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Es claro que Cervantes
va buscando con ahínco la voz diferente de Sancho en la polifonía
quijotesca. La logrará, al fin, y se sentirá orgulloso de su victoria.
Porque, según dice Sansón Carrasco al escudero, al leer la gente
la primera parte de sus aventuras, hay quien «precia más oíros hablar
a vos que al más pintado de toda ella» (II, 3, 650). Otras personas,
esperando la segunda parte, exclaman: «Vengan más quijotadas, embista
don Quijote y hable Sancho Panza» (II, 4, 658). El habla de Sancho:
el gran desafío en que ha triunfado Cervantes.
Como he recordado, parte
esencial de esa palabra son los refranes. Los primeros que aparecen
en la novela no los pronuncia él, y son bien comunes. Los dicen
el mercader y el narrador mismo. El tercero es traído a cuento por
la sobrina, y tampoco revela excesivo conocimiento del refranero:
«Muchos van por lana y vuelven tresquilados» (I, 7, 90). Sancho
no suelta su primer refrán hasta el capítulo 19 y lo enuncia así,
nótese bien: «Como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo
a la hogaza» (I, 19, 207). Ese como dicen remite a un dicho que
Sancho ha oído y que cita sin brotarle de caudal propio alguno,
es algo ajeno a él y traído a la ocasión como un recuerdo. Ello
sugiere que Cervantes aún no está seguro del empleo de refranes
para forjar a Sancho. El procedimiento se le va revelando poco a
poco y sin firmeza. Alguno salta en su charla; pero será en el capítulo
25 donde se produce la primera acumulación de una réplica: «Allá
se lo hayan, con su pan se lo coman… De mis viñas vengo, no sé nada,
no soy amigo de saber vidas ajenas, que el que compra y miente,
en su bolsa lo siente» (I, 25, 273). Pero este primer chorreo queda
inexplicablemente aislado, y Cervantes ya no volverá a él hasta
la Segunda parte.
El procedimiento de la acumulación
de refranes se había empleado en otros géneros, pero no, según ha
notado Louis Combet, en la novela. Menudean en la expresión de Celestina
y también en las de Lozana y Justina, pero no los prodigan tanto.
Y aun con el precedente del Ribaldo y Rampín, eran más propios de
gente vieja y, sobre todo, de mujeres, de «honorables ancianos y
reverendas mujeres», como se dice en los anónimos Refranes glosados.
A otro propósito, recordó Rodríguez Marín que a las viejas los atribuye
el Marqués de Santillana y que solía llamárseles ensiemplos de
la vieja. Me parece que, en efecto, Cervantes se adueña definitivamente
del recurso del chaparrón refraneril como estímulo cómico, cuando
lo ha hecho pasar por boca de una mujer, de Teresa Panza, aunque
no fuera vieja; pero tampoco lo eran Lozana y Justina.
El descubrimiento ocurre
en el importantísimo coloquio de Sancho con su mujer, en el capítulo
5 de la Segunda parte. Momento difícil para el novelista, porque
ha de hacer hablar a dos analfabetos. Se impondría que entre ellos
fluyera un coloquio toscamente humilis; pero eso hubiera
descompensado la ponderada concertación de la obra, tan delicadamente
equilibrada por el escritor. Imaginemos lo chocante que resultaría
una larga conversación entre dos personajes tan rudos. Para prevenir
una estrategia que conjure ese riesgo, Cervantes utiliza una admirable
argucia. Al frente del capítulo inserta la siguiente advertencia:
«Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo,
dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza
con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio y
dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las supiese,
pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a
su oficio debía» (II, 5, 663). De ese modo, haciendo que el escudero
alce, aunque sea apócrifamente, su calidad expresiva, evitará el
insoportable arrusticamiento de los dos aldeanos, y restablecerá
el desnivel elocutivo que, mutatis mutandis, mantienen don
Quijote y Sancho.
En efecto, a las primeras
de cambio, Teresa amonesta a su marido: «Mirad, Sancho... después
que os hicistes miembro de caballero andante, habláis de tan rodeada
manera, que no hay quien os entienda» (II, 5; 664). El traductor
señala las réplicas de Panza que, por su elevación, le parecen sospechosas
de falsedad: «Por este modo de hablar, y por lo que más abajo dice
Sancho; dijo el tradutor desta historia que tenía por apócrifo este
capítulo» (II, 5, 667); poco más adelante, avisa: «Todas estas razones
que aquí va diciendo Sancho son las segundas por quien dice el traductor
que tiene por apócrifo este capítulo, que exceden a la capacidad
de Sancho» (II, 5, 669). Y es que, en efecto, en ausencia de don
Quijote, el escudero asume su palabra. Siendo él tan gran prevaricador
corrige a Teresa por hablar mal, de igual modo que el solía ser
corregido. Y cuando ella le advierte: «Yo no os entiendo, marido...
haced lo que quisiéredes y no me quebréis más la cabeza con vuestras
arengas y retóricas. Y si estáis revuelto en hacer lo que decís…»
(II, 5, 670), Sancho salta: «Resuelto has de decir, mujer...
y no revuelto» (II, 5, 670). A lo que la rústica replica
como antes hiciera su marido al hidalgo: «Yo hablo como Dios es
servido y no me meto en más dibujos» (II, 5, 670).
Pues bien, en esta conversación
Teresa suelta refranes en cascada: «Eso no, marido mío ... viva la
gallina aunque sea con su pepita: vivid vos, y llévese el diablo
cuantos gobiernos hay en el mundo ... La mejor salsa del mundo es
el hambre ... advertid al refrán que dice: “Al hijo de tu vecino,
límpiale las narices y métele en tu casa”... mi hija ni yo por el
siglo de mi madre que no nos hemos de mudar un paso de nuestra aldea;
la mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la doncella honesta,
el hacer algo es su fiesta» (II, 5, 665-668). La hemorragia refranera
de la Panza es incoercible. Su marido ha de atajarla: «¡Válate Dios,
la mujer, y qué de cosas has ensartado unas en otras, sin tener
pies ni cabeza! ¿Qué tiene que ver ... los refranes ... con lo que
yo digo?» (II, 5, 668).
Dos capítulos más adelante,
don Quijote pregunta al escudero qué piensa su mujer de la nueva
salida; y él contesta: «Teresa dice ... que ate bien mi dedo con
vuestra merced, y que hablen cartas y callen barbas, porque quien
destaja no baraja, pues más vale un toma que dos te daré. Y yo digo
que el consejo de la mujer es poco, y el que no le toma es loco»
(II, 7, 680). Esta réplica representa el trasvase definitivo de
la catarata refraneril de Teresa a Sancho; ella ha dicho una sarta
de refranes; él dice —«y yo digo»— otros refranes: el anudamiento
se ha producido, y el escudero es ya dueño del artificio. Don Quijote
se da cuenta e ironiza: «Decid, Sancho amigo, pasad adelante, que
habláis hoy de perlas» (II, 7, 680). En ese hoy de la novela, en
ese instante, que está bien pasada ya la mitad de ella, se ha afianzado,
tras tanteos inseguros, el Sancho ensartador de refranes. Y a Cervantes
le urge hacer notar al lector su decisión; menos de dos páginas
después, don Quijote afirma: «Y advertid, hijo, que vale más buena
esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo
de esta manera, Sancho, por daros a entender que también como vos
sé yo arrojar refranes como llovidos» (II, 7, 682).
Esta propiedad del lenguaje
de Sancho se hará ya consustancial con su persona: no tengo «otro
caudal alguno, sino refranes y más refranes», declara más adelante
(II, 43, 977); y aún después: «No sé decir razón sin refrán, ni
refrán que no me parezca razón» (II, 71, 1204). Y así ha pasado
Panza a la historia de nuestra lengua artística: como portador de
«un costal de refranes en el cuerpo», según dictamen del cura (II,
50, 1043), aunque ello no figurara en el proyecto inicial de su
creador. Al construir así al escudero, al imponerle un uso del refrán
tan distinto del que hacen otros personajes, la voz de Sancho ingresa
con un timbre diferenciado y potente en el gran conjunto polifónico
del Quijote.
Como ha escrito Martín de
Riquer, la idea primitiva de Cervantes era que Sancho fuese un tonto.
En efecto: fue creado como el complemento que necesitaba don Quijote,
proyectado inicialmente como un loco. El escudero nace en la mente
del autor cuando este decide rebasar los límites que a su novela
sugería la imitación del insustancial Entremés. El manchego
hace su primera salida sin escudero; ni siquiera se le ocurre llevar
con él al «mozo de campo y plaza» que le servía como criado (I,
I, 36), sencillamente porque Bartolo no contaba con semejante compañía
y ni siquiera se le ocurre a él procurársela: fue el primer ventero
quien le aseguró «que eran pocas y raras veces» en que los caballeros
andantes «no tenían escuderos» (I, 3, 57). Es al principio del capítulo
siguiente, el cuarto, cuando don Quijote decide volver a casa, y
«recebir a un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos, pero
muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería» (I, 4,
62).
Cervantes lo inventa a impulsos
de la misma experiencia con que Lope de Vega crea la figura del
donaire en la comedia. El héroe literario necesita del «otro al
lado» que sea su confidente y cooperador. Sin alguien junto a él
con quien hablar, las andanzas de un orate por la Mancha hubieran
dado poco juego. Tanto en la comedia áurea como en el relato, hacen
falta dos conciencias compenetradas, pero en oposición dialéctica,
de modo que una rebote en la otra, y permita revelar el pensamiento
del personaje principal, dado que, normalmente, las miras del amo
han de ser altas, sus hazañas valerosas y sus sentimientos elevados
y sutiles. Pero ocurrió que a Cervantes le fue creciendo la figura
del tonto hasta hacerse tan importante como la de su señor. Y que
este fue soltando lastre de locura hasta hacerse un tipo humano
de máxima trascendencia. Basta observar de qué hablan ambos en sus
primeras jornadas y el crecimiento progresivo del interés de sus
temas.
La famosa interpretación
de don Quijote como héroe del ideal, opuesto al rudo materialismo
de Sancho, no parece cierta si se entiende como un proyecto, digamos,
filosófico de Cervantes, previo al momento de escribir su libro.
Muchas cosas «sublimes» de la literatura tienen su origen y fundamento
en causas hasta cierto punto mecánicas, que el genio del autor dota
de sublimidad. Sancho es tosco, gordo, sensato y utilitario para
que, a su lado, el caballero deje ver su cuerpo esperpéntico y su
alma fantasiosa y acrisolada, una vez que Cervantes ha decidido
dar formato grande a su narración. Y es inicialmente tonto, porque
sus pocas luces no deben impedir el desvarío del héroe. Solo a medida
que este vaya mostrando admirable cordura fuera de lo caballeresco,
podrá ir enriqueciendo Sancho su personalidad hasta adquirir volumen
comparable a la del caballero. A esto debe atribuirse la famosa
quijotización de Sancho, tan notada por la crítica. Cervantes advierte
varias veces, sutilmente, del crecimiento moral solidario de amo
y criado, y, en algún momento, de manera tan clara como en el capítulo
22 de la segunda parte, en que Sancho, tras haber escuchado las
reflexiones que hace su señor a Basilio sobre el matrimonio, comenta
cómo ambos, él y don Quijote, están dotados de singular discernimiento.
Dice: «Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia
suele decir que podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por
ese mundo adelante predicando lindezas; y yo digo dél que cuando
comienza a enhilar sentencias y a dar consejos, no solo puede tomar
un púlpito en las manos, sino dos en cada dedo, y andarse por esas
plazas a ¿qué quieres, boca? ¡Válate el diablo por caballero andante,
que tantas cosas sabes! ... No hay cosa donde no pique y deje de
meter su cucharada» (II, 22, 810).
Y así, picando en todo, hablando
cosas de meollo y de sustancia, acuñados como cara y cruz de una
medalla de oro, don Quijote y Sancho siguen haciendo este milagro
secular de reunirnos a mujeres y a hombres a escuchar o a leer o
a interpretar su propia y libre palabra nuestra.
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