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Cuatro años atrás,
el Instituto Cervantes confió al Centro para la Edición de los Clásicos
Españoles1 la
preparación de un Quijote que pudiera ser ventajosamente manejado
por un público tan amplio como el ámbito del propio Instituto. Amén de
dar, por primera vez, un texto crítico, establecido según las pautas más
rigurosas, la edición, pues, había de aclarar ágilmente las dudas e
incógnitas que un libro de antaño, y de tal envergadura, por fuerza
provoca en el lector sin especial formación en la historia, la lengua y
la literatura del Siglo de Oro; pero también debía tomar en cuenta las
necesidades del estudiante y, por otro lado, prestar algún servicio al
estudioso, ofreciéndole, por ejemplo, una primera orientación entre la
inmensa bibliografía que ha ido acumulando la tradición del cervantismo.
Esos
planteamientos coincidían en sustancia con la concepción general de la
Biblioteca Clásica, cuyas normas de anotación —en dos estratos: a
pie de página y en sección aparte— atienden señaladamente a hacer
posible que cada uno de los distintos tipos de usuarios aproveche de
acuerdo con sus conveniencias peculiares las ediciones en ella
publicadas. De ahí que el Quijote del Instituto Cervantes se
incorpore a la presente colección y que Editorial Crítica, amén de
asumir el compromiso de mantenerlo al día en futuras ediciones, lo haya
acrecentado con materiales no previstos en el plan inicial, y
singularmente con la versión del texto en cederrón y acompañada de un
sistema de búsqueda y análisis que la convierte en el más completo
vocabulario, concordancia y registro lingüístico de la obra maestra de
las letras españolas.
En el apartado
correspondiente, después del Prólogo, se hallará una exposición más
detenida de algunos de los criterios y modos de proceder que han
gobernado el conjunto de la edición. Pero antes de llegar ahí es
obligado hacer todavía un par de advertencias sobre otros rasgos
esenciales de nuestro trabajo.
Es obvio, en
primer lugar, que un Quijote
de dimensiones manuales nunca podrá aspirar ni remotamente a ningún
género de exhaustividad. Como se imponía, pues, señalar un objetivo
principal al del Instituto Cervantes, se acordó que el grueso de las
notas y otros complementos, concentrándose en el plano en que asimismo
convergen los múltiples destinatarios del proyecto, tuviera un carácter
más informativo que interpretativo y, por ahí, mirara primordialmente a
la elucidación del sentido literal. (A nuestro propósito, bastará
caracterizarlo, con Marcel Bataillon, y «par opposition à d’autres sens
non-littéraux», como el núcleo semántico que respetan o deben respetar
incluso las exégesis críticas diametralmente opuestas.) Por tanto, la
parte fundamental de la anotación, al igual que en otra manera el
Prólogo, los apéndices o las ilustraciones gráficas, pretende antes de
nada resolver los interrogantes que hoy suscitan muchos de los usos
léxicos y gramaticales, referencias a cosas y personas, sucesos y
costumbres, temas y alusiones de diversa índole, refranes, sentencias...
que se encuentran en la novela, brindando al lector los datos
imprescindibles para una correcta comprensión del texto en el contexto
del autor y de su tiempo.
Sin embargo, el
hincapié en el sentido literal no implicaba cerrar el paso a las
interpretaciones literarias con categoría de clásicas o más estimadas en
los últimos tiempos. La ocasión de darles entrada ha venido de la mano
de otro de los designios centrales del Instituto Cervantes al fraguar el
Quijote que ahora ve la luz: allegar una válida muestra de la
situación actual de los estudios cervantinos acogiendo las
contribuciones de un buen número de los más prestigiosos representantes
del hispanismo internacional. |
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Para alcanzar ese doble objetivo,
un equipo de redacción formado por miembros de número y asociados del
Centro para la Edición de los Clásicos Españoles se ha ocupado en el
establecimiento del texto y del aparato crítico, en la elaboración de
las notas a pie de página y complementarias y en otros quehaceres anejos2; pero esa labor
básica ha venido a enriquecerse merced a las aportaciones, por
diferentes vías, de arriba de medio centenar de distinguidos
especialistas españoles y extranjeros.
Los más de entre ellos han tenido encomendado un fragmento, capítulo o
grupo de capítulos y revisado las correspondientes notas elaboradas por
la redacción, velando por la exactitud y la pertinencia de las noticias
o explicaciones ahí ofrecidas (y a veces recomendándonos anotar tal o
cual detalle en principio no atendido por nosotros), mientras por otra
parte escribían un comentario crítico al segmento en cuestión, para
subrayar sus elementos y aspectos más importantes, cada cual desde el
punto de vista que libérrimamente juzgaba más oportuno (dentro de una
extensión, ella sí, draconianamente limitada) y todos con la misma
voluntad de proponer las exégesis más penetrantes y reveladoras. La suma
de esos comentarios, en la sección Lecturas del «Quijote», y
junto al admirable ensayo preliminar de Fernando Lázaro Carreter,
constituye una antología única de la mejor crítica cervantina de
nuestros días y, al correr paralela a una anotación asentada en el
sentido literal, da, creemos, una óptima idea de la inagotable riqueza
del libro y de la multiplicidad de enfoques a que se presta. (Ni que
decirse tiene que quizá ningún otro se aviene mejor con un tratamiento
colectivo de tal estilo: someter el Quijote a una perspectiva
única, por aguda que sea, ¿no implica acaso reducir el alcance de
una obra cuyo supremo atractivo está en la capacidad de responder
inagotablemente a las preguntas que en cada época le han dirigido los
talantes, intereses y métodos más diversos y aun contradictorios?). Junto a los responsables
de las Lecturas y de la revisión de nuestras notas, otros
eminentes estudiosos nos han favorecido con su concurso, haciéndose
cargo de los varios apartados del Prólogo (y aceptando las cortapisas
que suponía su derrotero predominantemente factual), proporcionándonos
documentación para las notas, apéndices e ilustraciones, asesorándonos a
propósito de la bibliografía3,
y en algunos casos participando en más de uno de tales cometidos. Una
gratitud especial queremos expresar a dos insignes decanos del
cervantismo: Edward C. Riley, quien desde el primer momento nos aconsejó
en puntos tan delicados como la segmentación de la obra en las series de
capítulos glosadas por cada uno de los autores de las Lecturas; y
Martín de Riquer, que no solo puso a nuestra disposición preciosas
informaciones sobre el arnés de don Quijote y la Barcelona de Cervantes,
sino que además nos regaló un montón de atinadas sugerencias.
Nuestro
reconocimiento, como sea, alcanza a todos los colaboradores, no ya por
la calidad de su aportación tangible, sino aun más por el entusiasmo con
que acogieron la empresa y nos animaron a llevarla hasta el cabo.
Debemos agradecerles en particular la extrema generosidad con que han
tratado el trabajo de la redacción, por lo regular limitándose a la
corrección de erratas y a la introducción de pequeños retoques o de
adiciones menudas. (En los casos en que han insertado alguna nota
enteramente nueva o modificado o incrementado de forma significativa la
propuesta por la redacción, su firma figura en la nota complementaria.)
Pero también estamos convencidos de que críticos e investigadores de
tanta solvencia no hubieran dejado pasar deslices de alguna cuantía, y
por ello mismo nos sentimos confortados al pensar que cada una de
nuestras notas lleva un respaldo de máxima autoridad, que, si no le
asegura el acierto, cuando menos avala que se mueve en el terreno de lo
admisible u opinable dentro de nuestros conocimientos.
Hora es de decir,
porque la justicia lo pide, que detrás de los entes y entidades hasta
aquí mentados con sus denominaciones oficiales están o han estado
hombres y nombres con quienes tenemos contraída una deuda de
extraordinario peso. Detrás del Instituto Cervantes, Nicolás
Sánchez-Albornoz, el Marqués de Tamarón y Juan Gimeno; detrás del Centro
para la Edición de los Clásicos Españoles y de la Fundación Duques de
Soria, Rafael Benjumea, José M.ª Rodríguez Ponga, María Pardo de Santayana y Fernando Lázaro Carreter; detrás de Editorial Crítica,
Gonzalo Pontón. No son todos los que están, pero sí quienes mejor pueden
representarlos a todos. Finalmente, no como director del proyecto, sino
en mi concreto papel de encargado del texto crítico, me urge dejar
constancia de que no habría podido seguir todas las pistas que los
materiales me apuntaban, dedicándoles un libro aparte, si no hubiera
contado con la largueza de la Fundación Juan March y con la amistad de
José Luis Yuste.
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NOTAS: |
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1. El Centro para la
Edición de los Clásicos Españoles, adscrito a la Fundación Duques de
Soria, se constituyó el 1 de octubre de 1991 con el
designio de «realizar o favorecer los estudios o proyectos que
conduzcan a la publicación de los clásicos españoles en ediciones de
la máxima calidad filológica». Los miembros fundadores fueron
Ignacio Arellano, Eugenio Asensio (†), Alberto Blecua, José M.
Blecua, Pedro M. Cátedra, Aurora Egido, Joaquín Forradellas, Luciano
García Lorenzo, Luisa López Grijera, Rafael Lapesa, Fernando
Lázaro Carreter (director), José María Micó, Francisco Rico
(secretario general), Martín de Riquer, Darío Villanueva y Domingo
Ynduráin.
2. La edición crítica ha ido al cuidado de Francisco
Rico; la gran mayor parte de las notas
se debe a Joaquín Forradellas. Uno y otro han participado
en el plan definitivo de la obra, la asignación de tareas a
los demás colaboradores y la supervisión del trabajo de los miembros
del Centro para la Edición de los Clásicos Españoles. Para el cotejo
de los textos, F. Rico ha sido auxiliado sobre todo por Gonzalo
Pontón Gijón. Patrizia Campana y Guillermo Serés han hecho una
segunda lectura de las notas, compulsando y añadiendo datos y
referencias bibliográficas.
3. Aparte los autores cuya firma figura
expresamente en las secciones que les corresponden, Joaquín Álvarez
Barrientos ha compilado la documentación arqueológica para las
ilustraciones relativas a la casa, aperos de labranza, arreos de
montura y útiles de viaje; Carmen Bernis ha preparado las fichas
utilizadas por la redacción para las notas sobre indumentaria y ha
trazado los patrones para las láminas pertinentes: esas fichas son
identificables siempre por la referencia a su magno libro [en
prensa] sobre el vestido en el Quijote; Ricardo García Cárcel
ha contribuido a la explicación de las voces referentes a las
instituciones españolas; Antonio Contreras ha reunido los modelos
para los dibujos de la galera, así como también de las armas y
armaduras, usando con frecuencia a propósito de estas últimas las
observaciones de un estudio inédito de Martín de Riquer, del que en
nuestras notas citamos fragmentos distinguidos con las iniciales
M. de R.; José Manuel Martín Morán nos ha comunicado unos
nutridos apuntes que nos han sido de gran utilidad para nuestras
anotaciones sobre el secular asunto de «los descuidos de Cervantes».
El primer estadio de la bibliografía nos fue proporcionado por
Alberto Sánchez y el Padre Jaime Fernández. Para la documentación de
varias ilustraciones, hemos contado con el asesoramiento de Gonzalo
Menéndez Pidal, Antonio López Gómez, Romà Escalas y el almirante
Eliseo Álvarez-Arenas. |
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