Subir
Centro Virtual Cervantes

Obras de referenciaClásicos hispánicos

Don Quijote de la Mancha

InicioEnviar comentarios



  Por Fernando Lázaro Carreter
 


La mutación fundamental que introduce el Renacimiento en la literatura de ficción consiste, esencialmente, en la independencia creciente de los personajes. Frente a su subordinación absoluta al autor en la edad anterior, tienden ahora a escapar de tal dominio, afirmándose, cada vez más, dueños de su albedrío. Quizá en La Celestina se observa ya este proceso autonómico; con la oposición inicial de Pármeno a la alcahueta, el autor primitivo parece dejar el triunfo de esta a merced de que a Calisto lo persuadan las fuertes razones del criado, lo cual habría desmantelado su plan, autorizado y vigente desde el Pamphilus, que implicaba la mediación victoriosa de la vieja. Más claramente ocurre en aquel momento de singular penetración psicológica en que Celestina, en camino hacia la casa de Melibea después de asegurar a Calisto y a Sempronio lo infalible de su tercería, duda de sí misma con el largo monólogo del acto V, se confiesa insegura de sus poderes y tiembla ante su compromiso. Otra vez el autor parece dejar a la libre decisión del personaje el curso que ha pensado para la acción facultándolo para desbaratar su proyecto. Hubiese bastado con que algún presagio hubiera confirmado los miedos de la ensalmadora —un perro ladrándole o un ave nocturna volando a deshora: ella lo dice— para que hubiese quedado en nada la tragedia prevista.

En la narrativa, la emancipación renacentista de las criaturas de ficción es ya declaradamente visible en el Lazarillo, donde el anónimo autor se propone mostrar el hacerse de una vida que nace y cursa fuera de su mente, para lo cual se subroga en el pregonero de Toledo y le cede la palabra con el fin de que cuente a su modo sus fortunas y adversidades. Si en el tratado VII resulta perceptible que el autor se burla del maridillo cornudo y contento, ello prueba hasta qué punto lo ha dejado desbarrar por su cuenta, sin hacerse cómplice de su vergonzosa felicidad.

El admirable, el áspero Mateo Alemán da un paso definitivo en esa concesión de autonomía cuando permite que Guzmán obre abiertamente en contra de su propio sentido del lícito obrar, dejándolo hacer libremente: pero, eso sí, manifestando su total desacuerdo con él y propinándole una tunda moral en las digresiones cada vez que lo solivianta la conducta del pícaro. Se diría que no es suyo.

Algo importante ha ocurrido, sin duda. Algo tan aparentemente sencillo, sin embargo, como el descubrimiento por parte del narrador de que el mundo circundante puede ser ámbito de la ficción y de que los vecinos del lector pueden ocuparlo con peripecias interesantes. El Lazarillo ha revelado que cuanto pasa o puede pasar al lado es capaz de subyugar con más fuerza que las cuitas de azarosos peregrinos, pastores refinados o caballeros andantes por la utopía y la ucronía. Ha sido obra de aquel genial desconocido que ha afrontado el riesgo de introducir la vecindad del lector en el relato e instalar en ella su propia visión de un mundo ya no remoto e improbable, sino abiertamente comprobable. Autor, personajes y público habitan un mismo tiempo y una misma tierra, comparten un mismo censo y han de ser otras sus mutuas relaciones.

El riesgo estriba en que la visión personal del escritor no tiene por qué coincidir con la particular del lector; sus respectivos puntos de vista pueden ser discordantes y hasta hostiles, por cuanto ya no los aúna lo consabido y lo coaceptado. De ahí que Lázaro se vele, hable con segundas intenciones, pero que, osadamente, avisé de ellas: quiere que sus cosas se aireen, «pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le ayude, y a los que no ahondaren en tanto, los deleite». Tal propuesta de dos lecturas es el signo de la nueva edad, porque el escritor ya no repite siempre enseñanzas inmutables, sino que aventura con riesgo su propio pensamiento. Cervantes va a proclamarlo en las primeras palabras del prólogo del Quijote, declarando su libro «hijo del entendimiento».

Esta nueva actitud del narrador impone un nuevo tipo de lector. Podrá buscar mera recreación en la lectura, pero, inevitablemente, al toparse con cosas que ocurren en sus cercanías, se convierte en coloquiante activo con el relato y con el autor, dotado de facultades para disentir: «Libertad tienes, desenfrenado eres, materia se te ofrece; corre, destroza, rompe, despedaza como mejor te parezca», dice Mateo Alemán al vulgo que le lea. Cervantes le brinda el libro que llama hijo suyo, aceptando que, pues tiene libre albedrío, puede decir de la historia todo lo bien o lo mal que le parezca. Y una cosa fundamental que tiene que someter a su aprobación en el idioma, el cual ha de ser tan reconocible como el mundo que se le muestra.

A partir de los estudios de Bajtin, se ha caído en la cuenta de la íntima relación que existe entre el descubrimiento de lo cotidiano como objeto del relato y la irrupción de lo que él llamó polifonía lingüística. En efecto, la narración mundial, que se había movido en ámbitos y tiempos indefinidos o inaccesiblemente lejanos, podía y hasta debía emplear un idioma muy distante del común y ordinario, fuertemente retorizado, abismalmente remoto. Pero el Lazarillo se propone contar peripecias muy poco maravillosas, que ocurren entre Salamanca y Toledo, en años precisos del reinado de Carlos I, acaecidas a un muchacho menesteroso que sirve a amos ruines. No es posible narrar sus cuitas y reproducir las palabras con los primores y ornamentos que se aprendían en las escuelas de latinidad. Al introducir la verdad de la calle y de los caminos y penetra en el relato la verdad del idioma. Tímidamente aún en el Lazarillo; con decisión en el Guzmán; plena y extensamente con el Quijote. Cuando se asegura que este funda la novela moderna, esto es esencialmente lo que quiere afirmarse: que Cervantes ha enseñado a acomodar el lenguaje a la realidad del mundo cotidiano. Y algo muy importante: que ensancha el camino abierto por el autor anónimo y por las primeras novelas picarescas; ha respetado, se diría que exhibitoriamente, la libertad de sus criaturas de ficción.

Esto último es bien evidente desde el principio, cuando el narrador confiesa ignorar el nombre del hidalgo manchego, aunque ha acudido a informantes que tampoco lo conocen. Solo por sospechas colige que debe llamarse Quijana, lo cual quizá resulte falso al final de la novela, cuando sea el propio hidalgo quien declare ser Alonso Quijano (II, 74, I2I7). No cabe mayor alejamiento del personaje. Cuando las exigencias de la narración le obliguen a inventar a Sancho Panza —hablaremos luego de ello—, le atribuirá sin vacilación tal nombre; pero, en el original de Benengeli hallado en el Alcaná toledano, el rótulo que figura junto al retrato del escudero llama a este Sancho Zancas. Y Cervantes ignoraba el apodo, conjeturando, «a lo que mostraba la pintura» (nótese: él no sabía antes cómo era Sancho), que el mote se debía a que tenía «la barriga grande, el talle corto y las zancas largas» (I, 9, 109). El hecho de que ambos, el hidalgo y el criado, se salgan de la novela en la Segunda parte, para enterarse de la primera y juzgarla, es muestra preclara de su independencia. Resulta ostensible el afán de Cervantes por desarraigar de sí los entes de ficción.

Hace nacer a su Quijada o Quesada o Quijana, para embarcarlo en seguida en una acción por el mundo de la literatura y del lenguaje. Enloquece leyendo. Y no solo las aventuras de los caballeros lo vuelven orate, sino, tanto como ellas, el modo de contarlas, con la mención expresa de Feliciano de Silva, «porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas» (I, I, 37-38). Don Quijote deviene así un héroe novelesco enteramente insólito, inimaginable en época anterior: un enfermo por la mala calidad del idioma consumido.

Antes, fue posible la enajenación mediante contagio por el desvarío de los disparates narrados, y no por la prosa que los narraba. La Iglesia, desde la difusión impresa de los libros, no había cesado de prevenir contra el efecto letal de ciertas lecturas, protegiendo a los fieles contra ellas mediante condenas y censuras previas. No era difícil atribuir festivamente ese poder infeccioso a ciertas lecturas autorizadas, y un desconocido escribe el Entremés de los romances, cuyo influjo decisivo en la invención del Quijote probó irrefutablemente don Ramón Menéndez Pidal en 1920. Es bien conocido su asunto: el labrador Bartolo pierde la razón leyendo el Romancero, abandona su hogar imaginándose héroe de aquellos poemas y habla con fragmentos de ellos acomodados a su demencia; confunde a una pareja campesina con Tarfe y Daraja, desafía al imaginario moro y este le rompe la lanza en las costillas. Los trozos de romance que declama coinciden en gran parte con los de don Quijote en su primera salida. Hallado Bartolo por quienes han ido en su busca, lo devuelven a casa y lo acuestan; pero, al momento, sufre otro ataque de locura y prorrumpe en nuevos versos que dan fin a la breve pieza, la cual, por su insignificancia, no parecía destinada a tan importante consecuencia.

Aparte de su precedencia cronológica respecto del Quijote (Menéndez Pidal la fecha hacia 1591), su influjo en los orígenes de la novela inmortal es patente: también el hidalgo empieza enajenándose en diversos personajes del Romancero, coincidiendo abundantemente con Bartolo en los pasajes que declama. Se trata, sin duda, de un hecho enigmático. Porque si en el designio primero de Cervantes entraba que el agente nocivo fueran los libros de caballerías, no se explica que, desde el primer momento, sean otros héroes quienes invaden los sesos del protagonista.

Menéndez Pidal atribuye el hecho a que el autor empieza a escribir bajo el influjo del Entremés y que, agotado este como modelo argumental, rectifica «la conexión de la locura del hidalgo con el Romancero» —aunque no del todo—, y la establece con el Amadís. En esta decisión, habría intervenido, según el maestro, una suerte de arrepentimiento de Cervantes por haberse burlado cruelmente de los admirables romances que, como español, debía de amar. Pero si eso hubiera ocurrido de ese modo, sigue careciendo de explicación el que, desde el principio, lo alucinen los libros de caballerías, y que, sin embargo, al ponerse a actuar como caballero se nos presente con una enajenación romancesca.

No podemos exigir a don Quijote, tal vez ni a Cervantes mismo, la precisión en la distinción de géneros que nosotros nos imponemos. La identificación de lo caballeresco con lo romanceril aparece ya en el Entremés de los romances, donde se dice de Bartolo que «de leer el Romancero, / ha dado en ser caballero, / por imitar los romances». No es preciso, pues, suponer con don Ramón que haya dos fases en la elaboración del hidalgo; la inducida por el Romancero, de la que se arrepiente el autor por haberse encarnizado en género tan noble; y otra en la que apela al de caballerías, que Menéndez Pidal llama «bastardo». Los dos géneros andaban tan confundidos en la opinión general, que Covarrubias (s.v. «arma») asegura que los versos «Mis arreos son las armas, mi descanso el pelear» que don Quijote recita ante el ventero que imagina alcaide (I, 2, 51), los repetía «un caballero andante». Los hechos fabulosos de la caballería se mezclaban en los romanceros impresos con los de los paladines épicos; en ellos, junto con los temas de la pérdida de España o de las hazañas del Cid, aparecían las proezas del Marqués de Mantua o la penitencia de Amadís, según ocurre, por ejemplo, en el Cancionero de romances de Amberes. O, como en el Romancero historiado (Alcalá, 1572), se juntaban la traición de Vellido Dolfos con largas metrificaciones que narraban las peripecias del Caballero de Febo (el que escribió uno de los poemas preliminares del Quijote, saludando a su cofrade), y sus andanzas por la Ínsula Solitaria. Tan personajes del Romancero capaces de enloquecer son unos como otros y, juntos, volvieron tarumba a don Quijote.

De igual modo, son grandes amadores romanceriles los pastores. Menéndez Pidal notó que el episodio de Cardenio está directamente inspirado por un popular romance de Juan del Encina. Podemos añadir que también obedece a parecida motivación la trágica historia de Grisóstomo, muerto por los desdenes de Marcela. En varios romances, el pastor fenece por amar; recuérdese el que vertió a lo divino San Juan de la Cruz o aquel otro, «Al pie de un hermoso sauce», del Romancero historiado, en que un pastor acaba sus días habiendo previsto su epitafio y su inhumación al pie de un árbol, igual que Grisóstomo, del mismo modo, ha dejado unos papeles con versos de queja elegíaca por el desamor de la pastora que pretendía.

Lógicamente, Cervantes no sale del ámbito del Romancero cuando pasa de lo heroico a lo caballeresco o a lo pastoril. De haberse producido la contrición que postulaba Menéndez Pidal, lo normal es que hubiera reelaborado los capítulos en que imitaba el Entremés. Pero, evidentemente, los dio por buenos. Y eso conduce a un viejo problema no resuelto y de imposible solución, pero siempre provocativo. Es la sospecha apuntada por Heinrich Morf en 1905, más tarde asumida o discutida por no pocos cervantistas, según la cual, el proyecto inicial del autor consistió en un relato breve («la novela ejemplar de un loco», decía el hispanista germano). Menéndez Pidal desechó tal hipótesis pareciéndole que «el primer capítulo, sin olvidar otros pasajes convincentes, anuncia ya una novela mayor». Eso es así, en efecto, ¿pero quién puede asegurar que todo ese arranque anunciador de un empeño largo, no fue reescrito cuando a Cervantes se le reveló que tenía entre manos algo digno de mayor desarrollo? El relato inicialmente previsto podría haberse limitado a aprovechar la ocurrencia malograda por el Entremés de los romances que tanta ocasión proporcionaba para escarnecer las lecturas neciamente imaginativas. La novelita podría muy bien acabar con el retorno del caballero a casa con el labrador que lo ha encontrado molido a palos por el mozo de los mercaderes toledanos.

Mientras el caballero descansa, el cura y el barbero hacen el escrutinio de su biblioteca. En ella no aparece ninguno de los romanceros que han contribuido a enloquecerlo. Esa ausencia chocaba a Menéndez Pidal, que asegura: «Para Cervantes, los poemitas contenidos en esas colecciones eran como obra de todo el pueblo español y no podían ser causantes de la locura del nobilísimo caballero de la Mancha ni debían estar sujetos al juicio del cura y el barbero». ¿Por qué no, si lo estaba La Galatea misma? Es difícil imaginar que Cervantes tuviera de los romances un concepto crítico-literario tan exactamente coincidente con el de don Ramón. El licenciado Pero Pérez y Maese Nicolás expurgan los anaqueles del hidalgo en el momento justo en que el Entremés ha terminado su influjo inspirador. Aceptemos la probabilidad de que con ese final coincidiera el del primer proyecto del autor. Es entonces cuando Cervantes cae en la cuenta de que dispone de un filón incompletamente explotado y de que puede beneficiarlo mucho más si prolonga la demencia romanceril del manchego con la demencia caballeresca. El capítulo 6, el del examen de la biblioteca, marcaría el arranque de este Quijote ensanchado. De ahí que los censores se apliquen a juzgar principalmente libros de caballería. Y con un furor que Cervantes acaba de atribuirles. Porque, y esto no parece haber sido notado, el cura y el barbero, antes de ser aquejados por esa furia, eran bien aficionados a las lecturas de que ahora, inesperadamente, abominan. En el capítulo I se lee que el hidalgo «tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar... sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula» (I, I, 38-39). Y he aquí que ahora, cinco capítulos más adelante, aquellos expertos en caballerías se revuelven contra estas, y quienes antes discutían sobre los méritos de Amadís y de su hermano, ahora parecen conocerlos solo de oídas: «Según he oído decir, este libro [el Amadís] fue el primero de caballerías que se imprimió en España» (I, 6; 77), dice el cura; «...también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto», responde el barbero (I, 6; 78).

Da la impresión de que si han variado tanto es porque Cervantes ha cambiado de proyecto. No juzga necesario reemplazar los sucesos romanceriles de la primera salida, pues, como he dicho, se podía llegar a ser caballero andante a través del Romancero. Pero ahora se aplica con vehemencia al nuevo rumbo recién hallado y son solo los libros de sus aventuras los que escrutan los censores.

Cuando la gran pareja de caballero y escudero ha quedado ya constituida, la novela halla camino definitivo hacia su destino inmortal. Pero lo hace, según he dicho antes, transitando por el mundo del lenguaje y de la literatura. La búsqueda de altos simbolismos en la intención de Cervantes ha ocultado este aspecto del Quijote que es el fundamento de todos los demás. El alcalaíno es un obseso de la palabra: ya vimos cuánto contribuyó su mal empleo a la demencia del caballero. La necesidad de usar un lenguaje actual, que ya habían sentido los autores de los primeros relatos, picarescos, es en él agudísima y no solo en el Quijote, sino en obras como el Rinconete o El rufián dichoso. El rigor con el que asume la propiedad del idioma es patente, por ejemplo, cuando libra del fuego el Palmerín de Inglaterra, porque, entre sus virtudes, el cura estima «las razones, cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla, con mucha propiedad y entendimiento» (I, 6, 82). El decoro, esto es, la adecuación justa del modo de expresarse el personaje a su calidad y carácter, variable según las circunstancias en que habla, y bien diferenciado del de los otros personajes, era una de las dificultades que Cervantes debía afrontar para escribir el libro. Va a ser la única que va a ocuparme, y aun así, limitada a don Quijote y Sancho.

 
 

Página siguiente

 

 

Subir

 

| Introducción |

| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |

| Enviar comentarios |

Centro Virtual Cervantes
© Instituto Cervantes (España), 1998-. Reservados todos los derechos.