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En busca de un perfil perdido
Dos caminos suelen ofrecerse
a quien intenta acercarse al vivir cervantino. O bien dedicarse
a la consulta de documentos y archivos, cuyo laconismo deja inevitablemente
frustrado al que no se satisface con los pocos datos sacados de
actas notariales y apuntes de cuentas, ajenos a la intimidad del
escritor; o bien buscar esta intimidad en su obra, a riesgo de ceder
a un espejismo: el testimonio de unas «fábulas mentirosas» que no
han tenido nunca como fin el de llenar los vacíos de nuestra información
*.
Así y todo, tantas experiencias
biográficas, intelectuales y literarias del autor vienen a confluir,
de un modo u otro, en las ficciones cervantinas, que el lector del
Quijote no puede resistir al deseo de aventurarse por una
senda que le lleva a descubrir una nueva forma de entroncar vida
y literatura. Aventura, por cierto, azarosa, y que el propio Cervantes
nos induce a emprender con cautela, al disimularse, como lo hace,
detrás de unas máscaras, delegando sus poderes en supuestos narradores
al estilo de Cide Hamete Benengeli. No obstante, a quien sabe leer
entre líneas el Quijote se le aparece impregnado del sentir
del que lo compuso. Un ejemplo sin más tardar: como se sabe,
la historia del ingenioso hidalgo no se amolda al esquema pseudoautobiográfico
elegido por Mateo Alemán al concebir su Guzmán de Alfarache,
el relato retrospectivo de su propia vida que nos hace el protagonista.
Las reservas de Cervantes ante la forma que cobra la confesión del
pícaro se perfilan en el capítulo 22 de la Primera parte de su novela.
Ahí nos sale al encuentro, en una cadena de forzados, el galeote
Ginés de Pasamonte, autor de un libro de su vida, y tan bueno, que
«mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de
aquel género se han escrito o escribieren» (I, 22, 243). Como ha
mostrado Claudio Guillén, clara denuncia nos ofrece aquí Ginés del
doble artificio que caracteriza la narración picaresca: por un lado,
prometiendo un libro que «trata verdades, y no mentiras», o sea,
sucesos efectivamente ocurridos y no cosas inventadas que
se pretenden sucedidas; y, por otro lado, considerando este libro
como inconcluso, sin que pueda publicarse mientras no se acabe el
curso de su propia existencia. Así, pues, este encuentro con el
galeote abre como un resquicio por donde vienen a filtrarse las
preferencias estéticas de Cervantes, como si este, por medio de
su portavoz, nos diera a conocer algo de la circunstancia en que
se fraguó su quehacer de escritor.
Ahora bien, no siempre permanece
Cervantes entre bastidores. Hay, a lo largo de su obra, textos clave
en que parece asumir su identidad, hablando en primera persona.
En primer lugar, los dos prólogos al Quijote, separados por
diez años cabales, igual que las dos partes del mismo; luego, compuestos
en el fecundo crepúsculo de su vida, otros textos liminares, como
los respectivos prólogos a las Novelas ejemplares y a las
Comedias y entremeses, el prólogo al Persiles o la
conmovedora dedicatoria al Conde de Lemos, fragmentos dispersos
de un retrato de artista cuya verdad no exige verificación. Varias
razones explican el interés que, para nosotros, ofrecen estos fragmentos;
pero más que nada, quizá, el ser el retratado un hombre cuya existencia
histórica apenas se conoce. Debido al silencio de los archivos,
ignoramos, en efecto, casi todo de los años de infancia y adolescencia
de nuestro escritor. Podemos afirmar, a ciencia cierta, que nació
en 1547 en Alcalá de Henares, de padre cirujano; pero no se sabe
en qué fecha exacta, y la supuesta ascendencia conversa que se le
atribuye sigue siendo tema controvertido. Tal vez empezara a estudiar
en Sevilla, viendo representar allí a Lope de Rueda; pero su traslado
a Madrid no queda documentado. Hace falta esperar al año de 1569
para ver comprobada su presencia en la Villa y Corte, la cual se
infiere de su contribución a las Exequias publicadas por
su maestro López de Hoyos con motivo de la muerte de Isabel de Valois,
tercera esposa de Felipe II.
Mejor conocimiento tenemos
de los años heroicos que median entre 1571 y 1580: el contacto de
Cervantes con la «vida libre de Italia», primero en Roma, en el
séquito del cardenal Acquaviva, luego como soldado, a las órdenes
de Diego de Urbina; las heridas recibidas en Lepanto, el 7 de octubre
de 1571, donde, a bordo de La Marquesa, pelea «muy valientemente»
y pierde de un arcabuzazo el uso de la mano izquierda; al año siguiente,
las acciones militares llevadas con desigual suerte por don Juan
de Austria en Corfú, Navarino, Túnez y La Goleta; en 1575, la captura
por corsarios turcos, al volver a España en la galera Sol;
por fin, los cinco años del cautiverio argelino, dolorosa experiencia
marcada por cuatro intentos frustrados de evasión y concluida con
un inesperado rescate, conseguido por obra de los padres trinitarios.
La falta casi completa de
escritos íntimos no nos permite concretar el cómo y el porqué de
estas peripecias: así la partida a Italia, quizás a consecuencia
de un misterioso duelo; la vida ancilar llevada durante unos meses
en Roma; el alistamiento en los tercios; la vuelta proyectada a
la madre patria; y en Argel, a pesar de reiteradas tentativas de
fuga, la extraña clemencia del rey Hazán.
Otro tanto puede decirse
de los acontecimientos consecutivos al regreso de Miguel a Madrid,
una vez rescatado. Tras una breve misión desempeñada en Orán, se
inicia entonces su carrera de escritor: hace representar varias
comedias, «sin silbos, gritos ni barahúnda», en tanto que, en 1585,
publica La Galatea, novela pastoril al estilo de La Diana
de Montemayor. Pero no se explica la pérdida casi completa de sus
primeras piezas (exceptuando El trato de Argel y La Numancia,
conservadas en copias del siglo XVIII); tampoco se ha aclarado el
misterio que envuelve el nacimiento de su hija natural, Isabel,
habida de Ana Franca de Rojas, esposa de un tabernero; apenas se
conocen las circunstancias de su matrimonio, en 1584, en Esquivias,
con Catalina de Salazar, dieciocho años menor que él; menos aún
las razones exactas de su partida del hogar, en 1587, hacia Sevilla
(«tuve otras cosas en que ocuparme», nos dice en el prólogo a Ocho
comedias y ocho entremeses nuevos, f. 3); por no decir nada
de los motivos de un silencio de casi veinte años, durante los cuales
Cervantes recorre Andalucía, primero como proveedor de la Armada
Invencible y luego desempeñando varias comisiones para la hacienda
pública.
Tan solo adivinamos una vida
de dificultades y molestias: en 1590 solicita del rey un oficio
en las Indias que le es negado; en 1597, tras haber sido excomulgado,
es encarcelado en Sevilla por retrasos y quiebras de sus aseguradores.
Hay que esperar a 1604 para verle reaparecer en el campo de las
letras, establecido con su familia en Valladolid, donde Felipe III
acaba de trasladar la sede de la corte. Allí, en este mismo año,
concluye la Primera parte del Quijote, publicada en diciembre
ya con fecha de 1605.
Cervantes en primera
persona
Se comprenderá, entonces,
lo que viene a representar, en nuestra búsqueda de la vivencia cervantina,
el prólogo con que se abre esta Primera parte; pero no debe engañarnos
aquel yo que, de entrada, dirige la palabra al «desocupado
lector». El Cervantes de carne y hueso, muerto hace casi cuatro siglos,
nos es inasequible por definición; es una sombra que no podemos
alcanzar. Quien se descubre al hilo de nuestra lectura es más bien
el doble de aquel sujeto desaparecido, un ente nacido de un acto
de escritura, establecido como tal por la mirada del lector, y que
se deja entrever en las muestras dispersas de un autobiografismo
episódico. Pero es así como nos abre una perspectiva que contribuye
a crear la modernidad del Quijote: el encuentro de nuestra
voluntad receptiva de lector con una voluntad proyectiva a la que
debemos la inserción de este yo cervantino dentro del espacio
textual; un espacio al que configura y ordena, comunicándole su
presencia y su sabor de vida.
Como era de esperar, este
primer prólogo ha llamado la atención de los cervantistas, preocupados
por desentrañar lo que se nos sugiere, al parecer, de la génesis
del Quijote mediante una fugaz e incierta alusión a la cárcel
en que hubo de ser engendrado el libro. Pero, a decir verdad, no
es su contenido informativo, sino su misma estructura la que fundamenta
el interés y la radical novedad de este texto. En efecto, aunque
parece, a primera vista, conformarlo con el género prologal, el
yo cervantino va alterando poco a poco sus protocolos, hasta
llegar finalmente a subvertirlos: primero, interpelando, tras veinte
años de silencio, a aquel «desocupado lector» que se habrá olvidado
de sus obras de mocedad; luego, manifestando un aparente desprecio
por el libro prologado, nuevo «hijo de su entendimiento», por cierto,
pero «seco, avellanado, antojadizo» (I, Pról., 9), y del que declara
renegar como «padrastro», antes de cambiar repentinamente de tono
y asumir su paternidad.
Así, pues, en el momento
en que nos hacía esperar la tradicional captatio benevolentiae,
Cervantes, por no querer «ir con la corriente del uso», deja de
pedir la indulgencia del público. Al contrario, con el pretexto
de ponderar el trabajo que le dio componer esta «prefación» que
vamos leyendo, decide salir en persona a las tablas, bosquejando
su perfil de escritor: «suspenso, con el papel delante, la pluma
en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando
lo que diría...» (I, Pról., 10-11).
En esta circunstancia es
cuando introduce a un primer alter ego: un supuesto amigo
con el cual el prologuista empieza a debatir de lo que habrá de
ser el prólogo que se empeña en escribir. Así va surgiendo, ante
nuestra mirada cómplice, un «prólogo imposible» (para decirlo con
frase de Maurice Molho, «la Préface est une anti-préface tenant
lieu de préface impossible») o, si se prefiere, un prólogo del prólogo,
que brota de las reticencias de Cervantes ante los adornos del exordio
canónico: en especial, unas poesías liminares que se niega a pedir
a otros ingenios, fingiendo encargarlas a figuras poéticas o novelescas,
así como, también, las inevitables acotaciones eruditas, procedentes
de un saber de segunda mano, de las que se burla con evidente satisfacción.
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