de don Quijote, que toma por gigantes los prosaicos molinos de viento
del campo de Montiel, simboliza el eterno esfuerzo en el que se
debate la cultura toda por dar claridad y seguridad al hombre en
el caos existencial en que se halla metido. El error quijotesco,
pues, es heroico y ejemplar. Pero no constituye en absoluto una
advocación de un racionalismo abstracto, aislado en su torre de
marfil. Al enfrentar el plano del mito, propio del género épico,
con el plano de la tosca realidad, vinculado con la comedia, Cervantes
define la misión de la cultura en el mundo moderno y el tema del
género híbrido encargado de expresar su Weltanschauung: la
novela. Esa misión consiste en proclamar un nuevo valor, distinto
a las verdades absolutas o a las consabidas tradiciones milenarias:
la vida, radicada en el yo de cada ser humano. Tal es el
sentido de la aventura del retablo de maese Pedro. De la misma manera
que don Quijote se halla imantado por la ilusión teatral hasta el
punto de creer verdaderos los sucesos representados en el retablo,
asimismo el lector se halla sutilmente sugestionado por la ilusión
novelesca, arrastrado hacia su interior, gracias al truco mediante
el cual Cervantes opone ilusión (el retablo y lo que representa)
a realidad (el cuarto del mesón y los espectadores allí reunidos).
De esta manera, el lector percibe que la alucinación de don Quijote
simboliza el voluntarismo autocreador en que consiste la existencia
humana, obligada a alzar el vuelo del plano cotidiano hacia un «más
allá» de ideales subjetivos. Como veremos, las sucintas páginas
dedicadas a la aventura del retablo de maese Pedro son el punto
de arranque de dos corrientes de crítica literaria que surgen después
de la guerra civil española: el existencialismo y el perspectivismo.
Volvamos ahora al punto de
partida cronológico de nuestra historia: el siglo
XVII. «El Quijote
ni fue estimado ni comprendido por los contemporáneos de Cervantes»,
falla tajantemente Azorín en uno de sus ensayos. Este juicio, aunque
esencialmente falso, encierra una verdad a medias. Es falso porque
pasa por alto la gran popularidad de que disfrutó el Quijote
en la España del siglo
XVII, época en que era casi tan familiar
como el Romancero para el hombre de la calle. Un ejemplo curioso
de esta familiaridad nos lo ofrece la conversión de la lamentación
de Sancho por la pérdida del rucio en tópico consagrado que se saca
a colación cuando a algún personaje de comedia le sobreviene una
desgracia semejante*
. Ahora bien, lo que contribuyó sin duda a la consagración del tópico,
aparte de los méritos del pasaje, tan acorde con el regocijo, típico
en aquella época, ante cualquier confusión de lo asnal con lo humano,
son las asociaciones más o menos proverbiales que lo envuelven todo:
el famoso olvido de Cervantes con respecto a la pérdida y hallazgo
del rucio; el tema de la amistad de este con su amo, con antecedentes
en el refranero; la encarnación de Sancho y su asno en figuras carnavalescas
que desfilaban por las calles en fiestas públicas, como las organizadas
en honor de la Inmaculada Concepción en Utrera y Baeza en 1618.
El mencionado juicio de Azorín
es inexacto por dos razones más. En primer lugar, resta valor a
los enfáticos tributos que a los méritos de Cervantes invención,
ingenio, gracia, elegancia, decoro, discreción rinden jueces
tan calificados como Valdivielso, Salas Barbadillo, Tirso de Molina,
Quevedo, Tamayo de Vargas, Márquez Torres y Nicolás Antonio. El
juicio de este último es significativo. Para un siglo que estimaba
tan altamente el ingenio, no debe considerarse menudo elogio lo
siguiente, proferido por su principal bibliógrafo: «ingenii praestantia
et amoenitate, unum aut alterum habuit parem, superiorem neminem»
(por la excelencia y amenidad de su ingenio, tuvo algún que
otro igual, pero ninguno superior). En segundo lugar, Azorín
exige anacrónicamente que los hombres del siglo XVII, al enjuiciar
el Quijote, compartiesen el criterio de profundidad propio
de la generación del 98. Todos, sin excepción, incluso tan perspicaz
y entusiasta admirador de Cervantes como el francés Saint-Evremond,
vieron en la novela simplemente una obra de entretenimiento genial,
de naturaleza risible y propósito satírico. Como justificación de
esta «miopía» masiva, conviene añadir que los numerosos juicios
que el propio Cervantes emite sobre su obra no disienten esencialmente
de la opinión común; el más elocuente de estos juicios, por ser
sin duda el que Cervantes querría que tuviese valor de epitafio
literario, es la entusiasta salutación proferida por el estudiante
a quien Cervantes y su pequeña comitiva encontraron en el camino
de Esquivias a Madrid: «¡Sí, sí; este es el manco sano, el famoso
todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las Musas!»
(Persiles y Sigismunda, Pról.). Salutación repetida con variantes
en múltiples ocasiones en la Segunda parte del Quijote, donde
Cervantes recoge fielmente las reacciones de lectores contemporáneos
ante su libro, diferenciándolas según sus especies: juvenil, madura,
sofisticada, plebeya, regocijada, despectiva...
Sin embargo, el juicio de
Azorín llama la atención sobre una curiosa deficiencia en la actitud
del siglo XVII hacia el Quijote. Con algunas excepciones,
como el licenciado Márquez Torres, aprobador de la Segunda parte
del Quijote, el siglo se muestra extrañamente reacio a otorgar
a un autor tan estimado el rango clásico que lógicamente parece
corresponderle y que, en España, les fue conferido a Garcilaso,
Góngora, Lope de Vega, Alemán, Fernando de Rojas, Quevedo y Calderón.
A falta de tal promoción, la obra de Cervantes nunca consigue la
atención ponderada que se presta a estos otros autores. A este respecto,
es relevante comparar la fortuna del Quijote con la de Guzmán
de Alfarache y La Celestina, dos obras que, como
aquel, pertenecen a un género bajo y risible y son excéntricas en
relación con los cánones de la poética clásica. Los factores que
llevan a los traductores extranjeros de La Celestina y Guzmán,
y a Gracián, en sus fervorosos elogios a ambas obras en su Agudeza
y arte de ingenio, a elevarlas al nivel del Parnaso son la gravedad
ejemplar y sentenciosa, de origen libresco, que manifiestan. Cualidades
que para Gracián tienen el realce privilegiado de la agudeza. Aunque
el Quijote no esté exento, ni mucho menos, de tales propiedades,
Cervantes, en el Prólogo a la Primera parte, casi hace alarde de
renegar de las mismas y, en el cuerpo de la obra, tiende a ocultarlas
bajo un velo de amena jovialidad. Así que, a ojos de sus contemporáneos,
el Quijote no pone en primer término las cualidades más indicadas
para redimirle de cierto aire de alegre intrascendencia, y ello
a pesar del general reconocimiento de que Cervantes, «ese ejecutor
acérrimo de la expulsión de andantes aventuras» (Tirso de Molina),
se propuso un fin provechoso y lo logró con éxito fulminante. A
esto se deberá sin duda el que Gracián no mencione nunca el nombre
de Cervantes y el que aluda a él de forma tan despectiva en El
Criticón, en el episodio de la Aduana de las Edades, destinado
a calificar la lectura apropiada para la madurez varonil (El
Criticón, II, crisis primera). Por otra parte, algunas de las
cualidades más destacadas del Quijote la famosa urbanidad
de Cervantes, el naturalismo de su caracterización, su brillante
sátira contra la afectación literaria y los estereotipos y convenciones
novelescos no coincidían exactamente con los juicios de valor
preconcebidos vigentes en la época, al menos en España e Inglaterra.
Buen ejemplo al propósito es la versión del Quijote de Avellaneda.
Aquí desaparece todo el chispeante humor del estilo narrativo de
Cervantes, incluso la ficción acerca de Benengeli, los incansables
juegos de palabras, la parodia de diversos registros. Se esfuma
el relieve dado a la textura de la vida cotidiana y a la psicología
correspondiente. Se eliminan el entorno pastoril o montañoso, imbuido
de alusiones literarias y las continuas interferencias entre lo
cómico y la evasión romántica. Lo más llamativo de estas modificaciones
es el notable empobrecimiento de las personalidades de amo y mozo;
este, en manos de Avellaneda, se vuelve el simple gárrulo, tosco,
glotón y maloliente de la comedia del siglo XVI, mientras que aquel
apenas si sale del molde fijado por Cervantes en los capítulos iniciales
de su novela: el delirante y ensimismado imitador de literatura
caballeresca.
El Quijote goza de
mayor prestigio en Francia. En el siglo del bon goût y del
academicismo literario, los mencionados méritos del Quijote
cundieron como ejemplo práctico, repercutiendo brillantemente en
Le roman comique, de Paul Scarron, y recibieron aprobación
formal por parte del padre Rapin en sus Réflexions sur la poétique
dAristote (1674). Merecen mención especial los elogios
de su contemporáneo Saint-Evremond, que considera el Quijote
como el libro más capacitado para enseñarnos a formar «un bon goût
sur toutes choses»; partidario de los Modernos, en la querella de
los Antiguos y los Modernos, equipara el Quijote con la Aminta
de Tasso y los Essais de Montaigne, que pueden rivalizar
con cualquier producción de la Antigüedad. Con estos juicios, pisamos
ya los umbrales del siglo XVIII.
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