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Don Quijote de la Mancha

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¿Cómo se expresa el caballero en los primeros momentos de su invención? Los primeros esfuerzos de su demencia los realiza con las palabras. Cuatro días tardó en hallar nombre a Rocinante; ocho, en procurárselo a él. No se dice cuántos, pero aún debieron de ser más, para nominar a Dulcinea del Toboso. Y se holgó máximamente cuando acertó a acuñar aquella fórmula con que algún gigante vencido por su brazo iría a tributar homenaje a su dama: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha...» (I, I, 43-44). Esta es la primera vez que oímos su voz directamente. La segunda, cuando, apenas iniciada su salida, imagina la literalidad con que será contada: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos...» (I, 2, 46). Es obviamente una burla de los libros de caballeros o de pastores que leía (sin excluir su propia Galatea).

Esa intención burlesca patentiza la intención primaria con que Cervantes afronta su tarea. Eso es lo que parece querer hacer: parodia, lingüística también, por supuesto, de tales géneros falaces. Tras ese amanecer, continúa exclamando don Quijote: «¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece» (I, 2, 47-48). Su locución se llena de arcaísmos, al modo caballeresco; el autor advierte ahí, en efecto, que el demente habla «imitando en cuanto podía» el lenguaje de sus libros.

Llega a la venta que imagina castillo y hace reír a las dos coimas con la insólita vetustez de su saludo. Y él se enfada. Hasta ahora don Quijote existe solo por su raro idioma. Pero este procedimiento de caracterizarlo no podía prolongarse mucho; hubiera resultado insoportable para el lector. Y el autor lo alterna luego con otro, en contraste cómico, cuando el hidalgo experimenta el vulgar apremio del hambre y rebaja su lenguaje hasta el chiste ramplón y a los modos más vulgares, para responder a las mozas que le advierten que solo hay truchuelas: «Como haya muchas truchuelas... podrán servir de una trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se pueden llevar sin el gobierno de las tripas» (I, 2, 53).

Se trata de un juego impensable antes del Quijote; ni el Lazarillo ni el Guzmán ofrecen nada comparable. Cervantes lleva hasta el límite aquel propósito suyo, expuesto en el prólogo, de hacer perfecta la imitación; que incluye, obviamente, no solo la de lugares, acciones y caracteres, sino, sobre todo, la del lenguaje, la de los múltiples lenguajes con que la vida se manifiesta. Don Quijote, a partir de ese primer momento en que el autor le puebla el habla de arcaísmos, empieza a dosificarlos. Se los administra con sabia prudencia y confía la caracterización de su parla al énfasis oratorio que se gastan en la orden que profesa. Vuelve a la dicción pretérita cuando, al traerlo apaleado el labrador, ha de manifestar intensamente su insania ante las mujeres de su casa y sus amigos: «Ténganse todos, que vengo malferido, por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho, y llámese, si fuere posible, a la sabía Urganda, que cure y cate de mis feridas» (I, 5, 75). El autor da una muestra de agudeza psicológica cuando el cura, tratando de aquietarle, le habla en el mismo estilo: «... atienda vuestra merced a su salud por agora, que me parece que debe de estar demasiadamente cansado, si ya no es que está malferido» (I, 7, 88). Luego, ese modo de dirigirse a don Quijote con arcaísmos será repetido por otros personajes.

Y aun con mejor instinto idiomático, el propio Cervantes, al narrar en estilo indirecto, esto es, cuando escribe por su cuenta y no reproduce lo que dicen o piensan sus personajes, se cuida a veces de evocar cómo lo dicen o piensan, con toques que los definen. Así cuenta el ataque de don Quijote a los benedictinos: «... picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula, él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun mal ferido, si no cayera muerto» (I, 8, 100). Si el narrador emplea ahí primero antepuesto al nombre por única vez en sus escritos, y ferido, es perceptiblemente para que oigamos el pensamiento del andante mientras arremete. Pero ya antes, al aparecer Sancho, y sin que haya transcrito aún ninguna frase suya, se las ingenia para imponer al lector en el habla villanesca que se gasta. Su amo le encarga que lleve alforjas: «Él dijo que sí llevaría y que ansimesmo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar mucho a pie» (I, 7, 92). Pese a las continuas vacilaciones de los tipógrafos de Cuesta, que ansimesmo reproduce exactamente lo que dijo Sancho parece confirmarlo el hecho de que solo seis líneas más arriba el narrador ha empleado asimesmo. Comoquiera que sea, el raro vocablo duecho por ducho ya era diagnosticado por Covarrubias como «lenguaje antiguo castellano»; nunca más escribió Cervantes duecho en obra suya alguna.

Este es el sistema expresivo con que se caracteriza al hidalgo en lo que muy bien pudiera ser el primer proyecto cervantino: arcaísmos apiñados al principio, que luego se entreveran en una elocución de léxico más llano, pero muy retoricada. Cuando don Quijote habla descuidado de su condición de héroe, su idioma pierde tales rasgos y deja paso a una espontaneidad coloquial que puede recaer en la vulgaridad, contrastando cómicamente con el énfasis anterior. Frecuentemente, el narrador avisa de las circunstancias de la enunciación que van a condicionar la expresión del personaje: «Con gentil talante y voz reposada les dijo...» (I, 2, 50); «Don Quijote alzó los ojos al cielo y, puesto el pensamiento —a lo que pareció— en su señora Dulcinea, dijo...» (I, 3, 58); «Levantó don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo...» (I, 4, 68). Este acomodar lo que se dice a la manera como se enuncia, es ya completamente moderno. 

Con todo, tal sistema de conferir verdad al hidalgo no podía mantenerse durante mucho tiempo sin cansar e impedía que la obra se remontara a mayores trascendencias. Por otra parte, al ampliar el proyecto inicial, una vez extinguido el modelo del Entremés de los romances, de tan limitados alcances, y al introducirse amo y criado en ámbitos más amplios y complejos, las exigencias de su elocución aumentan. Y Cervantes vuelve a escuchar la variedad de los lenguajes hablados y escritos para hacerlos resonar en la novela. La polifonía se hace más compleja y en la prosa de su narración y en la heterofonía diferenciadora del habla de los protagonistas se hacen presentes múltiples estilos orales y escritos de su época, a veces, pero no siempre, reproducidos paródicamente. Veamos unos pocos ejemplos significativos.

He aquí a don Quijote derrengado en el suelo tras una paliza. Sancho lo cree muerto. El instante es apropiado para un planto funerario en el tono elegíaco de la novela sentimental: «¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje!... ¡Oh liberal sobre todos los Alejandros! ... ¡Oh, humilde con los soberbios y arrogante con los humildes!» (I, 52, 587-588). Con esta última invocación, entra, por cierto, contrahecha la palabra de Virgilio que, por boca de Anquises, había anunciado el destino de Roma: «parcere subiectis et debellare superbos» (Eneida, VI, 853). Como vemos, la mera dilatación del relato ha convertido a Sancho, de simple que era, en poseedor de aptitudes retóricas dignas de un estudiante de latinidad, aunque las emplee en simplezas.

Ahora don Quijote se dispone a dar consejos al escudero, antes de que este marche a Barataria. Su lenguaje ha de ser precisamente el de la doctrina de avisos de buen gobierno. ¿Quién los había dado mejor que Fray Antonio de Guevara, consejero del Emperador? Cervantes había captado exactamente su fórmula prosística esencial, consistente —lo he mostrado en otra ocasión— en un exhorto seguido de una explicación causal, con final bimembre: «Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo» (II, 42, 97I). La misma organización sintáctico-retórica, aprendida en el obispo de Mondoñedo, sigue articulando la carta que, desde Barataria, dirige Sancho al hidalgo.

Oigamos otra voz, que cualquier lector puede y podía recordar: el prólogo del Lazarillo. Allí justifica el pregonero su afán de conquistar honra o fama. Dice: «¿Quién piensa que el soldado, que es primero del escala tiene más aborrecido el vivir? No, por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse al peligro». Oigamos ahora a don Quijote: «¿Quién piensas tú que arrojó a Horacio del puente abajo? ... ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio? ... Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean» (II, 8, 690-69I). Don Quijote calca, multiplicándolo, el movimiento retórico que el prologo del Lazarillo había hecho bien conocido.

Pero el blanco más constante de esta cetrería cervantina por los estilos coetáneos es el oratorio. No son solo las disertaciones célebres de la Edad de Oro, o de las armas y las letras: otras muchísimas veces, don Quijote perora con la dignidad del profeta o del tribuno, jugando con motivos clásicos. En trance que cree sublime, ante la noche poblada de amenazadores ruidos —serán los batanes—, adopta las fórmulas memorables del yo nací para y del yo soy aquel que, resonantes desde el Mantuano: «Sancho amigo, has de saber que yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro, o la dorada; como suele llamarse» (I, 20, 208; se advertirá el cómico prosaísmo). «Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos» (I, 20, 208). El noble chorro retórico está en marcha, y ¿para qué? Para anunciar aquel esperpento a caballo que restaurará la Edad de Oro, la magna utopía —todo lector culto la conocía entonces— que habla de restablecer aquel misterioso niño anunciado por Virgilio en su égloga IV. Cuando amanece y se comprueba lo infundado de la preocupación de don Quijote y del terror de Sancho, palpable en sus calzones, este le repite en son de burla aquellos yo nací; yo soy aquel. El hidalgo le propina un par de lanzonazos; pero, entre tanto, el discurso, engarzado con tan remontados recursos formales, ha saltado hecho trizas; después de contribuir a la polifonía de la novela.

No es posible aquí ir comprobando cómo las más ilustres voces escritas de la literatura áurea se suman a ese magno coro con dos solistas que es el Quijote. De todas se aprovecha el hidalgo para dar magnificencia, ironía, contundencia dialéctica y rigor a su elocuencia. Pero sus réplicas se cargan también de sencillez urbana o campestre, de emoción directa, de vehemencia, de malicia espontánea. Hay muchos don Quijote, como hay muchos Sanchos, según su palabra. Aunque todos ellos constituyan una sola persona verdadera. El hidalgo puede dirigirse así a su escudero: «¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero?» (II, 29, 869). Pero también de este modo: «Hijo Sancho, no bebas agua; hijo, no la bebas, que te matará» (I, 17, I85). Dirige a Dulcinea los más encendidos, castos y retóricos conceptos; pero, tras contar el picante cuento de la viuda que, desdeñando para la cama a los sabios teólogos del convento, prefirió a un fraile motilón y rollizo, apostillara rijoso, casi obsceno: «Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra» (I, 25, 285). Los personajes cambian cien veces de tono y de retórica como lo hacemos todos los hablantes. Y esto sucede así, de modo continuo, por primera vez en el Quijote.

Tampoco cabe ahora entretenerse en explicar cómo funciona en él la heterofonía, que llega a provocar conflictos como el que ocurre cuando un cuadrillero, viendo al hidalgo roto y desastrado, hecho un ecce homo, le pregunta qué le ocurre, llamándolo «buen hombre», como podía preguntárselo a un insignificante lugareño. «¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero?» (I, 17; 179), le contesta don Quijote, herido idiomáticamente en su dignidad. Voy a limitarme a tratar deprisa un solo aspecto de la creación de Sancho mediante sus modos expresivos. ¿Cuál es el rasgo más chocante en su hablar? Nadie dudará de que su continuado empleo de refranes. Y ello se ha justificado, como hizo Ángel Rosenblat, por dos tipos de causas: de un lado, porque abundaban en la antigua conversación castellana; de otro, por la exaltación que de ellos hicieron los humanistas, como manifestación admirable de lo natural. Pero estos dos hechos, que parecen tan evidentes, ni de lejos explican la adicción refranera de Sancho, porque son de naturaleza extraliteraria; y es dentro de la literatura donde los fenómenos literarios deben obtener su primera explicación. Tratemos de dársela, aunque sea en esquema. Sancho ha de hablar conforme al genus humile que corresponde a su naturaleza. Pero es sumamente difícil reflejar ese estilo en un texto literario, porque su excesiva presencia podría causar un abatimiento estético del conjunto.

En la literatura española se habían dado al problema cuatro soluciones principales, y, a veces, combinadas: a) la creación de un idioma artificial, el sayagués, para los pastores bobos del teatro; b) las incorrecciones al hablar, esto es, un lenguaje subestándar; c) el empleo de un lenguaje estándar, bajo pero no desviante, que sea «grosero», esto es, humilde, por la simplicidad, estupidez o vivacidad de lo que se dice: así hablan, en buena parte, los necios o los graciosos de la comedia; y d) el uso de refranes que ya hacen el Ribaldo del Caballero Zifar, a principios del siglo XIV; varios personajes de los dos Arciprestes, y, por supuesto, las heroínas de Rojas, Delicado y López de Úbeda. Cervantes apela al tercer procedimiento algunas veces. No solo Sancho dice necedades: el barbero que reclama por suya la albarda, habla así: «Señores, así esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios, y así la conozco como si la hubiera parido, y ahí está mi asno en el establo, que no me dejará mentir» (I, 44, 5I9).

Pero son los refranes lo propio del escudero. Aunque Cervantes no renuncia a caracterizar su expresión por faltas de léxico o de prosodia. Recurso cómico que, por cierto, no suscita Sancho, sino Pedro el cabrero, en el capítulo I, 12, a quien el hidalgo corrige cris por eclipse, estil por estéril, y sarna por Sarra (Sara). Hasta entonces, a Cervantes no se le habían ocurrido los errores prosódicos como recurso cómico; será mucho más tarde, nueve capítulos después, cuando Panza empiece a prevaricar (para decirlo con Amado Alonso). Es una muestra de cómo Cervantes no lo tenía todo decidido al ponerse a escribir, y, mucho menos, cómo caracterizar al escudero.

Y es que este, como personaje ignorante, era muy difícil de elaborar. Cervantes lo dice por boca de don Quijote, aunque sea a propósito del teatro; asegura, en efecto, el hidalgo: «Decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la del bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple» (II, 3, 653). Un modo de darlo a entender era este, que Lope de Rueda había explotado hasta la saciedad: hacer hablar disparatadamente a sus personajes más burdos. Cervantes ve que aquel modo de expresarse el cabrero, con las interrupciones doctas del andante, puede trasladarse a Sancho. Pero, como siempre, amenaza la fatiga del lector si se abusa del procedimiento, y habrá de administrarlo prudentemente, después de un primer aprovechamiento intenso. Será Sancho quien advierta a don Quijote que no insista corrigiéndole, como síntoma del tiento con que se anda el autor: «Una o dos veces ... si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos» (II, 7, 679).

 
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