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Algo se adivina, en
esta insólita determinación, de las tensiones propias del mundillo
literario coetáneo: parece ser la primera indirecta de Cervantes
contra un Lope de Vega que hacía un uso poco discreto de estos adornos,
y del que se conserva una carta, nada amena, en la que se refiere
a las dificultades que conoció su rival en la búsqueda de plumas
dispuestas a encomiar su libro. Pero, aquí, el partido elegido trasciende
lo meramente anecdótico; está en perfecta concordancia con lo novedoso
del propósito que anima al escritor: componer «una invectiva contra
los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles,
ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón», con miras a «deshacer
la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen» sus
«fabulosos disparates» (I, Pról., 17-18). Por si no viéramos hasta
dónde nos puede llevar semejante «invectiva» al revestir la forma
de una parodia de estos libros, Cervantes, con la resolución y firmeza
de un casi principiante de cincuenta y siete años, pone los puntos
sobre las íes, aclarando las finalidades que persigue y el pacto
que pretende establecer con sus lectores. Al procurar que, leyendo
su historia, «el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente,
el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el
grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla» (I, Pról.,
18), expresa una clara conciencia de su capacidad de innovación,
en tanto que, de entrada, somete su empresa al juicio del público.
A raíz del salto que damos
del prólogo a la historia propiamente dicha del hidalgo manchego
una vez salvados los versos preliminares, podría pensarse
que el yo cervantino va a esfumarse. Lo que ocurre, en realidad,
es que cambian y se diversifican, a la vez, las formas de su intromisión.
Cabe observar, ante todo, que este mismo yo vuelve a aparecer
como tal dos veces en el texto. Asoma acto seguido en la primera
frase del capítulo primero, cuando el narrador se niega a concretar
aquel lugar de la Mancha donde Alonso Quijano pasó su vida antes
de salir en busca de aventuras: un lugar, nos dice, «de cuyo nombre
no quiero acordarme».
El que expresa esta negativa
es un ser fantasmal (y, de creer a Rodríguez Marín, engastado, además,
en un verso de romance); pero, para nosotros, la pluma que ostenta
tiene que ser la del prologuista, en un momento en que no se han
introducido, todavía, los varios autores «que deste caso escriben»
(I, 1, 37). Más adelante, en el capítulo octavo, se prepara su reaparición:
tras suspenderse el combate de don Quijote con el colérico escudero
vizcaíno, se introduce improvisadamente la idea de que el relato
es obra de dos autores. Nunca se nos dirá quién es el segundo autor,
nacido de la voluntad de parodiar un recurso de los libros de caballerías.
Pero es precisamente entonces cuando el yo del capítulo primero
vuelve a tomar la palabra, para contarnos luego, en el capítulo
noveno, cómo halló en Toledo la continuación de las aventuras del
héroe, cómo se enteró de que esta narración, más o menos fidedigna,
fue compuesta por Cide Hamete Benengeli, y cómo la hizo traducir
al castellano por un morisco aljamiado. Por muy borroso que nos
resulte, sus andanzas por el Alcaná, su natural inclinación a leer,
«aunque sean los papeles rotos de las calles» (I, 9, 107), hacen
que no se le pueda reducir a una mera persona gramatical: lo relacionamos,
de manera espontánea, con la figura del manco de Lepanto.
Solo que su intervención
se complementa con la primera mención de Cide Hamete, la más fascinante
de las máscaras inventadas por Cervantes para disimularse y excitar
así nuestra curiosidad. Si se admite la etimología propuesta por
Bencheneb y Marcilly, el mismo nombre de Cide Hamete Benengeli conlleva,
en sus tres segmentos, una notable carga autobiográfica: este señor
(Cide) que más alaba al Señor (Hamete)
no sería, a despecho de Sancho, moro aberenjenado, sino, paradójicamente,
Ben-engeli; es decir hijo del Evangelio y no
del Alcorán, y, como tal, cristiano. De ahí el que Cide Hamete venga
a reclamar para sí la responsabilidad exclusiva de la narración.
Pero las circunstancias de su introducción, su marginación con respecto
al relato, así como el juego de encajes al que da lugar, bastan
para evidenciar, desde el principio, todo lo que separa a nuestro
moro de un narrador omnisciente.
Así se entiende mejor cómo,
en esta proliferación de voces narrativas, se expande y diluye a
la vez el autobiografismo del Quijote: un autobiografismo
disperso, fragmentado, que se descubre al lector en el fluir de
la narración, detrás de unas alusiones no siempre fáciles de entender
y apreciar como se deben. Requieren, eso sí, la mirada atenta de
un conocedor de la época, pero siempre con el riesgo de referirlas
preferentemente a unas experiencias singulares, concediéndoles otro
valor del que tienen en realidad. Pongamos por caso la boca sin
muelas de don Quijote, consecuencia de la aventura de los carneros:
¿será lícito ver en ella una réplica de otra boca monda y desnuda,
la del propio Cervantes, tal como se describe en el prólogo a las
Novelas ejemplares *?
Asimilación, por cierto, peligrosa.
En una conexión menos azarosa,
otras ocurrencias, esparcidas a lo largo de las dos partes de la
novela, remiten, de forma más bien velada, a la gravitación del
escritor, a su vida privada, a su formación intelectual o a los
varios ambientes que llegó a conocer. Esta contaminación del relato
por el vivir cervantino puede observarse, a veces, en dichos que
son reveladores, con toda probabilidad, de una actitud personal
no siempre de abierta disconformidad, pero sí, al menos, de marcada
reserva frente al tono medio de la España filipina. Suele citarse,
entre numerosos ejemplos, una conocida frase de Sancho, a veces
aducida en el debate sobre la supuesta «raza» de Cervantes: «Dos
linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son
el tener y el no tener» (II, 20, 799). También cabe mencionar, más
allá de su posible relación con tal o cual fuente, oral o escrita,
varias sentencias de don Quijote sobre la virtud, que «vale por
sí sola lo que la sangre no vale» (II, 42, 971), o sobre si el juez
ha de ser riguroso o compasivo (II, 42, 971). Pero en esta reconstrucción
problemática de una visión cervantina del mundo por no decir
de un «pensamiento» hay que andar, por cierto, con pies de
plomo. La defensa que hace don Quijote de la justicia en sí, a la
hora de poner a los galeotes en libertad, puede leerse a la luz
de los abusos cometidos en esta materia por los poderes públicos,
indiferentes a la discordancia entre delitos y penas. Pero el campeón
de esta justicia ideal sigue siendo un inadaptado: lo atestigua
el que pida a los forzados, en señal de agradecimiento, que vayan
a presentarse ante Dulcinea cargados de sus cadenas. Mientras el
ingenioso hidalgo queda atrapado en este absurdo, Cervantes se nos
desliza. Tampoco debe engañarnos el elogio de la libertad que se
pone en boca del caballero: para entenderla en su cabal sentido,
conviene relacionarla con su contrario el cautiverio
con el cual forma díptico aquí (II, 58). Dicho de otro modo, no
hay que tomar estas oraciones al pie de la letra, ni separarlas
de sus respectivas contextualizaciones, sino tener en cuenta la
polifonía que las va diseminando entre don Quijote, Sancho, el cura
Pero Pérez, Sansón Carrasco o Cide Hamete: uno de los muchos recursos
aprovechados por Cervantes en la construcción de un relato que iba
a abrir un nuevo camino en la historia de la prosa novelesca.
La voz del cautivo
Llega un momento, sin embargo,
en que este entronque entre vida y literatura se vuelve muchísimo
más llamativo; más exactamente en uno de los cuentos interpolados:
la historia de Ruy Pérez de Viedma, la cual, como es sabido, ocupa
en su casi totalidad los capítulos 39 a 41 de la Primera parte.
Nutrido de la rememoración cervantina del cautiverio, este relato
evidencia un autobiografismo ya no disperso, sino compacto; pero
no por eso deja de mantener una relación ambigua con las experiencias
del autor. Los sucesos que nos refiere el capitán hasta su captura
ofrecen, eso sí, un notable parecido con las aventuras del propio
Cervantes; pero no menos significativos son los constantes desajustes,
reveladores de una minuciosa reelaboración del material aprovechado.
Las mocedades de Ruy Pérez
de Viedma son tan azarosas como las del escritor; pero quien nos
las cuenta no es hijo de cirujano alcalaíno, sino primogénito de
un hidalgo leonés. Su partida a Italia corre parejas con la de Miguel,
salvo que no es huida y le lleva, en una serie de rodeos, a alistarse
en los tercios de Flandes. Luego, tras embarcarse en las galeras
de la Santa Liga, a las órdenes del mismo Diego de Urbina, el narrador
llega a combatir en Lepanto, con tanta valentía como el famoso manco;
pero no lo hace como soldado raso, sino en calidad de capitán de
infantería; y, en vez de quedar herido, es capturado por los turcos,
víctima de su temeridad.
Así es como el cautivo llega
a presenciar, al año siguiente, la acción intentada por don Juan
de Austria contra Navarino; pero, esta vez, la contempla desde el
lado enemigo. De esta manera, está en condiciones de puntualizar
«la ocasión que allí se perdió de no coger en el puerto toda el
armada turquesca» (I, 39, 455); y, desde el mismo enfoque, puede
enjuiciarse la caída de la Goleta, episodio funesto sucedido en
agosto de 1574, a consecuencia de la recuperación de Túnez por los
turcos. No solo deplora las fuertes pérdidas sufridas, sino que
nos da sin rodeos su opinión. Algunos, nos dice, han pretendido
que se podía haber conservado la fortaleza, aunque no hubiera sido
socorrida:
Pero a muchos les pareció,
y así me pareció a mí, que fue particular gracia y merced que el
cielo hizo a España en permitir que se asolase aquella oficina y
capa de maldades, y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad
de dineros que allí sin provecho se gastaban, sin servir de otra
cosa que de conservar la memoria de haberla ganado la felicísima
del invictísimo Carlos Quinto, como si fuera menester para hacerla
eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la sustentaran (I,
39, 457).
Aquí, sin lugar a dudas,
habla Cervantes por boca del capitán: a la hora del balance, y con
la altura de miras que se impone, aprueba el abandono de una plaza
sin verdadero interés estratégico y la liquidación, por dolorosa
que sea, de una conquista utópica e inútil como fue la del reino
de Túnez. De hecho, así es como razonó Felipe II, al cual, dicho
de paso, Ruy Pérez de Viedma nunca llega a acusar.
Una vez en Argel en tanto
que cautivo de rescate, Ruy Pérez de Viedma ve que su destino coincide
de nuevo con el de su creador. Igual que él, aunque en distintas
circunstancias, queda en poder del rey Hazán; y la visión que nos
ofrece de los baños se nos aparece henchida de los recuerdos del
escritor:
[Yo estaba] encerrado en
una prisión o casa que los turcos llaman baño, donde encierran
los cautivos cristianos, así los que son del rey como de algunos
particulares... Yo, pues, era uno de los de rescate, que, como se
supo que era capitán, puesto que dije mi poca posibilidad y falta
de hacienda, no aprovechó nada para que no me pusiesen en el número
de los caballeros y gente de rescate. Pusiéronme una cadena, más
por señal de rescate que por guardarme con ella, y así pasaba la
vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal,
señalados y tenidos por de rescate. Y aunque la hambre y desnudez
pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos
fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas
crueldades que mi amo usaba con los cristianos (I, 40, 462-463).
Cervantes, como queda dicho,
no era capitán; pero llevaba cartas de recomendación de don Juan
de Austria y del duque de Sessa, las cuales hicieron que los turcos
lo considerasen como «persona principal»; de ahí los quinientos
escudos de oro que, a pesar de su «falta de hacienda», su amo reclamó
como precio de su rescate. Ahora bien, como para desmentir esta
identificación, el narrador, en una manera de desdoblamiento, concluye
esta evocación de las crueldades del rey incorporando la figura
emblemática de un compañero:
Solo libró bien con él un
soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho
cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años,
y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó
dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que
hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él
más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera
ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros
y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia (I, 40,
463).
En este deslinde entre historia
y poesía, surge, pues, aquel soldado llamado Saavedra. Este nombre,
como se sabe, es el segundo apellido que Cervantes, al iniciar sus
comisiones andaluzas, añade a su patronímico: lo usa en el memorial
de 1590, dirigido al Consejo de Indias, pero no lo llevó ninguno
de sus antepasados directos; lo tomó, probablemente, de uno de sus
parientes lejanos, Gonzalo de Cervantes Saavedra, el cual había
sido obligado a huir de Córdoba, en 1568, tras un asunto de sangre,
y se embarcó en las galeras de don Juan, llegando tal vez a combatir
en Lepanto. Este segundo nombre, que se da a tres de los muchos
personajes que pueblan las ficciones cervantinas, ha sido interpretado
como una conducta de compensación: a falta de poder deshacerse,
por razones desconocidas, del patronímico paterno, Miguel lo habría
doblado en el plano social y simbólico. Sea lo que fuere, con el
triunfo del Quijote la posteridad ha consagrado, definitivamente,
el doble apellido de Cervantes Saavedra, en un desquite de todos
los fracasos experimentados por el que lo forjó.
Lo que sí viene a compensar
la odisea del capitán es la frustración nacida de las cuatro evasiones
fallidas del escritor. En enero de 1576, Cervantes trata en vano
de huir por tierra al presidio español de Orán. En septiembre del
año siguiente espera un barco mallorquín, que no acude a la cita
prevista. Seis meses después, en marzo de 1578, manda unas cartas
al gobernador de Orán por medio de un moro cómplice al que sorprenden
a la entrada de dicha ciudad y empalan por orden del rey. Por fin,
en octubre de 1579, proyecta armar una fragata de doce bancos y
ganar España con sesenta pasajeros, pero es denunciado por un renegado
florentino, manipulado por otro cautivo, el doctor Juan Blanco de
Paz. El mismo anhelo de libertad anima, en el Quijote, a
Ruy Pérez de Viedma:
Pensaba en Argel buscar otros
medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás me desamparó
la esperanza de tener libertad, y cuando en lo que fabricaba, pensaba
y ponía por obra no correspondía el suceso a la intención, luego
sin abandonarme fingía y buscaba otra esperanza que me sustentase,
aunque fuese débil y flaca (I, 40, 462).
Pero, al contrario que Cervantes,
su primera tentativa va a ser un éxito: quien le permite salir del
baño, facilitándole los medios de su rescate y compartiendo su destino,
es la hermosa Zoraida, hija de un rico renegado esclavón.
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