| |
A juicio del canónigo, todos los libros de caballerías son prácticamente
iguales, «cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma cosa,
y no tiene más este que aquel, ni estotro que el otro» (I, 47).
Como buen conocedor del género, el sacerdote toledano alude a lo
genérico de estos libros, a la poética fijada en la práctica, que
no en preceptiva alguna, por la repetición de tópicos, temas y recursos
narrativos. Algunos de estos materiales los recuerda el propio Cervantes
en varios pasajes del libro (I, 21 y 50) y él mismo los emplea en
la composición de la obra. El público de principios del siglo XVII,
más habituado que nosotros a leer libros de caballerías, sin duda
alguna los reconocería con facilidad en el Quijote y advertiría
claramente los guiños y juegos de su autor. Los lectores actuales
de la obra cervantina, menos avezados en tales menesteres, pueden
seguir el camino inverso y a través del Quijote y de la mano
cervantina pueden acercarse hoy implícitamente a lo que es un libro
de caballerías.
De los diferentes tópicos
caballerescos recreados por Cervantes a lo largo de la novela, en
este apéndice se han seleccionado quince como más representativos,
los cuales se presentan siguiendo, en la medida de lo posible, su
orden de aparición en el Quijote de acuerdo con el siguiente
esquema:
1. El sabio cronista
y el manuscrito encontrado
2. El amanecer mitológico:
topografía y cronografía caballeresca
3. La investidura
3.1.
Aspirante y padrino: la petición de la armazón
3.2. El ceremonial
4. La defensa del menesteroso
4.1.
La defensa del escudero oprimido
4.2. La defensa de la princesa raptada
5. El desafío por la dama
6. Sabios encantadores
7. El gigante
8. El requerimiento
amoroso
8.1.
El caballero casto y la doncella enamorada
8.2. La burla amorosa
9. La guerra y los ejércitos
10. El amor: el caballero
y la dama
10.1.
La dama, la carta y la penitencia
10.2. El escudero confidente
11. Engaños y burlas caballerescas:
la aventura fingida
12. Bestias fieras
12.1.
Endriago
12.2. Leones
13. Encantamientos
13.1.
La doncella encantada
13.2. El barco encantado
13.3. Metamorfosis y desencantamientos
14. La cueva de las maravillas
15. El caballero pastor
Cada tópico va acompañado
de una breve explicación de su contenido y función e ilustrado con
uno o varios fragmentos de libros de caballerías españoles del siglo
XVI. Los textos elegidos para la ejemplificación
(Amadís de Gaula,
Las sergas de Esplandián, Palmerín de Olivia, Primaleón,
Clarián de Landanís, Lepolemo, Polindo, Amadís
de Grecia, Florambel de Lucea, Platir, Cirongilio
de Tracia, Belianís de Grecia, Cristalián de España,
Florisel de Niquea, Palmerín de Inglaterra, Espejo
de príncipes y caballeros, Clarisel de las Flores y Olivante
de Laura), dentro de su uniformidad, presentan también rasgos
distintivos propios, desviaciones de los modelos fijados como paradigmas
genéricos, de manera que a través de ellos se puede rastrear la
evolución de la narrativa caballeresca española a lo largo del Siglo
de Oro. Al final de cada ejemplo se identifican los textos citados,
indicando siempre el autor, el lugar de impresión y la fecha de
la primera edición conocida, seguida de los datos de la edición
citada. Los textos se han fijado siguiendo las mismas normas utilizadas
en la edición del texto cervantino. Algunos de los libros de caballerías
seleccionados se citan y comentan en el Quijote, otros se
silencian y algunos incluso es posible que Cervantes no los conociera,
pero esto poco importa, porque todos ellos presentan los tópicos
que cualquier lector del momento reconocería como propios del género.
1) EL SABIO
CRONISTA Y EL MANUSCRITO ENCONTRADO
Los libros de caballerías
fingen ser traducciones de antiguos libros escritos en lengua extranjera
(griego, latín, árabe, inglés, etc.) por algún sabio cronista y
hallados en circunstancias excepcionales. El original reviste la
forma inicial de una crónica y el cronista en cuestión emplea los
recursos propios de la historiografía. El verdadero autor de la
obra se presenta entonces como simple traductor de un libro ajeno,
lo que le permite un juego de distanciamientos y perspectivas en
relación con la narración y salvaguardarse de las críticas y censuras
que pudiera recibir. El título, las piezas preliminares y el colofón
ofrecen ya esta información e imagen de la obra. En un doble prólogo,
Alonso de Salazar se presenta como traductor del Lepolemo (Valencia,
1521), un libro supuestamente escrito en árabe por el sabio Xartón,
precedente de Cide Hamete Benengeli.
CRÓNICA DE
LEPOLEMO,
LLAMADO EL CABALLERO DE LA CRUZ,
hijo del emperador
de Alemaña, compuesta en arábigo
por Xartón y trasladada en castellano por Alonso de Salazar
Prólogo del intérprete del presente libro dirigido al Ilustre
y muy Magnífico Señor el señor Conde de Saldaña
Suelen dorar el hierro, Ilustre
y muy Magnífico Señor, los que quieren que parezca mejor que no
es de su nacimiento y para esto no se sufre dorarlo con oro bajo
de ley, sino de lo más afinado. Así yo siendo codicioso que este
trabajo que puse en el presente libro estando cativo en donde lo
hallé, en aquella bárbara lengua arábiga, fuese tenido en aquella
posesión que la historia meresce y no desechado por la mala orden
de mi traducir, que es peor de hierro, no tuve otro remedio sino
enderezarlo a Vuestra Señoría, porque sé que todos mis yerros, dorados
con el fino oro de su virtud y favor, no solo pasarán por dorados,
mas por de fino oro y con este favor osaré responder a los detratores,
pues que sé que no pudo escapar de sus maliciosas lenguas, pues
que nadie fue libre de cuantos escribieron. Y diré que más quiero
haber sacado mis simplezas a juicio por servir con mi buen deseo
a Vuestra Señoría, que no por falta de quien sacase este libro de
la escuridad de la lengua en que estaba quedase tan notables hechos
en olvido, haciendo escudo que si la orden dél no está a placer
de todos, echen la culpa al moro que lo ordenó, pues en mi traducir
no he salido de su estilo. No por cierto porque a mi parecer la
merezca, pues a su causa tenemos espejo de tan nobles hechos, mas
como todos somos inclinados antes a decir mal de lo bueno que no
castigar lo malo, no descreo que él por su ordenar y por mi traducir
no entremos en el juego de personas que antes lo sabrán decir que
no entender ni enmendar. Y estos debrían considerar que en Túnez
no había tan limados escriptores de nuestra lengua castellana para
que dejara yo de escribirlo, esperando que otros que mejor lo supieran
hacer lo comenzasen, que a mi parecer fuera mayor yerro.
Prólogo
del auctor moro sacado de arábigo en lengua castellana
Alabado sea Dios grande por
todas las cosas que hace. A ti, el gran soldán Zulema, el mayor
y mejor rey moro de tu tiempo, yo Xartón, el menor y más obediente
de tus vasallos y mayor en la gana de hacer tu mandamiento, te presento
este tratado que me mandaste escrebir porque las obras, a lo menos
parte dellas, del buen caballero cristiano que llamaron el Caballero
de la Cruz, el cual tú bien has conocido por haberse criado juntamente
contigo y en la corte del buen soldán tu padre. Las magníficas obras
del cual no fuera yo poderoso de escribirlas, porque fueron muchas
como tú bien sabes, mas por cumplir lo que me mandastes y porque
me pesara que tales obras fueran olvidadas por falta de quien las
pusiese por escripto, me puse a escribir las que pudieron venir
a mi noticia para memoria de los que vernán después de nosotros,
porque leyéndolas sea espuelas para los buenos caballeros y freno
para los malos, aunque también pensé que no era cosa conveniente,
siendo tu alteza moro y yo también, ponernos a hacer honra en escribir
loores de ningún cristiano, por esto muchas veces estuve para dejarlo
de escribir, pero considerando cuán lealmente te sirvo, me convida
de escribir y con esto ceso. (Alonso de Salazar, Lepolemo,
Valencia, 1521; ed. citada: Toledo, 1563, prólogos.)
2) EL AMANECER
MITOLÓGICO: TOPOGRAFÍA Y CRONOGRAFÍA CABALLERESCA
Aunque la cronología y
el espacio de los libros de caballerías es muy variado, existen
una serie de lugares (la floresta, la encrucijada, el castillo,
la cueva) y estaciones (primavera, verano) claves para el desarrollo
de la acción. La descripción de los mismos se convierte en muchas
ocasiones en un ejercicio retórico, en un artificio ornamental y
amplificatorio. Los comienzos de libro y de capítulo se prestan
especialmente para ubicar la acción en un tiempo concreto, casi
siempre en una primavera perpetua y en un amanecer mitológico, todo
ello descrito con una prolija y enrevesada prosa, como la utilizada
en el Polindo, Cirongilio de Tracia u Olivante
de Laura, e imitada por don Quijote en la descripción de su primera
y madrugadora salida.
Como ya la hermosa Platona,
que las noches con su resplandeciente claridad alumbra, hobiese
ya su redondo cuerno hasta la meitad crescido, que es en aquel tiempo
que los enamorados sirven a sus señoras con estremados servicios,
y cuando el corrido sol más a la tierra daba calor, amenguando los
cadalsos y plácidos ríos y secando los pequeños arroyos y produciendo
en más abundancia los frutos, y cuando las damas a sus amantes favoreciéndolos
por su cuita y mortal pena amansar, en este tiempo caminaba el fermoso
don Polindo en compañía del noble rey de Tesalia y cinco días anduvieron
sin fallar cosa que de contar sea. Y al sesto día, partiendo de
casa de un florastero, entraron por una muy fermosa y cerrada floresta
y no anduvieron mucho cuando vieron un castillo muy fermoso y muy
bien torreado. (Don Polindo, Toledo, 1526, cap. LXIII, f.
XCIIII.)
Apenas el hijo de Latona
habiendo girado e ilustrado la antípoda región, ahuyentados los
bicolóreos crines de la tripartita y triforme Aurora, con rostro
sereno y prefulgente, dejada y desamparada su fúlgida y áurea cuna,
subiendo en su ignífero y cuadriequal carro, visitaba a la dorada
queroneso, alegre con su vista cotidiana, y ya extendía sus rubicundos
brazos, comunicando sus generativos accidentes con los habitadores
del elemental orbe, centro del firmamento universal, cuando el caballero
Rodilar, despedido del del Águila, muy consolado de lo que por él
le había sido prometido, se partió a su castillo donde Rocadel su
padre estaba. (Bernardo de Vargas, Cirongilio de Tracia,
Sevilla, 1545, libro I, cap. XXIII; ed. citada: James Ray Green,
Cirongilio de Tracia: An Edition with an Introductory Study,
Johns Hopkins University, UMI, 1974, p. 125).
Dorados estaban los cuernos
del toro con los fulgentes y lúcidos rayos que el resplandeciente
Febo, habiendo ya hecho en él aposento, con poderosas fuerzas descubría;
pasada la parte erizada del año, cesando la braveza de furiosos
vientos, la muchedumbre de las húmedas aguas menguaba; huyendo las
escuras nubes quedaba el cielo sereno, los aires templados, la calor
no muy crecida; lo cual juntamente con ayuda de la fuerza del principiado
verano, los deleitosos campos de su acostumbrada librea vestidos
ponían en los corazones de los mortales aquel deleite y contentamiento
que en aquellos tiempos se suele sentir. Los ojos cebados de las
diversidades de rosas y flores jamás de verlas se hartaban, recibiendo
asimismo los varios y suaves olores que la madre de todas las cosas
ayudada de la naturaleza en ellas produce. Pues en este sabroso
y placentero tiempo, el hermoso príncipe Olivante de Laura con su
compañero Peliscán, vestidos de la librea que para correr monte
es usada, con todos los aparejos necesarios, llevando sus cuernos
colgados al cuello, con muchos lebreles, sabuesos y otros perros
de caza, acompañados de alguna gente para su viaje, a la montaña
donde la sabia Ipermea estaba se fueron. (Antonio de Torquemada,
Olivante de Laura, Barcelona, 1564, libro I, cap. VIII; ed.
citada: Isabel Muguruza, Antonio de Torquemada, Obras Completas,
II, Madrid, Turner, Biblioteca Castro, 1997, p. 77.)
3) LA INVESTIDURA
Para ser caballero andante
es condición indispensable recibir la investidura, pues sin ella
su persona y andadura no alcanzan validez alguna. El aspirante a
caballero la recibe en el curso de una ceremonia en la que se exige
la vela de armas en la capilla o en un lugar apartado, el espaldarazo
y el ceñir la espada, misión encomendada en muchas ocasiones a las
doncellas. El oficiante o padrino del rito necesariamente ha de
ser un caballero, cuanto más afamado mejor, para transmitir al neófito
su condición y cualidades. Esta es la idea que lleva al feo y orgulloso
escudero Camilote hasta el palacio del emperador Palmerín para pedirle
la orden de caballería, aduciendo su hidalguía y el deseo de servir
a su amada amiga Maimonda. El rito, no descrito en este pasaje del
Primaleón (3.1.), lo detalla Beatriz Bernal en el Cristalián de
España, en la investidura de don Sarcelio (3.2.), y lo recrea Cervantes
en la armazón de don Quijote en la venta.
|