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1. Toda especulación
sobre la fecha en que Cervantes tomó la pluma para iniciar lo que,
andando el tiempo, sería El ingenioso hidalgo don Quijote de
la Mancha ha reparado en unas célebres palabras del Prólogo
al lector. A juicio de gran parte de los estudiosos, Cervantes,
en esas líneas, quiso señalar a la posteridad las circunstancias
en que se originó su novela: «¿Qué podrá engendrar el estéril y
mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado,
antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de
otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda
incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?»
(I, Pról., 9). La frase no aclara de suyo si tiene un sentido literal
o metafórico, pero el cervantismo ha optado mayoritariamente por
creer que la expresión debe tomarse al pie de la letra: el Quijote
se ideó, e incluso empezó a escribirse, mientras Cervantes permanecía
recluido en una prisión. La presunción de que cárcel pueda
tener un sentido figurado (el mundo, el alma del
escritor), como creyeron Nicolás Díaz de Benjumea, Américo
Castro y Salvador de Madariaga, ha ido diluyéndose ante el innegable
atractivo de la interpretación literal, que permite soñar con el
momento de la génesis creativa. El mismo Alonso Fernández de Avellaneda
tomó esas palabras en sentido recto, como vemos en su Prólogo: «Pero
disculpan los yerros de su primera parte, en esta materia, el haberse
escrito entre los de una cárcel; y, así, no pudo dejar de salir
tiznada dellos, ni salir menos que quejosa, mormuradora, impaciente
y colérica, cual lo están los encarcelados». Los datos conocidos
sobre la biografía de Cervantes ofrecen dos momentos como máximos
candidatos a la identificación: otoño de 1592, fecha de su estancia
forzosa en Castro del Río (Córdoba), y los últimos meses de 1597,
cuando fue encarcelado en la prisión de Sevilla. Sin embargo, nada
hay en las palabras del Prólogo que obligue a creer, con Rodríguez
Marín, que Cervantes escribió en la cárcel parte de la historia.
En el Quijote, el verbo engendrar se asimila menos a redactar
que a imaginar, como demuestran algunos paralelos: en
el prefacio a la Segunda parte leemos que la continuación de Avellaneda
«se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona» (II, Pról., 617);
en la conversación sobre poesía entre don Quijote y don Diego de
Miranda, aquel afirma que «la pluma es lengua del alma: cuales fueren
los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos»
(II, 16, 759); por último, la duquesa le recuerda a don Quijote
que, según la Primera parte, «nunca vuesa merced ha visto a la señora
Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama
fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento,
y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso» (II,
32, 897). De este modo, la mención del Prólogo, aun tomada en su
sentido literal, parece autorizarnos a suponer únicamente que el
primer aliento de la historia, la percepción de su contenido, le
sobrevino a Cervantes mientras permanecía en prisión.
Al margen de este pasaje,
hay algún otro indicio en la obra que puede arrojar luz sobre su
cronología. Los libros pastoriles y composiciones épicas que se
citan al final del capítulo 6 se publicaron en el decenio de 1580,
especialmente en su segunda mitad. El título más reciente de cuantos
se mencionan en el escrutinio es El pastor de Iberia, de
Bernardo de la Vega, impreso en 1591. El aposento del hidalgo se
muestra como una nutrida biblioteca de obras de ficción actualizada
a la altura de 1591-1592. La conclusión parece obvia: ¿por qué no
suponer que en esas fechas se escribió el primer núcleo de la narración?
De no ser así, mal se entiende, como señaló Geoffrey Stagg, que
Cervantes no mencione algunos libros, en especial las Guerras
civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita (1595), que contiene
los mismos temas presentes en el delirio quijotesco del capítulo
5, y La Arcadia de Lope de Vega (1598), referencia ineludible
en el desarrollo del género pastoril. Para refrendar esta impresión,
vemos que el mismo narrador se hace eco de la modernidad del relato:
«me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan modernos
como Desengaño de celos y Ninfas y pastores de Henares
[de 1586 y 1585], que también su historia debía de ser moderna»
(I, 9, 106). Todo ello induce a pensar que el episodio del escrutinio
estaba escrito en una fecha comprendida entre 1591 y 1595. Sin embargo,
esta hipótesis también plantea problemas, como los que se desprenden
de la referencia a Luis Barahona de Soto, «porque ... fue uno de
los famosos poetas del mundo, no solo de España, y fue felicísimo
en la tradución de algunas fábulas de Ovidio» (I, 6, 87). El uso
del pasado parece indicar que el escritor había fallecido cuando
Cervantes escribió el elogio. Si se entiende así, habría que trasladar
la fecha por lo menos a 1595, año de la muerte de Barahona de Soto.
Por otra parte, en la conversación entre el cura y el canónigo de
Toledo, este recuerda tres tragedias de Lupercio Leonardo de Argensola
(La Isabela, La Filis y La Alejandra) que «ha
pocos años que se representaron en España» (I, 48, 552). Las fechas
de composición de las tres piezas teatrales se han establecido en
el lapso 1581-1585. Al mismo tiempo, es sabido que la reflexión
teórica de los capítulos finales de la Primera parte presenta la
influencia de la Philosophía antigua poética de Alonso López
Pinciano, publicada en 1596: así, pocos años podría significar
en este caso quince o veinte años, lo que restaría todo
alcance a la expresión, y, de paso, a la modernidad mencionada en
el capítulo 9.
La principal hipótesis externa
sobre la fecha inicial de la novela se basa en argumentos no menos
problemáticos. El punto de partida fue la insistencia, por parte
de Ramón Menéndez Pidal, en señalar una posible fuente de las locuras
de don Quijote de los capítulos 4 y 5: el Entremés de los romances,
pieza breve en que el labrador Bartolo enloquece por la lectura
de romances heroicos hasta creerse personaje de ellos. Menéndez
Pidal defendió que la fecha de composición del entremés era inmediatamente
posterior a 1591, pues los romances que se citan en él podían leerse
juntos solo en la Flor de varios romances nuevos, compilada
por Pedro de Moncayo en el año referido y reimpresa, con adiciones,
en 1593. Si es cierto que los capítulos iniciales del Quijote
siguen de cerca a la pieza teatral, cabe suponer, habida cuenta
de la efímera vida del teatro corto, que Cervantes experimentara
su influencia en torno a 1591-1592. La fecha concuerda significativamente
con las que se derivan del escrutinio de la librería. No son datos
determinantes, pero parecen indicar, como quiso Stagg, que hacia
1592 ya existía una parte de la obra, quizá esa debatida narración
corta que pudo estar en el origen de la novela.
Que la fecha inaugural más
probable sea 1592 (o incluso 1597, momento en que, según Edward
C. Riley y Luis Andrés Murillo, Cervantes se habría concentrado
en la elaboración de la novela) no significa que el Quijote
no contenga secciones escritas con anterioridad. Es el caso de la
historia del Capitán cautivo, verosímilmente compuesta de forma
independiente a El ingenioso hidalgo e integrada en la novela
en una fase tardía de composición. El relato se escribió en vida
de Felipe II, como demuestran las siguientes palabras: «venía por
general desta liga el serenísimo don Juan de Austria, hermano natural
de nuestro buen rey don Felipe» (I, 39, 453); el que no se añada
otra cosa significa a todas luces que el monarca reinaba en el momento
en que transcurre la acción. Ahora bien, ¿cuándo suceden los hechos
que narra la novela intercalada? Al iniciar el relato de sus fortunas,
Ruy Pérez de Viedma recuerda: «Este hará veinte y dos años que salí
de casa de mi padre» (I, 39, 452). Dado que ese acontecimiento tuvo
lugar en 1567, hay que situar el presente de la acción (la llegada
del cautivo y Zoraida a la venta) en torno a 1589. Este dato entra
en conflicto con la tenue cronología del resto de la novela: sabemos,
por el escrutinio de la librería, que ya ha transcurrido el año
1591. Como suele suceder en la ficción cervantina, lo más probable
es que la fecha de la acción coincida con la del momento de creación,
y que el relato sea de 1589-1590. Para abundar en esta hipótesis,
Murillo, entre otros, ha subrayado el significativo paralelo entre
las palabras del cautivo ya citadas y las que Cervantes dictó en
el memorial de 21 de mayo de 1590 por el que pedía merced de un
oficio en Indias: «Miguel de Cervantes Saavedra dice que ha servido
a Vuestra Merced muchos años en las jornadas de mar y tierra que
se han ofrescido de veinte y dos años a esta parte». También se
debe a Murillo un interesante estudio de las similitudes entre la
historia del cautivo, El celoso extremeño y el principio
del Quijote. Las primeras líneas de los tres relatos son
muy parecidas, y en los tres se cuenta la historia de un hombre
maduro enamorado de una mujer mucho más joven, temática que sin
duda interesó profundamente a Cervantes hacia 1590. Cree Murillo
que el relato del cautivo pudo iluminar uno de los perfiles del
hidalgo manchego (el que lo caracteriza como un hombre mayor enamorado
de una muchacha vecina), y podría ser incluso que Cervantes decidiera
interpolar en su novela la vieja historia de ambiente argelino porque,
entre otras cosas, servía como correlato realista a los amores de
don Quijote. Como quiera que fuese, parece seguro que Cervantes,
antes de que se engendrara la historia del hidalgo, había escrito
un relato independiente, de notorio carácter biográfico en su primera
parte, que luego decidió incorporar a la novela de 1605.
Resulta evidente que, en
última instancia, el problema de la cronología temprana del Quijote
es el problema de su composición. Pocas obras muestran de un modo
tan evidente las huellas del proceso de elaboración que las recorrió,
desde la primera intuición de la historia hasta la novela completada
en 1604. A la vista de las pruebas reunidas por la crítica, no resulta
descabellado suponer la existencia de un núcleo narrativo sobre
el hidalgo Quijana por lo menos una década antes de la publicación
del libro. Mucho más se fue generando a lo largo de un proceso de
transformación y revisión que solo la imprenta pudo detener.
2. Cervantes escribió
la Primera parte del Quijote a lo largo de un período de
tiempo bastante dilatado, durante el cual su concepción de la obra
fue creciendo y cambiando. Según parece, los capítulos 1 a 18 se
escribieron como texto seguido, sin divisiones internas y, por consiguiente,
sin epígrafes. Es posible que Cervantes abandonara la historia durante
un tiempo, mientras se dedicaba a otros proyectos, y que al regresar
a ella decidiera desarrollarla y dividirla en capítulos: tal decisión
se produjo en la linde del actual capítulo 19. Los cambios pudieron
deberse a la voluntad de interpolar nuevos materiales en lo que
ya había escrito; así, la nueva y más elaborada parodia de las novelas
de caballerías que Cervantes tenía en mente implicaba una división
retrospectiva del texto.
¿Qué clase de adiciones realizó
Cervantes y cómo las concilió con lo que ya había escrito? Stagg
recuerda que una novela, a diferencia de lo que sucede con la narración
breve, se abre camino mediante la acumulación de detalles, que generan
una atmósfera particular. La trama novelesca se desarrolla a través
de la proliferación de episodios y la elaboración compleja de sus
elementos. Al volver a su historia, Cervantes interpoló pasajes
que confirieron a la trama un alcance mayor (lo que le permitía
alargarse a voluntad y resultar creíble), al tiempo que añadía detalles
precisos. Parecen muestra de ello las redundancias del capítulo
5 (la reiteración de la amistad que el cura y el barbero profesan
a don Quijote; la repetición del topónimo del Campo de Montiel;
la identificación del maltrecho protagonista por parte del labrador
Pedro Alonso como «señor Quijana», circunstancia que repite y contradice
la multiplicación de nombres del capítulo 1), que se insertaron
durante la revisión que convirtió al texto en una narración mucho
más extensa.
Mientras iba conformándose
la idea del Quijote como parodia de los libros de caballerías,
Cervantes tuvo que introducir cambios en pasajes preexistentes y
añadir episodios completos que concentraran o amplificaran ese foco
paródico. Según Stagg, la más célebre de esas interpolaciones tempranas
fue probablemente el escrutinio de la librería. El episodio está
entre dos capítulos (5 y 7) en los que Cervantes, acaso por imitación
del Entremés de los romances, presenta a su protagonista
declamando versos del romancero, en lugar de frases tomadas de los
libros de caballerías. La interpolación del capítulo 6 parece demostrarse
asimismo porque el episodio entraña una contradicción: el ama de
don Quijote quema sus libros mientras este duerme; sin embargo,
en el párrafo siguiente, el cura y el barbero deciden que «le murasen
y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase
no los hallase» (I, 6, 89). ¡Un aposento cuyo contenido acaba de
reducirse a cenizas! La incoherencia podría indicar que el episodio
del escrutinio y auto de fe se escribió posteriormente y se insertó
entre los actuales capítulos 5 y 7.
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